pasaportes – corte

Esta semana andaba medio clavado escribiendo dos o tres cosas. Aún así, renové pasaporte (una vez más, pero tocó). Es de esas vueltas que duran diez o quince minutos y que lo dejan a uno pensando ¿por qué no son todas las vueltas burocráticas así de fáciles? ¿qué le impide a los demás burócratas hacer las cosas bien, como se ve que las pueden hacer los de Pasaportes en Colombia – donde renovar pasaporte toma 10 minutos?

Arroz negro. Arròs negre, en realidad. Preparé esa receta para una cena con amigos un viernes por la noche. Ahora se consigue fácilmente en este barrio el arroz bomba necesario. Y en Hipermar hace unos días conseguimos las sepias y todo lo necesario. Etcétera. Pocas recetas tan festivas para un viernes nocturno. Se trataba de volver a ver amigos que queríamos ver desde hace rato, y de cerrar una semana muy pesada. En realidad esas recetas de arròs valenciano son fáciles, una vez uno les coge el tiro – y son festivas, de verdad.

Irse a cortar el pelo en cualquier ciudad del mundo siempre es extraño. El mundo de los barberos y peluqueros es muy peculiar. Me decía el peluquero (en Chapinero) hace unos días que ellos son muy inestables. Que se ponen bravos y abandonan el puesto de una. Que no les interesa tener prestaciones y cosas de esas que los amarran a puestos, que prefieren clavarse a trabajar y ganar su salario integral y poder largarse cuando quieran, poder desaparecerse quince días si se les da la gana, poder salir corriendo en cualquier momento. En cierto sentido son personas muy libres. El señor este me hablaba de lo importante que es entender los ángulos de la cabeza de cada hombre, cada mujer. Me contaba que la gente llega con expectativas absurdas (llevan fotos de Cristiano Ronaldo, de Beckham, y les dicen “córteme que me quede esta raya de Cristiano así – o déjeme como esta foto de Beckham, etc.”). Yo no podía creerlo. El pobre peluquero tiene que explicarle al cliente que su cabeza es distinta, etc.

En Lyon los que afeitan parecen ser todos turcos o armenios. Nunca me han afeitado tan profesionalmente como en esos lugares de gente del Medio Oriente. Hablan poco. De sus pueblos en esa meseta tal vez. O le dicen a uno on nous dit tout le temps que la France va se casser la gueule, mais ici nous çà va – çà va encore…

Vivir en Bogotá es relajante y divertido. Uno nunca se puede tomar demasiado en serio porque… pailas. Eso me gusta de esta ciudad. Siempre sale algún taxista, peluquero, señor del parqueadero, con algo que lo deja a uno pensando. Sea por absurdo, o simplemente porque nota uno que hay otro mundo ahí, gigantesco, y que uno puede aprender mucho simplemente escuchando. Escuchar a la gente en Bogotá es relajante y divertido.

Nada más difícil que conseguir buen desayuno en Francia. Sí: en Argentina es peor. Pero en Francia su formule petit-déj.  parece un chiste. Por 7 € le dan a uno un jugo demasiado concentrado, un café requemado y una “viennoiserie” (qué nombre tan ridículo) redulce – eso sí hecha con buena mantequilla. Pero mal. Peor aún en Argentina donde imitan ese mal petit-déj. francés (café recontrarequemado, jugo artificial y “medialuna” hecha con pésima margarina). Una vez en la CABA (así le dicen a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) cometimos el error de pedir huevos al desayuno, después de tres semanas de pésimo régimen en Patagonia y la misma CABA. Nos dijo el dueño del hotel “¡no! sólo los yanquis comen huevo al desayuno…” – los shaanquis… No tuvimos la energía de aclararle que los colombianos y los mexicanos no somos precisamente sshaaanquis y bien que comemos huevo al desayuno. Con los argentinos discutir es caso perdido. Ellos saben cómo es el resto del mundo, sobre todo cuando nunca han salido de Buenos Aires. Tocó esperar a llegar a Perú para empezar a comer bien.

