connaissance et absorption

Je n’ai donc eu qu’à traverser la rue de Bretagne pour trouver le tome III de la Recherche du Temps Perdu en Pléiade – je ne touche pas encore à la fin du tome II mais prévoyant la suite de la lecture, me voilà en tout cas ramené à acheter dès déjà ce tome III. Ma lecture est bien lente, enchevêtrée comme elle est de tout plein de travaux surtout en maths, puis un peu en philo et en certains projets éditoriaux non finis.

Bref, voilà. Aussi trouvé Jabès (enfin!) dont j’écoute tellement d’échos chez la poète vénézuélienne Jacqueline Goldberg – pour pouvoir enfin le lire à loisir – la photographe Américaine Deborah Turbeville qui m’a ébloui – du Spinoza et du sur-Spinoza, un peu d’Hervé Guibert (quel talent il avait pour décrire toutes sortes de situations !  quel vie intéressante il a eue – si méconnue hors la Francophonie, si réduite et si banalisée !  ). Un petit livre de photographies organisé en forme de roman, parfait pour Roman et Wanda et notre projet topoi, et un autre assez éblouissant en format d’érotismes à deux couples en simultanée cinématographique, l’un d’un homme baisant une femme, l’autre de deux hommes en relation sadomasochiste, les deux couples textuellement et virtuellement superposés mais en des chambres séparées, d’une façon qui se lit de façon naturelle, exhilarante bien sûr mais qui en même temps transmet une beauté très lyrique par ses descriptions, avec des échos de Proust et Rimbaud, Cocteau et peut-être aussi une culture visuelle cinématographique très présente aussi.

Ces phrases (p. 159 du tome II de LRTP – À l’ombre des jeunes filles en fleurs, II): Car on ne peut avoir de connaissance parfaite, on ne peut pratiquer l’absorption complète de qui vous dédaigne, tant qu’on n’a pas vaincu ce dédain. Or, chaque fois que l’image de femmes si différentes pénètre en nous, à moins que l’oubli ou la concurrence d’autres images ne l’élimine, nous n’avons de repos que nous n’ayons converti ces étrangères en quelque chose qui soit pareil à nous, notre âme étant à cet égard douée du même genre de réaction et d’activité que notre organisme physique, lequel ne peut tolérer l’immixtion dans son sein d’un corps étranger sans qu’il s’exerce aussitôt à digérer et assimiler l’intrus…

Un peu d’images de ces jours:

P3272988.jpgP3272977.jpgP3272965.jpgP3272946.jpgP3272937.jpgP3262926.jpgP3262913.jpgP3242878.jpgP3252895_01.jpgP3262917.jpg

:

 

 

Saint-Loup

La ambigüedad que permea las visiones y descripciones de Proust es algo que ha sido muy comentado, muy estudiado. Estoy en este momento con el narrador en la playa veraniega de Balbec, en algún lugar mítico entre Normandía y Bretaña. En un lugar de luz marítima y oscuridades sociales, de gente pobre mirando el hotel iluminado de noche repleto de gente rica que se observa, se trata según título o posición social, según provincianismo o parisianismo.

Después de mucha observación acompañada de mucha reticencia, mucha compañía de damas ancianas (la abuela, su amiga noble Mme de Villeparisis – lo de noble es importante en el contexto del comedor del hotel, donde observan siempre quién saluda a quién), mucha conversación y ensoñación simbólica (los tres árboles en el paseo en carro con las dos ancianas – trío de árboles que parece anunciar mucha sensualidad a futuro – que parece enredado al encuentro con el grupo de campesinas que atraen al narrador).

Ahora llegó Saint-Loup, el joven sobrino-nieto de Mme de Villeparisis al hotel. Al principio antipático con el narrador, no le pone atención – y el narrador está embobado con el pelo rubio, la claridad de los ojos, el porte a la vez altivo y despreocupado de Saint-Loup.

[Leer este pasaje justo un día después de escuchar la entrevista a Aciman hace ver la influencia muy fuerte de Proust, de este momento, del encuentro del narrador con el marqués de Saint-Loup sobre el encuentro inicial de Elio y Oliver…]

Finalmente se lo presentan y Saint-Loup pasa de la antipatía extrema a una cercanía enorme con el narrador. Empatía fuerte en gustos literarios e inclinaciones políticas hacia el socialismo en el joven aristócrata.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

estos días – 2017 (mirada nostálgica)

Muchas cosas: una ida a Estonia el sábado, una defensa de tesis doctoral en la Universidad de Helsinki el lunes, en la que yo era el jurado “opositor” (con varias responsabilidades, a lo largo de varias horas). Miguel Moreno defendió su tesis (en Teoría Descriptiva de Conjuntos Generalizada – la conexión con el Main Gap). Su director fue Tapani Hyttinen. En la tesis el tema principal es una cantidad de teoremas que muestran cómo la noción de complejidad dada por el Main Gap en realidad corresponde de manera muy fiel a la reducibilidad-Borel, pero solamente si se hace teoría descriptiva de conjuntos codificando los modelos en \kappa^\kappa, con \kappa^{<\kappa}=\kappa, \kappa no enumerable !!! Miguel logró explicar de manera muy amplia la noción (y la importancia) de tener herramientas para calcular diferencias…


Helsinki fue esta vez casi pura matemática, un poco de filosofía – y el barco a Tallin y el día pasado en Estonia. Planeo escribir un poco sobre eso después.


Aeropuerto de Helsinki, salida hacia Bogotá (con dos escalas – largo vuelo). Siempre me aterra lo sencillo y agradable que es este aeropuerto, y a la vez la cantidad de cosas buenas que se consiguen.


Y una mirada ligeramente nostálgica a 2017 – anterior a este viaje:


El Colectivo MA parece despegar. No es completamente claro hacia donde nos llevará esa aventura.


Las redes sociales parecen sacar en cierta gente su peor aspecto. Insultos, actitudes de desprecio, matoneo y a la vez mucha gente con actitud de policía, moralina barata mezclada con horror. Alguien tendrá que hacer la historia de ese tema – ya hay suficientes capas (por ahora crudas y feas).


Las conversaciones se me mezclan con la lectura de Proust. Las capas y capas surgen con movimiento tectónico. La vida real y la vida leída pocas veces han interactuado tanto para mí.

luz, nieve / pasajes internos

Helsinki me recibe con esa luz impresionante del invierno y con un poco de nieve en el suelo (no mucha pero lo suficiente para que se vea todo engalanado de invierno). Ayer había colapso de varios aeropuertos europeos por la nieve, pensé que mis maletas no llegarían. Pero en Helsinki la nieve parece ser uno de los estados naturales. Arranco hoy una semana de trabajo distinto e intenso.


Alejandro me había dicho que el inicio de À l’ombre des jeunes filles en fleurs era difícil de leer, que el libro podía perder impulso. No me ha pasado así, no lo he percibido así. Lo que pasa con Proust (creo, por experiencia personal) es que cada lectura lo coge a uno en un momento de la vida y le habla distinto según lo que uno esté haciendo. Eso no es exclusivo de En busca del tiempo perdido pero es particularmente intenso con ese libro. Como es tan introspectivo, tan atento a la superficie de las cosas y a la vez a las pulsiones subyacentes que no vemos pero que están ahí, el libro se convierte casi como en un manual de percepción o en una guía hacia el conocimiento de sí mismo, de una manera muy peculiar. En ese sentido puedo imaginar perfectamente que el pasaje que para alguien en un momento de su vida sea difícil para otros sea fácil – y que pase lo contrario con otros pasajes.

