Vasos comunicantes: ROMA.

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Sergio Pitol al describir lo esencial de la novela rusa del siglo XIX usó la palabra polifonía. Aunque mucho se ha escrito acerca de las novelas de Tolstói, de Dostoyevski, de Gógol, el uso del concepto polifonía por Pitol me sorprendió, al pensar en lo específico de las novelas rusas. Pitol pasa entonces a describir las multiplísimas voces que se escuchan en esas novelas. Voces de la acción principal, claro, pero también una cantidad de voces al fondo, comentando, contradiciendo, repasando el momento histórico, hablando del siguiente baile en la corte. Voces. Superpuestas. Pitol lo achaca a la estructura de esos palacios o apartamentos, habitados por muchos familiares y siervos, con divisiones delgadas entre cuartos; apartamentos donde las peleas y eructos del vecino se escuchaban siempre, donde siempre se escuchaban los gemidos de placer cuando hacían el amor en los cuartos de al lado o las escenas conyugales, los nacimientos y las llantos por muertes, la vida entera.

Tal vez la primera impresión al ver ROMA, la de Cuarón, es análoga. Ha sido descrita por Magola Delgado como muchas películas en una. No solamente muchas historias superpuestas, sino realmente muchas películas puestas juntas en una sola, como si la transparencia increíble del blanco y negro, la ausencia de opacidad lograda mediante la ausencia de color lograra la primera magia: comunicar las “superficies” de las muchas películas en una sola, mediante vasos comunicantes / pasajes / singularidades / transparencias.

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El rol de las ventanas en la película hasta ahora no lo he visto en comentario escrito. María Clara, que siempre es sensible a esos temas, me lo hizo notar desde la primera vez que la vimos. Las ventanas, la mirada a través de las ventanas, es casi un personaje de la película. También las múltiples simetrías formales (como las manijas en la foto, o la presencia del avión reflejado al inicio y visto directamente al cierre de la película).

Constantemente estamos pasando de un paraje de la memoria a otro, como en una realidad medio soñada, medio irreal pero vuelta mucho más real por esa posibilidad de vasos comunicantes entre distintos tiempos. La metáfora del güerito, el niño menor, constantemente hablando de vida adulta en pasado, es la metáfora de la película ahí también.

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Hay muchos momentos de “cápsula del tiempo” en la película – un poco como en la otra película del espacio que van en familia a ver. En un carro van, con el chofer de la familia, atravesando una manifestación de estudiantes, histórica, antes de tornarse violenta ésta. El carro anda despacio, y la transparencia de nuevo se abre para evocar las durísimas manifestaciones de los años 70 en América Latina (en la de Corpus Christi en 1971 en México mataron a más de 100 manifestantes), pasan al lado de policías preparados para pegar duro, y luego llegan a una tienda de muebles a… comprar una cuna.

La cotidianidad, la familiaridad de esa tienda (que podría ser en la Calle 26 de Bogotá de los años 70) y la calle afuera al tiempo me trajeron memorias muy fuertes de mi propia infancia (yo tenía dos/tres años en la época de esos eventos) en un lugar cercano a la Universidad Nacional en Bogotá. Desde el apartamento, tercer piso, se podía ver a la policía de Colombia persiguiendo a los estudiantes en desbandada por una carrera paralela a la 30. Más de una vez algunos estudiantes se refugiaron en casa de mis padres.

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En la película la situación llega a ser más trágica – afortunadamente en lo que tuve que presenciar en esos años no llegué a ver disparos, pero sí vi policías armados golpeando a los estudiantes, claro que sí – y supe del miedo de mi madre al saber que a Química (donde estábamos) se podían entrar en cualquier momento los policías.

Sí – polifonía era para Pitol la palabra para la novela rusa. Aquí sería algo así como poliiconia, como muchas imágenes al tiempo, superpuestas pero no de manera física sino comunicadas mediante transparencias, como un haz de espigas desplegándose.

Una de esas muchas películas, una muy importante, es la de Cleo. La historia de Cleo, la primera película que la gente ve en ROMA (y que a algunas señoras emperifolladas torpes de entendimiento en el cine bogotano causó rabia – salieron diciendo “qué horror una película en honor a la empleada de la casa”), la que molesta a algunos por “condescendiente” y fascina a otros. A mí la historia me pareció contada de manera directa y llana, y espléndidamente actuada. Los reseñistas gringos se ponen bravos porque Cleo “no habla” (lo cual no es cierto; habla mucho, pero con su amiga Adela en mixteco) y no está “empoderada” (pero habría sido falso el recuerdo si hubieran puesto a Cleo como una mujer del siglo XXI).

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Las miradas de Cleo son otro de los vasos comunicantes de la película. El temor ante el futuro, la comunicación con los niños, la mirada de entendimiento tácito con la otra mujer, la madre de la familia, los silencios y los gestos. Todo eso hace parte orgánica del recuerdo de quienes nacimos en América Latina en los años anteriores a 1970, dolorosamente. La película lo pone ante nosotros sin emitir palabras.

