notas de enero

  • Múnich, solo una noche y una mañana, fue revivir la abrumadora literalidad germánica, que siempre nos parece a MC y a mí tan pesada, tan difícil de lidiar. Una cultura directa, literal (una amiga nos decía que no entendía por qué los latinos insultamos a la madre, que qué tiene que ver la madre con lo que hace la gente, etc.). Ligeramente asfixiante.
  • Roma cuatro noches – volver a ver miles de sitios anclados en historias familiares remotas algunas cercanas otras. Lo mejor fue (tal vez) descubrir que tanto del plano de la ciudad barroca es el mismo de la ciudad romana (el caso de la Piazza Navona que era un lugar de carreras de caballos es tal vez lo más visible de eso). Y ciertos platos. Y barrios que no conocíamos. Y (en mi caso) salir a correr por el Gianicolo al amanecer.
  • Nápoles sí que fue el gran descubrimiento para nosotros. Es una ciudad infinita, literalmente. En una semana apenas logramos rasguñar la primera capa, y nos sentimos felizmente sumergidos en otro tiempo, en otros paisajes. La ciudad es hermosísima, tal vez la más hermosa del país más hermoso de Europa. También es sucísima, supremamente disfuncional, repleta de desigualdades que la hacen sentir como una ciudad del Caribe colombiano o del Nordeste brasileño, repleta de grafitis a más no poder – una de esas ciudades que como El Cairo o tal vez Calcutta hacen pensar en Bogotá como si fuera el epítome del orden. Pero en Nápoles uno está a la vez en Roma tardía, en Grecia helenística, en el Mediterráneo barroco y en la ciudad contaminada y terrible del siglo XXI. Esa simultaneidad, y la cantidad de maravillas que se esconden tras las capas y capas de basura, la hacen el lugar más impresionante que he visto recientemente. Una parte de nosotros quedó allá; incluso nos dieron ganas de ir y pasar todo un semestre. Nápoles lo induce a uno a soñar mucho, y salir de ahí se siente como salir de un mar profundo de maravillas, de monstruos y tesoros submarinos.
  • Viena, a mera hora y media en avión de Nápoles, es como volver a “Europa” (en el sentido que la gente a veces usa), a la Europa del buen transporte público, de todo ordenado y pulcro… y todo a la vez ligeramente asustador. La Europa como nerviosa de que algún día un tren se descarrile y se vaya todo, absolutamente todo, al traste como ya les pasó – la Europa de los taxistas que sólo hablan alemán y ni una palabra de inglés y regañan porque uno les dicen “links bitte” (cruce a la izquierda por favor) y le explican largamente en alemán que ellos no pueden cruzar por ahí a la izquierda, que hay Polizei, que ellos hacen su trabajo und wir wohnen hier und wir wissen… y ni siquiera entienden que uno no les está entendiendo lo que dicen, ni siquiera pueden imaginar que alguien no hable alemán… la Europa que Fassbinder retrata tan precisamente. Europa Europa: museos muy buenos (pero caros), wifi impecable, café mediocre a 3€ (después del excelente café a 1€ de Nápoles), maravillosos tranvías y metros, pero gente potencialmente muy agresiva (aunque muy controlada por ahora). Un concierto interesantísimo, maravilloso, en el Arnold Schönberg Center… pero éramos cinco gatos (bueno, cien pelagatos)… en una ciudad que sí llena salas muy grandes con programas kitsch de valses de Strauss… Alles gut, alles klar, alles interessant…
  • Una noticia fuerte de enero es la acusación a nuestra colega turca Ayşe Berkman. Su defensa ante la corte que la acusa es un ejemplo MUY fuerte para los lógicos, para los matemáticos y para los académicos en general. Ayer 14 de enero se celebraba el “Día Internacional de la Lógica” (una iniciativa nueva). En Bogotá hubo una sencilla cerveza lógica en un pub de La Macarena. Les envié una carta abierta que enlazo aquí.
  • Una noticia brutal de enero es el asesinato ayer del alcalde de Gdańsk, Paweł Adamowicz. Era un hombre progresista, comprometido en la Polonia actual con los derechos de la comunidad LGBT y con los migrantes. Fue asesinado por algún fascista de la ultraderecha polaca. Es una señal espantosa de lo que está pasando en Polonia, en buena parte de Europa y en muchos países del mundo. Mencionaban algunos polacos la resonancia con el asesinato de Gabriel Narutowicz en 1922, el primer presidente de la Polonia independiente del siglo XX, a tan solo cinco días de haber asumido el cargo.
  • Dan ganas de regresar a los paisajes y mosaicos y esculturas de la Antigüedad. Por lo menos a la percepción de otro tiempo, de otro lugar. Tengo muchas fotos, muchas. Vendrán después. Y videos topoísticos. Y…

