estos días – 2017 (mirada nostálgica)

Muchas cosas: una ida a Estonia el sábado, una defensa de tesis doctoral en la Universidad de Helsinki el lunes, en la que yo era el jurado “opositor” (con varias responsabilidades, a lo largo de varias horas). Miguel Moreno defendió su tesis (en Teoría Descriptiva de Conjuntos Generalizada – la conexión con el Main Gap). Su director fue Tapani Hyttinen. En la tesis el tema principal es una cantidad de teoremas que muestran cómo la noción de complejidad dada por el Main Gap en realidad corresponde de manera muy fiel a la reducibilidad-Borel, pero solamente si se hace teoría descriptiva de conjuntos codificando los modelos en \kappa^\kappa, con \kappa^{<\kappa}=\kappa, \kappa no enumerable !!! Miguel logró explicar de manera muy amplia la noción (y la importancia) de tener herramientas para calcular diferencias…


Helsinki fue esta vez casi pura matemática, un poco de filosofía – y el barco a Tallin y el día pasado en Estonia. Planeo escribir un poco sobre eso después.


Aeropuerto de Helsinki, salida hacia Bogotá (con dos escalas – largo vuelo). Siempre me aterra lo sencillo y agradable que es este aeropuerto, y a la vez la cantidad de cosas buenas que se consiguen.


Y una mirada ligeramente nostálgica a 2017 – anterior a este viaje:


El Colectivo MA parece despegar. No es completamente claro hacia donde nos llevará esa aventura.


Las redes sociales parecen sacar en cierta gente su peor aspecto. Insultos, actitudes de desprecio, matoneo y a la vez mucha gente con actitud de policía, moralina barata mezclada con horror. Alguien tendrá que hacer la historia de ese tema – ya hay suficientes capas (por ahora crudas y feas).


Las conversaciones se me mezclan con la lectura de Proust. Las capas y capas surgen con movimiento tectónico. La vida real y la vida leída pocas veces han interactuado tanto para mí.

ventana

  • Me conmovió la historia del hijo mestizo de Glass en la película El Renacido (Revenant). Di Caprio es Glass, y tiene un hijo mestizo, moreno, con quien habla en un idioma indígena (no recuerdo el nombre). Como es tan poco común ver mestizaje en Norteamérica y tan común aquí en Suramérica (al menos en los altiplanos andinos), logré sentir simpatía/empatía con el hijo mestizo (vilipendiado por el texano). Hace falta ese tipo de mezcla racial en Norteamérica.
  • Haciendo muchas pruebas de impresión para Project Topoi. Habrá en la proyección en Nueva York también bastante material impreso. Estamos emocionadísimos con eso.
  • Me parece extraño siempre que terminan de hacer un edificio nuevo, se pasa la gente y durante un tiempo no tienen cortinas. Yo mismo cierro poco las cortinas de mi estudio. Termina uno viendo mucha vida de la gente, aún sin buscarlo explícitamente. Levanta uno la vista de la pantalla y ahí está el vecino del frente levantándose de la cama o la vecina en la cocina del mismo apartamento preparando algo – aparentemente. Uno no mira mucho, pero algo mira. Ellos me verán en el estudio escribiendo algo, o leyendo, o por la mañana preparando jugo. Nunca de manera muy explícita. Quién sabe cuánto más duren sin cortinas.
  • Varios días seguidos escuché las Siete Palabras de Haydn, en versión cuarteto y en versión para piano. Mucha gente muy distinta le ha puesto atención a esa obra extraña. Es una singularidad pura.
  • Leo con fruición algunos blogs. El de Javier, obviamente, con su estilo depurado y aparentemente minimal. En realidad es un proyecto maximal e inmenso. El de Arturo, que escribe cada vez mejor, y me deja sin aliento. Su relación con la matemática – de cuando no quiere uno sino pensar en matemática y mandar al diablo el resto – me es conocida. La matemática la percibo a veces casi como una adicción (no soy adicto, afortunadamente [creo], a sustancias, salvo tal vez al café – pero sí he sido adicto al sauna en Finlandia, al baño en agua fría en quebradas y ríos, a correr intervalos, a ciertas series). Con la matemática la sensación a veces es parecida. Uno no quiere dejar de pensar en ciertos temas. Me ha pasado mucho también recientemente.
  • Quiero sacar al piano alguna pieza de Haydn. Suficientemente fácil para que la pueda tocar yo, pero quiero que tenga algo interesante, como esas que tanto me gustan y llegan.
  • El episodio 7 de temporada 4 de HoC me gustó mucho. El resto no tanto. Es gris ese mundo.
  • En realidad he leído poco en esta época. He leído eso sí bastante matemática y me he dedicado a escribir.
  • Organizar cosas es importante pero es costoso emocionalmente.
  • Hace diez años no voy a California. Será interesante volver (visitaré UCLA durante unos días). Le tengo un poco de miedo a Los Ángeles. Pero varios me dicen que es una ciudad interesantísima. En cambio ir a Nueva York se siente familiar, cercano, cozy.
  • Lo que sí es cierto es que UCLA es como un sueño de lugar por el tipo de matemática que se hace. Ya veremos qué tal.

