soundtrack de un viaje

La intensidad de los viajes, de ciertos viajes, en mi caso casi siempre va acompañada de un especie de “soundtrack mental”. Los largos períodos pasados caminando, en la naturaleza, en el silencio (relativo) de los montes, o entre el oleaje o entre los grafitis hermosísimos de las ciudades despertando – todo eso requiere (y genera) en mi caso una música de fondo, una música muy distinta de la que suelo escuchar cuando estoy inmerso en el trabajo matemático o en las clases o en la correspondencia “usuales” en Bogotá. Si durante el semestre puedo tener una obsesión con alguna partita barroca o alguna sonata para piano del romanticismo o alguna música del siglo XX o incluso XXI, al viajar de alguna manera se reconfigura por completo todo.

Caminar en invierno por los lagos congelados de Finlandia para mí requirió una mezcla entre músicas de Carelia, de Ostrobotnia – y trozos largos de la Tercera de Sibelius repasados en la mente, o sencillamente su Concierto para Violín. Este último es para mí el soundtrack del Báltico, de un paseo hecho en 2004 a una isla/sauna a cuatro horas de velero de Helsinki en verano.

En otros momentos han sido músicas ancashinas, huaynos brutales de esos Andes centrales. O cierta música de Grebenshchikov. O sencillamente Brel y Stromae. O…

En este viaje a Chile obviamente los grupos impresionantes que ha dado ese país – mezclados con esos compositores de canción increíbles (Violeta Parra, Víctor Jara) estuvieron todo el tiempo ahí, de música de fondo. El grupo Inti Illimani ocupó mucho espacio mental: ellos cantan muchas músicas de Chile y también muchas músicas de otros lados – de Bolivia y Argentina, huaynos peruanos.

Por alguna razón peculiar enlacé con otro viaje, anterior, expresado en la canción Samba Landó de ese grupo – una canción que en realidad está anclada en la música afroperuana, una canción de la resistencia negra a la esclavitud.

La letra de esa canción es una invitación a liberarse, claro, pero sobre todo a tener cuidado con los nuevos negreros de la advertencia que hacen, tener cuidado con los nuevos esclavizadores que siempre acechan.

La fuerza instrumental y rítmica (cajón peruano, a veces con charango, siempre con guitarra y bajo) de la música afroperuana es algo difícil de capturar en frases. Simplemente hay que oírla – escuchar Toro Mata mil veces, escuchar A mí no me cumbén. Esta Samba Landó es sencillamente brutal.

Enlazo tres versiones: una de estudio de Inti Illimani, impresionante. Otra, en cover por Nano Stern y Manuel García (solo con guitarra y voz). Y por último una por MARKAMA y Rubén Rada, creo de un concierto en Buenos Aires, con imágenes impresionantes de grabados y documentos de venta de esclavos en Lima durante el siglo XVIII.

Si uno las escucha, las canta, se pueden volver parte de un soundtrack mental muy poderoso. (En realidad el soundtrack mental mío en Chile tuvo mucho, mucho más – decenas de canciones, huaynos, poemas de Violeta Parra, el increíble Galambito Temucano, y mucho de Víctor Jara. Pero reduzco de momento al increíble Samba Landó.)

l’écume des jours

El título de esa novela de Vian, la espuma de los días (¿la lavaza? ¿los desechos? ¿qué tipo de espuma? ¿de la sucia del mar?) captura perfectamente algo del aire de estos días de final de semestre, de expectativas y tristezas vitales, de querer ayudar a alguien que está con mucho miedo y no poder realmente hacerlo – a menos que la simple presencia y compañía pueda ser considerada ayuda.

2017 ha sido un año colmado de aprendizajes, de abrir los ojos hacia dentro y hacia el mundo, de reencuentros con gente que ha sido importante en otros momentos, de viajes un poco distintos de los de antes (volver a San Agustín y Tierradentro, volver a Kilpisjärvi/Laponia en invierno, luego ir a Aragón que resultó ser un lugar muy peculiar, muy distinto de otras regiones de la península ibérica, volver a Granada y pasar días con una amiga de hace muchos años, volver a Israel a ver a Antoinette en Haifa y a Saharon en Jerusalén – viajes de retorno casi todos tal vez con menos novedades que en otros momentos, pero tan increíblemente plenos a nivel visceral, volver a París por vez número 12 o 13, y verla a la vez tan afectada por problemas similares a los de todas las ciudades grandes y tan hermosa en su tono inseguro de la época), acaso con menos ilusión inmediata pero con más paciencia y percibir – un año con cierta simplificación de lo que se espera, con expectativa y con espuma, sí, mucha espuma, como llegada del mar.