Hay escenas misteriosas en la película. Una de esas es, durante un incendio en una finca en Año Nuevo, el gringo disfrazado de monstruo cantando borracho una balada en inglés. Presiento alguna referencia a algo ahí; la borrachera de Nerón mientras Roma se quema, alguna metáfora a Estados Unidos. Misterio (para mí). Otra es en Ciudad Neza (Netzahualcóyotl, la Ciudad Bolívar de Ciudad de México, parte del cinturón de miseria común a todas las grandes urbes de América Latina). Al llegar, lanzan a un hombre como un cohete en un espectáculo de circo de barrio…

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en una imagen poderosísima y cargada de algún significado metafórico. Es la época de las películas de viajes al espacio, de los Apollos visitando la luna, los hombres gringos o rusos perdidos en el espacio. En ese barrio de calles de barro esa imagen del hombre disparado parece algún homenaje al Fellini de Amarcord o de La Strada, traspuesto a Neza y visto (de nuevo) desde la lejanía del recuerdo reconstruido, desde el vaso comunicante, la singularidad de cierta incoherencia.

Mientras tanto, Cleo está buscando a su novio Fermín desaparecido—desaparecido al contarle Cleo que será padre. Fermín el practicante de artes marciales de Ciudad Neza, que salió huyendo de un cine cuando Cleo le contó que “tenían encargo”, que estaban esperando a un hijo.

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Desaparece Fermín (que solo conocíamos por su escena memorable meses antes—desnudo haciendo movimientos de kendo con una vara arrancada de una cortina en un hotel y contando a Cleo su historia: muerta su madre, lo llevan a vivir a Neza y lo salvan las artes marciales de la delincuencia…

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… mientras de nuevo las ventanas del hotel y el espejo nos dan ese doble reflejo del mundo (la fotografía es impresionante ahí – no es solamente la corporeidad de Fermín, el encarnar su ser de manera tan directa, sino el reflejo de todo un universo ahí en esas ventanas)).

Fermín (que todo el mundo parece odiar, pues encarna el machismo más básico – muy agresivo con Cleo cuando esta le cuenta en Neza que están embarazados) en realidad es una víctima doble. Crece en un lugar desgraciado de América Latina y realmente encuentra en la práctica de las artes marciales, como tantos jóvenes del mundo, una salvación… para ser luego usado por el mismo gobierno mexicano como fuerza de choque contra los estudiantes. Fermín encarna la historia de tantos paramilitares de América Latina, de tantos guerrilleros o militares que encuentran un respeto a sí mismos en la práctica de artes marciales – pero terminan siendo convertidos en máquinas de muerte por el mismo sistema que generó (genera) las Ciudades Neza de América Latina.

La muerte aparece en varios momentos, con fotografía muy anclada en la gran tradición de México, en Juan Rulfo y Tina Modotti. En uno de los momentos centrales de esa película que no tiene momento central único (pues son muchísimas películas comunicadas) aparece esta escena casi aislada del resto, casi sin comunicación con nada…

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… casi sin comunicación con nada pero a la vez con todo. La abuela, Cleo y el chofer salen de la tienda, no ven este primer plano pues están viviendo su propia otra película en paralelo… y México en 1971 está viviendo desangres como este.

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Una historia muy personal (y que no sucedía en todas las familias) es la solidaridad entre dos mujeres, las dos mujeres principales, la señora Sofía y Cleo – ambas abandonadas, aunque de maneras distintas, por sus hombres. Pese a las diferencias de clase inmensas entre las dos, hay un vínculo de cierta empatía entre ambas.

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En muchas familias latinoamericanas la reacción inmediata en esa época habría sido expulsar a Cleo apenas esta cuenta que está embarazada. De hecho, es lo primero que pregunta Cleo—¿no me va a correr? Hay cierta sutileza en la respuesta y un entendimiento de la situación de Cleo; tal vez causada por el saber que su esposo la había abandonado.

Era tan común tanto la primera como la segunda historia—esposos que se “iban a Quebec” a congresos para nunca volver (en mi familia no inmediata sucedió algo similar, y los hijos quedaron con traumas fuertes), empleadas que quedaban preñadas por sus respectivos “Fermines”, que aquí la parte de memoria es realmente directa y tal vez menos mediada por las ventanas y reflejos.

Fernando Zalamea ha escrito inmensas páginas sobre otro tipo de vasos comunicantes en el cine, en Tarkovsky — y en la matemática, en Riemann o en Grothendieck. La película es manifold, es multiplicidad/variedad repleta de pliegues, memorias de otras películas (¿cómo no pensar en Buñuel al ver a los ricos de la finca disparando al vacío, siendo el vacío?…

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… ¿cómo no recordar escenas similares vividas en fincas donde primos ricos en épocas de infancia?), repleta de ramificaciones, de singularidades que intercomunican distintas películas independientes – pero que Cuarón logra mediante sus ventanas, reflejos y ojos—la mirada de Cleo sobre todo, y repleta de escaleras espléndidas (las de la casa y sobre todo las de la hacienda, que conectan el mundo “de arriba”, de los ricos y sus pistolas y su whisky y sus cigarrillos y sus criadas, con el “de abajo”, el del pulque y las historias de los ejidos y la música popular).

