envoûtement [fragm. incompl. ג]

[9 de agosto de 2015]

as in a vault – como en una bóveda – come in una volta

Dos meses pensando, escribiendo, hablando a ratos con colegas, discurriendo con algunos estudiantes por skype, pero sobre todo tratando de terminar un par de artículos y de pensar – fueron absolutamente agotadores.

Entre el verano interminable (por la luz, no por las temperaturas, que apenas se acercaban de vez en cuando tímidamente a los 18° C) y sobre todo la intensidad increíble del gran norte, resulté como en una bóveda, un poco anonadado, un poco violentado en la mente (pero feliz de que así fuera). Solo saliendo así de la ciudad usual, del sol usual, del mundo usual, puede suceder eso.

Fue ante todo un ejercicio de traducción.

Traducción constante de idiomas – con transcripción constante del ruso durante unos días pasados en Peterburgo.

Traducción

Sur: pocas horas en Buenos Aires.

Andrés: ¿qué venís a hacer a la Argentina?

El oficial de aduanas en Ezeiza me hizo esa simple pregunta, amable y sonriente y mirando a los ojos. Le contesté (somnoliento y agotado tras una semana de ajetreo extremo en Bogotá, y un viaje nocturno durante el cual pude apenas dormir una hora o dos) que venía a Argentina a hacer turismo, esta vez. Como si viniera frecuentemente (es la primera vez), como si esperara volver a hacer algo distinto de turismo (eso espero, alguna otra vez).

Muy bien, poné el pulgar derecho en la máquina para la huella, y mirá la cámara aquí. Listo. Bienvenido.

A eso se redujo todo mi trámite de entrada, la visa, la explicación. No fue necesario hacer filas en Bogotá, ni armar (una vez más) un portafolio que muestre que uno “es solvente”, que tiene lazos económicos serios con Colombia, que uno no es un riesgo económico para el país que visita, que uno no representa una amenaza de algún estilo vagamente imaginado para el país que quiere visitar. La entrada a Argentina (hoy en día) se reduce a llegar y contestar a un ser humano como un ser humano. Ojalá esa decencia básica la pudiéramos vivir con otros países también. (Y ojalá esa decencia básica la hubieran vivido aquí quienes fueron interrogados durante los años espantosos de la dictadura – tema de fondo y de horror en todo el continente, difícil de separar de la realidad de hoy.)

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Relajate. Así me dice María Clara varias veces, repitiendo algo que oyó por ahí ese día de Buenos Aires.

De ahí en adelante, lentitud. El bus de Ezeiza al otro aeropuerto (Aeroparque) se demora hora y media. Sí – es el “tiempo normal”. Hay peajes urbanos (lentos), trancones (densos), semáforos (lentísimos), parada en una estación (Retiro) – todo en Buenos Aires parece ir despacio, sin el ritmo frenético y el acelere bogotano. Pasa el subte por fuera… lentísimo. Se mueve el tráfico… lentísimo. Para uno en un semáforo aparentemente normal… y lentísimo todo. Nadie parece inmutarse. Uno no sabe si es el calor o qué lo que genera ese ir despacio despacio de esa ciudad. Finalmente, uno termina disfrutando el saber que lo que debería tomar una hora tomará tres horas…

Buscamos el locker en Aeroparque para dejar la maleta e ir a caminar y comer algo. Pues bien: no hay “lockers”. Se deja la maleta en un depósito que requiere que uno espere 15 minutos al guardia de seguridad, que lo acompañe a uno a una máquina de rayos X que está a 200 metros con las maletas para qué hay dentro, regresar (en el calor, bajo el sol) a otro lado a otros 200 metros a finalmente consignar el depósito. Pasaportes, firmas, sellos. Todo para dejar las valijas (no son “maletas” aquí) en el depósito. Bien. Después de media hora estamos libres de nuestras valijas y podemos salir a descubrir la ciudad, después de casi tres horas pasadas entre la llegada y la ida al otro aeropuerto. Nada mal. Relajate.

