Percepciones cambiantes / piel

Voy a escribir algo que seguramente los expertos en Proust han discutido y re-discutido miles de veces: lo más importante (por lo menos del libro I, parte II) es la percepción. La gente suele asociar la noción “memoria” a Proust, y claro – es casi un meme cultural el tema de la madeleine derritiéndose en la boca (hoy en día es casi imposible comerse una galleta con forma de concha deshaciéndola en la boca con té y no pensar en la historia de la madeleine de Proust – incluso si uno conoce poco más de la novela, ese meme es tan brutal que es casi un signo, de lo depurado que ha quedado), pero en realidad lo que parece importar, lo que veo ahí, es un tratado impresionante sobre cómo percibimos.

Proust describe y describe, con un afán casi sensual, casi pornográfico, la superficie de las cosas: la forma de la calle de la tía Léonie en el recuerdo de infancia, el campanario de Combray visto desde atrás desde adelante temprano por la mañana cuando sale el sol visto a las cinco de la tarde cuando iban al correo a recoger cartas visto surgiendo detrás del tejado de las casas visto desde la estación visto desde lejos en el tren visto desde el borde del río como “un sólido de revolución” reencontrado en una escena de un barrio feo de París que le recuerda vistas de Roma por Piranesi planos superpuestos campanario escondido y que reaparece. Es el tipo de descripciones que tienen un tiempo análogo al de una escena de sexo bien filmada, amorosamente filmada, donde cada gota de sudor, cada inflexión de un tendón, cada movimiento, cada variación de lo archiconocido pero sorpresivo logra transmitir a quien la ve una empatía y lo lanza al flujo proyectado en pantalla – Proust se solaza en describir trozos de calles, vistas del campanario de un pueblo según él mismo gris y medio feo, y casi parece que estuviera lanzando a la pantalla una escena de altísimo erotismo.

Ese solaz en los detalles, ese tiempo en que un autor logra describir un pueblo gris del norte de Francia con habitantes rutinarios estrechos mentalmente como si estuviera él directamente acariciando las superficies de los muros, mirando el púrpura de la piedra, sintiendo cómo surgió la talla dorada bajo el sol de las piedras del río, trazando la línea de unas casas hasta el momento exacto en que despunta el campanario y dejándolo surgir gigante – todo mientras se va a buscar el pan para los invitados, o el correo, o a pedir noticias de Madame Sazerat, o a averiguar por el perro de otra señora; casi da la sensación de percepción absoluta: Proust involucra su cerebro, claro, pero también sus ojos, lengua, nariz, brazos, respiración jadeante, vientre y verga, culo y testículos, nalgas y muslos, acaso vulva y clítoris también, sudoroso y sin aliento, como si decenas de páginas fueran un lecho infinito para condensar el tiempo y revivir la memoria con todo lo que cada uno de nosotros tiene, con cada partícula del cuerpo, con cada pelo, cada fragmento de mirada, cada hoyo o hendidura del cuerpo, cada brote de sudor en la piel, cada gramo de semen, cada laja de esmegma, cada calambre y cada acceso de tos, cada salivar y moquear, cada carraspeo y cada secreción de la garganta, cada dolor de tripas y cada traquear de los huesos y cada suspiro de alivio.

Así logra Proust salvar a ese pueblo gris del norte de Francia del olvido: haciendo que la percepción involucre todo nuestro cuerpo, pegándose a la superficie de la piedra como pegándose a la piel de otro cuerpo.