He leído muy lentamente ese libro – alternando con lecturas rápidas de otros. Pero sigo ahí, admirando la red que va armando, la cantidad de vasos comunicantes entre distintas épocas de la vida de los personajes, entre distintos momentos de percepción, entre sus propias maneras de ver el mundo – que van evolucionando. Se siente además la evolución paralela con Proust mismo, y (creo) le permite a uno ir examinando su propia evolución o sus propias limitaciones.

Me encanta la capacidad de Proust de describir el autoengaño en que caemos con frecuencia – tal vez más aún durante la adolescencia. El protagonista se autoengaña, sabe que se autoengaña y a la vez no sabe que se está engañando cuando acepta tomar té en las onces de su amiga/amada Gilberte (en esa relación parece haber simbolismos fuertes que reaparecerán después) – el té que supuestamente le sienta muy mal para su salud pero que termina tomando como retándose a sí mismo sin hacerlo explícitamente. Transfiere su amor a Gilberte a un amor/admiración a sus padres, señor y señora Swann (la antigua Odette que lo maltrató tanto cuando este estuvo enamorado de ella, ahora convertida en dama respetable – aparentemente – en un gran apartamento). Transfiere su amor incluso a los objetos del apartamento Swann, al interior burgués – por momentos no sabe uno qué tan kitsch; a la pátina imaginada sobre estos. A veces otros personajes pueden sacarlo de su autoengaño (Norpois, el amigo del padre, o su mismo padre) pero es tan fuerte el engolosinamiento que tiene con Gilberte (por momentos erótico; la escena de la lucha adolescente entre él y Gilberte detrás de un seto en los Campos Elíseos es un momento fugaz de erotismo extremo delineado) que decide “enamorarse” de las onces en su casa, de los postres y bibliotecas y objetos e incluso dicción de los padres (nota que dicen “odieux” con lo o corta a diferencia de como pronuncian la misma palabra sus propios padres, con la o larga como si fuera “audieux” – nota que dicen “comment-allez vous?” sin hacer la liaison entre la t y la a, como si fuera commen allez vous …) y de alguna manera la simple atención/memoria de estos detalles termina siendo sello de un amor a algo – además de la persona Gilberte, a un estado de ánimo que permite ese tipo de sensibilidad.

Además como el narrador sabe que uno sabe (pues lo ha leído) que Mme Proust (el matrimonio problemático de Proust del cual no se habla en voz alta en su familia) puede tener un gusto muy distinto, una relación con las letras y la cultura mucho más simple (pero mucho más arribista) que la de su esposo, la ambigüedad es llevada al extremo con la impresionabilidad del adolescente aún ignorante con los perfumes, trastos, cuadros y tonos de esa casa. Hay un juego de ambigüedad brutal ahí – y muy clasista también (pero Proust apela al clasismo implícito de su lector para generar complicidad velada con la mirada hacia esa mujer fascinante que enamoró perdidamente a Swann y ahora reconvertida en su esposa aburguesada genera fascinación en el joven ingenuo pese a los silencios preñados de sus padres).

fotos dañadas de temas queridos

 

Proust discurre sobre el tema de la dificultad gigantesca que hay de fijar la imagen de un ser querido – básicamente dice que solo fijamos imágenes de seres que no queremos, pues los seres que queremos están demasiado vivos para que podamos de verdad fijarlos – compara con fotos dañadas nuestros intentos de describir en el recuerdo a los seres que queremos. El protagonista, el adolescente, está enamorado de Gilberte y no logra recordarla – ella salió de vacaciones de invierno, y al volver él a los Campos Elíseos donde se encontraban siempre no está ella – y le desespera no poder verla en su imaginación.

A mí me ha pasado – curiosamente me pasaba cuando tomé Teoría Avanzada de Conjuntos por allá en tercer semestre de la carrera (el primer curso en que me encontré con modelos de la teoría de conjuntos, cardinales y ordinales, cardinales medibles y fuertemente compactos, la paradoja de Banach-Tarski, muchas otras cosas que vistas por primera vez daban vértigo y felicidad). No lograba recordar la cara del profesor al pensar en el tablero. Recordaba el movimiento en el tablero, a las siete de la mañana, recordaba el frío, la letra, los conceptos. Pero si intentaba recordar su cara, no lo lograba. Pasó así tal vez medio semestre. No podía recordar la cara de un profesor que marcaría de manera muy profunda mi vida de ahí en adelante.

Ah sí, el fragmento:

(Gilberte cependant ne revenait toujours pas aux Champs-Élysées. Et pourtant j’aurais eu besoin de la voir, car je ne me rappelais même pas sa figure. La manière chercheuse, anxieuse, exigeante que nous avons de regarder la personne que nous aimons, notre attente de la parole qui nous donnera ou nous ôtera l’espoir d’un rendez-vous pour le lendemain, et, jusqu’à ce que cette parole soit dite, notre imagination alternative, sinon simultanée, de la joie et du désespoir, tout cela rend notre attention en face de l’être aimé trop tremblante pour qu’elle puisse obtenir de lui une image bien nette. Peut-être aussi cette activité de tous les gens à la fois et qui essaye de connaître avec les regards seuls ce qui est au-delà d’eux, est-elle trop indulgente aux mille formes, à toutes les saveurs, aux mouvements de la personne vivante que d’habitude, quand nous n’aimons pas, nous immobilisons. Le modèle chéri, au contraire, bouge ; on n’en a jamais que des photographies manquées. Je ne savais vraiment plus comment étaient faits les traits de Gilberte sauf dans les moments divins où elle les dépliait pour moi : je ne me rappelais que son sourire. Et ne pouvant revoir ce visage bien-aimé, quelque effort que je fisse pour m’en souvenir, je m’irritais de trouver, dessinés dans ma mémoire avec une exactitude définitive, les visages inutiles et frappants de l’homme des chevaux de bois et de la marchande de sucre d’orge … — Proust, À l’ombre des jeunes filles en fleur, I –  p. 481 en Pléiade I).

diez metros / video / Canetti

Como nunca he sentido que nade muy bien (siempre percibo mi propia lentitud) a pesar de haber nadado con regularidad en varios otros momentos de mi vida, no creo que mis metáforas de natación sean buenas.

Pero en este momento del semestre, cuando falta poco (pero aún no se ha llegado; no se ha demostrado Morley en modelos, faltan los proyectos finales de los de Discretas II) la sensación es análoga para mí a esos últimos diez metros antes del borde de la piscina, cuando uno siente que no tiene más aire, que no da una brazada más.


Aproveché para aprender a usar lightworks  — un  editor de video bastante mejor que los usuales en linux, y armar un video de impresiones/trozos de la ida a París. Aquí está:


Me dijeron que la ciudad quedó un poco melancólica en ese video. En realidad es un revuelto de muchas cosas: ciclistas en la ciudad, Kiefer, Rodin, algo de vistas y caminatas, un poco de caras de gente del evento y familiares. Y el río.