 

 

un país misterioso (para mí)

Ecuador resultó siendo un país repleto de misterios para mí, para nosotros, en este viaje de caminatas a volcanes y visitas a dos ciudades (Quito y Cuenca) y varios pueblos. El misterio está en la mezcla entre familiaridad dada por tanta historia compartida: misma bandera, misma cordillera, misma base culinaria, etc. – y a la vez tantas diferencias inmensas:

  • Las ciudades ecuatorianas que vimos se sienten tranquilísimas, no solo (obviamente) comparadas con Bogotá, sino comparadas con ciudades colombianas de su mismo tamaño. Quito, por ejemplo, es más o menos del tamaño de Medellín, pero Medellín se siente desordenada urbanísticamente, con un centro vuelto nada y paupérrimo – Quito sorprende por su limpieza y organización y calma. Al principio me sentía más en Finlandia que en América Latina. Cuenca también está muy bien cuidada, con su borde del río completamente limpio y con familias haciendo picnic el 1 de enero, sin ruido. No sé cómo será Guayaquil – la imagino como una Barranquilla de nuevo más ordenada y tranquila.
  • Siguiendo con lados “positivos”, la infraestructura vial, que hace palidecer a la nuestra. Pero eso es muy conocido y no era una novedad para nosotros.
  • Un lado negativo: muchos menos ciclistas que en Colombia, tanto en carreteras como en la ciudad. Extraño que un país tan “organizado”, tan limpio, tan pulcro, no tenga más ciclorrutas, más programas de impulso a la cicla. Uno podría pensar que la topografía de Quito no es muy amigable a la bicicleta (comparando con Bogotá) pero aún así…
  • Otro lado negativo: el “Transmilenio” quiteño (en realidad tres sistemas: ecobus, trolebus y metrobus, según la avenida) parece mucho más destartalado, mucho más vuelto nada que el bogotano. Superficialmente, parece que la división de clases de Quito se refleja ahí: el TM bogotano parece tener mucha más mezcla de gente que lo usa. En Quito esa infraestructura sí parece muy descuidada (y eso que es más nuevo que TM, pero se siente como si fuera 20 o 30 años más vetusto). Ah, pero… ya empezaron a hacer el metroserá subterráneo en la zona centro. De pronto están gastando todo el dinero en ese metro que ya empezaron a cavar.
  • El centro de Quito está mil veces mejor mantenido que el de Bogotá. En Colombia, la única ciudad grande fuera de Cartagena que tiene un centro histórico que debería ser super-cuidado es Bogotá (Medellín prácticamente destruyó por completo su centro histórico, y el de Cali es pequeñísimo). Aunque el centro histórico de Quito es tal vez el doble o el triple de grande que La Candelaria, no hay ninguna razón para que tengamos nuestro centro histórico como está en este momento.
  • La vida cultural es difícil de juzgar en vacaciones y peor en esta época del año. Se siente que hay bastante pero aún así muchísimo menos que en Bogotá, y sobre todo mucho menos alternativa. Pero esa puede ser una impresión superficial. Sospecho que el precio a pagar por tanta tranquilidad es una vida intelectual mucho menos agitada, mucho menos intensa. Un poco como la diferencia entre Boston (Quito) y Nueva York (Bogotá) – una ciudad pequeña pero razonable, la otra grande y caótica pero más intensa e interesante.
  • El urbanismo de varias zonas de Quito impresiona: avenidas muy amplias, edificios de alturas similares, parques, vistas libres – sin esa cosa abigarrada y supremamente desordenada (alturas, anchos de vías) de Bogotá. ¿De dónde les llegó? ¿Cómo iniciaron eso? O más bien… ¿cómo lograron no sucumbir al caos de las demás ciudades latinoamericanas?
