Judenplatz, Wien

El monumento de Rachel Whitehead es un bloque de concreto sólido, con libros que no podemos leer, de las cuales ni siquiera podemos ver las carátulas pues están al revés. Totalmente hermético, como la dificultad de memorizar eventos tan horrendos. Y nombres. Nombres de lugares como Bergen-Belsen y Auschwitz, Lublin y Majdanek – esa geografía de Europa Central que de solo ver evocada nos puede helar la sangre.

Y nada más, solo el concreto puro, en medio de la Judenplatz en el corazón del centro de Viena, situado como un lugar inaccesible, como un Kodesh haKodashim impenetrable, de un templo que ya no está.

La única excepción es el letrero en hebreo que dice

זכר למעלה מ-65.000 יהודים אוסטריים
שנרצחו בשנים 1945-1938
ע”י הפושעים הנציונלסוציאליסטיים ימ”ש

En recuerdo de los más de 65.000 judíos austríacos que fueron asesinados entre 1938 y 1945 por los criminales nacionalsocialistas.

La única parte de todo el monumento que, a pesar de lo terrible que expresa, permite un resquicio de (leve) luz: la palabra inicial זכר (zajar, zikarón: memoria, recuerdo). Lo único que de alguna manera permite levantar la cara es el recuerdo.

El monumento lo vimos el 17 de enero pasado, en un día largo en Viena en que caminamos y caminamos junto al Danubio tratando de hacer algo después de esa noche anterior en que supimos de la muerte de mi padre. Cruzando sin rumbo muy definido la ciudad de retorno, nos topamos con el monumento. Yo no había podido volver a ver esas fotos. Pero un trino de Nicolás Medina (quien en enero estaba terminando su tesis de maestría que le dirigí) donde sale el monumento me interpeló, y tuve que regresar inmediatamente a ese momento, y a ver las fotos. Aquí están:

La ciudad más difícil…

… de fotografiar para mí siempre ha sido París.

Tal vez por ser tan emblemática, o por ser de arquitectura tan lisa y uniforme, o por haber sido fotografiada de manera tan icónica por Cartier-Bresson, Doisneau, Atget, Kertész y tantos otros. Siempre había sentido que las fotos de París me quedaban en alguna de estas tres categorías:

  • pálidos reflejos de fotos buenas icónicas de esos grandes nombres,
  • fotos turísticas (el kitsch que siempre busco evitar pero que en París es difícil),
  • fotos que no logran romper la pátina de mobiliario urbano que en París es tan pesado, tan omnipresente.

A sabiendas de estas limitaciones previas, salí ayer con la cámara, recién llegados a la ciudad con María Clara para participar (activamente) en On the Infinite en el Henri Poincaré. Al principio me desesperó no ver nada, no poder romper la pátina superficial de mobiliario urbano, no poder transmitir realmente la emoción de estar aquí.

Sin embargo esta vez las bicicletas y Rodin me han ayudado.

Como vamos a hablar sobre el infinito María Clara y yo, y hemos estado desde hace días, semanas preparando nuestras charlas, el viaje ha sido teñido de una inmersión extraña en textos y conversaciones sobre charlas difíciles de dar para ambos. Tenemos que hablar para público mezclado entre matemáticos, artistas, filósofos – en un lugar tan icónico y emblemático como el Henri Poincaré. ¡No es para nada obvio! Creo que nuestra percepción de la ciudad en esta visita ha estado muy teñida de nuestras lecturas, búsquedas, discusiones (a veces duras) sobre infinito en arte, en matemática y filosofía.

Los ciclistas me permiten empezar a ver la ciudad de manera distinta.

Rodin (después) también. Es una serie larga – nos pareció brutal la exposición de Kiefer pero aún más ver después de Kiefer tantas obras de Rodin. Las habíamos visto varias veces, pero hacía bastante tiempo ya. Esta vez las sentí de manera muy visceral. Después colgaré fotos.