La autobiografía de Elias Canetti (voy en vol. 1, La lengua salvada) es una maravilla de escritura llana y directa, de introspección seria y directa. Todo lo contrario de la introspección complejísima y supremamente mediada de Proust, en su propia “búsqueda de sí mismo” Canetti opta por un camino de luz directa, leve ironía – sobre todo mucha auto-ironía y captura de voces.

El español de su familia (que estando en Bulgaria aún usaba el español como idioma varios siglos después de la expulsión), su idioma primordial, esa versión judía del español de hace ya más de cinco siglos, parece ser la base de toda su construcción y de toda su percepción. Ese idioma de infancia está salpicado del búlgaro de las criadas campesinas, del turco de los abuelos (cuando Bulgaria era imperio otomano), del armenio y ruso y griego y rumano de vecinos, criados, amigos de infancia.

Más adelante agregaría el inglés (fueron a vivir por un tiempo en Manchester durante la infancia de Canetti) y luego el alemán de manera muy sólida (fue al colegio en Viena y en Zúrich – y la madre lo entrenó literalmente-literalmente al saber que iría al colegio en Viena. El recuento de cómo lo entrenó la mamá a sus escasos ocho años en el idioma alemán ya haría que valiera la pena asomarse.

Pero hay muchísimo más, obviamente. Las descripciones naturalistas de sus profesores en el liceo en Zúrich son verdaderas joyas de percepción y observación.

Canetti era un joven libre, que a sus trece/catorce años iba en tren o a pie desde una pensión hasta su colegio – la pensión la compartía con varias otras estudiantes mayores (él era el único hombre en esa casa regentada por cuatro señoras suizas de varias generaciones y habitada por estudiantes suecas, brasileñas, francesas, austríacas). Su descripción del lugar evoca mundo, rigor y libertad.

bóveda

tuve suerte el martes de la semana parisina: salí a caminar antes del amanecer, en busca de cierta luz, de cierta pulsación de la ciudad que en horas más tardías era elusiva – quería por así decirlo “tomarle el pulso” a la ciudad en las horas anteriores al tráfico, al gentío

completamente vacías estaban las calles de la zona de Odeón, subiendo hacia el río – escaparates de libros lujosos, de antigüedades, de diseñadores, todo muy chic y ahí con vidrieras sin protección – solo uno que otro furgón de reparto, pequeño, en mercadillos de frutas

PA171219

en el río – llegué por el Pont des Arts, el peatonal de madera – gente en bicicleta, gente haciendo ejercicio y las luces de la ciudad al amanecer, un poco fuera del tiempo

pensé que la París de Proust no debía verse (en este punto, con esa luz, a esa hora) tan distinta de lo que tenía ante mis ojos – excepto claro por la cantidad de gente corriendo o estirándose…

PA171251

Bajé a los muelles, caminé un poco subiendo hacia la catedral, viendo el lentísimo amanecer de octubre, sobre todo concentrado en el aumento imperceptible casi del rumor de la ciudad. Además de los corredores poco a poco más transeúntes afanados, acaso desembocados de lejanas banlieues – y gente limpiando calles, barriendo hojas. Y el río.

PA171255

Finalmente pasé frente a la catedral – justo en el momento en que la estaban abriendo al público. Había ido varias veces antes, a horas distintas, pero en los pasos más recientes por esa zona había filas interminables para entrar.

Esta vez no – estaba yo solo ahí.

Me dediqué a contemplar la bóveda central sobre todo, al igual que los rosetones. La bóveda.

PA171262_01

Traté de interiorizar ese tejido mil veces visto en libros, en ilustraciones, en vivo – y a la vez siempre nuevo. Me puse a hacer variaciones en tiempo muy lento, moviendo la cámara para tratar de capturar nervaduras.

Después lo mismo, pero con el rosetón (girando la cámara durante seis, ocho, diez, segundos):

En versión estable, el rosetón:

PA171284


En realidad quería hacer dos cosas: fuera de captar el “pulso” de una ciudad difícil (y maravillosa tal vez en parte por sus mil capas), quería también pensar en el tema del infinito de muchas maneras distintas, lo menos dirigidas posible. Obviamente es imposible lograr pensar en un tema así sin dirigir el pensamiento, sin dejarlo caer en la maraña de conexiones.

Pero necesitaba “limpiar la mente” en esa mañana anterior al congreso. Creo que el río y la bóveda ayudaron.

… pero cae en desgracia (y el tránsito)

Pocas páginas después la caída en desgracia de Swann en el círculo pequeño de los Verdurin parece resonar con cosas vividas. Los estrechos mentales se desesperan con las reticencias de Swann, con que no les celebre sus pequeños chistes de medicuchos o sus calambures. Swann a la vez admira ese mundo (por su lente-Odette) y muestra respeto, pero con distancia.

Parece que una de las cosas que más exaspera a la gente es que la traten con respeto pero con distancia.

Llega un conde, un “de”, alguien con apellido compuesto (de Forcheville), algo que atrae de manera irrevocable a los personajes del salón. El conde en realidad es medio vulgarote y seguramente mucho menos respetuoso que Swann. Pero se ríe genuinamente de los chistes malos, de las pendejadas – no genera la incomodidad de la distancia.

Los Verdurin empiezan a comparar a Swann con el conde de Forcheville, y empiezan a encontrar mucha más simpatía en éste, mucha más resonancia. Inexorablemente, Swann tendrá que salir de ese círculo.


¿Cuántas veces le puede pasar a uno algo análogo? Estar en una compañía durante un rato donde empiezan a aparecer chistes misóginos u homófobos, chistes clasistas o racistas – y tener que mantener distancia helada. En otra etapa de la vida (más inmadura tal vez o de pronto mucho más madura) uno confronta a los de los chistes tontos. Pero en la mayoría de los casos es esfuerzo perdido y lo mejor es salir corriendo. Sin embargo a veces puede uno estar en una reunión (algún comité de colegas, alguna reunión familiar) y al igual que Swann/Proust lo único es limitarse a cierta distancia.

Los Verdurin reaccionan finalmente un poco violentamente a eso. Creo que Proust empieza a dar con una de las raíces del paso de las veladas inocentes a los horrores de racismo, antisemitismo, antiislamismo, homofobia, misoginia, clasismo. Proust parece preocupado (sin hacerlo muy explícito) por los mecanismos de ese tránsito.

sonata / sine materia

Uno de los pasajes más famosos es la primera descripción de la sonata de Vinteuil. Lo increíble es que después de unas páginas que van armando un escenario muy social, muy lleno de interacciones, frases implícitas y explícitas – el mundo del logos y del contacto, llega una melodía del andante de esa sonata y logra desprender por completo a Swann de su mundo de salón y lo lleva (con uno) a un terreno de sensualidad, de recuerdo, de enamoramiento brutal y de nuevo muy cargado de erotismo, muy tenso y muy tierno a la vez.

Se trata de algo que a priori hubiera debido ser transaccional, hubiera debido ser banal: en una reunión social en el salón de Madame Verdurin, entre gente muy pendiente de pequeñeces, termina un pianista tocando un pasaje de una obra que Swann reconoce. La reconoce sin conocer su nombre; la reconoce porque la había escuchado el año anterior. Y empiezan unas páginas increíbles en que el amor de Swann por una frase musical, por sus volutas y subidas y luces, florece y cobra vida como si fuera amor físico por otra persona. Proust logra elevar una frase musical de una sonata semi-desconocida para Swann al rango de una persona que genera en él una pasión brutal.