Vasos comunicantes: ROMA.

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Sergio Pitol al describir lo esencial de la novela rusa del siglo XIX usó la palabra polifonía. Aunque mucho se ha escrito acerca de las novelas de Tolstói, de Dostoyevski, de Gógol, el uso del concepto polifonía por Pitol me sorprendió, al pensar en lo específico de las novelas rusas. Pitol pasa entonces a describir las multiplísimas voces que se escuchan en esas novelas. Voces de la acción principal, claro, pero también una cantidad de voces al fondo, comentando, contradiciendo, repasando el momento histórico, hablando del siguiente baile en la corte. Voces. Superpuestas. Pitol lo achaca a la estructura de esos palacios o apartamentos, habitados por muchos familiares y siervos, con divisiones delgadas entre cuartos; apartamentos donde las peleas y eructos del vecino se escuchaban siempre, donde siempre se escuchaban los gemidos de placer cuando hacían el amor en los cuartos de al lado o las escenas conyugales, los nacimientos y las llantos por muertes, la vida entera.

Tal vez la primera impresión al ver ROMA, la de Cuarón, es análoga. Ha sido descrita por Magola Delgado como muchas películas en una. No solamente muchas historias superpuestas, sino realmente muchas películas puestas juntas en una sola, como si la transparencia increíble del blanco y negro, la ausencia de opacidad lograda mediante la ausencia de color lograra la primera magia: comunicar las “superficies” de las muchas películas en una sola, mediante vasos comunicantes / pasajes / singularidades / transparencias.

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El rol de las ventanas en la película hasta ahora no lo he visto en comentario escrito. María Clara, que siempre es sensible a esos temas, me lo hizo notar desde la primera vez que la vimos. Las ventanas, la mirada a través de las ventanas, es casi un personaje de la película. También las múltiples simetrías formales (como las manijas en la foto, o la presencia del avión reflejado al inicio y visto directamente al cierre de la película).

Constantemente estamos pasando de un paraje de la memoria a otro, como en una realidad medio soñada, medio irreal pero vuelta mucho más real por esa posibilidad de vasos comunicantes entre distintos tiempos. La metáfora del güerito, el niño menor, constantemente hablando de vida adulta en pasado, es la metáfora de la película ahí también.

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Hay muchos momentos de “cápsula del tiempo” en la película – un poco como en la otra película del espacio que van en familia a ver. En un carro van, con el chofer de la familia, atravesando una manifestación de estudiantes, histórica, antes de tornarse violenta ésta. El carro anda despacio, y la transparencia de nuevo se abre para evocar las durísimas manifestaciones de los años 70 en América Latina (en la de Corpus Christi en 1971 en México mataron a más de 100 manifestantes), pasan al lado de policías preparados para pegar duro, y luego llegan a una tienda de muebles a… comprar una cuna.

La cotidianidad, la familiaridad de esa tienda (que podría ser en la Calle 26 de Bogotá de los años 70) y la calle afuera al tiempo me trajeron memorias muy fuertes de mi propia infancia (yo tenía dos/tres años en la época de esos eventos) en un lugar cercano a la Universidad Nacional en Bogotá. Desde el apartamento, tercer piso, se podía ver a la policía de Colombia persiguiendo a los estudiantes en desbandada por una carrera paralela a la 30. Más de una vez algunos estudiantes se refugiaron en casa de mis padres.