Pero sobre todo, ¿cómo no soñar con esta imagen? (Tal vez la más emblemática: ¿las cabezas conectadas, el niño que recuerda y la mujer que quiere estar muerta, los techos de Roma y la ropa como un haz de transparencias – lavada de las miserias humanas que se adivinan, las secreciones, sudores y humores de nuestra condición humana en manchas en calzoncillos y medias y brasieres – y la luz difusa infinita?)

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Medellín en el León de Greiff

El miércoles pasado, dentro del contexto de la celebración del cumpleaños 151 de la Universidad Nacional de Colombia, tres medellinenses brillantísimos estuvieron en el Auditorio León de Greiff y compartieron con el público algo de su arte.

Tuvimos el placer de escuchar en tres horas de maravilla a Jesús Abad Colorado, Teresita Gómez y José Luis Correa. En una de las obras los acompañó la clarinetista francesa Iris Zerdoud.

Jesús Abad Colorado trazó un arco narrativo muy poderoso, que incluía desde su propio origen (su abuelo degollado por ser liberal en 1960, su abuela que muere de tristeza poco tiempo después) ligado a la Universidad Nacional (su padre llega a Medellín y la Universidad lo contrata como obrero; Abad Colorado se reclama hijo de la Universidad Nacional y tiene toda la razón, pues el salario de su padre en su infancia, su recuerdo de primeras lecturas en los muros con reclamaciones estudiantiles en la Sede Medellín) para pasar a hacer preguntas durísimas a través de su fotografía.

¿Qué hacer con un país que no entiende cómo construir la paz?

Su conferencia estuvo centrada en los campesinos de muchas regiones de Colombia, los que realmente han sufrido la guerra, la gente de Bojayá o los padres de soldados asesinados – la guerra que finalmente es fratricida (soldados de los tres ejércitos prácticamente hermanos, todos hijos de la misma clase social). En un momento dado puso esta foto de un tablero de una escuela rural que había sido bombardeada (y justo antes aparecían las botas de los soldados muertos en ese ataque).

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Historia de Caín y Abel. Foto: Jesús Abad Colorado

La charla termina con una historia de una mujer desmovilizada de la guerrilla FARC que Abad fotografió, en parte por azar, antes de su entrada a la guerrilla, durante su estadía allá y después de su desmovilización. Es una historia de esperanza y zozobra.

Muchas fotos me impactaron. Esta con los desmovilizados de las FARC yendo en balsas por uno de esos ríos increíbles de Colombia hacia uno de los puntos de concentración durante el proceso de paz me impactó muchísimo:

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El testigo – Jesús Abad Colorado

No sé si fue la composición de esa foto, proyectada inmensa en el León de Greiff, o qué, lo que tanto me impresionó. No sé si fue la incertudimbre de las caras. O los dos perros – el de atrás que parece querer devolverse.


Después de esas fotos, de esa hora intensísima de ver la cara del país, de ese homenaje tan fuerte a la Universidad por parte de Jesús Abad, fueron Teresita Gómez, José Luis Correa e Iris Zerdoud en un programa hermosísimo de Brahms. La Sonata para Clarinete op. 120 en fa menor sonó impresionante ahí en el León de Greiff… y también la versión para cuatro manos de las Danzas Húngaras.

Por razones relacionadas con armar el video de un día en Budapest hace mes y medio me dediqué a escuchar mucha música húngara de fondo (Ligeti, Bartók, Liszt, obviamente pero también las Danzas Húngaras de Brahms, que son la visión de un compositor alemán)… Encontré versiones impresionantes de estas (para orquesta, orquesta y clarinete, piano, piano a cuatro manos, violín, etc.). La interpretación que dieron los pianistas de Medellín Teresita Gómez y su antiguo alumno José Luis Correa me emocionó fuertemente, en parte por haber estado escuchando tantas versiones (tal vez, tal vez, la más rara e interesante es la de Cziffra) y por ver en vivo el panache impresionante con que lograron vadear esas danzas los dos pianistas de Medellín.

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Teresita Gómez, José Luis Correa, Iris Zerdoud (foto en anuncio del Auditorio)

connaissance et absorption

Je n’ai donc eu qu’à traverser la rue de Bretagne pour trouver le tome III de la Recherche du Temps Perdu en Pléiade – je ne touche pas encore à la fin du tome II mais prévoyant la suite de la lecture, me voilà en tout cas ramené à acheter dès déjà ce tome III. Ma lecture est bien lente, enchevêtrée comme elle est de tout plein de travaux surtout en maths, puis un peu en philo et en certains projets éditoriaux non finis.

