resonancia / reflejos

No he logrado entender por qué en esta época de confinamiento han sido tan fuertes los sueños (para mucha gente, según concluyo). Para mí han sido sobre todo semi-vigilia. El lento y dulce despertar y descubrir que hay aura, la naturaleza está ahí – la montaña – seguimos vivos, a pesar de la incertidumbre. Disfruto intensamente los aromas de los cuerpos medio dormidos, ese olor dulzarrón de seres humanos y los rastros de sus fluidos, tan similar a los aromas del pan horneándose. Y disfruto abrir la ventana y sentir el frío de la noche anterior al amanecer, y la luz que inicia lentamente mientras Abdul sale a cazar en la madrugada sabanera – y vuelvo a dormir, a semi-dormir, a medio-dormir y pienso en las fotos no tomadas (ese gris matutino, esa niebla, ese Abdul, el olor de nuestros cuerpos que me embriaga, la perspectiva de hornear el pan) y no pienso mucho en matemática a esa hora (aunque no es verdad: siempre pienso de alguna manera en algún fragmento de construcción o de prueba), y retomo etapas remotas de la vida: la presencia de mis padres, su protección, las rupturas con ellos, la salida.

Y arranca el día, semi-igual a todos. No habrá salidas, no habrá viajes, no habrá idas a cine o a restaurantes o a montar en bicicleta. No habrá nada de eso. No habrá salida a jugar a colgarse en las barras del barrio, no habrá ida a caminar/correr con María Clara por las calles de una ciudad. No habrá parada en ninguna tienda. No hay tiendas – o las que hay parecen más refugios de guerra. Carullas con ambiente de cooperativa polaca socialista de las películas (aunque con precios aún más caros que nunca), tiendas de vereda con lo básico, y sobre todo nada de flâner, nada de lingering, nada de detenerse a mirar y comparar frutas o productos: entre el tiempo limitado de salida, el fastidio con tanta máscara y tanto cuidado con cualquier moneda, cualquier roce, cualquier pago con tarjeta, no quedan ganas de mirar muchos productos, comparar, imaginar.

Arranca, pues, el día semi-igual a todos. Hay belleza también en la no-salida, en las vueltas por el pequeño jardín, repetidas igual siempre, corriendo intervalos o caminando y caminando y caminando y contándonos lecturas y sueños y libros. Y parar a tratar de hacer “calistenia” en suelo, difícil (los burpees me dejan los tobillos inservibles) sin las maravillosas barras de los parques bogotanos. Y ver a Abdul por fin libre revolotear entre árboles y tratar de concentrar la mirada y empezar a notar nudos y zarcillos.

Saber que las fotos serán siempre fotos de lo mismo: la comida preparada, la vegetación siempre sorprendente. No serán fotos de ciudad, pues no hay ciudad en este momento. No serán fotos de gente pues la gente no está para fotos – entre máscaras y nerviosismo, cierta tristeza implícita se deja ver en las fotos que ve uno estos días (veía unos videos de gente haciendo ejercicio en la Barceloneta y gente en la playa – nadie se ve muy contento pese a estar en principio en sitios muy ideales).

Entrar a clase en zoom – y aprender a percibir a los estudiantes a través de sus voces, sus dudas, sus frases, sus silencios. Qué difícil. (Pero qué maravilla algunos estudiantes.)

Y odiar zoom al final del día largo. Y agradecer que zoom existe porque ¿cómo habría sido el desayuno tal con amigos en Nueva York sin zoom? ¿cómo habría sido el seminario tal, el curso tal, la reunión de amigos, sin zoom?


más sueños de final de semestre / libros

Como este semestre ha parecido infinito (pues empezó realmente en agosto de 2018, se prolongó a través de múltiples vicisitudes durante meses y meses y meses, tuvo la pausa extraña y difícil de enero, y luego una pausa no pausa y luego encadenó con el (llamado) 2019-I) todos estamos agotadísimos.