  • Cierto autoritarismo, de nuevo difícil de juzgar en este tipo de viaje, parece flotar en el aire. No necesariamente cosa del actual presidente (que poco es mencionado: ni para bien ni para mal – qué contraste con Colombia donde todo el tiempo opinamos en extremos) – parece más algo del aire ecuatoriano. Cierta presencia de la religión católica (“parroquias” en vez de municipios, un detalle de nombre pero que parece extenderse a muchas cosas), incluso en el presidente actual, que es muy “teología de la liberación” (ayudada por el dinero del petróleo… mientas este costaba). Me hizo falta a mí, el bogotano, más protesta visible. Ni un grafiti casi, nada. Pero la historia de las últimas décadas de Ecuador tiene momentos muy problemáticos de persecución – algo que comparte (en horror) con Colombia, Perú, etc.
  • Los contrastes más extremos son obviamente con Venezuela. En un país, el líder fallecido visible por todas partes en afiches y pancartas (y ahora en las peleas de la Asamblea), en el otro, ni una sola foto. No hay afiches de Correa en Ecuador – o no hubo en estas semanas. Alguien podría decir que hay mucha menos presión sobre la gente en Ecuador, donde no se ven esas caras absurdas del anterior gobernante, cuasi-santificado, donde simplemente no se ven caras. Alguien podría contestar que el líder ecuatoriano es infinitamente más inteligente y más sagaz que el anterior líder venezolano, pues ni siquiera necesita estar apareciendo en todas partes… El hecho crudo y simple es que no se ve por ahí. Probablemente ejerce su inmenso poder de otras maneras.
  • Otro contraste inmediato con Venezuela es la cantidad de productos ecuatorianos que parece haber, y la baja cantidad de productos importados. Parecen estar apuntando a la no-dependencia de las importaciones en Ecuador. Mucho menos producto importado que en Colombia, una que otra cosa importada de Colombia, y mucha producción local. El contraste con Venezuela, que logró destruir su propia producción, es abismal.
  • Al estar en un país tan calmado, donde dejan tantas tiendas sin vigilancia (librerías de varios pisos donde parece atender solo una persona abajo y nadie lo persigue a uno – el simple hecho de no sentirse perseguido como en Colombia cuando uno va de compras donde los vendedores no se despegan de uno nunca) visible, le mueve a uno las referencias mucho más que ir a países ruidosos, violentos, desordenados, como Colombia o (más aún) Venezuela: al ver tantos mapas históricos donde “Quito” llegaba hasta Panamá (y cubría Popayán y Pasto, pero incluso parte de Antioquia y buena parte de la Amazonía hasta Tabatinga), al saber que durante una década fueron parte del mismo país – se pregunta uno qué los salvó de ser una provincia del sur, olvidada. Qué fuerza tuvieron para armar su propio país, tan distinto hoy.
  • ¿Será que todo eso es un espejismo actual? ¿Cuál es la verdadera situación de los indígenas? – no oímos casi hablar quechua, es mucho menos presente que en lugares como Áncash – los indígenas hablan en Ecuador siempre español con uno… ¿Qué pasará ahora que el dinero del petróleo se acabe? ¿Están realmente invirtiendo en construcción de país, más allá de la economía del petróleo? (Por lo menos, y muy superficialmente, parece haber muchísima inversión en algunos rubros como vías – pero… ¿qué tal está la educación allá? ¿es Yachay algo más que un proyecto mega sobre el papel? ¿qué tanta vida tiene todo eso más allá del gobierno actual?
  • (Imposible saber qué viene, qué pasará cuando se reemplace el petróleo por otra fuente de energía, qué quedará – yo simplemente reporto que viví una tranquilidad casi impensable, muy inesperada y muy relajante y satisfactoria – alguien podría alegar que Quito se siente en hora pico entre semana como un domingo por la tarde bogotano [la semana pasada ya había colegios en Ecuador – las vacaciones se acabaron el 3 de enero allá, pero aún así se sentía como un fin de semana de puente en Bogotá], y tal vez tendría razón – aún así, Ecuador fue un espejo inmaculado y maravilloso para mirarse la cara en estos días… (país de belleza increíble, sin pancartas casi en las carreteras, casi demasiado bello para nuestro siglo, casi demasiado calmado para nuestro mundo)
  • Todo esto sin hablar de volcanes y caminatas y más maravillas …