Bref, voilà. Aussi trouvé Jabès (enfin!) dont j’écoute tellement d’échos chez la poète vénézuélienne Jacqueline Goldberg – pour pouvoir enfin le lire à loisir – la photographe Américaine Deborah Turbeville qui m’a ébloui – du Spinoza et du sur-Spinoza, un peu d’Hervé Guibert (quel talent il avait pour décrire toutes sortes de situations !  quel vie intéressante il a eue – si méconnue hors la Francophonie, si réduite et si banalisée !  ). Un petit livre de photographies organisé en forme de roman, parfait pour Roman et Wanda et notre projet topoi, et un autre assez éblouissant en format d’érotismes à deux couples en simultanée cinématographique, l’un d’un homme baisant une femme, l’autre de deux hommes en relation sadomasochiste, les deux couples textuellement et virtuellement superposés mais en des chambres séparées, d’une façon qui se lit de façon naturelle, exhilarante bien sûr mais qui en même temps transmet une beauté très lyrique par ses descriptions, avec des échos de Proust et Rimbaud, Cocteau et peut-être aussi une culture visuelle cinématographique très présente aussi.

Ces phrases (p. 159 du tome II de LRTP – À l’ombre des jeunes filles en fleurs, II): Car on ne peut avoir de connaissance parfaite, on ne peut pratiquer l’absorption complète de qui vous dédaigne, tant qu’on n’a pas vaincu ce dédain. Or, chaque fois que l’image de femmes si différentes pénètre en nous, à moins que l’oubli ou la concurrence d’autres images ne l’élimine, nous n’avons de repos que nous n’ayons converti ces étrangères en quelque chose qui soit pareil à nous, notre âme étant à cet égard douée du même genre de réaction et d’activité que notre organisme physique, lequel ne peut tolérer l’immixtion dans son sein d’un corps étranger sans qu’il s’exerce aussitôt à digérer et assimiler l’intrus…

Un peu d’images de ces jours:

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through his eye

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With my two sisters, my grandmother, my mother – and my father’s face behind a camera…  A mirror in London, 1980.

This is a post partially inspired by conversations with Roman and Wanda, our companions in the Project Topoi adventure. It is also inspired by very personal feelings at this time in my life – a conversation with my father (who has been having serious health problems in the past few months) that spans decades, a (usually silent) conversation that now seems to spill away from the original topics and into earlier moments of our lives. A conversation that needs images to trigger connections, a conversation where photographs of earlier days plays a central role. A conversation not only with him but now with my sisters and my mother as well, as they feature prominently in many of the old (forgotten) photographs we have been digging with María Clara.

A collection of slides taken (mostly, perhaps 75 or 80% of them) by my father during our four years in Europe (late 1977 to late 1981), is the main bulk of it. There are a few earlier photographs, very few of them – and then, I remember both the camera and the projector seemed to break down around 1982, and slowly other interests and the return to Bogotá seemed to bring to an end that spur of photography, that visual impulse.

[There are also of course photographs taken by my mother and perhaps even some taken by myself – I remember I learned to use the Minolta they had but cannot quite remember which photographs did I take – some group photographs where I don’t appear may very well have been taken by that earlier version of myself. I myself had a Kodak Instamatic of very low quality; I doubt any of those Instamatic photographs remains…]

So a few days ago with María Clara we started rephotographing those old slides; armed with a projector, a tripod and our cameras, projecting, deciding what to keep and rephotographing. Then a few days of edition, selection – and here are more than 400 old slides spanning those few years (and many places and visits). And of course a ridiculous amount of lost memories resurfacing – to the point of re-dreaming moments lived when I was 10 or 11 years old. And of course, re-conversations with my sisters and with my father and mother.

What really emerges from those hundreds of photographs, in addition to the moments and faces and places and memories, what really emerges is the eye of the photographer. Although my father was just recording life as it came, with no special pretensions of artistry (although there is a series where he seems to have been inspired by something – that series has a more intentional character than the rest and I still seem to recall that day he told my sister María Piedad and me “let’s go to the Bois des Rêves, the Forest of Dreams – a small wood some 10 km from where we lived – I want to take photos of the two of you”; those photos seem to have a different character from the rest).

The eye of my father when he was living through an intense period of his own life, his way of seeing for some years between 1977 and 1981, it is all there. (It was impossible not to think of tes mnemês topos, one of the topoi of our project with Roman and Wanda and María Clara, while opening that eye.)

In no particular order, a (very) few of them:

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A photo of me, when I was 12 years old, holding with my left hand my Kodak Instamatic camera, on the Cutty Sark in East London.

Here is one of my favorites (I find it very atmospheric):

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This is the Danube somewhere in Austria. I remember we camped there with an uncle and aunt who visited and went with us all the way from Belgium to Athens in the summer of 1979, camping all the way. In the middle I stand with my uncle.

