Nacidos el 8 de junio.

Este es un post triste, homenaje a dos personas que (como yo) nacieron un 8 de junio, y que murieron por el covid durante junio de 2021, este mes que ha sido tan aciago en muertes en nuestro país.

No es tan común encontrarse con gente que nació el mismo día que uno, y que además de alguna manera lo celebra cada vez que uno los ve, cada vez que los veía yo. Pero así era con Rodrigo Cortés (nacido en 1945) y con Yuri Poveda (nacido en 1968, el mismo año y el mismo día de nacimiento mío). En cada reencuentro con ellos al rato salía, de manera un poco jovial, el tema del famoso 8 de junio y era ocasión de risa. A veces algún comentario de orgullo auto-irónico sobre las supuestas “multiplísimas cualidades” (sic) de quienes naciéramos en esa fecha, matizado por otros mil temas tal vez más importantes.


Rodrigo Cortés era músico, graduado del Conservatorio en piano (además de graduado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, tema en que se desempeñó laboralmente toda su vida), y para él como músico era importante evocar a ese otro nacido el 8 de junio, Robert Schumann. Siempre lo mencionaba con un toque de pequeño orgullo de reunión familiar, a ese ilustrísimo nacido el mismo que él, el mismo día que nosotros…

También era tío de María Clara, un hermano menor de su padre, uno de los siete Cortés Bruschi. Era sobre todo un optimista impresionante. Lo vi en reuniones familiares tocar fragmentos de Schumann, de Brahms, de Haydn. Siempre parecía estar estudiando algo nuevo, tener algo en mente. Alguna vez, hace pocos meses, supo que yo andaba estudiando (a un nivel totalmente básico, amateur) algo de piano, y me hizo algunas recomendaciones buenísimas. No sabía yo que serían las últimas que daría. Había ironía siempre al hablar con él, y cuando algo lo decía en serio, podía traer tanta carga mezclada de esa misma ironía que uno no sabía bien qué era qué, qué era lo serio y qué no. Siempre parecía seguir estudiando algo.

En 2017 convocó él a una gran reunión familiar de los Cortés Bruschi, una de esas reuniones gigantes donde aparecen muchos primos e hijos de primos que uno no conoce o no conocía grandes; aparecieron primos violinistas de Villavicencio, una prima ecologista, otra casada con un empresario, otros cuyos rumbos parecían más lejanos de lo que uno creía, y estaban ahí no más en el gran mapa de intereses sociales. Incluyo un retrato que le pude tomar a Rodrigo durante esa reunión.

Rodrigo Cortés Bruschi (1945-2021)

Yuri Poveda era exactamente de mi generación, día por día. Nos dio mucha risa algún 8 de junio en que, siendo estudiantes de pregrado en Matemáticas en la Universidad Nacional, nos dimos cuenta de la coincidencia de cumpleaños, supimos que habíamos nacido el mismo día. No sé si en la misma clínica, hasta esa averiguación no llegamos.

De alguna manera la jovialidad típica de esos años esperanzados en que veíamos Topología con Jairo Charris, o Análisis Funcional con Jaime Lesmes, o coincidíamos en algún seminario de categorías, en un VialTopo o en un viaje a un congreso en Medellín, se confunde con el recuerdo de esa época. Hablábamos y hablábamos, como lo hacen los estudiantes de pregrado, sobre mil temas posibles. Confluían otros estudiantes (Arnold Oostra, Gonzalo Medina, Marta Lucía Cadavid) en ese mundo abigarrado, lleno de las dudas e las inseguridades de los estudiantes de matemáticas. Al hablar con Yuri y compartir vivencias de manera directa y jovial, yo no sabía bien que una persona tan compleja se estaba formando ante mí. Terminé la carrera y me fui por otros rumbos, terminó Yuri su carrera y no supe hacia dónde siguió…

Por un tiempo. Al cabo de unos años, cuando mi padre era Secretario de Educación de Bogotá durante la primera administración de Antanas Mockus (y de Paul Bromberg cuando Antanas renunció sin terminar para lanzarse a una candidatura presidencial peregrina), reapareció Yuri. Me dijo mi padre que con él, en su equipo, estaba trabajando alguien que había estudiado conmigo, y que además había nacido un 8 de junio. Claro, al ver su hoja de vida, con la fecha de nacimiento 8.6.68, mi padre debió reaccionar de inmediato pensando que esa era la fecha mía también. Pero que además hubiera estudiado Matemáticas en la Nacional ya era mucha coincidencia [agregado después: la coincidencia de fecha de hecho es triple: Gonzalo Medina entró a la carrera de matemáticas ese mismo semestre y ¡también es del 8 de junio, aunque de 1969!]. Yo en ese momento andaba de postdoc en Jerusalén, y confirmé que había estudiado con Yuri. Después supe que había sido un paso muy feliz, al menos para mi padre cuando armó su equipo de trabajo. Yuri le hablaba de teoría de categorías aplicada, de haces y topos – mi padre no era matemático, pero sabía de la importancia de esos temas por conversaciones en la casa, por conferencias a las que iba y conversaciones que tenía con personas como Xavier Caicedo… y por su propia lectura de ensayos de Fernando Zalamea.