Etc.

punto crítico

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¿en qué momento se atraviesa ese umbral a partir del cual un río no vuelve a nacer, después de una sequía demasiado prolongada?

¿en qué momento una planta desaparece de su hábitat de milenios, por un verano que dura un poco más de lo que podía soportar su especie?

¿cuándo le toca a una comunidad abandonar masivamente una tierra por el fin de las cosechas de maíz?

¿cómo saber si la sequía actual es parte de un ciclo grande o es el inicio de cambios irreversibles, que la próxima temporada de lluvias no logrará devolver?

por un lado, vemos que todo esto hace parte de un cambio continuo, que ha sucedido muchas veces cuando se piensa en eras geológicas: glaciaciones, períodos de altísimas temperaturas, deriva continental

por otro lado, en la historia de nuestros récords (¿200 años? ¿300? ¿meros 2000 en algunos lugares? ¿5000 en poquísimos sitios del mundo?) hay registro de muchos altibajos, muchos otros momentos de sequía seguidos de períodos moderados y luego períodos de lluvias torrenciales, alternantes – pero también hay puntos donde de cierta sequía ya no se recupera la tierra, por lo menos no como antes, incluso después del retorno de lluvias

con la sabana de Bogotá agrietada, amarilla, tostada, los incendios en muchos cerros, algunos ríos casi secos (o ya completamente secos en algunos casos por la estupidez humana), resulta difícil no pensar en esos temas

a mí no me preocupa tanto el efecto inmediato (que tal vez hace parte de esos ciclos) sino la posibilidad real de una ruptura de ciclo, de un punto de inflexión, de una singularidad

la foto arriba la tomé en la Cordillera de los Andes, en la costa peruana, hace poco más de un año – un lugar que desde hace mucho tiempo es un desierto – asusta pensar que es la misma cordillera, tan verde y fértil aquí – es parte de lo mismo y no sabemos en realidad por cuánto tiempo nuestra parte verde lo siga siendo

Ribeyro – sincronicidad(es)

Me pasaba más frecuentemente antes durante los viajes: el encontrar como por arte de magia obras para ir leyendo mientras pasa el viaje, mientras uno absorbe la luz, el aire del lugar y se deja llenar del pulso peculiar de cada sitio. No esperaba particularmente que sucediera en esta parte del viaje (la subida de la Costa del Pacífico peruano a la sierra de Áncash, ese viaje que sentí casi mítico mientras manejábamos por la bruma subiendo desde 0 hasta 4300 metros después de recorrer 250 kilómetros junto al mar por un desierto impresionante y haber tenido que ser rescatados de quedar casi completamente hundidos en la arena de una duna). No lo esperaba, y me impresionó ir leyendo algo que me permitió entender a dónde estábamos entrando, qué es realmente este lugar, este topos mágico de la sierra de Áncash, donde el quechua y el español conviven y muerden fronteras, donde uno puede estar a 4000 m de altura y aún sentir que hay cosas mucho, muchísimo más altas, alrededor. Donde hay tantos parecidos con lugares familiares (el altiplano cundiboyacense) pero a la vez tantos extremos distintos, en alturas, en presencia de otro idioma. Tantas similitudes dentro de tantas diferencias (o tantas diferencias dentro de tantas similitudes).

Al iniciar el viaje paramos por una librería en Trujillo, a ver qué llevábamos para esos momentos del viaje en que uno quiere leer algo. Era una librería estándar, una especie de pequeña sucursal de la Librería Nacional o algo por el estilo, nada del otro mundo. Pero ahí estaba la Crónica de San Gabriel, de Julio Ramón Ribeyro, un autor peruano que en principio no asociaba yo con esta región (y que en realidad no conocía sino por referencias externas – varios amigos dicen que es el mejor cuentista de toda la literatura latinoamericana) y que en realidad no lograba asociar ni con el boom, ni con lo anterior al boom, ni con nada… pensaba que debía ser un limeño de París (y estaba engolosinado con la poesía del otro peruano de París, Vallejo, de la que sí conocía algo ya).