Those long (one month!) camping summer trips were incredibly intense – and an occasion to meet Europeans from everywhere – Poles in their Polskis or Zastavas, East Germans in their Trabants (no Russians, few Czechs, many Yugoslavs of course) – in addition of course to the French and Germans who seemed to crisscross the continent in camping.

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Somewhere in Catalonia – El Vendrell? I don’t remember exactly. 1978, with my mother and two sisters.
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This blurry, badly composed photograph, was the view from the apartment in Louvain-la-Neuve. Nothing special except for the people who lived there. I wonder if  those children in the bicycle are my sister and I. Impossible to know.

In contrast with the previous, here is a much better photograph (well, the general feel is ok – if he wanted to photograph us (I am there, very small, with my mother and sister and a friend of hers), he definitely should have tried a different composition. Yet there is a magic in this photo (to me).

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Here is a photo I really like, on that famous day we went for a long walk with him and he was photographing carefully.

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Here with my sister María Piedad.

But many slides are more like this:

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I appear there (although that wouldn’t be very clear from the photo itself). The place is very non-descript post-industrial Mont-St-Guibert, a row of workers’ houses… Not too fond memories of that place.

This was the first decoration of the lamp when just arrived to that new place – the lamp with older photos of the family:

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Some of the old slides look very atmospheric, very interestingly lit:

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My grandmother is here with my mother and youngest sister. The grandmother visited us when my grandfather died, a couple of months after. It was a beautiful visit, but of course she was (quietly) mourning.

There is more and more. But I particularly like this photograph with my mother in Switzerland (in the Valais) in the summer of 1981. For some reason it brought back to my mind my love for the French-speaking part of Switzerland (St-Luc, Nendaz) where I had the chance of spending a couple of weeks in winter with my school from Belgium and then a couple of weeks in summer with my parents. I now see the photo and think of Tony Judt’s book (that Roman brought to Bogotá). I would like to go walk there some day again…

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In addition to the connection Switzerland-Tony Judt-Roman Kossak through the book and the gift of book with memories of walking in Switzerland, this photo reveals very sharply to me the eye of my father – and a time of my mother’s life when she participated in a feminist movement. Her t-shirt has a map of Latin America inscribed in the middle of the symbol of women. (For some odd reason, I also see the thirteen-year old boy in the photo, it is me yet in many ways yet that life was cut short by our return to Colombia soon after – it feels like a very different person as well.)

Camping somewhere (seems more Western Europe than Eastern Europe but we were in both) in 1979…

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Perhaps by the Danube in Austria…

Another one of those photos he took of my sister and I, walking near the Bois des Rêves…

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Those pictures look inspired by something. With my mother they used to go a lot to movies; I wonder if some of that was subconsciously there…

And finally, a photo of the photographer (taken most likely by my mother).

 

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The sea in Ostende, José Luis Villaveces. 1977.

Coda.

When we saw the photographs of his thesis defense with my father yesterday he said he had never actually seen them! That’s quite possible: the slide projector broke down that day (he used it for his presentation but in the middle of the fuss asked someone to project the slides; that person turned down the projector while it was hot and… it melted). Also the camera’s light sensor seemed to break a few months later. With the move and no projector, it is not so strange he didn’t see the photos of the party after his defense (until yesterday, many many years later).

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After his successful defense, surrounded by some Colombian friends. His expression of relief is amazing. 1981.

fotos dañadas de temas queridos

 

Proust discurre sobre el tema de la dificultad gigantesca que hay de fijar la imagen de un ser querido – básicamente dice que solo fijamos imágenes de seres que no queremos, pues los seres que queremos están demasiado vivos para que podamos de verdad fijarlos – compara con fotos dañadas nuestros intentos de describir en el recuerdo a los seres que queremos. El protagonista, el adolescente, está enamorado de Gilberte y no logra recordarla – ella salió de vacaciones de invierno, y al volver él a los Campos Elíseos donde se encontraban siempre no está ella – y le desespera no poder verla en su imaginación.

A mí me ha pasado – curiosamente me pasaba cuando tomé Teoría Avanzada de Conjuntos por allá en tercer semestre de la carrera (el primer curso en que me encontré con modelos de la teoría de conjuntos, cardinales y ordinales, cardinales medibles y fuertemente compactos, la paradoja de Banach-Tarski, muchas otras cosas que vistas por primera vez daban vértigo y felicidad). No lograba recordar la cara del profesor al pensar en el tablero. Recordaba el movimiento en el tablero, a las siete de la mañana, recordaba el frío, la letra, los conceptos. Pero si intentaba recordar su cara, no lo lograba. Pasó así tal vez medio semestre. No podía recordar la cara de un profesor que marcaría de manera muy profunda mi vida de ahí en adelante.