Luego Yuri siguió su carrera de lógico categórico, con su doctorado en Buenos Aires (bajo la dirección de Eduardo Dubuc) y conferencias sumamente interesantes en eventos en que lo encontraba.

Una vez me llamó para contarme que estaba de vicerrector de la Universidad de Cundinamarca, viviendo en Fusagasugá por un tiempo, y que quería que hiciéramos convenios con la Universidad Nacional en Bogotá. Llegó a un restaurante vestido con traje de vicerrector, con chofer oficial, y hablamos un buen rato sobre el convenio posible… y sobre mil temas más (lógica categórica, haces, topos, sociedad, arte – sobre nuestros maestros locales Xavier Caicedo y Fernando Zalamea, sobre mil temas). El convenio creo que salió (luego pasó a manos de las oficinas que hacen esos convenios), pero lo más importante era que nuestra antigua amistad insegura y titubeante de estudiantes de pregrado se había transformado, muy en el espíritu de un gran haz, a través de nuestros pasos respectivos por Buenos Aires y Jerusalén, en otra amistad muy distinta. Entre el flamante vicerrector lleno de ideas, siempre guiado por esa felicidad con la que andaba, y mi yo de ese momento.

Luego eventos, sobre todo el magnífico Festschrift Zalamea, y proyectos (qué tal día cuando vaya a Pereira tal cosa, que si cuando vuelva a Bogotá podemos tal otra cosa, que si hablamos con tal persona podríamos)… hasta que la semana pasada todo eso quedó suspendido de manera trágica.

Hacía poco lo había visto en sesiones de zoom de eventos; es casi irreal dentro de la irrealidad en la que vivimos desde marzo de 2020 saber que el covid acabó con esa vida, en este terrible junio de 2021.

En una sesión hermosísima que organizaron el domingo pasado sus amigos y colegas (en Pereira, Cali, Ibagué, Bogotá, Buenos Aires, …) alguien dijo en un momento dado algo muy fuerte:

El 8 de junio en Colombia tiene una historia muy ligada a la Universidad. Es el día del estudiante caído en Colombia. El 8 de junio de 1929 fue asesinado en Bogotá Gonzalo Bravo Pérez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha de protesta por la masacre de las bananeras. El 8 de junio de 1954 fue asesinado en Bogotá Uriel Gutiérrez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha en conmemoración de los hechos de 1929. [Y el 8 de junio de 1973 fue asesinado en Medellín Luis Fernando Barrientos, estudiante de la Universidad de Antioquia, en una marcha en conmemoración de los asesinatos anteriores.] Un hilo tan trágico atado a esa fecha se puede ver de manera positiva: ¡los nacidos el 8 de junio son eternos estudiantes!

Esas bellísimas palabras (creo que de un tío de Yuri, pero no recuerdo exactamente) durante el evento son muy justas. Creo que hay coincidencias bellas ahí. En muchos sentidos, Yuri sí que logró ser un estudiante toda su vida, una persona en transformación, un matemático con ideas profundas que a la vez sabía comunicarlas a gente muy distinta (un antiguo estudiante suyo de un curso de Álgebra Lineal para ingeniería me comentaba cómo Yuri lo motivó a decidirse por estudiar matemáticas). Su tesis de maestría con Fernando Zalamea y su tesis doctoral con Eduardo Dubuc fueron mojones importantes de ese camino. El recuerdo más hermoso es tal vez su alegría, la luz que llevaba con él (y que brillaba mucho cuando evocaba a sus hijas), la risa que compartió y tuve la fortuna de conocer desde el pregrado hasta la última vez que lo vi en este mundo.

Esta foto proviene de su twitter.

Yuri Alexander Poveda Quiñones (1968-2021)

El covid se llevó en menos de un mes a dos personas que parecían ser muy distintas, pero que además de esa fecha de nacimiento que compartíamos, tenían en común un optimismo impresionante y esa risa interna increíble. Ojalá quienes quedamos podamos estar a la altura de la confianza que personas como Rodrigo y Yuri nos comunicaron durante sus vidas.

variations

… as she teaches me the special care necessary when playing variations (don’t study them linearly! focus on structural similarities not visible in the melody! play in a sequence of different ways (eyes closed, fingers lingering not pressing the keys, air playing, repeating note names, mute playing, etc.) each passage…) I start to see the potential dreariness of variations not well played out, the possible drift into vapidness … and by symmetry, the extreme richness and brutally meditative mind state that may be attained when really playing variations linking the various possibilities opposing richness and structural similarity…


the final movement of Hob. XVI 24 (cf. Richter)