Lo más interesante es que mientras la escucha sabe que conoce la frase pero no la puede ubicar, no sabe de qué obra es. Tal vez por eso es tan poderoso el pasaje.

D’abord, il n’avait goûté que la qualité matérielle des sons sécrétés par les instruments. Et ç’avait déjà été un grand plaisir quand, au-dessous de la petite ligne du violon, mince, résistante, dense et directrice, il avait vu tout d’un coup chercher à s’élever en un clapotement liquide, la masse de la partie du piano, multiforme, indivise, plane et entrechoquée comme la mauve agitation des flots que charme et bémolise le clair de lune. (…) Peut-être est-ce parce qu’il ne savait pas la musique qu’il avait pu éprouver une impression aussi confuse, une de ces impressions qui sont peut-être pourtant les seules purement musicales, inétendues, entièrement originales, irréductibles à tout autre ordre d’impressions. Une impression de ce genre, pendant un instant, est pour ainsi dire, sine materia. Sans doute les notes que nous entendons alors, tendent déjà, selon leur hauteur et leur quantité, à couvrir devant nos yeux des surfaces de dimensions variées, à tracer des arabesques, à nous donner des sensations de largeur, de ténuité, de stabilité, de caprice. Mais les notes sont évanouies avant…

(En traducción mía: Al principio solo había degustado la cualidad material de los sonidos emanados de los instrumentos. Y ya había sido un gran placer cuando, bajo la pequeña línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, había visto de repente buscar subir en un chapoteo líquido, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrelazada como la malva agitación de las olas que encanta y matiza el claro de luna. (…) Tal vez es porque no conocía esa música que pudo vivir una impresión tan confusa, una de esas impresiones que tal vez sin embargo son las únicas puramente musicales, inextensas, enteramente originales, irreducibles a cualquier otro orden de impresiones. Una impresión de ese estilo, durante un instante, es por así decirlo, sine materia. Sin duda las notas que entonces escuchamos tienden ya, según su altura y su cantidad, a cubrir ante nuestros ojos superficies de dimensiones variadas, a trazar arabescos, a darnos sensaciones de amplitud, tenuidad, estabilidad, capricho. Pero las notas se desvanecen antes…)


P7070880_01
Una esquina en el barrio de Talbyeh, Jerusalén. Verano de 2017.

cierre de I, II en dcdcS

Es como un atardecer larguísimo, con el sol pintando todo y cerrando un día de verano intensísimo. Es el final de capítulo (de primer libro) más impresionante que uno puede imaginar, con retoma de todo lo esencial en un vendaval que empieza a girar y proyectar la memoria hacia el futuro, y tiñe todo lo vivido durante el largo día de una luz distinta, malva, dorada, oscura a la vez, el inicio de la noche. Así me parecieron esas tres o cuatro páginas finales de I, II en Du côté de chez Swann.

Es además el final del capítulo de infancia y adolescencia, de descubrimiento de la sensualidad, de la ensoñación confundida de la niñez (de esa niñez hiperconsentida del narrador proustiano, hiperconsentido y a la vez rodeado de adultos severos), de ese verano inacabable con sus caminatas “de ambos lados” – el lado de Swann, el de Guermantes, de esos personajes míticos como la tía Léonie y su criada Françoise, la ayudante de cocina que parecía de algún cuadro medieval, y las visitas eternas de personajes como Swann. El abuelo y sus innuendos antisemitas cuando llegaba el amigo de infancia Bloch, judío muy joven y muy arquetípico en el relato del judío que era Proust, muy rebelde contra el convencionalismo – esos amigos de fin de la infancia e inicio de la adolescencia que abren tantas posibilidades – pero que terminó desterrado de la casa del narrador en parte tal vez por el antisemitismo velado del abuelo (que sin embargo era amigo de Swann, otro judío), tal vez por su propia actitud tan antiburguesa en medio de esa familia tan pequeño-burguesa.

Aussi le côté de Méséglise et le côté de Guermantes restent-ils pour moi liés à bien des petits événements de celle de toutes les diverses vies que nous menons parallèlement, qui est la plus pleine de péripéties, la plus riche en épisodes, je veux dire la vie intellectuelle. Sans doute elle progresse en nous insensiblement et les vérités qui en ont changé pour nous le sens et l’aspect, qui nous ont ouvert de nouveaux chemins, nous en préparions depuis longtemps la découverte ;  mais c’était sans le savoir ;  et elles ne datent pour nous que du jour, de la minute où elles nous sont devenues visibles. Les fleurs qui jouaient alors sur l’herbe, l’eau qui passait au soleil, tout le paysage qui environna leur apparition continue à accompagner leur souvenir de son visage inconscient et distrait ;  et certes quand ils étaient longuement contemplés par cet humble passant, par cet enfant qui rêvait — comme l’est un roi, para un mémorialiste perdu dans la foule —, ce coin de nature, ce bout de jardin n’eussent pu penser que c’était grâce à lui qu’ils seraient appelés à survivre en leurs particularités les plus éphémères … 

Tal vez la clave está precisamente en esos detalles, esas “flores que jugaban sobre la hierba, el agua al paso del sol, el paisaje que ambientó su aparición” lo que permite reconstruir.

Habla también Proust del engaño, de las veces que uno quiso volver a ver a alguien sin darse cuenta que en realidad solo era porque la persona le recordaba un seto de espinas.

P7011332
Viento en el Somontano de Huesca – a.v., 2017

El siguiente libro inicia en los salones semi-mundanos, y en el juego sutil de balancines y pesas en que consiste anunciar cosas en sociedad, decir que uno sale con tal persona, que es amigo de tal otro, que tiene recomendación de sutano. El significado no dicho de no asistir a ciertas cenas, o anunciar que no se va, o llegar de repente. La manera como Swann es a la vez negligente con los nobles, se hace el chambón con la gente que considera “superior” socialmente, pero es muy estricto consigo mismo en presencia de los que considera sus “inferiores” sociales; con sus amantes de clases más populares no se permite la misma dejadez que exhibe ante las de clases más altas.

El lugar de la ensoñación, de la percepción pura y directa, de la pura fenomenología primaria (y del campo y el río y los setos de espinas y los rastros dejados por las primeras exploraciones de sí mismo) que era dcdcS I,II ahora es reemplazado por la luz de los salones parisinos, la pequeña intriga social, el saber qué decir, a quién no saludar, a quién sí, de la vida de la ciudad.

Por ahora estoy en adaptación ante ese cambio profundo… 🙂

P4261076
Una ciudad: Bogotá, Av. Jiménez. a.v., 2017.

Proust: traducción, descuadre y deseo

Marcel_Proust_1887
Proust en 1887 – Foto: Nadar.