Ah sí, el fragmento:

(Gilberte cependant ne revenait toujours pas aux Champs-Élysées. Et pourtant j’aurais eu besoin de la voir, car je ne me rappelais même pas sa figure. La manière chercheuse, anxieuse, exigeante que nous avons de regarder la personne que nous aimons, notre attente de la parole qui nous donnera ou nous ôtera l’espoir d’un rendez-vous pour le lendemain, et, jusqu’à ce que cette parole soit dite, notre imagination alternative, sinon simultanée, de la joie et du désespoir, tout cela rend notre attention en face de l’être aimé trop tremblante pour qu’elle puisse obtenir de lui une image bien nette. Peut-être aussi cette activité de tous les gens à la fois et qui essaye de connaître avec les regards seuls ce qui est au-delà d’eux, est-elle trop indulgente aux mille formes, à toutes les saveurs, aux mouvements de la personne vivante que d’habitude, quand nous n’aimons pas, nous immobilisons. Le modèle chéri, au contraire, bouge ; on n’en a jamais que des photographies manquées. Je ne savais vraiment plus comment étaient faits les traits de Gilberte sauf dans les moments divins où elle les dépliait pour moi : je ne me rappelais que son sourire. Et ne pouvant revoir ce visage bien-aimé, quelque effort que je fisse pour m’en souvenir, je m’irritais de trouver, dessinés dans ma mémoire avec une exactitude définitive, les visages inutiles et frappants de l’homme des chevaux de bois et de la marchande de sucre d’orge … — Proust, À l’ombre des jeunes filles en fleur, I –  p. 481 en Pléiade I).

noche – parque

Los parques en la noche pueden ser lugares de ensueño, de frontera entre el mundo racional normal y otros mundos que uno apenas atisba. Son lugares posiblemente inseguros (incluso en ciudades muy seguras) pero a la vez son lugares donde de alguna manera puede uno quedar “por fuera de la grilla” durante un rato breve. No hay carros, no hay que estar pendiente de semáforos peatonales, no hay recorrido obvio. Hay cierta libertad (seguramente usada por algunos para encuentros que no podrían darse a la luz del día, en lugares transitados). Pero sobre todo, hay árboles, prados, a veces animales (chacales en el Parque del Valle de la Cruz en Jerusalén, ululando no muy lejos de donde camina uno, o jabalíes en algunos parques de lugares del Mediterráneo), poca gente – y la posibilidad de imaginar el lugar anterior a la ciudad, de escapar de lo urbano.

El viernes por la noche pasado llegué tarde a Madrid, y tenía conexión de vuelo a Bogotá a mediodía el sábado – muy pocas horas en Madrid para hacer gran cosa. Buscar comida buena (algo fácil allá, y realmente muy barato comparado con Jerusalén e incluso con Bogotá) y caminar. Pero la ciudad se veía un poco monótona (sobre todo llegando de Jerusalén), un poco demasiado urbana estándar. Caminando de noche por las calles de Madrid la sensación (fuera del calor absurdo) era la de estar caminando por un lugar muy genérico, muy normal. Seguramente tiene magia pero no de manera tan apresurada. Decidí bajar hacia el Parque del Retiro – eran las 11:30 de la noche.

Al principio, la reja inmensa y nada adentro. Pensé que estaría cerrado – yo en esa vía desalmada que es la Calle de Alcalá, típica de una ciudad muy carrocentrista (Madrid de verdad optimiza demasiado todo para los carros y no lo suficiente para los peatones – los carros van raudos por avenidas inmensas con andenes muy estrechos) y el parque, misterioso, tras la reja.

Pero un par de cuadras adelante vi que estaba abierto el parque. Entré al lugar de ensueño, de maravilla, de felicidad, de misterio que es un gran parque urbano a esa hora.

Me dediqué a tratar de captar con la cámara esa atmósfera de gran felicidad y tranquilidad (y misterio).

El epílogo fue ligeramente traumático: cuando fui a salir, tal vez hacia las 12:30, habían cerrado la puerta. Me puse a andar y me encontré con un grupo de franceses y otro de argentinos que también buscaban la salida. Pasaron unos ciclistas españoles también buscando la puerta. Que si por Atocha, que si por la Puerta de Alcalá, que todo cerrado. Nos tocó pasar la reja (puntuda – qué susto) entre varios, ayudándonos a no resbalar. Nunca apareció ni un guarda, ni un policía, ni nada. Tampoco parece haber información de ninguna clase. España no es un país bien señalizado.

 

Semestre casi sin posts + selfies con mc

Sí, a veces me hace falta, obviamente. ¿A quién no? Cualquier cosa, escribir, fotografiar, poner selfies (que las hay, en los museos, y muchas), poner retratos, contar cosas semi-íntimas o incluso muy íntimas (como finalmente los blogs los leen solamente dos o tres amigos, uno que otro curioso desocupado y sobre todo uno mismo, pues da lo mismo).