(Epílogo: viajar por América del Sur es casi una peregrinación a uno mismo. Es con toda certeza una de las mejores zonas para viajar en el mundo hoy en día, por muchas razones. Y para mí, como suramericano, es una fuente inagotable de riqueza y visiones y felicidad (y cuestionamientos y lugares crudos y momentos dolorosos y recorderis de varios tipos de horror – la feísima Ambato, los durísimos alrededores de Riobamba, también hacen parte de eso. Pero por otro lado, viajar por la Cordillera de los Andes, aquí en Colombia, en Ecuador, Perú, Chile y Argentina [aún no he estado en Bolivia] es de lejos uno de mis mundos preferidos, una de mis acciones favoritas – escuchar erres arrastradas andinas, entonaciones, historias – y descubrir la propia ignorancia, y la sorpresa…)

El búho ciego

Hoy terminé la lectura de El búho ciego, Buf-e-kur, بوف کور, una de las novelas más impresionantes que he leído en la vida. La historia sucede en las afueras de Teherán – cerca de la antigua ciudad de Rey, junto a las montañas Alborz, en un tiempo indefinido que podría tanto ser hoy en día como hace 300 años – un hombre vive una infinidad de vericuetos internos, de reflejos de reflejos sobre sus propias obsesiones. Adquiere una visión curiosa, siniestra y como reflejada en una pared, de sí mismo, de los demás seres humanos y finalmente del universo entero. Una visión de quien no cree en los rasgos fijos y precisos y delineados, de quien ve en ellos mero engaño y mentira, de quien desprecia la presentación directa del mundo y sabe que tan solo la sombra de la cabeza de uno que proyecta una vela en plena noche en la habitación solitaria puede dar cuenta remota, vaga y fugaz de la realidad que el mundo se complace en repletar de falacias.

El autor es Sadeq Hedayat, un iraní que vivió entre 1903 y 1950 – se suicidó en París durante su auto-exilio en esa ciudad. La obra El búho ciego es usualmente vista como su novela principal – apareció en persa en 1936. Hay una influencia muy clara de autores como Kafka, Maupassant tal vez, probablemente Nerval – pero además (dicen quienes conocen ese otro lado) hay influencia muy clara de la gran literatura persa anterior – de autores como Omar Jayam, Firdusi, Saadi, Hafiz. Agregan que una mezcla de simbolismo persa con simbolismos indios fuerte ahí. Muchos dicen que es la obra cumbre de la literatura persa moderna, de la literatura iraní.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Llegué a ese libro por algún camino de esos que uno luego no logra reconstruir de manera muy racional. Andábamos de retorno de vivir en Israel hace 18 años, y en una parada de unas semanas en París entré a la librería de José Corti, buscando algunos títulos filosóficos. El librero notó que me interesaba la literatura de lugares del “Medio Oriente” y entablamos conversación. Pronto me recomendó El Búho Ciego como algo muy especial, muy bueno. La compré (en la versión francesa de Roger Lescot) y ahí quedó, durante casi 18 años en la biblioteca a la espera de ser leída. Nunca la leí hasta después de mi viaje a Irán hace unas semanas.

A Irán llegué por otros vericuetos enredados – un poco como entrando a una de sus famosas mezquitas, que en el caso iraní se caracterizan por nunca tener una entrada directa sino siempre obligar al visitante a girar, a bajar y subir, a alguna vuelta antes de ver el esplendor máximo que uno pueda soñar, si hace el esfuerzo pequeño de girar o bajar y subir. Tampoco llegué al mundo iraní de manera directa – la llegada tuvo que ver con muchas cosas (en desorden: las clases elementales abstractas, la teoría de modelos, la sensibilidad fuerte a culturas del libro – judaísmo e islam, iniciada durante mi tiempo en Israel – no por razones religiosas obviamente pero sí con curiosidad por aspectos culturales que me parecen esenciales en la construcción de nuestro propio “ser”, las construcciones de Hrushovski, la teoría de representaciones de Galois, cierto afán de simetría con los viajes – como descubrí gracias a una pregunta de Javier Moreno en twitter, etc.).

Pero curiosamente, las montañas y callejuelas de la vieja Teherán, que están en esta novela impactante, fueron parte importante de la visita. Caminé con Zaniar Ghadernezhad hasta la cima del Tochal un día – vi algo de las faldas del Alborz de noche también – las montañas gigantescas pedregosas y nevadas que se elevan desde Teherán. Vi su esplendor, ahora leí la faz mopasantiana, celiniana tal vez, kafkiana según otros, y seguramente muchas referencias que me escapan, en esa pequeña joya de obra.