En un momento dado Proust acelera la prosa y se asoma de manera un poco jadeante a algo muy sensual, muy erótico, muy precioso. En su recuerdo está tratando de explicarse a sí mismo el descuadre que hay entre los hechos y lo que esperamos (I,II, p. 146 en Pléiade) — les faits ne pénètrent pas dans le monde où vivent nos croyances, ils n’ont pas fait naître celles-ci, ils ne les détruisent pas ; ils peuvent leur infliger les plus constants démentis sans les affaiblir, et une avalanche de malheurs ou de maladies se succédant sans interruption dans une famille, ne la fera pas douter de la bonté de son Dieu ou du talent de son médecin. Como que lo que creemos siempre se superpone a los hechos, como que los opaca y nos permite seguir viviendo. Hasta ahí no hay gran sensualidad, no hay necesariamente ese acercamiento visceral a las cosas que sí sigue después. Un poco más adelante se acerca (p. 153 en Pléiade): La plupart des prétendues traductions de ce que nous avons ressenti ne font ainsi que nous en débarrasser en le faisant sortir de nous sous une forme indistincte qui ne nous apprend pas à la connaître. De alguna manera, preocupado por buscar lo que hemos percibido, lo que hemos sentido – y cómo las supuestas traducciones de esto nos engañan. Sigue en ese tono (p. 154): … les mêmes émotions ne se produisent pas simultanément, dans un ordre préétabli, chez tous les hommes… El descuadre entre lo que sentimos todos los seres humanos lo lleva al recuerdo de una obsesión de juventud: encontrarse con una campesina pero cuando no estuviera el abuelo con él, y de alguna manera (soñada) forzar su presencia, besarla, olerla. El momento nunca cuadra, la ocasión nunca se da. Proust lleva el recuerdo a la superposición del paisaje a la campesina (en francés palabras más cercanas: paysage/paysanne) y logra otra de esas maravillas: evocar el deseo de adolescencia por la campesina con las caricias, la sensualidad, el placer sexual buscado, pero creíble solo cuando completamente superpuesto al entorno: connaître à Paris une pêcheuse de Balbec ou une paysanne de Méséglise c’eût été recevoir des coquillages que je n’aurais pas vus sur la plage – de alguna manera la pescadora es el mar de Balbec (y no las calles de París), la campesina es las flores del pueblo, los árboles después de la lluvia donde las evoca, las hierbas. De otra manera no funciona el recuerdo, y tal vez no funciona la realidad.

La sensualidad del recuerdo, el brotar del deseo en el adolescente, el resurgir del deseo en el escritor maduro que cuenta y recuerda y revive, todo eso converge en la descripción de sus masturbaciones de adolescente: … comme un seul confident que j’avais eu de mes premiers désirs, quand au haut de notre maison de Combray, dans le petit cabinet sentant l’iris, je ne voyais que sa tour au milieu du carreau de la fenêtre entrouverte, pendant qu’avec les hésitations héroïques du voyageur qui entreprend une exploration ou du désespéré qui se suicide, défaillant, je me frayais en moi-même une route inconnue et que je croyais mortelle, jusqu’au moment où une trace naturelle comme celle d’un colimaçon s’ajoutait aux feuilles du cassis sauvage qui se penchaient jusqu’à moi…”

… como un confidente solo que había tenido de mis primeros deseos, cuando en lo alto de nuestra casa de Combray, en el pequeño gabinete que olía a iris, no veía yo más que su torre en medio del cristal de la ventana a medio abrir, mientras que con las dudas heroicas del viajero que inicia una exploración o del desesperado que se suicida, desfalleciente me abría en mí mismo una ruta desconocida y que creía mortal, hasta el momento en que un rastro natural como el de un caracol se agregaba a las hojas de grosella silvestre que se inclinaban hasta mí…

Proust destila en ese pasaje la soledad, el calor, el olor (del iris aparentemente símbolo fuerte a nivel sexual), la vista a través de una ventana a medio abrir, el ramaje de otra planta, y la memoria de la excitación sexual que culmina en el rastro como el de un caracol, “agregado a las hojas”. En otro de sus libros (Contre Sainte-Beuve) el pasaje es similar pero culmina de manera más explícita: “… L’exploration que je fis alors en moi-même, à la recherche d’un plaisir que je ne connaissais pas (…) enfin s’éleva le jet d’opale, par élans successifs, comme au moment où s’élance le jet d’eau de Saint-Cloud…” En busca de un placer que no conocía, la exploración de mí mismo, y por fin el chorro de ópalo, en impulsos sucesivos, como cuando se lanza el chorro de agua en Saint-Cloud. No sé las fechas, pero supongo que esta última descripción del momento de éxtasis le pareció ya demasiado explícita al propio Proust. La traza del colimaçon es simbólica y suficientemente talismánica, tal vez.

P7011320
Huesca, Aragón – 2017

Proust no era ningún tímido a la hora de abordar temas sexuales, por lo menos los temas “oficiales” de su época. Si en la Recherche lo hace de manera figurada y menos explícita que en Contre Sainte-Beuve, supongo que es por su consciencia de la complejidad, por un afán de suprimir lo más obvio, las interpretaciones más directas. La superposición (que explora de manera exquisita el autor del blog Libellules) de temas como la madre, la madeleine, las flores, el despertar sexual, lo prohibido, el deseo, el recuerdo es la complejidad de la vida. Proust no encasilla nada, no cae en esa estupidez increíble de nuestra época que todo lo quiere rotular, a todo le quiere atar un rótulo y un número (para no tener que pensar, creería uno) y se limita (?!?) a describir la complejidad de la superficie del mundo, que de una madeleine de un niño chiquito disuelta en un té se permite libremente (pero con participación activa del lector) pasar al olor de la madre, al olor de las flores en una torre (aparentemente en esa época las criadas subían a esas mansardas las bacinillas repletas de la mierda de los dueños de casa antes de llevarla fuera; ponían flores secas para mitigar el olor – pero ese dato no hace más que aumentar la red compleja de asociaciones), al iris, al jadeo y la traza de semen evocada por su similitud con la traza del caracol, al recuerdo del escondite y las campesinas y los paisajes y el mar y las conchas, al mundo entero. Sin casillas ni simplificaciones (ya escribir estas notas personales es una gran simplificación de algo mucho más complejo).

Recordé (al pensar en lo directo que podía ser Proust) un episodio que cuenta Alain de Botton en su libro sobre Proust (ese libro no vale la pena; o vale la pena solo si uno también lee a Proust; hay que ir a la fuente original y no a la literatura secundaria): Proust en una carta a su abuelo escrita en 1888 le pide 13 francos. Los 13 francos son 10 para pagar la visita a un burdel, 3 para pagar una vasija que rompió en su visita previa — que no surtió el efecto que quería: abandonar su masturbación excesiva (lo que él mismo describe a su abuelo como mes mauvaises habitudes de masturbation). Le cuenta a su abuelo que su papá le había dado antes 10 francos para ir al burdel para que se le quitara la “mala costumbre” pero en su nerviosismo rompió la vasija y no pudo completar su visita. Le dice a su abuelo que es urgente poder completar la visita y por eso le pide esa plata. A mí me impresiona el tono tan sencillo de la carta, su candor y su tono directo y llano. Completamente opuesto al tono atormentadísimo/católico irlandés del Joyce del Retrato del artista adolescente. Aunque el (muy) joven Proust usa la expresión “mauvaise habitude”, no hay ningún tono de culpabilidad católica – lo que sí deja percibir es cierta pena con el papá, razón por la que decide acudir a alguien distinto (pero además le dice que iba a hablar con un tal Monsieur Nathan pero la mamá fue la que le dijo que le escribiera al abuelo).