Abrí la Crónica, y ahí estaba justo el viaje que estábamos iniciando. Por la costa peruana, por el desierto inclemente y brutal, hacia un lugar desconocido de la sierra. Nosotros, hacia Caraz en Áncash, él (o mejor dicho, el adolescente limeño medio perdido de la novela) hacia la hacienda San Gabriel, por Santiago de Chuco, en la parte de la sierra que correspondería a subir desde Trujillo.

En las paradas del viaje cuando se puede leer (esperando un desayuno, o tarde en la noche, o en alguna tarde después de caminata) devoré literalmente la Crónica. Fue crónica paralela de un viaje, pero fue a la vez [y aún más profundamente] la primera vez que logré establecer un vínculo sólido entre los autores anteriores al boom y esa avalancha de modernidad que llegó con los contemporáneos de Ribeyro.

La Crónica me trajo a la mente (de manera desordenada) 4 años a bordo de mí mismo de Zalamea (Eduardo), obra muy modernista para haber sido escrita hacia 1940, La Educación Sentimental (de Flaubert), las crónicas de Maupassant, muchos trozos de Ana Karenina de Tólstoi – cuando están en esas haciendas de miles de verstas y hay siervos y jóvenes y viejos y grandes comidas y reuniones y peleas y tensiones, el Retrato del artista adolescente de Joyce, con el joven dudando y tratando de armar su vida (pero con matices sexuales y sociales más latinoamericanos, de ahí la cercanía a 4 años), pero curiosamente la sentí muy moderna – como una narrativa con la energía y la apertura de posibilidades del siglo XIX, pero ubicada en esta geografía de la sierra peruana (valles, minas a 5000 m, cuchillas y precipicios absurdos, terremotos, nieve para donde mire uno, chacras, chicha de jora, maíz y tunas, quebradas y punas) y en un contexto social que no debía ser muy distinto del de ciertos ancestros míos, gente de tierras de Boyacá pero con la hacienda disgregándose por mil razones nunca muy claras. Aspectos sociales del país atisbados durante la adolescencia fogosa, nunca entendidos de verdad, pero sí intuidos (en la Crónica, una revuelta de mineros indígenas, que asusta y siembra dudas en el personaje principal, pero no trae mayor consecuencia, como tantas revueltas que ha habido en estas sierras, o sus variantes del altiplano allá).

Ribeyro era amigo (o enemigo, o polemizaba con, o criticaba a, o …) de muchos de los autores consagrados del boom. Su maestría narrativa es reconocida por muchos (cuando dicen que es el mejor cuentista o mejor narrador latinoamericano pueden no estar exagerando mucho), pero a la vez no parecía estar situado en los grandes ríos de García Márquez o Vargas Llosa o Alejo Carpentier o Lezama Lima. Parecía estar situado en cierta marginalidad muy parisina, muy irónica y a la vez sencilla, que hizo que lo sintiera increíblemente fresco y novedoso para leer en 2015. Lejos de la grandilocuencia y el armar mundos inmensos de sus contemporáneos del boom, Ribeyro (o por lo menos el de la Crónica que es un Ribeyro muy inicial) parece tener la clave para entender cómo se puede pasar de La Vorágine a Cien Años de Soledad, o de 4 años a bordo de mí mismo a El Coronel no tiene quien le escriba: Ribeyro escribe algo que habla de tú a tú con los anteriores [a través de los rusos y franceses del siglo XIX, tal vez] y con los posteriores, sus contemporáneos.