Excusa (yo, que no aguanto mucho que den excusas) parcial: armé de nuevo una página web (por interés comercial, obviamente, como todo en estos pagos – aunado a llevar la capa de invisibilidad en la red por demasiado tiempo) y he estado escribiendo otras cosas (artículos, dos o tres – un ensayo), y organizando (junto con MC y con apoyo bello de FZ y de Alejo) mapping traces, ese evento que pinta extraño y ha tenido respuesta conmovedora de artistas, matemáticos, politólogos, filósofos, físicos, músicos, historiadores del arte – ¡respuesta además completamente fuera de lo que imaginábamos!

Tomé fotos en este viaje a México. No me dan ganas de armar un video esta vez. Quisiera simplemente ir poniendo fotos, como si esto fuera un fotoblog, sin mucho ton ni son. Me parece que México da para tanto visualmente que uno podría ir armando álbumes con puras fotos de ese país, de la gran ciudad, simplemente pegando ahí.

Arranco con un par de selfies que nos tomó MC en el baño de un museo, en la parte de los lavamanos. Las dos me gustan, por razones distintas. Prometo más: manifestación de estudiantes de medicina en Reforma, grafitis interesantes y curiosos, sombras en la Roma, atardecer en el Centro Histórico desde la terraza del Centro de Cultura de España en México, Tepoztlán y la mente viajera, la calle, la calle, la calle, un letrero de un sitio donde ofrecen “clases de strip-tease”, parajes de árboles puros, museos. Prometo tal vez demasiado. De pronto cumplo algo de todo eso. Ah… muchas más selfies, obviamente.

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Out of focus

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Una de las mejores películas de Woody Allen tiene un personaje que en un momento dado queda fuera de foco. Él mismo no logra enfocarse nunca, durante buena parte de la película. La cámara nos lo presenta durante esas escenas en reuniones neoyorquinas, con todo el mundo perfectamente enfocado y él, sólo él, fuera de foco. Se desespera, le dice a la gente “well, I’m out of focus…” y la gente lo mira y le contesta que sí, que tan extraño, está fuera de foco.

¿Cuántas veces me ha pasado lo mismo a mí? ¿Qué tan normal es dentro de la experiencia humana el desenfocarse, el imprecisarse, el ambiguarse, el superponer puntos de fuga aparentemente incorrectos?

Creo que la creatividad (matemática, pictórica, musical, literaria, o simplemente, del diario vivir) requiere saber desenfocarse y reenfocarse, varias veces en un año, en un mes, en un día. Sin desenfocar es imposible pensar en temas como “el cuerpo F_{un} de un elemento”, o “la convergencia de clases elementales abstractas a… un tipo” o simplemente pasar de buscar soluciones concretas a una ecuación y pasar a estudiar la simetría de las soluciones – armar cuerpos de clase para extensiones numéricas de {\mathbb Q}, etc.

El problema es que tiene su precio el reenfocarse bien. El miedo casi siempre nos impide durar mucho tiempo desenfocados. Pero hay que saber perdurar en el desenfoque, en el estar “fuera de sí” y “fuera de foco” – saber volver despacio al convencional (y tantas veces aburrido) foco.

Hoy tomé una pequeña serie de fotos fuera de foco – buscando captar otras luces, otras cosas. Noté que me gustan más los colores que así pueden surgir. No todas salen bien – de hecho, casi todas son olvidables. Pero ésta foto de flores amarillas todas desenfocadas me gusta – me transmite algo, no sé bien por qué:

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Tono Monogatari

Tales of TonoThe Tales of Tono, a book originally made by Daido Moriyama in 1976 and consisting of many photographs and an essay on the notion of place and the role of photography – and translated and published in English for the first time in 2012 (Tate Publishing, Simon Baker), is one of those gems one occasionally finds while travelling – those little findings that seem to have been waiting for you, hidden in the middle of stacks of books at the Tate, since the beginning of time.

Based loosely on Tōno Monogatari (遠野物語), a collection of folk tales located in the Tono Valley during the Meiji era, the set of photographs by Moriyama really seems to be a quest of home town (home place) when the concept of home town has been shattered by the speed of cities, by the dis-location we all willingly submit to in our lives these days. Looking (via the camara’s eye) for a home place is one of the many beginnings of this book.

For people like me, who don’t have a “home town” to return to, who run after their dream of a “home town”, behaving like a spoiled child in spite of being old enough to know better, the idea of a “home town” is a swollen utopia of countless childhood memory fragments. It’s something like the “original landscape”. I have to say that I was helplessly obsessed with Tono being the embodiment of my “home town” dream – a place that existed only in my imagination.

Thus, Moriyama, describing that beginning.

For me, the beginning is necessarily somewhere else. The little volume (only a few centimeters large, hemmed among large and glossy and heavy photography volumes at the Tate Bookstore) immediately appealed to me – because of the overexposed/underexposed nature of many of the photographs, because of the black and white, because of the narrative – intriguing, open-ended, mental, physical – of the book. It was instant love.