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En la película la situación llega a ser más trágica – afortunadamente en lo que tuve que presenciar en esos años no llegué a ver disparos, pero sí vi policías armados golpeando a los estudiantes, claro que sí – y supe del miedo de mi madre al saber que a Química (donde estábamos) se podían entrar en cualquier momento los policías.

Sí – polifonía era para Pitol la palabra para la novela rusa. Aquí sería algo así como poliiconia, como muchas imágenes al tiempo, superpuestas pero no de manera física sino comunicadas mediante transparencias, como un haz de espigas desplegándose.

Una de esas muchas películas, una muy importante, es la de Cleo. La historia de Cleo, la primera película que la gente ve en ROMA (y que a algunas señoras emperifolladas torpes de entendimiento en el cine bogotano causó rabia – salieron diciendo “qué horror una película en honor a la empleada de la casa”), la que molesta a algunos por “condescendiente” y fascina a otros. A mí la historia me pareció contada de manera directa y llana, y espléndidamente actuada. Los reseñistas gringos se ponen bravos porque Cleo “no habla” (lo cual no es cierto; habla mucho, pero con su amiga Adela en mixteco) y no está “empoderada” (pero habría sido falso el recuerdo si hubieran puesto a Cleo como una mujer del siglo XXI).

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Las miradas de Cleo son otro de los vasos comunicantes de la película. El temor ante el futuro, la comunicación con los niños, la mirada de entendimiento tácito con la otra mujer, la madre de la familia, los silencios y los gestos. Todo eso hace parte orgánica del recuerdo de quienes nacimos en América Latina en los años anteriores a 1970, dolorosamente. La película lo pone ante nosotros sin emitir palabras.

Hay escenas misteriosas en la película. Una de esas es, durante un incendio en una finca en Año Nuevo, el gringo disfrazado de monstruo cantando borracho una balada en inglés. Presiento alguna referencia a algo ahí; la borrachera de Nerón mientras Roma se quema, alguna metáfora a Estados Unidos. Misterio (para mí). Otra es en Ciudad Neza (Netzahualcóyotl, la Ciudad Bolívar de Ciudad de México, parte del cinturón de miseria común a todas las grandes urbes de América Latina). Al llegar, lanzan a un hombre como un cohete en un espectáculo de circo de barrio…

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en una imagen poderosísima y cargada de algún significado metafórico. Es la época de las películas de viajes al espacio, de los Apollos visitando la luna, los hombres gringos o rusos perdidos en el espacio. En ese barrio de calles de barro esa imagen del hombre disparado parece algún homenaje al Fellini de Amarcord o de La Strada, traspuesto a Neza y visto (de nuevo) desde la lejanía del recuerdo reconstruido, desde el vaso comunicante, la singularidad de cierta incoherencia.

Mientras tanto, Cleo está buscando a su novio Fermín desaparecido—desaparecido al contarle Cleo que será padre. Fermín el practicante de artes marciales de Ciudad Neza, que salió huyendo de un cine cuando Cleo le contó que “tenían encargo”, que estaban esperando a un hijo.

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Desaparece Fermín (que solo conocíamos por su escena memorable meses antes—desnudo haciendo movimientos de kendo con una vara arrancada de una cortina en un hotel y contando a Cleo su historia: muerta su madre, lo llevan a vivir a Neza y lo salvan las artes marciales de la delincuencia…

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… mientras de nuevo las ventanas del hotel y el espejo nos dan ese doble reflejo del mundo (la fotografía es impresionante ahí – no es solamente la corporeidad de Fermín, el encarnar su ser de manera tan directa, sino el reflejo de todo un universo ahí en esas ventanas)).