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el valle de al lado

Roman Kossak describe bien el fenómeno. Una vez que fue a un congreso de lógica en Berna, aprovechó para quedarse unos días más en Suiza, puesto que quería hacer caminatas. Alguien le dijo que no muy lejos hacia el sur, en el macizo de tal y tal, estaba el que muchos han considerado como “el valle más bello del mundo”. Que tal escritor, tal pintor, tal ensayista, coincidían en esa apreciación. Dejando al lado la discusión sobre el sentido de tales frases, de tales superlativos, Roman decidió no ir al “valle más bonito del mundo” (otros de los asistentes al congreso sí fueron) sino ir al valle de al lado. A otro, no muy lejano.

Sucedió lo típico: el valle de al lado es hermosísimo, pero lo mejor de todo es que nadie va. O sí, va gente como Roman, poca gente. Pudo caminar a sus anchas, subir montes, encontrar refugio interior en ese valle. Aparentemente se encontró después con algunos de sus colegas que sí habían ido al valle más bonito del mundo. Sí claro, lindísimo. Pero repleto de gente, caro, con filas en los pasos de montaña, con gente tomándose fotos (en esa época tal vez aún no había selfies) con el valle más bonito del mundo al fondo.

Roman dice que fue feliz de haber ido al valle de al lado y haberse perdido el más bonito del mundo.


El fenómeno del valle de al lado es muy común, en todos los temas. Como somos una especie tan gregaria, parece que a la gente le diera pavor no estar en el valle más bonito y casi nadie busca el valle de al lado. Así obviamente con autores, temas de investigación, viajes, lecturas, música, con casi todo.

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otro camino

silencio

Por el momento estoy en etapa de silencio con el blog. Escribir sobre una instalación de un sistema operativo en una máquina es una forma un poco oblicua de mantenerse en silencio. Ando leyendo un diálogo de Platón (de los iniciales – diré después por qué) y a la vez preparando una charla sobre teoría de modelos y representaciones de Galois para un seminario con los geómetras dentro de ocho días. También escribiendo un breve ensayo sobre la posible teoría de modelos de la química, y corrigiendo muchas otras cosas. Todo eso implica cierto silencio…

A pesar de eso, me ha impresionado mucho el reciente renacimiento de los blogs (los de Javier Moreno, Olavia Kite, Arturo Sanjuán son ejemplos buenísimos) y quiero hacer parte de eso. Nunca he sabido bien quién lee esto – no es mucha gente, pero a mí me parece importante mantenerlo por quienes están ahí.

Silencio entonces…

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Amanecer sobre Iguaque, desde el Observatorio Muisca.

Planeador

El ideal para mí sería planear y planear, como esos pájaros que ve uno rozando las montañas cercanas al mar, que durante horas y sin mover casi las alas van subiendo y bajando con las corrientes de aire. Solitarios pero a la vez acompañados, libres de subir y bajar cuando quieran, sin horarios ni fechas límite ni marchas de hormigas. A veces veloces, a veces lentos, a veces rozando el filo, a veces seguros. Pero libres.

El búho ciego

Hoy terminé la lectura de El búho ciego, Buf-e-kur, بوف کور, una de las novelas más impresionantes que he leído en la vida. La historia sucede en las afueras de Teherán – cerca de la antigua ciudad de Rey, junto a las montañas Alborz, en un tiempo indefinido que podría tanto ser hoy en día como hace 300 años – un hombre vive una infinidad de vericuetos internos, de reflejos de reflejos sobre sus propias obsesiones. Adquiere una visión curiosa, siniestra y como reflejada en una pared, de sí mismo, de los demás seres humanos y finalmente del universo entero. Una visión de quien no cree en los rasgos fijos y precisos y delineados, de quien ve en ellos mero engaño y mentira, de quien desprecia la presentación directa del mundo y sabe que tan solo la sombra de la cabeza de uno que proyecta una vela en plena noche en la habitación solitaria puede dar cuenta remota, vaga y fugaz de la realidad que el mundo se complace en repletar de falacias.