El libro no es largo: meras 190 páginas en la edición (cruda, neta y hermosa) de Corti. Se lee rápido una vez entra uno en el “modo”. Repeticiones de imágenes, de figuras, hacen que a veces uno sienta estar leyendo algo muy parecido a poesía, o perciba uno que hacen parte de retóricas venidas de otro lugar. Pero esas simetrías, juegos de repetición – parte esencial del libro, de la manera como opera, como vuelve y vuelve por caminos que uno creía ya saldados, como en el mundo real, no lo son todo. El libro no se queda en ese juego intelectual sofisticado: plantea preguntas existenciales crudísimas, y las plantea sin piedad.

No queda árbol sin mochar, no queda piedra sin mover. Todo el islam, por ejemplo, es expuesto a la luz de su hipocresía y mentira (pero todo lo que dice Hedayat del islam, de su hipocresía, lo dice simplemente porque su personaje está en ese contexto, rodeado de gente creyente – las mismas frases funcionarían de manera perfecta para cualquier otra religión, cualquier otro sistema cultural o social). Las acciones humanas, todo queda expuesto en su vanagloria y pequeñez. El yo mismo del narrador queda completamente destruido: está cayendo en la locura, se está desintegrando, y uno lo va siguiendo mientras pasa eso. ¡Es a la vez increíblemente fascinante y brutalmente doloroso ir leyendo ese libro! Por otro lado, Hedayat logra manejar tanta ironía contenida, que el libro jamás cae en jeremíadas, en quejas. Pasan cosas absurdas y terribles, porque el mundo es absurdo y terrible.

El libro tiene frases como las siguientes (que aisladas son fuertes, y en el libro lo son mil veces más, cuando uno ve la historia del narrador) – traduzco yo de la traducción al francés, quién sabe cómo serán en el persa original:

  • No temo más que una cosa, morir mañana, sin haberme conocido a mí mismo.
  • Si ahora me decidí a escribir, solo es para darme a conocer a mi sombra – mi sombra que se inclina sobre el muro, y que parece devorar las líneas que trazo. Es para ella que quiero intentar este experimento, para ver si podemos conocer mejor ella y yo.

¡Todo puntuado con momentos de éxtasis puro con cosas aparentemente mínimas!

Sí, en este primero del año de 2016, vale aunque sea una recomendación: si está buscando una obra corta, brutalmente lúcida y además deslumbrantemente bella para leer (aunque la lucidez será excesiva, la belleza incomprensible para nuestra ignorancia de tantas culturas del mundo fuera del estrecho mundo “occidental”), anímese a leer El Búho Ciego de Sadeq Hedayat. Realmente vale la pena.

Aguas estrechas / El cordón umbilical

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Con los libros franceses clásicos (y los modernos editados por gente como José Corti) la expectativa de la lectura se hace muy fuerte por las páginas no cortadas: se supone que uno va cortando a medida que va leyendo (y por ende puede uno saber, si suspendió la lectura hace meses o años, exactamente hasta qué punto había llegado). La sensación física de las páginas (sensual, olorosa) es aún más intensa con estos libros que uno tiene obligatoriamente que ir cortando, rasgando, trozando, para poder seguir leyéndolos.

Ésta es una novela muy corta (74 páginas, regalo maravilloso que me dio Fernando Zalamea el jueves antes de entrar al minicurso de Álex Cruz) escrita por Julien Gracq, el autor de Le rivage des Syrtes, esa novela que algunos describen como de lo mejor de todo el siglo XX. Aún no he iniciado su lectura, pero promete ser fascinante. Inicia con la frase siguiente:

[Pourquoi le sentiment s’est-il ancré en moi de bonne heure que, si le voyage seul — le voyage sans idée de retour — ouvre pour nous les portes et peut changer vraiment notre vie, un sortilège plus caché, qui s’apparente au maniement de la baguette de sourcier, se lie à la promenade entre toutes préférée, à l’excursion sans aventure et sans imprévu qui nous ramène en quelques heures à notre point d’attache, à la clôture de la maison familière?]

(¿Por qué  se instaló en mí  tempranamente el sentimiento de que, si solo el viaje — el viaje sin idea de retorno — abre para nosotros las puertas y puede cambiar de verdad nuestra vida, un sortilegio más oculto parecido al manejo de la varilla del zahorí, se enlaza con el paseo preferido entre todos, con la excursión sin aventuras ni imprevistos que nos lleva en pocas horas a nuestro punto de amarre, a la clausura de la casa familiar?)