ProustLetter.jpg

Aunque el tono en la Recherche es mil veces más sofisticado y repleto de capas de significado, el tono de la carta al abuelo deja ver un poco cómo escribía a los 16 años ese personaje impresionante.

(addendum: cambió de actitud)

Al otro día el antipático apareció cuando estaban regresando de un paseo largo. Le pregunta al narrador con la mano estirada: « Connaissez-vous, monsieur le liseur, me demanda-t-il, ce vers de Paul Desjardins:

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu.

N’est-ce pas la fine notation de cette heure-ci? Vous n’avez peut-être jamais lu Paul Desjardins. Lisez-le, mon enfant ; aujourd’hui il se mue, me dit-on, en frère prêcheur, mais ce fut longtemps un aquarelliste limpide…

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu… »

Sigue hablándoles, deseando que “el cielo permanezca siempre para azul para usted, mi joven amigo…”.

De alguna manera quedan sorprendidos en la familia con la nueva actitud del antipático de la víspera. No dice más Proust, salvo que el padre y todos quedan con la impresión de un malentendido anterior.


Proust superpone la hora del encuentro con la evocación de los versos, pero de alguna manera ese cielo aún azul con los bosques ya negros evoca además de la hora del día la diafanidad de la acuarela de Desjardins con que se limpia la incomodidad de la víspera, la de la mirada lejana.


¿Cuántas veces nos pasa que nos imaginamos cosas de la gente y al día siguiente las limpian con frases como esa?

P6241133_01
6:30 pm, borde de un río (Cundinamarca, Colombia)

perspectiva / antipatía recordada

El narrador recuerda, en I-II de Du côté de chez Swann, la mirada de un señor que le pareció antipático con su padre. La descripción (trad. mía abajo) es impresionante: la perspectiva lejana, la distancia metafórica.

Implícito, un recuerdo extraño. Yo también recuerdo momentos de antipatía de otra gente con mis padres durante mi infancia. Los recuerdo más vívidamente que los de antipatía conmigo. De alguna manera era más ofensivo percibir antipatía hacia mis padres que hacia mí mismo (que hubiera gente antipática con uno era natural; en el colegio, en la calle – no sucedía mucho pero tampoco me desvelaba tanto el tema). Que la gente fuera antipática con mi padre o con mi madre entraba en el dominio de lo incomprensible, de lo imperdonable. Frases sutiles de alguna tía que denotaran desprecio hacia mi madre, momentos en que planeaba actitud burlona de alguien hacia mi padre.

Sobre todo cuando no se decía nada al respecto, quedaban plasmados en el recuerdo, de manera dolorosa.

Al crecer logra uno obviamente relativizar todo eso, y aprende que los padres también son antipáticos con otra gente. Sin embargo, el recuerdo de la sensación de extrañeza muy temprana ante la antipatía percibida hacia los padres queda. Y leer a Proust trae el recuerdo.

Comme M. Legrandin avait passé près de nous en sortant de l’église, marchant à côté d’une châtelaine du voisinage que nous ne connaissions que de vue, mon père avait fait un salut à la fois amical et réservé, sans que nous nous arrêtions ; M. Legrandin avait à peine répondu, d’un air étonné, comme s’il ne nous reconnaissait pas, et avec cette perspective du regard particulière aux personnes qui ne veulent pas être aimables et qui, du fond subitement prolongé de leurs yeux, ont l’air de vous apercevoir comme au bout d’une route interminable et à une si grande distance qu’elles se contentent de vous adresser un signe de tête minuscule pour le proportionner à vos dimensions de marionnette.

Al pasarnos cerca el señor Legrandin a la salida de la iglesia, caminando al lado de una castellana de la zona que no conocíamos más que de vista, mi padre le había dado un saludo a la vez amigable y reservado, sin que nos detuviéramos; el señor Legrandin a penas había respondido, con aire extrañado, como si no nos reconociera, y con esa perspectiva de la mirada típica de la gente que no quiere ser amable y que, desde el fondo súbitamente prolongado de sus ojos, parecen otearlo a uno como desde el extremo de una carretera interminable y una distancia tal que se contentan de dirigirle una señal de cabeza minúscula para proporcionarlo a sus dimensiones de marioneta.

representar lo irrepresentable

En otro pasaje Proust termina hablando de manera indirecta sobre la diferencia entre representar la bondad y la verdadera cara de la bondad.

Llega de esta manera: está recordando momentos de infancia en que la empleada principal de la tía Léonie pide ayuda a la fille de cuisine que en su recuerdo no tiene nombre pues cambiaba como cada mes o dos meses. La fille de cuisine en su recuerdo era alguna campesina de la región, muy joven, en embarazo muy avanzado y puesta a trabajar como ayudante en la cocina. El recuerdo de infancia de Proust la tiene pelando espárragos prácticamente todos los días, y cargando bultos (recuerdo que él después encuentra incoherente con el estado tan avanzado de embarazo en que estaba la fille de cuisine).

Pero lo que termina siendo esa reflexión sobre la representación de algo tan irrepresentable como la bondad es el recuerdo de cuando llegaba el señor Swann de visita y preguntaba por la fille de cuisine así:

« Comment va la Charité de Giotto ? »

Empieza Proust a hablar de esos frescos y del parecido entre la fille de cuisine y la Caridad de Giotto (d’ailleurs elle-même, la pauvre fille, engraissée par sa grossesse, jusqu’à la figure, jusqu’aux joues qui tombaient droites et carrées, ressemblait en effet à ces vierges, fortes et hommasses, matrones plutôt, dans lesquelles les vertus sont personnifiées à l’Arena – entre otras ella misma, la pobre chica, engordada por su embarazo, hasta la cara, hasta las mejillas que caían rectas y cuadradas, se parecía en efecto a esas vírgenes, fuertes y hombrunas, o más bien matronas, en quien se personifican las virtudes en la Arena).

A Proust en la infancia no le gustaban esas láminas de las virtudes de Giotto, pero sí les veía el parecido con la fille de cuisine (seguramente agotada de cargar bultos – l‘attention n’était-elle pas sans cesse ramenée à son ventre par le poids qui le tirait – pensando en su vientre – luego la pensée des agonisants est tournée vers le côté effectif, douloureux, obscur, viscéral, vers cet envers de la mort qui est précisément le côté qu’elle leur présente…).

Remata de manera impresionante el pasaje hablando de la realidad de las Virtudes y los Vicios de Pádova: según él tan vivos como la criada embarazada – o tal vez ella tan alegórica como estos. Y sigue “y tal vez esta no-participación (al menos aparente) del alma de un ser en la virtud que a través de este actúa, también tiene fuera de su valor estético una realidad que tal vez no alcanza a ser psicológica sino al menos, como se dice, fisionomónica (physiognomonique)”.

Luego compara con la verdadera cara de la bondad (encontrada más tarde en su vida), encarnaciones santas de la caridad activa: “con aire alegre, positivo, indiferente y brusco de cirujano apurado, esa cara donde no se lee ninguna conmiseración, ninguna blandura ante el sufrimiento humano, ningún temor de golpearlo, y que es la cara sin dulzura, la cara antipática y sublime de la verdadera belleza”.

La representación es fuerte por la alegoría (en este caso la referencia a la cara de una campesina embarazada y atareada que ayuda en la cocina de una casa de familia burguesa) pero no tiene nada que ver con la cara (¿irrepresentable?) de la verdadera caridad.