Fuimos caminando a un pueblo que resultó ser absolutamente idílico – un pueblo donde tal vez el 80% de lo que se habla es quechua, y está ahí subiendo por un valle lateral mágico, subiendo desde el Callejón de Huaylas. Llegamos a ese pueblo y nos regaló un señor unas tunas rojas, unas naranjas, unas limas, unas paltas minúsculas (con sabor a anís), unas manzanas. Hablaba con su mamá en quechua mezclado con español, con nosotros en español con inflexiones y conjugaciones que muestran que no es su primer idioma. Nos invitó a volver cuando quisiéramos a su pueblo pequeño de casas de adobe que parece anterior a todo.

La caminata a ese pueblo implicó el paso por el infierno: un basurero y una mina (no sabíamos que estaban ahí), saliendo de Caraz. Baja uno bastante para pasar el cañón del Río Santa y deja uno arriba el verde increíble, se mete uno pasando por la basura entre una mina de carbón. Un escenario para una escena macabra de película de policías corruptos en Arizona en la frontera con México. Y sube uno y abandona el infierno y empieza a encontrarse con las chacras y las tunas y los bosques y las quebradas y el sonido del quechua y el fluir extrañísimo del tiempo en la parte alta de esos valles.

La Crónica de San Gabriel captura algo que me permite ver todo eso de manera articulada, como una lectura paralela ubicada en los años 40, de vivencias en un lugar muy privilegiado del mundo en este (duro, se ve) 2015.

to Áncash

Twirling in the mess of year-end (with novels and excerpts of philosophers set astrewn past us), I set sights on Áncash, a region of Northern Peru where the Andes become the second highest chain in the world, after the Himalayas. Such is the kind of things you may expect from Peru.

In fact we have not yet arrived to Áncash – for now still in Huanchaco (the name brings to mind its namesake Juanchaco in Colombia – the two towns share the fact of being located on the Pacific Ocean, yet seem to be extremely different in climate, population, food, activities, weather). We’ll start tomorrow our ascent in the direction of Áncash!

For four days we have been immersed in the mist, the intensity of waves, the harshness of the desert, the suaveness of the accent, the weird cold (even in summer) of the northern Pacific coast of Peru, the region of La Libertad, near Trujillo, Huanchaco:

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERAdays of reading Paradiso, of visiting ancient cities (Huaca de la Luna y del Sol is a Mochic city+palace built between the first and the ninth centuries CE, Chan-Chan is a chimú city built between roughly 900 CE and 1400 CE, Huaca Arco Iris – so named because of the rainbow patterns all over is from a similar age), of eating ceviches and many other variants of seafood – apparently ceviche has been a staple here for millennial times, of walking by the rough and cold and misty sea, of taking ever-honking combis, of trying to read a bit more of The World as Will and Representation, of remembering how brutally modernistic and just surprising and readable Vallejo’s Trilce is, in the city  where he grew up, …

of trying to find books (not so easy here so far, although we already found a very pretty local bookstore with very good editions and translations to Spanish), of having to not try most of the dishes that look so inviting in the menus

of reading, of swimming (yet the knee’s wound reopened thanks to a rock in the Ocean and I had to go to a local posta médica and have a sampling of the public Peruvian medical system – better, much better than expected, and certainly much better than what you would probably get in a small fishing hamlet in the Colombian Pacific coast), of

of tasting and sampling more than tastebuds can manage normally

of never really understanding fresh days and warm nights – I can undress and read and be comfortable at night (open windows, breeze), something hard in places like Bogotá yet when you go to the beach in the afternoon you feel you need a sweater

of listening to honking ever-honking cars – the worst drivers this side of the Ocean, I believe, and a way of dealing with transport that brings back the dark ages of Bogotá and Chía, with overcrowded minibuses blasting sound and with helpers screaming the destination at the top of their lungs, trying to fit 25 people in the space of 10, and the driver honking nonstop and in perpetual competition with all other combi drivers

