de lo interno y lo externo: Cristián Salineros en Bogotá

El artista santiaguino Cristián Salineros está exponiendo en NC-Arte en Bogotá. Su obra se llama Órdenes sistémicos y de alguna manera termina siendo una reflexión muy poderosa, muy violenta (casi) sobre lo interno y lo externo, el estar encerrado y el estar libre; el creer que uno está libre cuando está encerrado (o tal vez al revés).

Es un entramado peculiar de jaulas de pájaros enormes, conectadas entre sí por vasos comunicantes en el mismo tejido metálico de jaula. Uno debe agacharse para poder entrar a sentirse encerrado entre varias de esas jaulas, para poder experimentar la angustia de saber que uno está en alguna jaula, alguna zona y que de pronto rompiendo algo (así sea el andar recto) se puede pasar a otro lado; o acaso por entre los múltiples vasos comunicantes de la exposición pueda lograrlo.

No hay pájaros. ¿Por qué? No es claro. Deberían estar. En las fotos expuestas en el segundo piso el artista registra las cagarrutas de los pájaros, el especie de Jackson Pollock que van dejando en el suelo al expulsar su mierda en muchos grises muchos pájaros, y resulta ser una de las partes menos angustiantes de la obra.

Pero si a Cristián Salineros le interesa tanto lo residual – como consta en esas maravillosas fotos de mierda de pájaro superpuesta, esos Jackson Pollock preciosos, o en los huevos que hierven y se revientan y sueltan albúmina … ¿por qué dejó las jaulas tan limpias, tan perfectas, tan nítidas? ¿No deberían estar las jaulas también con el registro/residuo de los pájaros que -angustiadísimos como cualquier ser en jaula- vayan cagando al volar y dejando plumas y trozos de paja y acaso sangre?

La exposición es preciosa. Al principio parece demasiado simétrica; luego uno se pierde y termina evocando las jaulas mortales de Auschwitz; la misma simetría, la misma imposibilidad de salir, los mismos vasos comunicantes de engaño.

Resulta interesante luego enterarse del país de origen de Salineros. En Santiago de Chile tuvo lugar uno de los horrores de jaulas más brutales, ese fatídico 11 de septiembre de 1973. Todo esto está ahí, para ser visto.

Densidad

Mi profesora de dibujo en primero de bachillerato (ya no recuerdo su nombre) era muy sensible a las texturas. Alguna vez me dijo que los Alpes en Francia no le gustaban tanto, que prefería de lejos los Alpes en Suiza. Yo a la sazón andaba también muy enamorado de los Alpes del Valais, del Matterhorn. Sabía en mi fuero interior que viniendo de los Andes, había montes mucho más altos que los Alpes, lugares mucho más inaccesibles no muy lejos de casa (esa “casa” lejana allá en Bogotá que a la sazón se sentía mucho más lejana que siempre, en la era en que mis padres (estudiantes) no tenían ni teléfono y el único contacto con “Bogotá” eran las cartas de la familia, la carta ocasional de algún amigo del colegio, las noticias (entonces muy escasas) sobre La Colombie (tan escasas que casi todos los belgas la confundían con La Bolivie y no tenían muy claro qué podía haber en esos lugares tan exóticos y remotos)) y que todo ese enamoramiento de los valles del Valais sería pasajero.

Le pregunté a mi profesora por qué prefería los Alpes suizos a los Alpes franceses. Me dijo: “son más densos”.

Me quedé pensando. Sabía, intuía un poco, lo que podía haber en esa respuesta. Son montañas muy densas, con una densidad de postal de panadería dirían algunos; para mí evocaba chocolate delicioso, caminatas, mucha nieve y muchos árboles y fauna (que otro profesor, de un curso anterior, nos hizo aprender durante un par de semanas de Classe de neige en St-Luc, un pueblo ínfimo en el Valais).

Una respuesta de dibujante. Densidad.

