Proust: traducción, descuadre y deseo

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Proust en 1887 – Foto: Nadar.

En un momento dado Proust acelera la prosa y se asoma de manera un poco jadeante a algo muy sensual, muy erótico, muy precioso. En su recuerdo está tratando de explicarse a sí mismo el descuadre que hay entre los hechos y lo que esperamos (I,II, p. 146 en Pléiade) — les faits ne pénètrent pas dans le monde où vivent nos croyances, ils n’ont pas fait naître celles-ci, ils ne les détruisent pas ; ils peuvent leur infliger les plus constants démentis sans les affaiblir, et une avalanche de malheurs ou de maladies se succédant sans interruption dans une famille, ne la fera pas douter de la bonté de son Dieu ou du talent de son médecin. Como que lo que creemos siempre se superpone a los hechos, como que los opaca y nos permite seguir viviendo. Hasta ahí no hay gran sensualidad, no hay necesariamente ese acercamiento visceral a las cosas que sí sigue después. Un poco más adelante se acerca (p. 153 en Pléiade): La plupart des prétendues traductions de ce que nous avons ressenti ne font ainsi que nous en débarrasser en le faisant sortir de nous sous une forme indistincte qui ne nous apprend pas à la connaître. De alguna manera, preocupado por buscar lo que hemos percibido, lo que hemos sentido – y cómo las supuestas traducciones de esto nos engañan. Sigue en ese tono (p. 154): … les mêmes émotions ne se produisent pas simultanément, dans un ordre préétabli, chez tous les hommes… El descuadre entre lo que sentimos todos los seres humanos lo lleva al recuerdo de una obsesión de juventud: encontrarse con una campesina pero cuando no estuviera el abuelo con él, y de alguna manera (soñada) forzar su presencia, besarla, olerla. El momento nunca cuadra, la ocasión nunca se da. Proust lleva el recuerdo a la superposición del paisaje a la campesina (en francés palabras más cercanas: paysage/paysanne) y logra otra de esas maravillas: evocar el deseo de adolescencia por la campesina con las caricias, la sensualidad, el placer sexual buscado, pero creíble solo cuando completamente superpuesto al entorno: connaître à Paris une pêcheuse de Balbec ou une paysanne de Méséglise c’eût été recevoir des coquillages que je n’aurais pas vus sur la plage – de alguna manera la pescadora es el mar de Balbec (y no las calles de París), la campesina es las flores del pueblo, los árboles después de la lluvia donde las evoca, las hierbas. De otra manera no funciona el recuerdo, y tal vez no funciona la realidad.

La sensualidad del recuerdo, el brotar del deseo en el adolescente, el resurgir del deseo en el escritor maduro que cuenta y recuerda y revive, todo eso converge en la descripción de sus masturbaciones de adolescente: … comme un seul confident que j’avais eu de mes premiers désirs, quand au haut de notre maison de Combray, dans le petit cabinet sentant l’iris, je ne voyais que sa tour au milieu du carreau de la fenêtre entrouverte, pendant qu’avec les hésitations héroïques du voyageur qui entreprend une exploration ou du désespéré qui se suicide, défaillant, je me frayais en moi-même une route inconnue et que je croyais mortelle, jusqu’au moment où une trace naturelle comme celle d’un colimaçon s’ajoutait aux feuilles du cassis sauvage qui se penchaient jusqu’à moi…”

… como un confidente solo que había tenido de mis primeros deseos, cuando en lo alto de nuestra casa de Combray, en el pequeño gabinete que olía a iris, no veía yo más que su torre en medio del cristal de la ventana a medio abrir, mientras que con las dudas heroicas del viajero que inicia una exploración o del desesperado que se suicida, desfalleciente me abría en mí mismo una ruta desconocida y que creía mortal, hasta el momento en que un rastro natural como el de un caracol se agregaba a las hojas de grosella silvestre que se inclinaban hasta mí…

Proust destila en ese pasaje la soledad, el calor, el olor (del iris aparentemente símbolo fuerte a nivel sexual), la vista a través de una ventana a medio abrir, el ramaje de otra planta, y la memoria de la excitación sexual que culmina en el rastro como el de un caracol, “agregado a las hojas”. En otro de sus libros (Contre Sainte-Beuve) el pasaje es similar pero culmina de manera más explícita: “… L’exploration que je fis alors en moi-même, à la recherche d’un plaisir que je ne connaissais pas (…) enfin s’éleva le jet d’opale, par élans successifs, comme au moment où s’élance le jet d’eau de Saint-Cloud…” En busca de un placer que no conocía, la exploración de mí mismo, y por fin el chorro de ópalo, en impulsos sucesivos, como cuando se lanza el chorro de agua en Saint-Cloud. No sé las fechas, pero supongo que esta última descripción del momento de éxtasis le pareció ya demasiado explícita al propio Proust. La traza del colimaçon es simbólica y suficientemente talismánica, tal vez.

