Canal de los témpanos – psicoanálisis como forma (¿modelo teórica?)

Uno de los canales laterales que salen del Perito Moreno hacia el Lago Argentino se llama Canal de los Témpanos. El nombre hace soñar. Navegación peligrosa entre esos témpanos, algunos mucho más grandes que los barcos que pueden navegar por ahí.

Mi guía de expediciones al universo Martha García sí me había avisado: lo más impresionante de los glaciares del Sur puede estar más allá de la vista. Puede estar, si uno está de buenas, en el sonido. El estruendo de los trozos de hielo (algunos bloques de varios metros de lado) cayendo, desprendiéndose del glaciar, en el lago, rompiendo, moliendo todo lo que se le atraviese, es brutal – pero además tiene mil ecos dados uno no sabe exactamente por qué: por el glaciar, por los Andes ahí detrás. Es imposible acotar eso en una foto, en un texto, en un video – de pronto algún cineasta con mil cámaras y equipos de grabación, y luego un teatro multiplex de última podría intentar capturar eso. Y aún así dudo mucho que lo logre, con la tecnología tan primitiva de nuestra época. El verdadero ruido – el de un glaciar rompiendo, el de un volcán, el de un terremoto – es otra cosa.

El hielo es azul. No es blanco, ni transparente. A ratos uno creería que lo tiñen – pero eso sería del orden de magnitud de pintar la luna. No – es azul, de un azul que las fotos medio capturan pero que lo alucina a uno: un azul que cambia a cada minuto, a cada segundo – como un helado gigantesco mágico. Como hay tanto viento en la Patagonia, constantemente, las nubes nunca permanecen iguales y su grosor va variando constantemente. Pasa uno de sol a oscuridad y a gris y a mil plateados en menos de un minuto. Mientras, el glaciar va registrando todos los cambios en sus azules que a ratos son aguamarinos, a ratos violáceos, a ratos cerúleos, a ratos blancuzcos, a ratos azul cobalto, a ratos azul Prismacolor de primero de primaria, a ratos incluso blanco o gris, luego de nuevo azul brillante.

Piglia me ayuda a entender mejor el rol (importantísimo) del psicoanálisis en nuestra cultura de hoy. Leía durante el viaje en sus Formas breves que “… En medio de la crisis generalizada de la experiencia, el psicoanálisis trae una épica de la subjetividad, una versión violenta y oscura del pasado personal. Es atractivo (…) porque todos aspiramos a una vida intensa; en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos (…) grandes dramas (…) Somos lo que somos, pero también somos otros, más crueles y más atentos a los signos del destino. …” Claro: el error con el psicoanálisis está (como señalan muchos) en el ponerlo a nivel de ciencia (algunos dirían “elevarlo” a nivel de ciencia – yo simplemente digo poner, sin arriba ni abajo). Pero eso no le quita un átimo su atractivo poderosísimo. Sigue Piglia comentando la relación íntima entre el arte del siglo XX y el psicoanálisis, y la manera como mutuamente se nutren. Pasa a mostrar cómo la literatura usa el psicoanálisis constantemente y el psicoanálisis a su vez retorna el favor usando él también a la literatura.

Me encanta este pasaje de Piglia: “… Quien sí constituyó la relación con el psicoanálisis como clave de su obra es quizás el mayor escritor del siglo XX: James Joyce. Él fue quien mejor utilizó el psicoanálisis porque vio en el psicoanálisis un modo de narrar; supo percibir en el psicoanálisis la posibilidad de una construcción formal, leyó en Freud una técnica narrativa y un uso del lenguaje. (…) No en los temas: no se trataba para Joyce de refinar la caracterización psicológica de sus personajes, como se suele creer, trivialmente (…) No: Joyce percibió que había ahí modos de narrar y que, en la construcción de una narración, el sistema de relaciones que definen la trama no debe obedecer a una lógica lineal, y que datos y escenas lejanas resuenan en la superficie del relato y se enlazan secretamente. (…) Cuando le preguntaban por su relación con Freud, Joyce contestaba así: “Joyce, en alemán, es Freud.” Joyce y Freud quieren decir “alegría”; en este sentido los dos quieren decir lo mismo… “

Modos de narrar – Sistema de relaciones que definen la trama – (No) obedecer a lógica lineal – Datos y escenas lejanas que resuenan en la superficie de … – Se enlazan secretamente

Todas esas frases, esas nociones aparecen en el pasaje citado de Piglia. Si se aislan, uno podría pensar que está hablando de teoría de modelos, no de psicoanálisis ni de literatura. Obedecer (o no) a una lógica específica (lineal, o clásica, o intuicionista, o dependiente, o…). “Se enlazan secretamente” — en esos enlaces secretos (herencia o coherencia de tipos de Galois, si uno quiere, o en los groupes de liaison si uno modula) se juega parte de la teoría de una estructura también. “Sistema de relaciones que definen…” es casi demasiado obvio para comentar. Y finalmente “modos de narrar”: este es tal vez el punto más difícil para los que no sabemos escribir. Javier Moreno en su ensayo de Rondas de Sais da pistas muy buenas sobre narrativa y lógica.

La imagen (y el ruido primordial – nuestros ruidos humanos, toda nuestra música, parece un leve grito de pequeños animales) de los témpanos desprendiéndose del glaciar es lo más fuerte que me queda del viaje (al lado del vuelo de los cóndores, lo más majestuoso que he visto hasta ahora). Y el azul inesperado del hielo.

Ciudad de los reflejos

Reducir (resumir) la cantidad de conexiones mentales, impresiones, recuerdos, referencias, notas laterales o de pie de página, que evoca Buenos Aires en meros cuatro días de visita es imposible. La cantidad de referencias a autores (porteños o no) que vienen a la mente al ir a cualquier café de esquina (Las Violetas y Piglia), andar por los barrios cuyos nombres uno ha oído o leído mil veces, es absurda. La ciudad además refiere constantemente a otras ciudades. Una cuadra es barcelonesa, la siguiente parece la Carrera 9 de Bogotá en el centro, la siguiente un trozo (pequeñísimo) de París, la siguiente es chapineruna, la siguiente Chicago, hasta el infinito. Y los reflejos, y los espejos.