Hoy, casi cuarenta años después, aún recuerdo su frase – incluso el tono de voz con que decía “ah, les Alpes en Suisse, c’est dense, beaucoup plus qu’en France…”.


Recordé todo eso por una conversación que tuve en Varsovia hace un mes. El hijo de Roman Kossak, Kuba, es un amante de la montaña y un gran caminante, de esos que van con una carpa y acampan y suben, en la nieve, como sea. Nos habló en una cena de un lugar en los Tatras al que le encanta ir a “perderse” a veces. Luego agregó… bueno, pero es los Tatras, no es los Alpes … y lo dijo como excusando lo pequeños que son los Tatras. Le pregunté a qué altura era el lugar – me dijo “algo así como 2500 o 3000 metros”. Roman se rió y dijo … “¡ah, Andrés vive a esa altura!” … después de algo de risa comenté “sí, en Colombia montaña alta es de 5000 para arriba, pero no es fácil llegar allá, y no se ven con frecuencia; hay muchas nubes”. Roman pasó entonces a sus valles favoritos alpinos y describió los Alpes como las montañas de “altura perfecta” … ni tan altas que sean inabarcables ni tan pequeñas que sean triviales. Yo defendí apasionadamente nuestros Andes, obviamente. Se me salió algo de chovinismo andino – evoqué la remota Sierra del Cocuy, el Nevado del Huila y luego el mucho más alto Callejón de Huaylas, Áncash, el Huascarán. Yo quería decir algo como “sí, los Alpes son preciosos, pero si quiere ver montaña de verdad le toca ir a Perú, o incluso en Colombia hay mucho más”.

El joven Kuba mordió el anzuelo – tal vez mi mirada remota pensando en esos montes peruanos lo convenció – y me dijo “yes, I have to see those mountains, I definitely have to”.


Pero pocos días después sobrevolé los Alpes en un vuelo Varsovia-Barcelona, una mañana despejada. Y volví a ver la densidad. Sí, mi profesora de dibujo tenía razón: los Alpes en Suiza tienen densidad. Esto fue lo que vi desde el avión:

P4063922_01P4063923_01P4063923P4063920_01P4063922P4063922_02P4063919P4063918P4063912P4063916_01

Amator – Kieślowski

Hay algo inquietante para mí en esta película de Kieślowski, el Aficionado, sobre un obrero que trabaja no lejos de Cracovia, en la Polonia muy gris de hace treinta años, y un día empieza a filmar. Su vida se vuelca literalmente dentro de su cámara.

Los avatares externos de la película (relaciones de poder, corrupción del sistema pseudo-socialista del ámbito soviético y miedo a la denuncia, relación entre el pueblo industrial rural y la culta y cinematográfica Varsovia) son todos interesantes, y hay que verlos.

Pero los desarrollos, vericuetos, travellings internos son tal vez lo más impactante. Las miradas (de nuevo). Los rostros de la esposa de Filip, el obrero que se va volviendo cineasta. Sus amigos.

El grupo de amigos y la manera como entre todos van lanzando a Filip como por entre un carretel de proyección – terminan proyectándose todos fuera de esa grisalla de la vida polaca de esa época, dando tímidamente un espacio a la filmación no oficial, de la vida misma, de las supuestas pequeñeces que tanto asustan al director de la fábrica y que terminan siendo la posibilidad de ver el mundo para Filip y su combo.

También hay drama, obviamente. Y catolicismo (no es raro: es Polonia – y además el socialismo real era tan parecido a la iglesia católica que terminan apareciendo diálogos en que uno no sabe si el director de la fábrica está defendiendo alguna versión oficial de materialismo dialéctico o si está catequizando).

El ritmo de la película en muchos trozos es el de una persona feliz con una cámara Super 8, descubriendo a su vecino llegando en camioneta y saludando orgulloso a su madre, o la construcción y los obreros descansando, o sencillamente filmando la vida de un enano obrero de la fábrica.