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Later that day, or the day after going through East Anglia to visit Mirna, I kept thinking of the book and I remembered a possible why for the attraction: the book bears some resemblance with John Berger’s Another Way of Seeing. In the middle of the book, Berger and Jean Mohr include a little photo-narrative made in the French (or Swiss?) Alps – another book that intrigued me some twenty years ago. It consisted of black and white photographs of many things – some of them obviously in the Alps, some of them just objects or “nowhere places” just interspersed in the middle of an odd narrative.

In many ways, this is similar, but perhaps more intense – Moriyama is one of those photographers who seem to live and see the world through their camera, constantly photographing absolutely anything, without stopping to check the light and perhaps without making a fuss over expensive lenses nor the like: he seems to just be the photographer, walking through life a little like Dylan with his harmonica, making poetry by looking at things. The intensity is like a blazing hot rod, melting iron, shattering glass.

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It is pages and pages of these kind of photographs, perhaps not too appealing to many on their own, and oddly fascinating to me in book form. Immersing oneself in a mythical landscape of a valley that was described more than a hundred years ago in Japanese folk tales, looking for it on a train in 1976, finding for sure odd things, and then just seeing the book at the Tate…

Furthermore, when having to reflect on locality and globality (for mathematical, or not, reasons), encountering this instance of strong synchronicity in my own life and my own dis-locations adds yet one more dimension to the Tales of Tono.

Glimpsing through silver

(probably) Philip Henry Delamotte - Opening Ceremony of the Crystal Palace at Sydenham - 1854
(probably) Philip Henry Delamotte – Opening Ceremony of the Crystal Palace at Sydenham – 1854

This daguerreotype opens the dreaming mind. Printed on 10 June 1854, at the re-opening of the famous Crystal Palace, with Victoria and Albert in the group of notables, this is one of the oldest “photographs” available to see (at the Victoria and Albert Collection).

I was truly moved by the collection of early photography there. Talbots, Delamottes, Kilburns – many of them with an amazing degree of detail given by enormous plates and the original emulsions.

Like water droplets from the far distance, like a conventional old photograph up close.

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Mémoires de Toronto: Josef Sudek

Entre autres moments de gloire, la visite à Toronto l’automne dernier a eu le moment de connaissance de Josef Sudek (à l’Art Gallery of Ontario) – ce photographe tchèque qui m’a tellement surpris par ses transparences, par ses gris, par la présence ineffable d’un “air”, par la façon d’attraper ce qui est là, immanent et en même temps si difficile à voir d’habitude.

María Clara m’a dit de beaux mots sur Pessoa quand je lui ai donné la compilation avec chansons basées sur ses poèmes il y a quelques jours, à la Foire du Livre de Bogotá. Elle a évoqué la sensibilité de ce poète et sa façon de rendre presque palpable l’absence, le mystère de la vie, le manque, le temps. Je sens que Sudek est un peu la même chose, en photographie.

Galei Galim: the waves in Tel Aviv.

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Laub_TelAvivBeach_16Every now and then I become transfixed with longing for aspects of Israel – for those aspects of Israel that make life there incredibly energetic – like the complex melodies and mille-feuille-like layers and flavors of the Hebrew language. Life in Israel is flavorful.

This time, I came across a collection of pictures of the beach at Tel Aviv and strong memories of the summer of 1997 came back to me. In August the University in Jerusalem had no seminars, nobody was going there on a regular basis. I had a lot of work to do. The best by far, to escape the heat was to wake up early, take the bus to Tel Aviv, walk one or two kilometers from the Takhana Merkazit in Tel Aviv to one of the beaches, while it was still fresh, find a spot under some shadow and spend the whole day there. And work and work on reduced towers, disjoint amalgams, no maximal models, counting orbits, iterating elementary embeddings to get symmetry of independence, forcing failure of GCH at strong unfoldable cardinals, getting indestructibility of strong unfoldables, going back to {\mathcal P}^{-n}-diagrams and source excellence… for a couple of weeks all of this happened in front of the waves, the galim in Hebrew, of the Mediterranean sea in Tel Aviv.

When exhaustion forced me to refresh my head in the waters, I would swim a bit, observe the people, go back to where MC was reading about her Art History topics, read a story, go back to reduced towers…

Day heat would only subside by 5 or 6 o’clock – we would then shower and go slowly back through Sheinkin Street or Rothschild Street – we would stop in the cafes to have a light dinner and back to the bus station, one hour to Jerusalem – arriving there in the relatively chilly evening, refreshed.

The photographs by Gillian Laub capture the amazing “manifold-ness” of the Tel Aviv beach scene: from Arab or Orthodox Jewish women clad from head to toes to immigrants from places ranging from Belarus to Ethiopia, to young fashion- (and body-) conscious trendy Israelis minimally clad of course, to children with threadlocks and older people who seem to have been baking under the sun for a century, to people in wheelchairs who want to partake of the spectacle of the energy of the sea.

Click here to see the whole (amazing, really) album: http://lightbox.time.com/2011/10/10/israeli-beach-gillian-laub/#1