La frase inicial pone a este texto inmediatamente al lado de textos como Aurélia de Nerval, donde se inicia la segunda vida que es el sueño: Le rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort ; un engourdissement nébuleux saisit notre pensée, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence. C’est un souterrain vague qui s’éclaire peu à peu, et où se dégagent de l’ombre et de la nuit les pâles figures gravement immobiles qui habitent le séjour des limbes. Puis le tableau se forme, une clarté nouvelle illumine et fait jouer ces apparitions bizarres : – le monde des Esprits s’ouvre pour nous. — Trad. libre mía: El sueño es una segunda vida. Jamás he podido atravesar sin temblar esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del sueño son la imagen de la muerte; un embotamiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento, y y no podemos determinar en qué instante preciso el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia. Es un subterráneo baldío que se aclara poco a poco, del cual se desprenden de la sombra y de la noche las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan la morada de los limbos. Luego se forma el cuadro, una claridad nueva ilumina y hace que jueguen esas apariciones extrañas: se abre para nosotros el mundo de los Espíritus.

Tengo que conseguir el cortador para ir abriendo el libro, literalmente.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La otra compra reciente de libros es otro regalo (este, mío, a María Clara): El cordón umbilical de Jean Cocteau. Parece ser también un libro de ensayos, mezclado con dibujos hechos por Cocteau y trozos de diarios, con fotos de la gente que cruzaba el camino de Cocteau y de él mismo.

En el viaje, el primer día de carretera cruzando el Norfolk saliendo de Norwich, yendo primero hace Ely, luego hacia Cambridge y finalmente poco a poco hacia Oxford (qué revoltijo de carreteras pequeñas, de auténticos mazes ingleses como los laberintos de las iglesias románicas, parece ese tramo: en el mapa se ve cercano pero toma horas y horas – un poco como la película que vimos con Alejandro y María Clara anoche, basada en Los anillos de Saturno de W. Sebald), compré un disco de Delius en la tienda de la catedral de Ely.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

A Ely llegamos indirectamente por una conversación con Fernando, también en el Departamento de Matemáticas, justo antes de nuestro viaje (tan paralelo, cuasi-sincrónico, con el de ellos) a Inglaterra y Escocia. Primera parada importante después de Norwich (la ciudad de las 350 iglesias románicas – o por lo menos así se siente), en Ely hay sencillamente una catedral sumamente imponente. Describirla está un poco fuera de lugar para mí aquí. Creo que lo mejor es imaginar algo que requiere la pluma de un Proust – y por ahora dejarlo así.

En la tienda de esa catedral compré un par de discos: uno de Delius (el compositor británico de principios del siglo XX que inspira el capítulo 2 de Cloud Atlas de Mitchell – no he visto la película, pero el libro me impactó mucho) y otro que tal vez no me impresionó mucho pues no lo recuerdo ahora mismo. El de Delius es increíble, como toda su música. Un poco inclasificable, como buen inglés: fuera de los grandes movimientos vieneses/franceses de su época. El paisaje de la campiña de Norfolk (tan bien evocado en la película sobre Sebald) me hizo dar ganas de escuchar de nuevo a Delius. A Delius lo había escuchado en Educación musical – un curso obligatorio del Colegio Réfous, tal vez el mejor curso que se impartía en ese colegio, junto con MM7 [un inicio de análisis vía topología básica repleta de dibujos en verde y rojo – análisis hecho con topologías raras, la “usual” no era particularmente usual en ese curso]… pero Delius entonces me había aburrido infinitamente. Por Mitchell lo volví a escuchar y ahora me impresiona mucho. Fue el mejor companion sonoro de la campiña inglesa del sur.

Ayer y hoy

Ayer:

  • Brunch delicioso (con mil cosas caseras hechas con mucho sabor y cariño) donde los Kossaks. Conocí personalmente a Grigor (por fin – es amigo vía facebook pero eso no quiere decir nada).
  • Despelote en el aeropuerto – tiempo largo en inmigración, transporte medio enredado a la ciudad.
  • Caminata por la avenida que es casi casa nuestra ya – desfile – encuentro con Daniela y luego con Alejandro, en el Museo de Arte Moderno. Obvio: fuimos a ver los abstractos  –  una exposición con centenares de cuadros (muchos desconocidos, todos buenísimos) entre 1910 y 1920. Qué década tan escalofriante. Sonia Delaunay ilustrando a Blaise Cendrars, qué cosa más fuerte. No logramos ver ni siquiera ese piso: cuando nos empezaron a echar, me devolví a buscar a Alejo y un guardia prácticamente me sacó empujado. Me quedé inmóvil y el guardia se puso nervioso. Llegó otro y pidió “apologías” por el comportamiento de su compañero.
  • Re-caminata buscando el Deli de la Segunda Avenida (que queda en la Tercera y estaba cerrado). Terminamos yendo a la calle coreana. Nunca falla esa calle. Pablo y Aurora me llevaron por primera vez hace dos años y medio, y siempre guardo un recuerdo fantástico de esa vez.
  • Sueño absurdo todo el día.

