¿qué estaba buscando?

Aún no es del todo claro para mí qué estaba buscando yo al haber venido a Chile en estas semanas. La razón oficial, inmediata, y muy cierta, es naturalmente que había un congreso importante internacional de mi área de trabajo. Fue una maravilla de congreso, y con esa primera semana ya habría sido razón más que suficiente para venir a este país.

Pero el congreso mismo tenía ya un lado ligeramente distinto de lo usual: debido a la mobilización social en Chile, y sobre todo a causa de la violencia policial y de algunos de los manifestantes (¡claramente, una minoría!), los organizadores estuvieron a punto de cancelar este congreso. La Universidad de Concepción (ese lugar increíble) está con los edificios cerrados desde octubre. El campus mismo está abierto y libre de grafitis (la ciudad tiene tanto grafiti que es un alivio ver ese campus universitario a la vez completamente abierto al público en sus prados y jardines – un parque gigante para la ciudad) pero con los edificios cerrados era imposible hacer el congreso ahí. Los organizadores terminaron cambiando el lugar a un hotel; el congreso funcionó muy bien en términos matemáticos.

Pero había algo tal vez más básico (¿más vital?) en mi felicidad con este viaje, en ese momento de recibir a María Clara un domingo a medianoche en el aeropuerto de Concepción al finalizar el congreso, para iniciar un viaje por el “sur cercano” de Chile.

Y poco a poco empezamos a entender que esta zona, estas tres o cuatro regiones (el Biobío, la Araucanía, la Región de los Ríos y la Región de los Lagos – entre Concepción y Puerto Montt, pasando por Pucón, Valdivia y Puerto Varas) tienen un especie de versión ultraconcentrada de lo que más nos ha gustado encontrar en tiempos recientes:

montaña – volcanes – caminatas – reservas naturales – mar – comida de mar – cordero asado – caminatas de nuevo – meterse en lagos – meterse al mar [helado] – carreteras con vistas a costa recortada – océano y olas bravas – árboles [alerces, araucarias, melis, arrayanes, lumas, avellanos, ulmos] – formas – subidas y bajadas – playas – rocas – lenguas indígenas – pájaros [cóndores, aguiluchos, águilas, chucaos, halcones] – montañas – santuarios naturales – ríos gigantes – estuarios – madera – montañas – volcanes – árboles


Pero aún todo eso no agota la intensidad de estos días.

Pensaba en que vinimos también a cerrar 2019, ese año extraño que esencialmente se abrió con el viaje de José Luis Villaveces, mi padre, a su propio destino, a su regreso al universo.

En enero de 2019 murió él mientras nosotros estábamos en otro periplo largo, muy distinto de este, el viaje nuestro a Nápoles y Viena que significó despedirlo. Hace casi un año ya. Un tiempo difícil de capturar: siempre me parece que se fue hace mucho menos tiempo, que acaba de morir casi. Trato de decirle que siga tranquilo su camino; empecé a decirle eso mentalmente desde hace un tiempo largo ya. Y a la vez cierta sensación de irrealidad. Como si no lograra yo entender del todo qué ha pasado.


Y es ahí donde este viaje extraño a Chile (a ver un país despertando, un país que debe liberarse de su constitución hecha en dictadura, a ver un país que encuentra una voz – a ratos de maneras agresivas y peligrosas – pero una voz muy suya, un país que parece no temer enfrentarse a ser después de tanta obsesión por tener) cobra un sentido distinto. De alguna manera siento que he venido a encontrar una voz también. Y a volar un poco, como esos miles y miles de aves gigantes que hemos visto en estos días, entre volcanes y el Pacífico… y a seguir en ese diálogo sostenido con mi padre pero dejando ojalá que se disuelva mejor en el universo, a dejar ir. Es doloroso soltar, pero hay que hacerlo.

Aquí la tierra (me decía mi prima vulcanóloga que pasó meses en esta misma región de Chile, entre volcanes, también buscando algo importante para su propia vida, a su regreso de su doctorado en Nueva Zelanda) está viva.