Fermín (que todo el mundo parece odiar, pues encarna el machismo más básico – muy agresivo con Cleo cuando esta le cuenta en Neza que están embarazados) en realidad es una víctima doble. Crece en un lugar desgraciado de América Latina y realmente encuentra en la práctica de las artes marciales, como tantos jóvenes del mundo, una salvación… para ser luego usado por el mismo gobierno mexicano como fuerza de choque contra los estudiantes. Fermín encarna la historia de tantos paramilitares de América Latina, de tantos guerrilleros o militares que encuentran un respeto a sí mismos en la práctica de artes marciales – pero terminan siendo convertidos en máquinas de muerte por el mismo sistema que generó (genera) las Ciudades Neza de América Latina.

La muerte aparece en varios momentos, con fotografía muy anclada en la gran tradición de México, en Juan Rulfo y Tina Modotti. En uno de los momentos centrales de esa película que no tiene momento central único (pues son muchísimas películas comunicadas) aparece esta escena casi aislada del resto, casi sin comunicación con nada…

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… casi sin comunicación con nada pero a la vez con todo. La abuela, Cleo y el chofer salen de la tienda, no ven este primer plano pues están viviendo su propia otra película en paralelo… y México en 1971 está viviendo desangres como este.

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Una historia muy personal (y que no sucedía en todas las familias) es la solidaridad entre dos mujeres, las dos mujeres principales, la señora Sofía y Cleo – ambas abandonadas, aunque de maneras distintas, por sus hombres. Pese a las diferencias de clase inmensas entre las dos, hay un vínculo de cierta empatía entre ambas.

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En muchas familias latinoamericanas la reacción inmediata en esa época habría sido expulsar a Cleo apenas esta cuenta que está embarazada. De hecho, es lo primero que pregunta Cleo—¿no me va a correr? Hay cierta sutileza en la respuesta y un entendimiento de la situación de Cleo; tal vez causada por el saber que su esposo la había abandonado.

Era tan común tanto la primera como la segunda historia—esposos que se “iban a Quebec” a congresos para nunca volver (en mi familia no inmediata sucedió algo similar, y los hijos quedaron con traumas fuertes), empleadas que quedaban preñadas por sus respectivos “Fermines”, que aquí la parte de memoria es realmente directa y tal vez menos mediada por las ventanas y reflejos.

Fernando Zalamea ha escrito inmensas páginas sobre otro tipo de vasos comunicantes en el cine, en Tarkovsky — y en la matemática, en Riemann o en Grothendieck. La película es manifold, es multiplicidad/variedad repleta de pliegues, memorias de otras películas (¿cómo no pensar en Buñuel al ver a los ricos de la finca disparando al vacío, siendo el vacío?…

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… ¿cómo no recordar escenas similares vividas en fincas donde primos ricos en épocas de infancia?), repleta de ramificaciones, de singularidades que intercomunican distintas películas independientes – pero que Cuarón logra mediante sus ventanas, reflejos y ojos—la mirada de Cleo sobre todo, y repleta de escaleras espléndidas (las de la casa y sobre todo las de la hacienda, que conectan el mundo “de arriba”, de los ricos y sus pistolas y su whisky y sus cigarrillos y sus criadas, con el “de abajo”, el del pulque y las historias de los ejidos y la música popular).

Pero sobre todo, ¿cómo no soñar con esta imagen? (Tal vez la más emblemática: ¿las cabezas conectadas, el niño que recuerda y la mujer que quiere estar muerta, los techos de Roma y la ropa como un haz de transparencias – lavada de las miserias humanas que se adivinan, las secreciones, sudores y humores de nuestra condición humana en manchas en calzoncillos y medias y brasieres – y la luz difusa infinita?)