of

of admiring the Mochic sense of naturality and beauty that seems to perspire from their representations of sex in their ceramics (interpreted as connecting our world with the earth, with the sea, with water, with the world of the dead, with the bringing of life – the ceramics represent all sorts of variants of reproductive and non-reproductive sex acts – with a common denominator of liveliness – the couples do not seem tortured, possessive, they seem to enjoy themselves – pleasure and its connection to life is perhaps the main point here)

of {\mathbb F}_1 and Zariski schemes and two-cardinals cooking up

of

of

espacios limeños

Lo primero que me asalta siempre al salir del aeropuerto de Lima es la calidad de la luz. Absoluta blancura, que lo obliga a uno a cerrar los ojos. El aeropuerto tiene vidrios ahumados – es solo al salir que percibe uno esa sensación de estar en un lugar con una energía vital que parece venir de otro tiempo.

Esta vez cuando fui a buscar un café al frente del aeropuerto para conectar el teléfono a la red, también me asaltó el olor a comida. Argentina con la comida es un sitio un poco duro: los desayunos parecen diseñados para que le dé diabetes a cualquiera, con su exceso brutal de dulce (todo es dulce a esa hora del día, y el café es torrado, no tostado – es decir, caramelizado con azúcar en el momento de la “tostión” – no tiene aroma de ninguna clase, las opciones de yogurt son “frutilla y vainilla”, redulces ambas), y luego los almuerzos son enormes pero sin variedad. Aunque a uno le encante la carne (y de vez en cuando me encanta), el tema de la comida es duro en un país donde fuera de carne muy bien preparada no hay mucha imaginación (y donde abundan las pastas blandengues, las pizzas con masa gruesa y grasosa). En Lima al ir a tomarme un café (que sabía a café) me asaltó el olor de algo que estaban preparando – olía a jengibre, a condimentos, a vida.

Lima en general no tiene fama de ser bonita – y no lo es. Demasiadas autopistas, demasiados edificios estilo Houston en las zonas ricas, demasiados montes grises cubiertos de tugurios igual de grises en las zonas pobres, un tráfico increíblemente agresivo (es peligroso incluso estar en el andén – la vereda – son frecuentes los casos de carros que atropellan peatones en el andén) y últimamente demasiados trancones – mucho peor que Bogotá la vimos esta vez en ese sentido. Pero tiene espacios maravillosos. Si en Buenos Aires el barrio (con sus árboles, su gente en los cafés y en la calle, sus tiendas de toda clase mezcladas – San Victorino de Bogotá codeando la Calle 82 o la Rue de Rivoli y rematando con el Soho neoyorquino, todo en la misma cuadra casi siempre) es la unidad básica de vida, en Lima parece ser el espacio cerrado, específico, bien definido (oficialmente, el centro de Lima aún se puede llamar el cercado de Lima – la palabra cercado corresponde muy bien al ambiente psicológico que define los espacios básicos allá). Las cortes del virreinato siguen vivas en Lima, pero se expresan en la habilidad peruana para armar espacios (jardines, plazas, casi siempre cuadrados – incluso patios de restaurantes increíbles) bien definidos y supremamente agradables hacia adentro – en los cuales siempre parece que el exterior no existe. Un parque público de fuentes mágicas, abiertas a peruanos pobres y ricos por igual: un espacio que podría ser parisino ahí en el centro de Lima, con fuentes para mojarse en el verano. El patio del MALI, el Museo de Arte de Lima – un patio de palacio limeño lujoso y bien mantenido. Los parques limeños: nada del mugre de Buenos Aires, perfectamente limpios y verdes (en medio del desierto).

