de las babas del diablo

Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con el pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Cóntax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.

Las babas del diablo – Julio Cortázar

(Llegué a este cuento por la película Blow Up de Antonioni, obviamente.)

[Agregado dos días después: releyendo (para mis alumnos) este pasaje del cuento de Cortázar me di cuenta que donde había escrito “con la Cóntax” debía naturalmente ser “sin la Cóntax”. Me sorprendió en mí mismo este error, que voltea completamente las cosas. Nadie me comentó nada – o bien conocían el pasaje y sencillamente lo registraron sin mirar detalles, o bien no lo conocían y les pareció extraño pero no sabían a ciencia cierta, o bien… ¿Cuántos errores aparentemente pequeños (dos letras) pero que cambian el significado habrán pasado en textos escritos por la humanidad?]


time / timelessness (or our eye / through a lens)

Much has been written on the way cameras enabled a shift in visual perception, a major change in the way we understand what is perceived, what is focused upon, what is not. Two centuries of experimentation with cameras (preceded by more centuries of peepshow rooms and lens craft in the Netherlands) have perhaps given a crushing amount of material, of photographs, of perception traces. Watching carefully the work of Atget, of Kertész, of Talbot, of Cameron – to name randomly just four towering figures whose work, whose experimental work with perception is still fresh-looking today – may give the impression that all possible roads with respect to perception (and the lens, and the camera) have been taken.

Yet. Yet sometimes the light of a sunset (like a few minutes ago in Chía) or a visit to a new city or perhaps a combination of skin perceptions – the wind mixed with the light, the water overpowering and towering above – may radically open up new thirst for more perception experimentation.

This very thing happened about an hour ago, here in Chía, when the sun setting created a light infusion into boundaries of trees that somehow seemed fresh. Then I started (again) playing with time, with passing time, with perception of movement and stillness with open camera.

At some point, after the 5” exposures of myself – a thin hand, a vanishing presence – I went back to the mountain perception.

Meanwhile, while the photographs load (internet is very slow in Chía), I reread Felix Klein’s amazing chapter on automorphic functions…

Mientras tanto…

… la ciudad fue cambiando. De manera un poco imperceptible. La impresión inicial es que todo está tal como era hace veinte años, cuando vivíamos a dos cuadras de aquí, cuando caminábamos al shuk o al Supersol (que en realidad es Shufersal pero es que en los idiomas sin vocales explícitas siempre hay esos cambios, como en una charla de teoría de conjuntos donde alguien dijo “Kanamura” refiriéndose a Kanamori – pero es que en idiomas semitas las dos palabras son (casi) la misma – fuera de que la f y la p son la misma letra y la sh y la s también casi), cuando cruzábamos el valle de la cruz con su monasterio griego ortodoxo del siglo séptimo yendo a la Universidad, cuando bajábamos por los miles de jardines (sí: árabes y judíos saben transformar el desierto en jardines, como en Granada y sus cármenes o los jardines de la Alhambra – el alcalde actual de Bogotá quiere hacer exactamente lo contrario) hacia la Ciudad Vieja o la Cinemateca…

Sí, todo eso está ahí – y mucho más, pero mientras tanto la ciudad fue cambiando.

El shuk al lado de su mercado clásico que aún está (con sus gritos, su desorden impresionante, su locura) ahora tiene un poco de locales nocturnos muy sofisticados, con cervezas belgas deliciosas, con comida buenísima (y carísima). Como si en Bogotá la zona más zona G de repente se trasladara a Paloquemao (adentro) y la Paloquemao nocturna fuera un sitio con los mejores restaurantes y bares. Pero todo eso conviviendo con la Paloquemao de siempre, con el Shuk Mahané Yehudá de siempre, con su comida de Rajmo (iraquíes que hacen pinchos de hígado de pollo y lo sirven con ensaladas, berenjenas, hummus, limonana-limonada de menta). Todo al tiempo.