Hoy:

  • Despertar tardío, festivo, sin desayuno.
  • Salida de MC al museo rampa a ver obras japonesas. Salida mía después de un rato, a trabajar (dejar flâner/pasear la mente, traducir trozos, pensar en las dos vías de la simplicidad, volver, terminar la charla).
  • Ida a la Calle 10 con Bredestraat a encontrar a Alejo y luego a MC. Caminata por el Pueblo Oeste, hasta el Asado Francés (donde Julieta y MC se tomaron felices una botella de vino). Almuerzo tardío (4 pm) en ese sitio – pato confitado, hamburguer aux frites buenísimo. Cerveza belga y luego vino (pinot negro).
  • Caminata por la lluvia bogotana.
  • Subida al elevado abandonado a ver el skyline – ese parque es lo mejor imaginable. Fotos. Españoles excitados hablando de “vehículos amarillos” al señalar los taxis. Se querían tomar fotos donde salieran en el fondo los vehículos amarillos. ¿Qué los habrá picado? Encontrar grupos de españoles de viaje siempre es chistoso – se ven como recién salidos de una zarzuela.
  • Librería Printed Matter, de manifiestos de arte y similares. Revistas artístico-eróticas, publicaciones de autores culto.
  • Encuentro con Daniela al final de la tarde – entrada a ver a Lady Macbeth pelear con Macbeth, ver a este matar a la familia Macduff, todo en un hotel abandonado hace como setenta años. Un hotel de lujo (Mac Kittrick) que fue abandonado y ahora está siendo usado de teatro-laberinto-instalación. Claustrofobia mezclada con sensación exquisita de estar viendo algo muy interesante.
  • Regreso con Daniela hasta su subte, en la Octava con 23, ida al León Rojo al bar donde estaban MC y Alejo oyendo blues en grupos alternados algunos muy buenos. Guiness de comida (casi).
  • Una mujer gorda bailando. Se divertía tanto que era contagioso verla. Alejo se quedó filmándola al final (cuando la música empezó a mejorar).
  • Frío bogotano, papeles por todos lados en la calle, mugre como siempre. Pintas interesantes, rodillas masculinas acariciadas por manos masculinas en los cafés, camisetas sin mangas, tatuajes, sombreros elevados, variedad para vestirse (más para uno, viniendo de la Bogotá de las niñas con botas iguales y caras iguales y peinados iguales). Frío bogotano. Mañana, el puente, si todo va bien. Y luego, la licuadora del congreso.

 

tránsitos

Vuelvo después de un hiato de un mes largo en que estuve bastante alejado de internet. Cosas maravillosas pasaron (nació Laia, Javier se salió de twitter y está dedicado a tocar un instrumento musical, con María Clara viajamos a visitar amigos – un periplo intenso y hermosísimo que incluyó una semana de trabajo muy buena con el maravilloso John Baldwin, reencuentros con David y Stella en Madison, conversaciones y un buen almuerzo con María Monterroso allá también, regreso a Chicago a recorrer museos y la ciudad con Don y Margarita – terminamos yendo a blues con John y Sharon también, comiendo buenas cosas y disfrutando de la ola de calor intensísimo – y finalmente bajamos en carro pasando por un pueblo shaker de Kentucky (primera utopía), visitando a Don y Margarita en Knoxville y las Smoky Mountains (segunda utopía en un valle perdido que fue secreto) y bajando con MC hasta Savannah (tercera utopía – socialismo del siglo 18 en plenas colonias del sur) y Charleston, y una playa de parque estatal (Hunting Island) que es uno de los lugares más hermosos que he visto recientemente).

Mientras tanto, el país siguió su curso extraño, con el cuasi-colapso del gobierno (no entiendo aún qué pasó entre el congreso y el país y la famosa reforma a la justicia.