El autor es Sadeq Hedayat, un iraní que vivió entre 1903 y 1950 – se suicidó en París durante su auto-exilio en esa ciudad. La obra El búho ciego es usualmente vista como su novela principal – apareció en persa en 1936. Hay una influencia muy clara de autores como Kafka, Maupassant tal vez, probablemente Nerval – pero además (dicen quienes conocen ese otro lado) hay influencia muy clara de la gran literatura persa anterior – de autores como Omar Jayam, Firdusi, Saadi, Hafiz. Agregan que una mezcla de simbolismo persa con simbolismos indios fuerte ahí. Muchos dicen que es la obra cumbre de la literatura persa moderna, de la literatura iraní.

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Llegué a ese libro por algún camino de esos que uno luego no logra reconstruir de manera muy racional. Andábamos de retorno de vivir en Israel hace 18 años, y en una parada de unas semanas en París entré a la librería de José Corti, buscando algunos títulos filosóficos. El librero notó que me interesaba la literatura de lugares del “Medio Oriente” y entablamos conversación. Pronto me recomendó El Búho Ciego como algo muy especial, muy bueno. La compré (en la versión francesa de Roger Lescot) y ahí quedó, durante casi 18 años en la biblioteca a la espera de ser leída. Nunca la leí hasta después de mi viaje a Irán hace unas semanas.

A Irán llegué por otros vericuetos enredados – un poco como entrando a una de sus famosas mezquitas, que en el caso iraní se caracterizan por nunca tener una entrada directa sino siempre obligar al visitante a girar, a bajar y subir, a alguna vuelta antes de ver el esplendor máximo que uno pueda soñar, si hace el esfuerzo pequeño de girar o bajar y subir. Tampoco llegué al mundo iraní de manera directa – la llegada tuvo que ver con muchas cosas (en desorden: las clases elementales abstractas, la teoría de modelos, la sensibilidad fuerte a culturas del libro – judaísmo e islam, iniciada durante mi tiempo en Israel – no por razones religiosas obviamente pero sí con curiosidad por aspectos culturales que me parecen esenciales en la construcción de nuestro propio “ser”, las construcciones de Hrushovski, la teoría de representaciones de Galois, cierto afán de simetría con los viajes – como descubrí gracias a una pregunta de Javier Moreno en twitter, etc.).

Pero curiosamente, las montañas y callejuelas de la vieja Teherán, que están en esta novela impactante, fueron parte importante de la visita. Caminé con Zaniar Ghadernezhad hasta la cima del Tochal un día – vi algo de las faldas del Alborz de noche también – las montañas gigantescas pedregosas y nevadas que se elevan desde Teherán. Vi su esplendor, ahora leí la faz mopasantiana, celiniana tal vez, kafkiana según otros, y seguramente muchas referencias que me escapan, en esa pequeña joya de obra.

El libro no es largo: meras 190 páginas en la edición (cruda, neta y hermosa) de Corti. Se lee rápido una vez entra uno en el “modo”. Repeticiones de imágenes, de figuras, hacen que a veces uno sienta estar leyendo algo muy parecido a poesía, o perciba uno que hacen parte de retóricas venidas de otro lugar. Pero esas simetrías, juegos de repetición – parte esencial del libro, de la manera como opera, como vuelve y vuelve por caminos que uno creía ya saldados, como en el mundo real, no lo son todo. El libro no se queda en ese juego intelectual sofisticado: plantea preguntas existenciales crudísimas, y las plantea sin piedad.

No queda árbol sin mochar, no queda piedra sin mover. Todo el islam, por ejemplo, es expuesto a la luz de su hipocresía y mentira (pero todo lo que dice Hedayat del islam, de su hipocresía, lo dice simplemente porque su personaje está en ese contexto, rodeado de gente creyente – las mismas frases funcionarían de manera perfecta para cualquier otra religión, cualquier otro sistema cultural o social). Las acciones humanas, todo queda expuesto en su vanagloria y pequeñez. El yo mismo del narrador queda completamente destruido: está cayendo en la locura, se está desintegrando, y uno lo va siguiendo mientras pasa eso. ¡Es a la vez increíblemente fascinante y brutalmente doloroso ir leyendo ese libro! Por otro lado, Hedayat logra manejar tanta ironía contenida, que el libro jamás cae en jeremíadas, en quejas. Pasan cosas absurdas y terribles, porque el mundo es absurdo y terrible.