Enigma Variations (not the Elgar orchestral piece, but the Aciman novel) is a long-winded, extremely well-crafted extended novella. Aciman takes up the main subject of his now very famous Call Me By Your Name and literally unfolds it through variations in later life, variations of an early, burgeoning sensual/sexual experience of ¿love? that leaves a boy, a man, marked throughout his entire life, and whose many additional loves are lived as variations of some sort of the first (unaware) one. Paolo falls in love (without really knowing it, without even being able to detect it, let alone phrase it, without as much as a language for his feeling of infatuation) with a cabinet-maker, a falegname in an island off the coast of Italy where his family spends summers. Paolo, at twelve, slowly discovers his own love for twenty-something year-old Gianni, for his hands and nails, for his trim frame and green eyes, for his face he doesn’t dare look directly – and in uncovering his own outsidification and othernessifaction ends up building from rough pieces a language for what his eyes, his racing heartbeat, his breath, his arms, his skin hair raising, his balls tickling, his ¿unwanted? erection have already given him the knowledge he cannot yet phrase… This first theme, so reminiscent of Elio’s story in Call Me By Your Name, has later some variations. Alternating love for women and for men, in a kind of odd nod to Virginia Wolff’s Orlando, the rest of Paolo (later Paul in New York)’s loves continue playing a note of untold arousal, mental courting, projection of images, smells, textures that Paul knows are often best left unexpressed. A triumph of the non-explicit (made explicit in Aciman’s prose, of course). An endless set of variations of his early theme.


Beethoven’s Diabelli Variations (mentioned often in Paolo’s conversation with his father in the island in Italy, hummed by both to the exasperation of the mother, as a secret key-code between father and son) – and then Paolo’s understanding of his own father’s infatuation with the same young man that he as a young adolescent lived through – Paolo’s un-judgmental and again implicit camaraderie with the memory of his own father. And the Diabelli underscoring those memories.


Photographic variations (on Finnish glass geometries):


Mathematical variations are always tricky. In some unacknowledged sense, whole swaths of math are really sophisticated variations on themes. But we do not really, we do not truly call them that, we do not truly think in those terms. Usually.


(I feared when first seeing this overhanging Möbius strip that it would be too contrived, too cliché. The Möbius strip is an almost immediate image coming to mind when evoking the main theme of the Salón Nacional de Artistas this year, “the reverse/back of the threading/of the weaving” (el revés de la trama) and the special exhibition Aracne’s Fable under the curatorship of Alejandro Martín. Yet on second view I found this variation on a classical theme, by Adrián Gaitán, very powerful. The heavy physicality provided by the used mattresses, apparently taken from some whorehouse in Cali (at least according to our guide at the exhibition). And that seems to be the case. The mattresses, made of cheap polyester-like material, woven and rewoven and repaired after many uses, bear stains and traces of bodily exertion, of many possible sexual acrobatics but also of sweat and blood, sperm and urine, vaginal and anal secretions, saliva and tears; all those human fluids and traces of people (and suffering and moaning and exploitation and delight, money transactions and childbirths and hopes for the lives of those children) also woven into the fabric, also immanent and impossible to efface. All that heaviness turned by Adrián Gaitán’s variation into a floating symbol of a primal kind of reversion, into a pristine and ideal and immaterial shape.)

Piotr Anderszewski. Un voyageur intranquille.

Trains and piano. I could take a trip by train forever, never quite stop, and be the happiest man.

This is what Bruno Monsaingeon’s documentary does (yes, the same Monsaingeon of Glenn Gould’s Goldberg Variations Documentary of yesteryear) with Polish pianist Piotr Anderszewski.

In the documentary, Anderszewski goes around Poland, then on to Budapest and finally to Paris and Lisbon, on a special cart of a Polish train he adapted, with his piano. On his way, he plays, he stops in Poznań, Budapest, Warsaw, Zakopane, Paris, Lisbon and gives recitals. He visits his Hungarian grandmother, he explains how he couldn’t take any Chopin and how Chopin, trains, snow, war and Europe seemed intertwined. He deplores lost Warsaw. He explains how he quite piano and how he came back.

But mostly, he travels and travels.

We watched this movie with María Clara for hours and hours – I got it in Berlin right after being in Cracow, Zakopane, Wrocław, Poznań, with my head and heart full of Poland. We then watched it again with Roman, with my father, with some other dear people.

This youtube teaser has some of it. The movie’s train scenes are the best in the world.

http://www.tumblr.com/audio_file/andresvillaveces/2879684858/tumblr_lfg3alBWsL1qa73qh?plead=please-dont-download-this-or-our-lawyers-wont-let-us-host-audio

The Art of Transcription.

The discussion is endless, just as for the Art of Translation. One may go at infinity discussing Liszt’s transcriptions of entire Beethoven symphonies to one or two pianos, or transcriptions of Beethoven of his own works (the Violin Concerto transcribed to piano by B himself as a way to vent his anger at someone else’s bad transcription – in a move somehow reminiscent of Cervantes’ second part of Quixote).

In 1985, for the Third Centennial of Bach’s birth, a Russian violinist, Dmitry Sitkovetsky, transcribed the Goldberg Variations (originally for keyboard) for a trio of violin, viola and cello.

(Oh, of course, I remember Javier quoting Artem and other Russians on how somehow translations into Russian are usually better than originals 🙂 —- this may be another instance of this…)

The result, while (of course) never replacing the original, is an amazing feat. The voice leading is made somehow clearer in some passages by the timbres of the three instruments.

Enjoy here the fourth variation, at the hands of Julian Rachlin (violin), Nobuko Imai (viola) and Mischa Maisky (violoncello).