Y en ese agotamiento sueña uno cosas raras, casi absurdas (pero reconfortantes, no sé bien por qué). Anoche soñé con Zaniar y con mi papá. Ya no recuerdo bien, ya pasó todo el día. Tenía que ver con puntos en unas medias y con explicaciones. Estaba la comprensión infinita de Zaniar, esa manera que tiene ese joven matemático kurdo de entender casi a priori tantas cosas de Colombia, de mi vida, de lo que realmente importa en teoría de modelos. Pero el sueño no era sobre nada de eso. Y estaba mi padre ahí, como tranquilo. Yo sabía que se había muerto, que lleva ya seis meses (casi no lo puedo creer) surcando el más allá (o como quiera que se llame donde anda ahora) y que después de estar lejos volvía a decirme algo, pero no recuerdo ya qué.

En el sueño era feliz su retorno, era como una aceptación tipo pues sí, te fuiste, qué vaina, nos dejaste solos aquí abajo lidiando con cosas idiotas (algunas incluso culpa tuya, obviamente, otras simplemente este planeta que está bien cansón últimamente con sus competencias y sus rankings y demás absurdos), pero qué bueno que estés ahí que tu sois là encore une fois – regarde un peu cette folie de planète heureusement pour toi tu l’as quittée avant qu’elle n’explose pero no todo era tono de reclamo – era más algo formal, un Glasperlenspiel de esos que le gustaban tanto, y pues ahí estábamos…

Era un sueño medio despierto; yo sabía que estaba durmiendo feliz en Chía, desnudo bajo el duvet de plumas con la montaña ya amaneciendo y preciosa con sus nubes y los aromas nocturnos de nuestro lecho con María Clara, placer puro – y aún así seguía soñando con alguna estructura extraña, como una superficie de Riemann que iba cambiando y siendo marcada por los personajes del sueño (Zaniar y mi padre, ¡qué combinación!) y puntos blancos y puntos negros y grafos y la eterna química…


Y los libros, tal vez los libros han sido parcialmente causantes de esos sueños, y no solamente el tan mentado fin del semestre infinito.

He estado abriendo cajas y cajas de libros. Repartieron – a mí me tocaron los de química, física y matemáticas que él tenía, más de 600 libros de esos temas. La cifra 600 no dice en sí nada, pero yo ando abrumado abriendo y abriendo cajas con mecánica cuántica, química a varios niveles, topología algebraica, topología combinatoria, espectroscopía, filosofía de la ciencia, también ese tema que yo odiaba y odio – cienciometría; en general detesto con todo mi ser las métricas aplicadas a la creatividad o al conocimiento o a la “producción científica” (qué combinación tan fea de palabras, como si fuéramos esclavos de algo) – pero que mi padre decía “había que estudiar pues de lo contrario las entenderán mal” – a lo cual contestaba/contesto yo “igual las entendieron patas arriba”…

Los temas bellos, la mecánica cuántica, química a varios niveles, topología algebraica, topología combinatoria dan para una biblioteca hermosísima y buenísima. La estoy distribuyendo entre estudiantes de él y allegados (aunque también decidí armar una biblioteca del grupo que tenemos con los geómetras pues a todos nos interesan la física y la química)… pero de momento mi estudio está repleto de cajas semiabiertas, y entre fin de semestre y mil otras obligaciones saco tiempo para ir mirando, libro por libro, qué hay, con qué me quedo, qué doy a quién, qué hago

Abdul parece disfrutar mucho ese desorden…

fin de semestre

soñé con Federico Ardila y con Javier Moreno, justo ahorita antes de despertar

el sueño era en un congreso, en algún lugar de Norteamérica, no era en Bogotá – yo veía brevemente a Federico pero estaba yo llegando tarde a alguna charla y no alcanzaba a hablar con él