El libro tiene frases como las siguientes (que aisladas son fuertes, y en el libro lo son mil veces más, cuando uno ve la historia del narrador) – traduzco yo de la traducción al francés, quién sabe cómo serán en el persa original:

  • No temo más que una cosa, morir mañana, sin haberme conocido a mí mismo.
  • Si ahora me decidí a escribir, solo es para darme a conocer a mi sombra – mi sombra que se inclina sobre el muro, y que parece devorar las líneas que trazo. Es para ella que quiero intentar este experimento, para ver si podemos conocer mejor ella y yo.

¡Todo puntuado con momentos de éxtasis puro con cosas aparentemente mínimas!

Sí, en este primero del año de 2016, vale aunque sea una recomendación: si está buscando una obra corta, brutalmente lúcida y además deslumbrantemente bella para leer (aunque la lucidez será excesiva, la belleza incomprensible para nuestra ignorancia de tantas culturas del mundo fuera del estrecho mundo “occidental”), anímese a leer El Búho Ciego de Sadeq Hedayat. Realmente vale la pena.

Al viento

La canción famosísima (e infinita) de Dylan… en una interpretación bellísima de Peter, Paul and Mary cuando los famosos eran ellos y Bob Dylan aún era visto más como un autor que como un cantante. La voz de Mary Travers en frases de entrada de la canción es impresionante. Igual la armonía del trío vocal. Gloriosos 1960s.

Semana de ausencias y presencias, de cavar y buscar, de sentir vacío y sentir felicidad, en montaña rusa emocional. Semana de búsqueda de ir más allá de lo puramente emocional (a veces es muy difícil) y captar. Semana de puertas cerradas, de narices frías presentidas pero no sentidas, de montaña llena de gente y vacía, de interrogantes y salves. Y de encuentros impresionantes con amigos de los tres, que estuvieron ahí, abrazando desde Bogotá, Chía, Nueva York, Knoxville, Pittsburgh, Ontario, Francia, el Báltico.

Y la lectura de una bande dessinée de Marc-Antoine Mathieu: Dieu en personne, un relato curiosísimo y muy emparentado con Lem, con el Lem de Golem XIV. Dios en persona se aparece aquí abajo en esta época, lo censan, no les cuadra y comienzan a estudiarlo, a tratar de clasificarlo. Lo meten en un especie de reality francés, de horror puro. Lo meten en un lawsuit norteamericano de proporciones universales, lo convierten en un ser mediático – una cárcel de lujos. El Dios de Mathieu nunca pelea – tiene una ironía suave con todo lo que le pasa, como alguien que vería los juegos locos, loquísimos (hasta divertidos si no fueran de esa tristeza tan brutal de la estupidez humana). No los juzga nunca: es un especie de Dios-ser puro que simplemente se contenta con ser, con haber creado todo, incluso esa locura de mundo.

DIEU_en_personne

Mathieu tiene otras BDs muy peculiares – de un lente casi belga en su sutileza y su gusto por los espacios mentales ideales – los belgas son herederos de Magritte al hacer cómics (Schuiten-Peters), pero a la vez muy parisino en su verbosidad y dialéctica. Una (3″) sobre un rayo de luz que recorre durante 3 segundos … la cantidad de kilómetros que debe recorrer un rayo de luz en ese tiempo larguísimo – y a través de reflejos puros va contando la historia de un crimen de corrupción, de mafia, de asesinato, de traición. El rayo de luz cuenta directamente todo eso al reflejarse en relojes, ojos, espejos, vidrios, fuselajes, telescopios, planetas, lágrimas, teléfonos celulares.

Caminatas de la ausencia, pero importantísimas. Pala, tierra, azadón – a través de la greda de Chía. Cal viva. Una rosa – la mejor de todo ese jardín, para el viaje a otro plano de realidad. Sudor, cabeza repleta de tierra y greda, mejor tal vez el ejercicio físico extraño para la enajenación. Lo peor es quedarse en la casa.

Hoy fuimos con María Clara y con Teo (el sobrino, pequeño de dos años) a La Calera, por la lluvia. Nos metimos (al azar) por las carreteras veredales de ese municipio de verdes y montañas, oyendo rajaleñas, torbellinos, joropos, rumbas y guabinas boyacenses – bien cantadas y con letras adaptadas a edades distintas de las usuales (un ejercicio impresionante de adaptación de repertorio de regiones de Colombia, con letras que pueden sacar una sonrisa, dar refranes que puede repetir alguien que está empezando a hablar pero a la vez no insultar la inteligencia adulta y sonar bien para la manejada bajo la lluvia). El bajo continuo, ostinato, chaconudo, walking blues de la lluvia y el gris sobre el verde de esas montañas definitivamente permite una desconexión y abstracción de uno mismo, necesaria así sea por un rato al día. Hipnosis del gris, en momento dowlándico.