El mejor espacio de Lima para mí esta vez fue (bueno: compite con el Océano Pacífico y la Costa Verde: el mar da a una muralla de barrancos sumamente bien mantenida y con miradores increíbles) la Huaca Pucllana. Una pirámide en mitad de Miraflores, como de tres cuadras de ancho. Como si en Bogotá junto a la Calle 72 hubiera una ruina del tamaño de seis manzanas, que se pueden escalar. Hasta mediados de los 80 eso era una loma donde la gente iba a hacer motocross (se imagina uno a los pitucos peruanos, los personajes de novelas de Vargas Llosa, los amigos de Jaime Baily en sus motos ahí). Luego descubrieron (o admitieron que habían descubierto) las ruinas de una verdadera pirámide de adobe pre-incaica. Pasaron a conservarla y a excavar más. Lo que se ve hoy es alucinante, y justifica per se (además de la comida) un viaje a Lima. Poco conocida (comparada con Cusco, Machu-Picchu, etc.), es un lugar misterioso, con tumbas de muchas épocas (incluidos los chinos que no podían enterrar en cementerio cristiano). La estructura de los ladrillos de adobe parece una biblioteca enorme, pero la macro-forma genera bloques en forma de trapezio, como los bloques de piedra del altiplano.

La luz de Lima

Capturar de verdad la luz de una ciudad a veces puede ser dificilísimo. Depende – hay ciudades que se dejan captar sin mayores esfuerzos (algunas incluso son más fotogénicas que de verdad estéticamente fuertes), pero otras son duras duras de iniciar. Fotografiar París bien, por ejemplo, me parece difícil – la luz directa la hace ver muy kitsch – funciona bien de noche o con luz muy lateral.

Lima es una caso aparte. La ciudad siempre está cubierta, aparentemente, por una capa de humedad rarísima que parece de arena (una novela francesa que leí cuando era niño hablaba de “la purée de pois” y pues sí, al aterrizar hace unos días por la mañana en Lima, después de sobrevolar los Andes luminosísimos, de pronto apareció una neblina verde que yo nunca había visto y el avión se metió entre ese puré de alverjas y aterrizó en El Callao). Debe ser algo de la mezcla entre la corriente helada de Humboldt (que hace que la gente se tenga que meter al mar con wetsuit a esa latitud, en verano), algo que tranca la humedad ahí, y esas montañas peladeros impresionantes, de arena gris (parece cemento) que rodean Lima.

En Lima no se ve el sol y no hay montañas verdes: las montañas, cuando se ven, parecen montones de cemento de una obra, con dimensiones andinas. Tal vez por éso cuidan los parques tan amorosamente en tantos barrios ricos y pobres de Lima. Sólo así se puede tener algo de verde y evitar un poco la grisalla del cielo y de esos montes de cemento enormes.

Todo ésto para decir que sentí que no podía hacer nada para capturar esa garúa limeña, ese ambiente de estar sumergido en medio de algo sin que uno sepa nunca qué es – en fotografía. Le echo la culpa al poco tiempo que estuve (de vuelta, llegué a las 9 de la noche y me quedé hasta la tarde del día siguiente).

Las fotos (las pocas que tomé, en la mañana del domingo desde donde mi primo) ahora me hacen pensar en mi recuerdo inducido de Bogotá de los años 70, pero todo diez veces más extenso (Lima es un poco como Los Ángeles – una ciudad de autopistas y edificios bajos y casas que siguen y siguen y siguen – Bogotá parece casi Manhattan comparada con Lima).

Pongo en todo caso mis (infructuosos) ensayos de capturar una luz que tal vez sea incapturable (ahora que lo pienso, nunca he visto a Lima en cine de verdad; claro, aparece en una que otra película pero no puedo recordar imágenes claras). Será por ese verde amarillento que está siempre presente.