Federico se quedaba sentado atrás, en una mesa grande, escribiendo o mirando su portátil o haciendo cuentas (recuerdo la mesa pero no los detalles)

luego, durante la charla, que no era de las que más usualmente oigo, me daba cuenta yo de que cierto software clave para algo sobre el cual estaban hablando era de coautoría de Federico; no sé para qué era pero recuerdo que en la presentación era anaranjado y que tenía algo matemático (¿combinatorio?) que me llamaba poderosamente la atención y que yo quería entender a como diera lugar – no sé por qué creo que se me mezclaba con algo de funciones de Kuratowski para capturar cardinalidades infinitas mediante interacciones dimensionales pero mezclado con algo de filtros que no está en Kuratowski – pero durante esa charla pensaba yo que tenía que hablar con Federico

luego estaba yo hablando con Federico; al principio él me daba una explicación general del software pero luego la conversación se volvía más seria, más metida en el software mismo

mi mamá pasaba por ahí en algún momento – ahora lo recuerdo – y decía algo / por alguna razón Federico se ponía a hablar con ella de algo de matemáticas – yo sentía que había algo fuera de contexto; como si Federico le estuviera explicando a ella lo que yo le había preguntado, y ella tuviera la clave (de algo de combinatoria o del famoso software anaranjado maravilloso)

luego aparecía Javier, Javier Moreno – al principio yo no estaba seguro de que fuera él porque él me había dicho que no estaba yendo a esos eventos, pero ahí estaba y me hablaba sobre el software también como si supiera algo, con naturalidad, como si nos hubiéramos visto hacía pocos días, como tranquilo – se veía como el Javier de hace años ya

luego Javier seguía hablando pero tenía el pelo blanco y un tono de una edad muy madura; yo me asustaba un poco porque veía que era como si Javier fuera a la vez joven y viejo, y yo podía ver dos edades muy distintas según lo que pasara

Javier algo decía de haber ido al congreso por haber hablado con mi mamá (de nuevo, una conexión muy improbable) y que también quería entender lo del software de Federico (pero creo que a otro nivel; lo mío era algo de combinatoria – Javier sí quería hacer algo con el software ese)

salía Javier, yo lo alcanzaba, de nuevo era muy joven – yo le decía “¡¡oiga, entonces sí era usted!!” – él me decía algo en tono cáustico pero muy amable a la vez

creo que Abdul me despertó en ese momento

El desdichado,, Aurélia (Nerval)

El poema El desdichado de Nerval me encantaba cuando estaba en el colegio. Fue también la época de la lectura de Aurélia – qué mejor comienzo que ese Le rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort ; un engourdissement nébuleux saisit notre pensée, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence… (El sueño es una segunda vida. No he podido cruzar sin temblar esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del sueño son la imagen de la muerte; un embotamiento nebulosa se apodera de nuestro pensamiento, y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia…)

A los 15 o 16 años, esas frases son poderosísimas. Leía y leía a Nerval, con sus sueños de oriente, con su búsqueda de algo no muy claramente definido, su Aurelia – con su temor y angustia.

El poema El desdichado (en francés, pero con el título original en español) era el complemento perfecto de la lectura de Aurélia:

El Desdichado

Je suis le Ténébreux, – le Veuf – l’Inconsolé,
Le prince d’Aquitaine à la tour abolie:
Ma seule étoile est morte, – et mon luth constellé
Porte le Soleil noir de la Mélancolie.
Dans la nuit du tombeau, toi qui m’as consolé,
Rends-moi le Pausilippe et la mer d’Italie,
La fleur qui plaisait tant à mon coeur désolé,
Et la treille où le pampre à la rose s’allie.
Suis-je Amour ou Phébus?… Lusignan ou Biron?
Mon front est rouge encor du baiser de la Reine;
J’ai rêvé dans la grotte où nage la Sirène…
Et j’ai deux fois vainqueur traversé l’Achéron:
Modulant tour à tour sur la lyre d’Orphée
Les soupirs de la sainte et les cris de la Fée.