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profesores de colegio / Madame Paul / libertad

… La diversidad de los profesores era asombrosa, es la primera diversidad consciente en una vida. El hecho de que pasen tanto tiempo delante de uno, expuestos en cada una de sus reacciones, sometidos a una constante observación, siendo el verdadero objeto de nuestro interés hora tras hora, y, dado que no podemos ausentarnos, siempre el mismo período de tiempo; su superioridad, que los alumnos no quieren reconocer de una vez para siempre y que los vuelve críticos y malévolos; la necesidad de responder debidamente a sus exigencias sin complicarnos demasiado la vida, el secreto en que se halla envuelto el resto de sus vidas durante todo el tiempo que no están ante nosotros como actores de sí mismos, y luego el hecho mismo de sucederse unos a otros, siempre en el mismo lugar y desempeñando el mismo papel, con la misma intención, es decir, expuestos abiertamente a la comparación: todo esto, tal y como actúa conjuntamente, constituye también toda una escuela, muy diferente de la destinada a la enseñanza, es decir, una escuela en la que se aprende a conocer la multiplicidad de la naturaleza humana y, si se la toma medianamente en serio, es también la primera escuela consciente del conocimiento del ser humano.

Elias Canetti, en La lengua salvada – trad. de Genoveva Dieterich

El anterior pasaje de la autobiografía de Canetti refleja muy bien ese libro (triple): en lenguaje llano va observando, va describiendo lo que ve desde la infancia. Aquí está ya iniciando su bachillerato en Zúrich. El padre había muerto en Manchester, vivía Elias con sus dos hermanos y su madre, pero esta decide internarse en un sanatorio en los Alpes y deja al hijo mayor, Elias, en una pensión de cuatro señoras suizas para que siga yendo al colegio. En esa libertad impresionante que empieza a vivir el joven Elias Canetti se la pasa yendo a conferencias, escribiendo cosas (de las cuales se arrepentiría después), discutiendo temas, remando en el lago, yendo en tren o a pie al colegio.


De alguna manera leer a Canetti me hace revivir ese año y pico de libertad que tuve en Bélgica cuando a los doce años iba en tren, o como pudiera, al colegio. Tomaba materias de griego y latín con Madame Paul (ese era su apellido); ella tenía un 2CV en el que a veces me acercaba a Lovaina la Nueva donde vivía yo con mis padres y hermanas – ella había vivido en Italia muchos años y durante buena parte de la clase mostraba diapositivas mientras nos enseñaba sutilezas del latín y el griego – su hija era un poco mayor y parecía muy libre – Madame Paul era distintísima de los demás profesores en que a la vez lo trataba a uno como mayor y no exigía mucha disciplina; de alguna manera podía ser exigente de maneras más serias que los demás profesores – con ella aprendí mis primeras declinaciones, pero hablando en el carro tranquilamente como con alguien grande… no contaba yo mucho en la casa los detalles de ese regreso con Madame Paul; de alguna manera intuía yo la posible prohibición de tanta cercanía a una mujer de unos 35 o 40 años y su hija grande que parecía tan libre – me limitaba a decir que “una profesora de griego nos pidió que compráramos el Enchiridion o el Neaí Odoí” … Hoy en día tanta cercanía, tantas conversaciones, paradas a comprar comida – recuerdo que Madame Paul paraba en el Delhaize a comprar ingredientes para su comida con su hija y me iba describiendo lo que prepararía – serían probablemente medio ilegales. Yo sencillamente quedé adorando esa visión de Italia y Grecia y la libertad. Conservo un librito que me regaló: una Guía Verde Michelin de la Roma antigua, hecha como si fuera una de las guías modernas pero con recomendaciones para ir al Foro, al Senado, a miles de edificios – describía “restaurantes” de la Roma antigua como si uno fuera a visitarlos, describía las posibles llegadas por la Via Appia, los posibles trancones de carretas en los puentes del Tíber, la especulación inmobiliaria (salía incluso el precio en denarii de pensiones o de la primera propiedad horizontal que hubo en Roma), daba las distancias en millas y pies romanos…


Leer a Canetti es así. Él tenía profesores increíbles algunos, terribles otros (como me pasó a mí también). Probé esa libertad que él también tuvo, durante mi primer año de bachillerato. Regresar a Colombia (al Réfous) fue perder esa libertad durante un tiempo, ir en bus al colegio …  la libertad recobrada más tarde ya fue algo muy distinto.

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los trenes de la libertad (para mí), en Bélgica – foto en 2016