Giotto_di_Bondone_-_No._45_The_Seven_Virtues_-_Charity_-_WGA09272

Percepciones cambiantes / piel

Voy a escribir algo que seguramente los expertos en Proust han discutido y re-discutido miles de veces: lo más importante (por lo menos del libro I, parte II) es la percepción. La gente suele asociar la noción “memoria” a Proust, y claro – es casi un meme cultural el tema de la madeleine derritiéndose en la boca (hoy en día es casi imposible comerse una galleta con forma de concha deshaciéndola en la boca con té y no pensar en la historia de la madeleine de Proust – incluso si uno conoce poco más de la novela, ese meme es tan brutal que es casi un signo, de lo depurado que ha quedado), pero en realidad lo que parece importar, lo que veo ahí, es un tratado impresionante sobre cómo percibimos.

Proust describe y describe, con un afán casi sensual, casi pornográfico, la superficie de las cosas: la forma de la calle de la tía Léonie en el recuerdo de infancia, el campanario de Combray visto desde atrás desde adelante temprano por la mañana cuando sale el sol visto a las cinco de la tarde cuando iban al correo a recoger cartas visto surgiendo detrás del tejado de las casas visto desde la estación visto desde lejos en el tren visto desde el borde del río como “un sólido de revolución” reencontrado en una escena de un barrio feo de París que le recuerda vistas de Roma por Piranesi planos superpuestos campanario escondido y que reaparece. Es el tipo de descripciones que tienen un tiempo análogo al de una escena de sexo bien filmada, amorosamente filmada, donde cada gota de sudor, cada inflexión de un tendón, cada movimiento, cada variación de lo archiconocido pero sorpresivo logra transmitir a quien la ve una empatía y lo lanza al flujo proyectado en pantalla – Proust se solaza en describir trozos de calles, vistas del campanario de un pueblo según él mismo gris y medio feo, y casi parece que estuviera lanzando a la pantalla una escena de altísimo erotismo.

Ese solaz en los detalles, ese tiempo en que un autor logra describir un pueblo gris del norte de Francia con habitantes rutinarios estrechos mentalmente como si estuviera él directamente acariciando las superficies de los muros, mirando el púrpura de la piedra, sintiendo cómo surgió la talla dorada bajo el sol de las piedras del río, trazando la línea de unas casas hasta el momento exacto en que despunta el campanario y dejándolo surgir gigante – todo mientras se va a buscar el pan para los invitados, o el correo, o a pedir noticias de Madame Sazerat, o a averiguar por el perro de otra señora; casi da la sensación de percepción absoluta: Proust involucra su cerebro, claro, pero también sus ojos, lengua, nariz, brazos, respiración jadeante, vientre y verga, culo y testículos, nalgas y muslos, acaso vulva y clítoris también, sudoroso y sin aliento, como si decenas de páginas fueran un lecho infinito para condensar el tiempo y revivir la memoria con todo lo que cada uno de nosotros tiene, con cada partícula del cuerpo, con cada pelo, cada fragmento de mirada, cada hoyo o hendidura del cuerpo, cada brote de sudor en la piel, cada gramo de semen, cada laja de esmegma, cada calambre y cada acceso de tos, cada salivar y moquear, cada carraspeo y cada secreción de la garganta, cada dolor de tripas y cada traquear de los huesos y cada suspiro de alivio.

Así logra Proust salvar a ese pueblo gris del norte de Francia del olvido: haciendo que la percepción involucre todo nuestro cuerpo, pegándose a la superficie de la piedra como pegándose a la piel de otro cuerpo.

Proust, sobre la personalidad social

Hace muchos años había leído varios de los libros de En busca del tiempo perdido – el recuerdo era (como siempre para mí) vaporoso, mezclado con vivencias personales. Recuerdo que me exasperaba a ratos que “no pasara nada” durante páginas y páginas.

Ahora lo retomé, lentamente y sin afán de ninguna clase. Puedo disfrutar precisamente el que “no pase nada” (aparentemente, pues como en la vida real, terminan pasando muchas cosas pero Proust no se preocupa por acelerar) y las múltiples inflexiones del tiempo (tema muy barroco, como nos enseña Deleuze – y en el fondo tremendamente matemático – de esa parte de la matemática que se ocupa de la apariencia del continuo y de su manifestación como telón de fondo de lo discreto).

Al puro principio del primer libro (p. 18 en la ed. Pléiade) sale esta descripción de la personalidad social:

Sans doute le Swann que connurent à la même époque tant de clubmen était bien différent de celui que créait ma grand-tante, quand le soir, dans le petit jardin de Combray, après qu’avaient retenti les deux coups hésitants de la clochette, elle injectait et vivifiait de tout ce qu’elle savait sur la famille Swann, l’obscur et incertain personnage qui se détachait, suivi de ma grand-mère, sur un fond de ténèbres, et qu’on reconnaissait à la voix. Mais même au point de vue des plus insignifiantes choses de la vie, nous ne sommes pas un tout matériellement constitué, identique pour tout le monde et dont chacun n’a qu’à aller prendre connaissance comme d’un cahier des charges ou d’un testament; notre personnalité sociale est une création de la pensée des autres. Même l’acte si simple que nous appelons  « voir une personne que nous connaissons »  est en partie un acte intellectuel. Nous remplissons l’apparence physique de l’être que nous voyons de toutes les notions que nous avons sur lui, et dans l’aspect total que nous nous représentons, ces notions ont certainement la plus grande part. Elles finissent par gonfler si parfaitement les joues, par suivre en une adhérence si exacte la ligne du nez, elles se mêlent si bien de nuancer la sonorité de la voix comme si celle-ci n’était qu’une transparente enveloppe, que chaque fois que nous voyons ce visage et que nous entendons cette voix, ce sont ces notions que nous retrouvons, que nous écoutons.

El párrafo anterior se puede leer en clave fenomenológica, si uno quiere. En cierto sentido va en contravía de la noción primaria en fenomenología, y superpone a esta nuestros prejuicios. Los prejuicios determinarían la percepción. He notado que al pensar en mucha gente, el párrafo de Proust parece aplicar tal cual. Son pocas las veces en que alguien logra sacarnos de ese “error de percepción”.

Traduzco (libre y no profesionalmente) el pasaje:

Sin lugar a dudas el Swann que conocieron en la misma época tantos socios de club era muy distinto del que creaba mi tía abuela cuando por las noches, en el pequeño jardín de Combray, después del tintinar doble de la campanita, ella inyectaba y vivificaba a partir de todo lo que sabía sobre la familia Swann, al oscuro e incierto personaje que se desprendía, seguido de mi abuela, sobre un fondo de tinieblas, y que reconocíamos por la voz. Pues incluso desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida, no somos un todo materialmente constituido, idéntico para todo el mundo y que cada quien podría conocer como mirando un cuaderno de cuentas o un testamento; nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Incluso el acto tan simple que llamamos “ver a una persona que conocemos” es en parte un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que vemos de todas las nociones que tenemos de éste, y en el aspecto total que nos representamos, estas nociones ciertamente juegan el rol principal. Terminan por rellenar tan perfectamente las mejillas, por seguir en una adherencia tan exacta la línea de la nariz, se involucran tan perfectamente en matizar la sonoridad de la voz como si esta no fuera más que un envoltorio transparente, que cada vez que vemos esa cara y oímos esa voz, nos esas nociones las que encontramos, las que escuchamos.