(interesante que Perú está quedando mejor que Colombia en muchos indicadores últimamente)

irenarco:

Colombia´s ranking in the Worlds Best Countries

Rank: 62

Education

90.5% Literacy Rate 13.1 Avg years of schooling

Health

66 yrs healthy life expectancy

Quality of life

58.5% Income inequality GINI 0.694 Gender gap 27.88% Percent living on less than U$2/day U$3,716 Consumption per capita 52.5 Homicides per 100,000 74,6 Environmental health 12.0% Unemployment rate

Economic dynamism

U$9,200 Productive growth 54.86% Services %of GDP 2.51% Manufacturing % of GDP 3.17 Inonvation index 37 Eae of doing business 3.0 yrs Time to resolve insolvency 20 days New business start time

Political Environment

3.0 Freedom house rating 5.00 Political participation 59.5 Political stability

Nasca and Palpa

I saw today this National Geographic article, with yet a new theory of the origin of the Nasca lines. Reading it was interesting, albeit somewhat inconclusive. The great mystery remains – an enormous mystery that is not dispelled by a visit (including a flight on a small airplane) to Nasca and Palpa. On the ground, it is quite difficult to discern the lines – from the air, they reminded me of the sort of lines you may see in really ancient pottery – almost effaced by time, weather – yet unmistakably there.

Nasca is the famous name. Palpa is the “poor sibling”, the place one usually doesn’t hear mentioned. Nasca is not just the name of the (now touristic) town where you book the flight over the lines, it is also the name of one of the tectonic plates under the Pacific that caused earlier this month the brutal 8.8 earthquake in Chile – the plate that collides along the Andes and the coast and whose clash with the other, opposite, plate causes/will cause earthquakes and landslides in this part of the world, for as long as it will exist.

Palpa, to us, was just a small town on the way to Nasca, until we passed through there. Afterwards, we found out it has its own enormous share of lines, similar to the Nasca ones, yet distinctively different: if the Nasca lines are “classical”, the Palpa lines are “archaic” or “preclassical” (to use words usually applied to works done in other parts of the world). The Nasca lines have a minimalist refinement, a distinctive draughtmanship that links them all together – in spite of the great variety of shapes you may see during the flight. The Palpa ones (which we did not see from the air) seem less precise, earthier, perhaps more “contemporary” in their very archaism. They do not seem to follow a uniquely well-defined draughtmanship, they are more like sketchbooks (the size of fields in the desert!) or perhaps (pushing the analogy) like works made by the likes of Twombly in more recent times.

carpe diem

Gastón Acurio es uno de mis héroes del momento. No he ido a su restaurante de Bogotá pero en Lima me encantó parar a recoger comida en Tanta (=pan en quechua), el restaurante-café de Gastón en Lima, la versión “descomplicada y ágil” de sus muchos estilos de restaurantes… y quedé absolutamente feliz.

Una de las cosas más interesantes es la exploración de Gastón (constante) de muchos estilos de cocinar en Perú, que se ve reflejada en sus distintos restaurantes (van desde el elegante G y A, pasando por la cebichería La Mar, los restaurantes/cafés/reposterías Tanta, las sangucherías Pasquale Hermanos, las anticucherías Panchita, etc. etc. etc.) y su actitud frente a la cocina peruana (¡tiene un festival internacional – en el Mercado de Surquillo – en el que pone al lado chefs como Ferrán Adriá y ciertos vendedores de puestos callejeros de Lima a que aprendan unos de otros!).

Este párrafo de un artículo que salió hoy en El Espectador es diciente: “… en tiempos en que no existía un solo restaurante peruano importante en Lima, porque todos eran fondas o pequeños locales de cebiches. En el año 94 sólo había dos marcas de pisco, los cinco mejores restaurantes de Lima eran de Francia, en los matrimonios sólo se servía comida francesa y cuando un peruano quería invitar a alguien de afuera, lo llevaba a comer a un restaurante galo o italiano”, sostiene Gastón. Ahora, en Lima hay 35 escuelas de cocina oficiales, hay unas 400 marcas de pisco, de todas las variedades, y los 20 mejores restaurantes de la capital son peruanos.

Yo veo que en Colombia está empezando a pasar algo comparable con eso. No digo igual, pues Colombia y Perú tienen historias distintas (con cierta parte común) que se ven reflejadas en sus cocinas. Pero está empezando a pasar eso que ocurrió en Perú: el inicio de la verdadera exploración de las (muchas) cocinas locales.