Y en el Cauca, las comunidades indígenas decidieron sacar al gobierno y a la guerrilla. No puedo no admirar a quienes son capaces de tomar su destino en sus manos, en un lugar donde han sido eternamente vapuleados, desde mucho antes de tiempos de la República. Creo que en el fondo los indígenas del Cauca tienen la razón en lo que están haciendo (aunque sea duro ver las imágenes de enfrentamientos con el ejército), y que si el gobierno quiere, puede aprovechar esta oportunidad de hacer algo de verdad. Pero ante todo, admiro enormemente la valentía de los indígenas que se atreven a intentar sacar a los actores armados de su territorio – sin armas.

Algunas lecturas se beneficiaron de la lejanía de la red: Evelio Rosero (tanto La Carroza de Bolívar como Los ejércitos – libros que ayudan a ver con ojos distintos lo que está pasando), O’Neill (con su Netherland, que recomendó Javier para palpar el ambiente en Estados Unidos en la época del 11 de septiembre – aunque a veces la novela patina un poco, de verdad capta mucho de ese hastío, esa desorientación, esa sensación de absurdo de 2001, 2002 y 2003). Y luego el espléndido Aharon Appelfeld (de lejos lo mejor que he leído recientemente) a quien llegué por culpa de (gracias a) Philip Roth.

No hay mejor escritor del desplazamiento humano, de los sueños despierto y de las conversaciones que uno tiene con sus cercanos, estén vivos o no, de los cuentos que se arma uno para sobrevivir, que Aharon Appelfeld. Quedé anonadado (como le pasó a Roth antes) con la escritura absolutamente prístina, clara, precisa y profunda de Appelfeld. Para mí fue una revelación impresionante.

De resto, fotos (muchas), caminatas, montañas, mar, libros, conversaciones, comida.

Utopías norteamericanas: los shakers y la igualdad hombre/mujer mucho tiempoavant la lettre, Savannah en su primera encarnación y el experimento social de redención de los presos ingleses a través del trabajo, sin esclavitud en pleno sur en el siglo 18, y la realización de la ciudad ideal de arquitectos italianos del siglo 16 – ciudad ideal para el biencomún- un especie de socialismo real que se vivió en medio de una de las regiones con peores récords de desigualdad en la historia (y que fue completamente suplantada – la Savannah que vemos es la ciudad lujosa esclavista sureña del siglo 19 – pero armada sobre planos idealistas del siglo 18). Otra casi-utopía: la música de Joe Hill, de finales del 19 y principios del 20, hecha para apoyar los movimientos obreros de Estados Unidos. Baladas escocesas transplantadas a la lucha obrera de esa época – hermosísimas y según Joe Hill, mil veces más efectivas que los panfletos (que se olvidan apenas nos leídos, a diferencia de canciones bien compuestas).

Las fotos enlazadas arriba recuentan lo mismo que este post, pero tal vez mejor.

back home (?)

Curiosamente, al llegar a Barcelona la familiaridad de todo es la gran sorpresa. Las veces anteriores, había llegado del norte de Europa, y atribuía la familiaridad de todo al (obvio) parecido que tiene “España” (incluso Cataluña) con América Latina, y Barcelona con trozos de ciudades latinoamericanas – sobre todo llegando del norte. Claro, si uno viene de Helsinki, Barcelona ya es casi Bogotá.

Pero esta vez venía de Bogotá y aún así sentí una enorme familiaridad al llegar. Esta vez no lo puedo atribuir al llegar “del norte” – esta vez creo que estoy condicionado por mis visitas anteriores.

Quería oír hablar más catalán (pero pasan demasiado fácil al castellà), quería sentirme en un lugar más distinto de casa (pero todo es demasiado fluido para mí, demasiado inmediato aquí). Tal vez porque siento que aquí hacen todo parecido a como lo hacen en Bogotá (el gusto de la gente es muy similar) y quisiera buscar más diferencia… Las señoras catalanas, con su pelo teñido de rubio, parecen señoras de ciudades intermedias de Colombia; los lugares, la música de fondo de las oficinas, casi todo me resulta increíblemente cercano. A veces me aterra eso.

Sin embargo, la cercanía y el parecido hace que duelan más las carencias nuestras. Carencia de trenes de cercanías. Carencia de mejor sistemas de transporte público. Carencia de mejor espacio público. Carencia de …