jalonot – ventanas

Aunque uno no sea religioso, aunque uno ni siquiera esté en este momento dentro de ninguna religión organizada, aunque uno dude de si ser creyente (¿creyente en qué exactamente? es la primera pregunta que parece no ser examinada con cuidado por muchos) o no, aunque uno sea agnóstico o decida que su dios es el de Spinoza (o sea, básicamente, el mundo – algo ya suficientemente complejo como para ir a buscar algo fuera), hay momentos y lugares de Jerusalén que llaman la atención. Sí, incluso a muchos que estén en los grupos descritos arriba (yo mismo oscilo entre el penúltimo y el último).

El momento más extraño es tal vez el inicio del shabat, que se recibe con felicidad y emana dulzura. Cuando suena la sirena (¿un minuto? ¿dos?) que marca el inicio de ese período en la ciudad, ya la ciudad empezó a calmarse desde hace un rato. El viernes inicia con actividad frenética (ir al mercado, al shuk, un viernes a mediodía, es la experiencia más loca del mundo – piense la densidad de Transmilenio en hora pico mezclado con gente angustiada comprando panes, encurtidos, vegetales, peces, jalva, humus y miles de cosas más para terminar de cocinar antes del momento en que no se puede, todo salpicado de turistas despistados, de gritos en hebreo y árabe, en curdo y ladino… Pero al rato se calma todo y entra la magia.

Cae la noche y si uno quiere ir caminando por ahí escuchará muchos cánticos en las casas o en sinagogas, muchos melismas y formas musicales que parecen conectarlo a uno directamente con tres mil años atrás, muchas casas con luces prendidas y ventanas abiertas y familias enteras en celebración. Si uno está de buenas, lo invitan a un shabat. Pero si no, queda la dulzura maravillosa de caminar por ahí, respirar las mil hierbas aromáticas de la ciudad, sentir la calma de muy pocos carros mezclada con la dulzura o la energía de esos cantos que parecen levantar por el aire zonas enteras de la ciudad.

No es posible trasmitir eso de manera jugosa. Pero sí puedo lanzar aquí las ventanas, las jalonot, y dejar que la imaginación ruede.