 

Otro libro que habla con la novela de Proust, y de alguna manera parece una respuesta contemporánea digna, es la novela de David Grossman, אישה בורחת מבשורה, Ishá borajat mivsorá, es decir La mujer que huye del anuncio. Sobre esa tengo también mucho qué decir – pero no hoy.

De Botton lee a Proust, y yo pienso en twitter.

Neist Point, al oeste de la isla de Skye. Tierra de Breaking the Waves. Verano de 2013.
Neist Point, al oeste de la isla de Skye. Tierra de Breaking the Waves. Verano de 2013.

Uno de los libros que consigue uno en alguna librería genérica de la carretera en Inglaterra o en Escocia se llama How Proust can change your life, por Alain de Botton. Aunque proviene de un lugar genérico (librería de carretera) y aunque el título suena a libro de auto-ayuda (pero… ¿cuál libro no lo es? ya puestos en materia, hasta Classification Theory puede ser de auto-ayuda, tomado como es) terminé comprándolo. En viajes uno se topa con gente, libros, paisajes, baños absurdos (y máquinas extrañas dentro de los baños: en los baños de ciertos pubs escoceses hay las obvias máquinas de condones, pero hay selección múltiple, hasta con sabor a whisky en el baño de las mujeres, según reportó [divertida] MC). Y uno baja defensas: compra libros que de pronto ni miraría en una librería en la ciudad de uno. Como leer El Tiempo que regalan en el avión de Avianca, cosa que jamás hace uno en la vida real.

De Botton escribe ligero y sencillo sobre un autor de libros no ligeros y muy complejos. Es un placer de lectura rápida y ágil el libro de De Botton. Se enfoca en el problema de la amistad, de la hipocresía (o no), de hacer las cosas despacio y nunca precipitarse, de leer y encontrar todo el tiempo extensiones de la vida de uno en los personajes, o ir a un museo y ver que el personaje de un cuadro renacentista es alguien que uno conocía). Problemas aparentemente sencillos, pero que en realidad pueden esconder todo lo que uno quiera. En realidad bajo el estilo ameno y ágil de De Botton está un ensayo impresionante sobre cuál es finalmente el Arte Poética de Proust, problema evidentemente dificilísimo pues un autor que terminó plasmando los infinitos vórtices y sub-vórtices – y puntos de inflexión y ondinas y transición entre multiplísimas capas de realidad, como foliaciones y transversales, laminaciones y prehaces – de las relaciones humanas, de la amistad y lo que se espera (o no) de los demás, de la conexión entre envidia y cara de tranquilidad (falsa, pero verdadera), de la conexión entre tiempos remotos y tiempo presente – todo ese sistema dinámico humano que Proust como nadie se acercó a develar para nosotros.

En Mallaig (oeste de Escocia, al frente de la isla de Skye). Marineros preparan un barco, ¿pesquero?
En Mallaig (oeste de Escocia, al frente de la isla de Skye). Marineros preparan un barco, ¿pesquero?

De Botton tiene la genialidad de no hacer un ensayo pesado sobre un libro ya bien pesado (si se quiere) y así permitir el acceso a muchos más. Sabe escoger ejemplos deliciosos (literalmente) de las páginas de la obra de Proust, con ironía que devela la ironía suprema, y los salpimienta con ejemplos de la “vida real” de Proust, sus familiares y amigos, y luego concluye brevemente.

Uno de esos es el tema de la conversación entre Proust y Joyce. Proust normalmente vivía rodeado de gente mucho más “simple”, mucho menos sofisticada que él – y parecía disfrutar mucho eso. Una única vez los invitaron a una comida a ambos – imaginar estar en una comida con Proust y Joyce al tiempo en el Ritz suena casi imposible. ¿Qué diría uno? ¿Qué dijeron ellos? ¿Qué hablaron?

En realidad, nada. Joyce cuenta que Our talk consisted solely of the word `Non.’ Proust asked me if I knew the duc de so-and-so. I said, `Non.’ Our hostess asked Proust if he had read such and such a piece of Ulysses. Proust said, `Non’. And so on.

La velada siguió así: no tenían nada que hablar. De Botton indaga hondo en el concepto de amistad y conversación para Proust y marca el contraste entre lo generoso que era con sus amigos Proust y su escepticismo hondo con respecto al tema.

Pero lo más contundente es que en realidad uno (incluso Proust y Joyce, y hasta Grothendieck y Shelah – un par de grandes análogos pero ubicados en el otro extremo del siglo – probablemente una conversación matemática entre ambos no hubiera sido muy distinta de la conversación entre Proust y Joyce) casi nunca es interesante. Incluso si uno es Proust o Joyce en realidad es aburrido la mayoría del tiempo, con excepciones gloriosas (en los buenos casos) que cuestan sudor y trabajo duro. Lo interesante no se alcanza a decir en conversaciones, realmente. Se requieren esos tiempos larguísimos, aburridísimos para los demás, durante los cuales un autor está tan distraído o tan ensimismado como los dos grandes, para rumiar y pensar todo lo que da cuerpo (en el caso de esos gigantes) a obras como En busca del tiempo perdidoUlises donde están no solamente todas las respuestas a todas las dudas de todas las conversaciones posibles/pensables, sino las conexiones entre estas, las variantes negadas (Proust aparentemente se tragó muchas respuestas duras a gente que se las hubiera merecido – en vez de enfrentarse en peleas mantuvo la amistad… pero los personajes ofensivos probablemente fueron fundidos en fragmentos de sus personajes de En busca).

Apéndice, que no tiene nada que ver con el tema anterior: aunque la gente echa pestes de la comida inglesa o escocesa, creo que el problema es que esperan que sea lo que no es. No es comida mediterránea, no es comida japonesa, no es comida ligera, no es comida francesa, tampoco comida del Caribe. Pero es buena dentro de sí misma: la calidad del pescado es absolutamente excelente (cosa que aprecio muchísimo al gustarme tanto comer buen pescado pero vivir tan lejos del mar), y comen cosas que a mí me parecen exóticas: liebre, perdiz, venado, reno, muchos otros animales de cacería que me saben delicioso. Y mucha avena en Escocia (en las galletas de avena para comer con queso, que son excelentes – casi avena pura, en el porridge que es una colada de avena pero es rica, en el haggis, que es la morcilla/salchicha repleta de avena y vísceras y a mí me encanta ocasionalmente). Y buenas conservas (de naranja y otras frutas). Y finalmente, el whisky (que lejos de ser la bebida elegantosa que es en lugares como América Latina es parte del mismo continuo que va desde las galletas de avena… hasta el destilado de malta), que es uno de los aportes más increíbles a los sabores que hay. Esta foto de un lugar de fish and chips en Whitby (Inglaterra) muestra la variedad que hay en esa comida (barata, y toda recién pescada):

Bacalao, Haddock, etc. - todo muy fresco y bien frito en grasa de vaca a temperatura que deja todo crujiente.
Bacalao, Haddock, etc. – todo muy fresco y bien frito en grasa de vaca a temperatura que deja todo crujiente.