El barrio nuestro parece haberse llenado de las mejores panaderías del mundo – con toda clase de productos caseros – pestos, salsas más medio-oriente, todo. Una librería pequeña pero increíblemente buena, a dos cuadras de aquí: אדרבא. Adrabá. Adrabá es una palabra en arameo que significa (me explicaba en hebreo ayer el dueño / hebreo salpicado de inglés para poder entender matices), si entendí bien, una técnica talmúdica de usar el argumento del adversario para probar la tesis que uno quiere. Se dice “adrabá”. Pero se usa en situaciones como cuando alguien pide indicaciones en la calle y uno en vez de explicar va y lleva a la persona – se dice también “adrabá”. Un poco como un salto epistemológico con permutación incluida. (Aún no he aprendido a usar la palabra, pero seguramente la escucharé por ahí.)

Como la gente habla tanto, como hay tanta discusión, interacción, uno va cogiendo palabras al vuelo, rápidamente. Como son tan impacientes los jerosolimitanos terminan completando las frases que uno inicia y así aprende uno – aunque a veces le toca corregir pues las completan mal. Pero aprender idiomas así es muy interesante (y agradable). Claro, si sucede mientras el chofer de bus está discutiendo con uno, impaciente, girando en calle estrecha, recogiendo pasajeros, contando la plata, y a la vez vendiéndole a uno la tarjeta de diez viajes, todo al tiempo con tráfico y miles de peatones y ciclistas… pues puede ser un poco “tiempo real acelerado” el curso. Inmersión.

Inmersión – ah sí, la calentadora de agua tiene un letrero “אין לטבול במים”. Ein litbol be-maim. Adivino qué quiere decir, pues אין es una negación y במים es “en agua”. Es obvio que quiere decir “no sumergir en agua”. Pero no conocía el verbo sumergir, לטבול, litbol. Sin embargo, es obvio que la palabra árabe tabule es la misma, tiene que ser la misma raíz, tabal, tabel, litbol. Y claro (verificado en internet), tabule es eso, un “sumergido”, un “inmerso”. Un “dip”.

(Pero cómo suena de desabrido decir que uno va a preparar un “dip” comparado con decir que uno va a preparar un “tabule”, aunque signifiquen exactamente lo mismo.)

Así es casi todo el tiempo. Una extraña inmersión repleta de permutaciones de letras o significados superpuestos, como adrabá o litbol/tabule. Un paso imperceptible del hebreo al árabe o al arameo – y a veces por extensión al español cuando la raíz es árabe. No sé si tabal, litbol, tavlinim (las ensaladitas locales que ponen siempre como entrada en los restaurantes, de nuevo la misma raíz – berenjenas encurtidas o ahumadas, tajine, hummus, pescado encurtido, mil cosas más) tienen una palabra derivada directa en español. Podrían tenerla pero uno no se da cuenta (como me explicaba el Rav Juan Mejía con la palabra fulano).

Jerusalén siempre extrema: por un lado, a 40 grados antier a las dos de la tarde fuimos a almorzar después del seminario de teoría de conjuntos al shuk, y pasaban ortodoxos con trajes negros apropiados para el invierno báltico, sin hacer la más mínima concesión al hecho de que no están en Lituania en 1750 sino en el Medio Oriente en 2017. Y el mismo día, no muy lejos de ahí, me contaba María Clara que pasó por el parque un joven corriendo casi desnudo: tenía solamente unos calzoncillos “g-string”, de esos que son una cuerdita no más atrás y dejan las nalgas al descubierto. Eso, en la misma ciudad de los ultraortodoxos, y seguramente corriendo al lado de varios de ellos (los jóvenes ultraortodoxos van al parque también, con sus cuerditas colgando, sus sombreros o kipás – las jóvenes con sus pelucas y faldas largas y muchos niños). Lo interesante es que en espacios como ese gran parque, nadie parece inmutarse con que estén al lado el corredor casi desnudo y las familias ultra-ortodoxas – y los demás (en otros sectores de la ciudad sí).