Y es algo muy violento y bello. Volcanes, claro, obviamente vivos y a veces botando lava.

Pero también saber que en Valdivia, donde amanecimos hoy, en 1960 (yo no estaba en este mundo pero por ejemplo mi padre sí, tenía 15 años) hubo un terremoto de 9.5 grados en la escala de Richter, el terremoto más fuerte jamás registrado. Que duró diez minutos temblando. Que los humedales gigantes que están ahí se formaron a raíz de ese terremoto, en 1960. Que luego en 1985 hubo otro gigante y luego en 2010 en Concepción (el lugar del SLALM) otro, con el tsunami de Talcahuano justo al lado.

Y ver esa naturaleza que parece de Gondwana, esos árboles que parecen anteriores casi a la formación de esta parte del continente.

Tal vez esa escala otra de esta zona del mundo, esa escala de tiempo de los volcanes y de los árboles jurásicos, de los alerces milenarios y los humedales gigantes recientes, esa tierra viva y brotando e hirviendo, de alguna manera ayuda a tener otra perspectiva. Y a la vez el presenciar el despertar de un país latinoamericano. Tal vez para eso necesitaba venir – ¿para completar un ciclo iniciado hace un año en ese invierno duro de Viena? …

un barco pesquero en algún lugar del Pacífico, hace dos o tres días

diez metros / video / Canetti

Como nunca he sentido que nade muy bien (siempre percibo mi propia lentitud) a pesar de haber nadado con regularidad en varios otros momentos de mi vida, no creo que mis metáforas de natación sean buenas.

Pero en este momento del semestre, cuando falta poco (pero aún no se ha llegado; no se ha demostrado Morley en modelos, faltan los proyectos finales de los de Discretas II) la sensación es análoga para mí a esos últimos diez metros antes del borde de la piscina, cuando uno siente que no tiene más aire, que no da una brazada más.


Aproveché para aprender a usar lightworks  — un  editor de video bastante mejor que los usuales en linux, y armar un video de impresiones/trozos de la ida a París. Aquí está:


Me dijeron que la ciudad quedó un poco melancólica en ese video. En realidad es un revuelto de muchas cosas: ciclistas en la ciudad, Kiefer, Rodin, algo de vistas y caminatas, un poco de caras de gente del evento y familiares. Y el río.


La autobiografía de Elias Canetti (voy en vol. 1, La lengua salvada) es una maravilla de escritura llana y directa, de introspección seria y directa. Todo lo contrario de la introspección complejísima y supremamente mediada de Proust, en su propia “búsqueda de sí mismo” Canetti opta por un camino de luz directa, leve ironía – sobre todo mucha auto-ironía y captura de voces.

El español de su familia (que estando en Bulgaria aún usaba el español como idioma varios siglos después de la expulsión), su idioma primordial, esa versión judía del español de hace ya más de cinco siglos, parece ser la base de toda su construcción y de toda su percepción. Ese idioma de infancia está salpicado del búlgaro de las criadas campesinas, del turco de los abuelos (cuando Bulgaria era imperio otomano), del armenio y ruso y griego y rumano de vecinos, criados, amigos de infancia.

Más adelante agregaría el inglés (fueron a vivir por un tiempo en Manchester durante la infancia de Canetti) y luego el alemán de manera muy sólida (fue al colegio en Viena y en Zúrich – y la madre lo entrenó literalmente-literalmente al saber que iría al colegio en Viena. El recuento de cómo lo entrenó la mamá a sus escasos ocho años en el idioma alemán ya haría que valiera la pena asomarse.

Pero hay muchísimo más, obviamente. Las descripciones naturalistas de sus profesores en el liceo en Zúrich son verdaderas joyas de percepción y observación.

Canetti era un joven libre, que a sus trece/catorce años iba en tren o a pie desde una pensión hasta su colegio – la pensión la compartía con varias otras estudiantes mayores (él era el único hombre en esa casa regentada por cuatro señoras suizas de varias generaciones y habitada por estudiantes suecas, brasileñas, francesas, austríacas). Su descripción del lugar evoca mundo, rigor y libertad.