Capilla de Kamppi / silencio

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Hoy de mañana fui a la capilla de Kamppi. Nunca había ido, extrañamente. Kamppi es el centro centro de Helsinki. El arquitecto Juhani Pallasmaa lideró hace unos diez o quince años un proyecto grande de reforma de esa zona: la estación de buses quedó subterránea y por donde uno pasa hay mezcla de espacios comerciales, plazas públicas, vivienda (apartamentos que se ven muy bien). Es un lugar que conecta la zona de la Estación Central de trenes con la estación de buses y barrios del centro (y atrás, el puerto occidental).

Había visto muchas veces al pasar (a pie, en tranvía, en bicicleta) el módulo (como un barco o un huevo gigante) de la capilla pero no sabía qué era y nunca había entrado. Esta semana leí que es una capilla (sin denominación – para cualquier religión o no-religión) y que el punto principal es el silencio.

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Esa combinación (silencio, arquitectura de madera, espacio de recogimiento) resulta irresistiblemente atractiva para mí y decidí pasar apenas pudiera. Hoy iba camino al museo Amos Andersen y decidí parar ahí. Fue una experiencia hermosa y fuerte.

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Fuerte porque el silencio en nuestra sociedad repleta de ruido es una propuesta radical. Los arquitectos (estudio K2S, Mikko Summanen, Niko Sirola, Kimmo Sintula) incluyeron el silencio como parte fundamental del espacio. De alguna manera logran aislar la capilla, ubicada en una de las zonas de mayor tráfico y tránsito (de todos los modos que hay) en la ciudad, un punto por el que pasan miles y miles diariamente.

Los materiales son maderas locales (abeto, aliso, fresno). No sé con qué aislaron la capilla del ruido – leí en unas notas que usaron una placa de escayola – no tengo ni idea de qué puede ser eso.

Pensé mucho en nuestro apartamento de Bogotá, tan desprotegido del ruido (como casi todo en todas partes). Pensé en el estado de meditación del sauna en Finlandia (los materiales de construcción son casi los mismos aunque obviamente las dimensiones no y tampoco la forma curva).

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Pensé en la irreverencia fuerte que en todo caso hay en hacer un espacio altamente no comercial, sin nada para la venta, en plena zona de tránsito. Lo único que ofrece el espacio es la posibilidad de meditación, de silencio, de búsqueda interior.

Hay una cruz casi invisible (Finlandia, al igual que los demás países nórdicos, es país luterano – aunque no es un lugar religioso y mucho menos fundamentalista, sí está ahí la presencia de esa forma de cristianismo). La cruz es delgada, de plata. La puede encontrar si busca bien en una de las fotos de arriba. Pero no más. Hay un lugar para poner velas (algo común a muchas religiones).

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La única iluminación proviene de esa ranura en el techo. Es ampliamente suficiente (y seguramente necesaria para la insonorización). La vista global, con las bancas sencillas de madera, el altar, la madera y esa luz, da una idea del recogimiento (agregue el silencio para imaginar este espacio que podría estar al borde de un lago de Carelia si no estuviera en pleno centro de la capital).

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El silencio es un bien impresionante, como el agua pura, como el aire puro. La música funciona como su contraparte, pero la música que sabe escuchar el silencio es la que ha ido quedando. La que sabe que no es más que una fluctuación de este. En nuestro mundo repleto de ruidos de horror (en todas partes – un poco peor en países como Colombia pero esencialmente igual de horrible en todas partes), el silencio es como un lujo increíble. No debería ser así – podría suceder como pasó con el aire viciado de humo de cigarrillo que la gente tomaba como algo normal hace veinte o treinta años, y que de alguna manera aprendimos como sociedad a reubicar para poder respirar. Si pasó con el cigarrillo, ¿por qué no puede pasar con el ruido?

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Los cojines de la iglesia son esas piedras – en realidad cojines cómodos para sentarse si uno prefiere su suavidad a las bancas de madera – o simplemente para llevarlos a las bancas de madera. Parte del diseño es esa forma de piedras amontonadas, que evocan el kivas de los saunas.

silencio

Por el momento estoy en etapa de silencio con el blog. Escribir sobre una instalación de un sistema operativo en una máquina es una forma un poco oblicua de mantenerse en silencio. Ando leyendo un diálogo de Platón (de los iniciales – diré después por qué) y a la vez preparando una charla sobre teoría de modelos y representaciones de Galois para un seminario con los geómetras dentro de ocho días. También escribiendo un breve ensayo sobre la posible teoría de modelos de la química, y corrigiendo muchas otras cosas. Todo eso implica cierto silencio…

A pesar de eso, me ha impresionado mucho el reciente renacimiento de los blogs (los de Javier Moreno, Olavia Kite, Arturo Sanjuán son ejemplos buenísimos) y quiero hacer parte de eso. Nunca he sabido bien quién lee esto – no es mucha gente, pero a mí me parece importante mantenerlo por quienes están ahí.

