Un final aquelárrico, con lecturas en voz alta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El cierre de la exposición ¿Quién nos conduce? El diablo probablemente… (anoche) fue la segunda cara, la que aún me hacía falta, para completar el ciclo entero. La exposición funciona muy distinto de noche, con luces de velas en la mesa, con gente deambulando entre las cortinas rojas y abriendo rendijas al misterio implícito en el nombre de la exposición. Un pequeño aquelarre de lecturas con vino rojo (rojo, no “tinto” en este caso, parece ser la palabra más apropiada), donde distintas parejas alternaban el micrófono en ese acto a la vez íntimo y expuesto que es leer mutuamente. En este caso, textos de Sade, de Lang y de Gómez Valderrama fueron la lectura – el diálogo del moribundo con un cura, que no logra develar el misterio, el diálogo en torno al proceso de un asesino en Lang, las preguntas de Gómez Valderrama sobre la noche de Walpurgis y la configuración de nuestra imagen de la brujería.

Ahí entendí finalmente que más que una exposición ¿Quién nos conduce? El diablo probablemente… es un espacio de posibilidades. La estructura de cortinajes, de desapariciones y reapariciones de la gente, de lecturas a la luz de la vela, es la verdadera obra ahí. Hay dibujos buenísimos (de María Isabel Rueda), hay un video excelente (el trozo que no quedó en La Tierra en la lengua, de Rubén Mendoza) en medio de otras obras que conforman el espacio – pero por encima de todo hay el espacio de cortinas rojas que se levantan y se vuelven a soltar, que se abren y se cierran y permiten que uno salte de cuarto en cuarto. Toda ese entramado de líneas interrumpidas y cruzadas, voluntaria o involuntariamente – a veces posiblemente transgrediendo privacidades implícitas en las obras o en las conversaciones que atraviesa uno – todo eso sugiere la obra real. Para ver de noche. Con lecturas.