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Mirá dónde vive el taxista…

Por todos lados letreros advirtiendo de los riesgos con los taxistas, por todos lados taxistas (remís) ofreciendo a viva voz sus servicios, en pleno Aeroparque, en todas partes. Salimos – un taxista viejo nos recoge. Le damos la dirección – él detecta que tal vez queremos cambiar dólares, aceptamos. Conduce al sótano de un edificio lujoso (y nos dice que él vive ahí, y agrega “quién lo diría, mirá dónde vive el taxista aquí”). Nosotros entre resignados y pendientes, esperamos a que salga de su “depósito”. Trae los pesos. Cuenta los dólares. Hasta ahora todo correcto. Sospechamos que tiene un arreglo con el administrdor del edificio lujoso, pero estamos demasiado agotados para ir al centro a cambiar. Funciona así la cosa. Como buen porteño, comenta todo. Dice que el parque hacia Palermo es “como Chapultepec, pero limpio”. Yo me aguanto las ganas de contestarle que Chapultepec es mucho más grande, tiene loma y es mucho más bonito que el parque de Palermo. Luego finge confundirse y nos abandona donde le parece a él. No tenemos la energía para discutir más con un taxista porteño que cree saberlo todo y que además “vive en un edificio muy lujoso de Palermo”.

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Buenos Aires se me parece ese día mucho a Chicago. No estoy siendo original – ya un amigo colombiano nuestro de Madison, a quien queremos mucho y que se había trasladado a vivir a la Buenos Aires loca de los años 1995, nos decía que Buenos Aires “era como Chicago, pero más cara, más loca, más creída”. Recordé a nuestro amigo al ver los barrios – el ambiente dominante de Chicago son barrios de inmigrantes… y el ambiente dominante de Buenos Aires son también barrios de inmigrantes. Cierto desparpajo, cierto igualitarismo en el trato (tan refrescante en América Latina). Con el toque porteño medio fatalista, claro – tal vez más New Jersey de las películas que Chicago.

Pero el calor pegajoso, las autopistas, la arquitectura medio desguarambilada en todas partes y europeizante en el centro, las torres, la presencia del río o del lago – un vago sentido de deyavú muy fuerte, mezclado con la felicidad de la novedad.

Trenes lentos desvencijados, puentes sin ton ni son, trancones y la lentitud bajo el calor – esa Buenos Aires de suburbio y cansancio entre vuelos y entre aeropuertos sí que parece Chicago: el desorden, el caos arquitectónico, las torres iguales a los projects en los suburbios de Buenos Aires (mezcladas con tugurios estilo Bogotá), raro todo, y fascinante a la vez. Y la promesa de muchos placeres, muchos barrios, muchas callecitas, muchos libros.

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Hacé la fila donde es.

Después de un almuerzo en Palermo (en un restaurante, restó les dicen ellos, que parece surgido de conversaciones con Alejandro Martín) regresamos entre el sopor de la tarde a 38° C y el taxi metido por eternos trancones en la ciudad con árboles y árboles y bicicletas y buses viejos y metros – subtes – aún más viejos rodando como zombis oxidados a 30 km/h (todo en Buenos Aires parece de 1930, no reparado, y eso parece ser parte del gran encanto de la ciudad), al Aeroparque – el aeropuerto de vuelos “locales”. Vuelo retrasado (sin excusas, es Argentina: ni se molestan como en Colombia en inventar que los vuelos se retrasan por mal tiempo – aquí dos horas tarde no inmutan a nadie, parece), aeropuerto con pésimo aire acondicionado, sopor mortal. Voy a buscar agua, hago fila en algún café. Fila estilo mediterráneo: nada del estilo colombiano de la persona atendiendo a tres personas afanadas al tiempo. Al llegar a mi turno pido el agua y un vaso. Hacé la fila que es. Voy a la otra fila… diez personas. A ritmo porteño me va a tomar media hora llegar a pedir mi agua. Me devuelvo y enfilo baterías: le digo que no me importa, que ya hice la fila, que no voy a hacer otra fila, que solo quiero una botella de agua y un vaso. Se lo digo en tono bogotano alzado, pues la sed y el calor y la impaciencia con las filas mal demarcadas me pueden. Me dice está bien, te voy a vender el agua, pero la próxima vez hacé la fila correcta. Calmo la sed.

Y salimos para la Patagonia (y el frío) esa misma tarde – felices con Buenos Aires, agotados con el viaje, felices de seguir 3000 km más hacia el sur, hacia el frío y la Patagonia desolada.

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