Silencio entonces…

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Amanecer sobre Iguaque, desde el Observatorio Muisca.

Gandini

Dejemos que Piglia hable de Gandini:

Cuando lo conocí, el compositor Gerardo Gandini tenía su estudio en un viejo departamento de la calle Cochambamba que había sido (y volvió a ser luego) de un amigo común (…) Gandini tocaba para mí la música que había terminado de componer. Eran fragmentos de una compleja obra en marcha, cuya realización me parecía cada vez más milagrosa. Como era verano las ventanas estaban abiertas y la música surgía en medio del rumor de la ciudad. Siempre que pienso en Gandini, lo recuerdo en ese cuarto en el que sólo había lugar para el piano, componiendo una obra extraordinaria en medio de las voces y los rumores de la calle. (…) Nadie encarna mejor que los músicos la doble relación del arte con el presente y con la tradición. (…) la deuda con un pasado de altísima perfección como es el de la herencia musical y, por otro lado, la tensa relación con la carga de cinismo, trivialidad y demagogia de la cultura actual.

(…) La música debe más a la tradición musical que a cualquier otra experiencia y esa tradición a veces actúa como un legado que paraliza toda innovación. Al mismo tiempo, los músicos contemporáneos comprueban y dicen lo que nadie sabe: que la cultura de masas no es una cultura de la imagen, sino del ruido [itálicas y negrillas mías – AV]. (…)

(…) Por la ventana abierta del estudio de Gandini llegaban los rumores del mundo. Una confusa profusión de sonidos inarticulados, cortinas musicales, alaridos políticos, voces televisivas, sirenas policiales, anuncios de conciertos internacionales de rock and roll. (…)

(…) La risa de Gandini, cuando dejaba de tocar, me hacía pensar que la mítica sordera de Beethoven había sido la primera elección de un artista [itálicas mías – AV] ante la creciente presencia de la cultura de masas como infierno sonoro. (…)

(…) Las piezas para piano de Gerardo Gandini me hacen pensar en esa imagen; un pianista insomne busca, en la noche, los restos de una música que se ha perdido. (…)

Ricardo Piglia – Formas breves – extractos de págs. 43 a 45.

Gandini tocó muchos ámbitos distintos de la música contemporánea. Trabajó en la orquesta de Piazzolla. Es autor también de obras muy “abstractas” de música contemporánea (Eusebius, Soria moria, etc.). Compuso una ópera (La ciudad ausente) con libreto de Ricardo Piglia – no la he escuchado. Debe ser interesantísima, pero quién sabe en qué circuitos aparece. Y finalmente, tiene una serie increíble llamada Postangos, de tangos muy “deconstruidos” – tocando él mismo al piano, tal vez ad libitum en algún concierto, va a la estructura pura de obras como La Cumparsita. Qué vaina no haber descubierto a Gandini cuando aún estaba vivo, hasta hace menos de un año. Habría sido fantástico ir en alguna parte del mundo a uno de esos conciertos suyos al piano.

Y sí, Piglia da en el clavo sobre el ruido de la cultura de masas contemporánea (mucho más que la imagen).

Varios amigos recientemente han comentado que el derecho al silencio será la próxima frontera a conquistar – muy análogo a la conquista del derecho a aire sin humo. Los fumadores hasta hace pocos años se sentían con pleno derecho a fumar donde quisieran, e imponían su ceguera a los demás. Finalmente se ha ido logrando conquistar aire sin humo, en casi todos los países (curiosamente, es de las cosas que funcionan sin mayor problema en América Latina, y en general menos bien en Europa o Estados Unidos – nadie ha explicado convincentemente por qué la adopción de la ley anti-humo fue tan efectiva en países como México o Colombia, comparando con países usualmente más seguidores de las leyes, como Alemania – allá ha costado más trabajo esa conquista). El siguiente paso será convencer a los ruidosos del derecho de los demás al silencio. La analogía es perfecta. Aún es difícil, y lo miran a uno como si estuviera loco cuando reclama que los ruidosos escuchen sus cosas en privado y sin imponer a los demás. Pero ya empezamos esa conquista.

De Gandini, dos piezas muy distintas:

(Nostalgias), y también

(El choclo).