taxis en Jerusalén en día difícil

Hoy me tocó ir a hacer un par de vueltas en un lugar que no conocía bien y no tenía mucho tiempo; terminé yendo y volviendo en taxis.

Coger taxi en Jerusalén siempre es una experiencia interesante. No es barato (pero nada lo es aquí), y a veces es molesto, pues le toca a uno negociar mucho el precio – sobre todo en shabbat o en hora pico o dependiendo de a donde uno vaya, y ciertos taxistas pueden ser bastante locos (uno de esos resolvió que yo era “francés” por mi acento en hebreo y cuando le dije que no, que era de Sur América, de Colombia, se calmó y dijo “menos mal, porque yo siempre bajo a los franceses de mi taxi – le pregunté por qué y me dijo que “todos los franceses creen que saben más que uno, empiezan a dictar la ruta y yo no me aguanto eso; simplemente no llevo franceses en mi taxi”).

Pero casi siempre son buena gente, y después del regateo inicial suelen ofrecer opiniones interesantes. Como hasta los últimos días los temas eran menos tensos, terminábamos hablando de cosas de la ciudad, de la Macabíada, del verano, de las vías.

Ahora que está tan tenso todo en torno al Monte del Templo (Har HaBait) como lo llaman los judíos, o el Haram-al-Sharif como lo llaman los musulmanes – ahora que con los detectores de metal puestos por la policía de Israel (como reacción a un ataque armado) se unió el mundo musulmán en protesta y decidieron no entrar a la Explanada de las Mezquitas (Al-Aqsa, la Cúpula de la Roca – tercer lugar más sagrado del Islam después de La Meca y Medina) mientras no quiten los detectores de metal, la cosa está supremamente tensa. Estamos hablando de decenas de miles de personas que vienen cada viernes en peregrinación a esas mezquitas, de partes de Jerusalén, de otros pueblos, de cualquier parte del mundo musulmán.

Le pregunté a los dos taxistas cómo veían la cosa con todo lo que está pasando en la Ciudad Vieja (periodistas atropellados por la policía, disturbios, asesinatos de judíos por musulmanes en otras partes de Israel o en los territorios ocupados, reactivación de situaciones muy peligrosas).

El primer taxista era judío. Muy claramente de origen sefardí (tal vez marroquí, pero de pronto iraquí, no sé) por su acento con ayin muy “árabe” (o semita). Hablaba rápido – le entendí solo una parte. Sin embargo, su punto central era que “en todas partes nos quieren matar a los judíos”. Lo decía más con cierta tristeza, con cierta sensación de inevitabilidad, de amargura, que con verdadera rabia contra “los otros”. Después cambiamos de tema, a la construcción de vías, llamó por celular a la esposa, quien por el manos libres [y de manera dulcísima] le pidió que llevara verduras a la casa para el almuerzo… y llegué a mi destino. Costó 21 ₪ la carrera entre la Universidad y Kanfei Nesharim (Alas de Águilas – me pregunto de donde vendrá ese nombre).

El segundo taxista era árabe. Trató de negociarme el precio del centro a Rehavia – me dijo que 30 ₪ la carrera. Le dije que no. Me dijo que 25. Le dije que pusiera el taxímetro (todo esto en hebreo pero él con acento árabe, y con cifras árabes en su radio). Una vez arrancada la carrera, la misma amabilidad del chofer judío. Le pregunté también por los eventos de la Ciudad Vieja. Me dijo “¿cuáles eventos?”. Le dije que los de las Mezquitas. Me dijo “no me interesa el tema – odio hablar de ese tema – todo finalmente es política”. En realidad la misma actitud de su colega judío – esa tristeza e inevitabilidad y saber que lo que tiene que ver con los lugares sagrados en Jerusalén nunca se resuelve. Pero dijo “yehye balagán bekol makom – kol ha olam haaravi mistakel le Yerushalayim hayom” – habrá caos en todas partes (lo decía haciendo círculos con las manos mientras manejaba) – todo el mundo árabe mira a Jerusalén en estos días. La carrera al final costó, según taxímetro, 18 ₪. Le dije que se quedara con las vueltas de mi billete de 20.

Un epílogo de estadía un poco triste y desazonado, después de un inicio maravilloso. No me dan ganas de ir a la Ciudad Vieja en este instante (afortunadamente fuimos cuando estaba María Clara, y fue bellísima esa noche adentro de la ciudad amurallada).

Ahora mismo leo que “los turistas pueden moverse libremente por la Puerta de los Leones, pero los periodistas no”. No me dan ganas de ser “turista” en Jerusalén. No hoy.

Vivo ahora mismo en Rehavia, digo “vivo” porque así lo siento, como si nunca me hubiera ido de “nuestro barrio” – así es Jerusalén – uno nunca se va de verdad. Camino por el Valle de la Cruz (de donde los romanos sacaban madera para sus crucifixiones, sus maneras de humillar a los que tildaban de terroristas en su época, como dicen que sucedió con Jesús), subo al Museo de Israel – ese lugar brutalmente bueno e interesante, bajo de nuevo otro valle, subo a Givat Ram – el campus hermosísimo, y trabajo en Clases Dependientes. Con eso me basta por estos días (de soledad intensa, ahora que MC está volviendo a Bogotá).

(Hoy fui a una de esas librerías insospechadas, muy cerca del mercado. Conseguí tres libros que me tienen muy impresionado. Jerusalén es inagotable.)

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It is impossible not to think about geometry (really, some very twisted version, with very variable metric) when riding a taxi in Taxco.

The only cars that fit those streets are “vochos”, i.e. little old Volkswagen beetles that used to pepper Mexico City and now have been banned from there. They gather enormous speed and momentum considering their size. The slopes of Taxco seem to be of at least 45º of inclination, and with so many bends and twists and possibilities of meeting right in front another such taxi, going as well at high speed, particle collision comes to mind. Pedestrians have about 30 cm (really, 20 cm or even less) to avoid the vochos going up so quickly and passing by them without decelerating, at LHC-like speeds. It does take some geometry to master that, I am sure, but also to be a passenger in such little cars and keep sang froid.

marea amarilla, calle lateral, guirlandas (hay calles de NY que parecen San Victorino, otras que parecen Londres, otras que parecen Boston, otras París y otras incluso NY en alguna película de Woody Allen o de Scorsese – pero esta tiene algo de pueblo de algún país latinoamericano)