Sorpresa con Nozick: hace preguntas sobre lógica temporal que me parece que no se pueden reducir a los meros modelos de Kripke – requieren posiblemente haces, pero creo incluso que no se pueden reducir al caso topológico – habrá que generalizarlos. En las hendiduras curiosas Nozick pregunta de manera muy seria sobre la propiedad de eventos en física que si bien ocurrieron de tal manera (sin superposición) en tiempo t_0, en algún tiempo posterior t_1 pueden de nuevo no haber ocurrido – o por lo menos no de la manera medida en tiempo anterior t_0. La semántica usual de haces en ese sentido es demasiado clásica por ser acumulativa en subabiertos. Claramente esos experimentos que menciona Nozick no pueden reducirse a nuestros buenos y bellos haces, y requieren una matemática acaso más “torcida sobre sí misma”.

Pero aún estamos en etapa muy primitiva: entendí el lunes pasado por qué son necesarias categorías abelianas para hacer cohomología (o teoría de modelos) de G-estructuras (estructuras sobre las cuales actúa un grupo fijo G). Algo que no está directamente en ninguna parte, pero que está seguramente implícito en trabajos de hace más de cuarenta años.

México peri-patético (2)

Ciudad de México es caminar. Entendí eso en Bogotá cuando tenía 16 o 17 años, cuando empecé a leer cuanto libro de Carlos Fuentes me podía conseguir. Bolaños captura ese hecho de manera magistral cuando pone a sus personajes en Los detectives salvajes a ir a pie desde CU (Ciudad Universitaria) hasta el norte norte, por Insurgentes. Es un camino que he hecho en carro, en Metrobús, parcialmente a pie, y que me parece mítico – recorrer Insurgentes de sur a norte es del orden de recorrer todo Broadway desde Downtown hasta Morningside Heights o hacer un trozo del Camino del Inca.

Aunque solo pude ir a México muchos años después (en 1995 la primera vez, en un momento de resurgimiento del abismo para mí – luego varias veces salpicadas por ahí) siempre que me pongo a pensar en ese país, siempre que pasa algo como hoy – la muerte de Fuentes – termino lanzado a un abismo de sensaciones que se entrecruzan: mi propia adolescencia leyendo a Fuentes en Cartagena durante unas vacaciones en que devoré varios libros o buscando comida mexicana buena en Bogotá, los mil viajes allá (son solo ocho o algo así pero en mi corazón son mil), el recorrido en VW con Alex Berenstein buscando la pirámide de Cholula como personajes de Cambio de piel, el aterrizar en Ciudad de México y nunca poder olvidar el inicio de La muerte de Artemio Cruz, las regeneraciones propias que me ha brindado esa tierra (en Oaxaca, en Tepoztlán, en la propia ciudad de México). Creo que estoy vivo hoy en día en parte gracias a un viaje a México en 1995.

Mi primera llave para entrar a México fue Carlos Fuentes. (Para otros habrán sido las rancheras, u Octavio Paz, o Sor Juana, o el buen chile, o … la lista es larguísima.) De la mano (pluma) de Fuentes monté en pesero por Reforma, salí del metro en el Zócalo y quedé enceguecido con la luz blanca, fui a la plaza de los escribanos, supe del peligro del tequila y la bala, caminé por casas dilapidadas de la antigua Zona Rosa, fui al Hipódromo de la Condesa, viví el inicio de la huelga de Riofrío, acompañé a quienes conmemoran la muerte de sus madres chingándose a cualquier mujer por puro despecho, viví los descubrimientos gemelos de Cástor y Pólux en el DF de los decapitados – todo mucho antes de haber ido a México.

Supe a qué sabían los chongos zamoranos sin haberlos probado. En un tren de la revolución.

Supe que me perdiría para siempre en un Volkswagen con un amigo y con mi esposa yendo a Cholula y siguiendo hacia la ciudad de México – como efectivamente sucedió al final del SLALM de Oaxaca.

Adios, Carlos Fuentes. Se va toda una parte de mi vida ahí.

Tortilla de flor de calabaza y cuitlacoche, del mercado de Tepoztlán – el almuerzo después de subir a la pirámide del Tepozteco. Clic aquí para más México peripatético.