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Huesca, Aragón – 2017

Proust no era ningún tímido a la hora de abordar temas sexuales, por lo menos los temas “oficiales” de su época. Si en la Recherche lo hace de manera figurada y menos explícita que en Contre Sainte-Beuve, supongo que es por su consciencia de la complejidad, por un afán de suprimir lo más obvio, las interpretaciones más directas. La superposición (que explora de manera exquisita el autor del blog Libellules) de temas como la madre, la madeleine, las flores, el despertar sexual, lo prohibido, el deseo, el recuerdo es la complejidad de la vida. Proust no encasilla nada, no cae en esa estupidez increíble de nuestra época que todo lo quiere rotular, a todo le quiere atar un rótulo y un número (para no tener que pensar, creería uno) y se limita (?!?) a describir la complejidad de la superficie del mundo, que de una madeleine de un niño chiquito disuelta en un té se permite libremente (pero con participación activa del lector) pasar al olor de la madre, al olor de las flores en una torre (aparentemente en esa época las criadas subían a esas mansardas las bacinillas repletas de la mierda de los dueños de casa antes de llevarla fuera; ponían flores secas para mitigar el olor – pero ese dato no hace más que aumentar la red compleja de asociaciones), al iris, al jadeo y la traza de semen evocada por su similitud con la traza del caracol, al recuerdo del escondite y las campesinas y los paisajes y el mar y las conchas, al mundo entero. Sin casillas ni simplificaciones (ya escribir estas notas personales es una gran simplificación de algo mucho más complejo).

Recordé (al pensar en lo directo que podía ser Proust) un episodio que cuenta Alain de Botton en su libro sobre Proust (ese libro no vale la pena; o vale la pena solo si uno también lee a Proust; hay que ir a la fuente original y no a la literatura secundaria): Proust en una carta a su abuelo escrita en 1888 le pide 13 francos. Los 13 francos son 10 para pagar la visita a un burdel, 3 para pagar una vasija que rompió en su visita previa — que no surtió el efecto que quería: abandonar su masturbación excesiva (lo que él mismo describe a su abuelo como mes mauvaises habitudes de masturbation). Le cuenta a su abuelo que su papá le había dado antes 10 francos para ir al burdel para que se le quitara la “mala costumbre” pero en su nerviosismo rompió la vasija y no pudo completar su visita. Le dice a su abuelo que es urgente poder completar la visita y por eso le pide esa plata. A mí me impresiona el tono tan sencillo de la carta, su candor y su tono directo y llano. Completamente opuesto al tono atormentadísimo/católico irlandés del Joyce del Retrato del artista adolescente. Aunque el (muy) joven Proust usa la expresión “mauvaise habitude”, no hay ningún tono de culpabilidad católica – lo que sí deja percibir es cierta pena con el papá, razón por la que decide acudir a alguien distinto (pero además le dice que iba a hablar con un tal Monsieur Nathan pero la mamá fue la que le dijo que le escribiera al abuelo).

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Aunque el tono en la Recherche es mil veces más sofisticado y repleto de capas de significado, el tono de la carta al abuelo deja ver un poco cómo escribía a los 16 años ese personaje impresionante.

envoûtement [fragm. incompl. ג]

[9 de agosto de 2015]

as in a vault – como en una bóveda – come in una volta

Dos meses pensando, escribiendo, hablando a ratos con colegas, discurriendo con algunos estudiantes por skype, pero sobre todo tratando de terminar un par de artículos y de pensar – fueron absolutamente agotadores.

Entre el verano interminable (por la luz, no por las temperaturas, que apenas se acercaban de vez en cuando tímidamente a los 18° C) y sobre todo la intensidad increíble del gran norte, resulté como en una bóveda, un poco anonadado, un poco violentado en la mente (pero feliz de que así fuera). Solo saliendo así de la ciudad usual, del sol usual, del mundo usual, puede suceder eso.

Fue ante todo un ejercicio de traducción.

Traducción constante de idiomas – con transcripción constante del ruso durante unos días pasados en Peterburgo.

Traducción