Y mientras tanto…

unveiling, unravelling

El lento develarse de un monte (el Cotopaxi duró oculto las primeras dos horas que estuvimos ahí caminando alrededor de Limpiopungo, la laguna entre el Cotopaxi y el Rumiñahui; el aguacero lo reveló).

The slow unveiling of a mountain (the Cotopaxi remained hidded during the first two hours we were there, walking around the lake (Limpiopungo) between Cotopaxi and Rumiñahui; the downpour revealed it).

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Sunday in the city.

Arriving, I couldn’t refrain from taking a picture inside and outside the waiting room at the Newark Airport train connection to the city. No one reacted to the camera this time. The train to the city arrived 75 minutes late. The announcement kept saying the train was delayed “8 minutes”. After 8 minutes the announcement repeated and said “another 8 minutes”. And so on. (Welcome to public transportation in North America, where they announce what they want when they want, cancel the train if they want, and nobody ever seems to bat an eyelid. We were too tired and hungry to even move.)

But then, the city:

The next day, Sunday, we met Daniela and Alejo to be inspired by Gauguin’s Metamorphoses, photographic practices in the studio [a brutal series with many photographers of the 19th, 20th and 21st centuries], Wright’s sketches and floorplans, Jasper John’s latest series. What struck me most was (perhaps) the current emphasis on documentation in those exhibitions. The reading is not limited to finished works – it included lots of “unfinished” plates, prints on paper that would most likely have been discarded a few years ago for a main exhibition at a main museum – and now constitute perhaps the most important, the most exciting aspect of the exhibits.

Then, somewhere else, Kentridge’s The Refusal of Time, and perhaps the most wonderful set of photographs of Paris I remember having seen in a very very long time: Marville. Marville, by showing us how Paris lost an enormous lot to “modernization” by Hausdorff, by showing how Paris could have evolved into so many marvels and instead became… what it is (with its own greatness but also its pettiness and too corporate style), is incredibly contemporary. Painful to see, but how important nowadays, in our time of city blight, of city disaster, of destruction of trees. He saw, in the “Paris éventrée” of his photographs, our 21st century – more than 150 years ago.

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Wielrenners passeren het Atomium (Brussel)

A post by momus on Brussels’ Atomium has prompted my nostalgia for that city. The whole series of recent momus posts from/about Brussels have clicked on my memory in a weird way.

As a ten-year old child, I was first excited by the Atomium, and then quickly deemed it passé and boring – the sort of place you might stop while showing some city to visitors, with no excitement besides the sight of the building – a sight that quickly registered in my then young mind as 1950s (therefore boring, pretentious, naive).

Oddly enough, after many years I look back at the futuristic 1950s, 60s and 70s with awe, admiration and envy. Whatever happened in our stupid “post-modern”, eclectic, idiotic 1980s, that utterly destroyed the spirit of the future as it was lived in works like Atomium, Tati’s movies, Kubrick’s 2001? How could it all be abandoned, in the lackadaisical mood of the blase 1980s, as the future that wasn’t to be a future?

http://www.tumblr.com/audio_file/andresvillaveces/4433192654/tumblr_ljbdo6CPHX1qa73qh?plead=please-dont-download-this-or-our-lawyers-wont-let-us-host-audio

Alex Ross has written a lot on Twentieth Century music, on contemporary issues, on music reception. In a recent piece for The New Yorker, The Book of Bach, he elaborates on what musicologist Gerd Rienäcker has described as Bach’s “consciousness of catastrophe”.

In his cantatas, in his Mass in B Minor (of which the excerpt here, Cum Sancto Spiritu, in a version of Bach Collegium Japan conducted by Masaaki Suzukii, accompanied me while driving from the countryside last night – played loudly, it can be as exhilarating and moving as it gets in the whole of music), in his St. Matthew Passion or St. John Passion, he has somehow captured in a timeless way our common experience as human beings in front of the arbitrariness of nature, in front of the strength of the elements.

I highly recommend this writing by Alex Ross on Bach. After reading it yesterday, I have (re- and re-re)heard several cantatas and the whole Mass in B Minor.