The seam / la costura / la ruptura

Vivir en Jerusalén (bueno, así sea por un mes) lo confronta a uno con estar sobre una frontera. De maneras a veces duras, otras veces maravillosas, otras veces dolorosas, pero siempre interesantes. Así uno no la cruce (por razones de convicción o de conveniencia), la frontera está ahí muy cerca, siempre. Y es una frontera muy porosa, muy inestable, muy sutil a veces, muy poco sutil otras veces.

Es una frontera entre modos de ver, entre momentos históricos, entre naciones (asimétrica), entre idiomas, entre sistemas de producción.

A mí me atrae mucho la sensación de estar “en el borde de” algo. El no estar a miles de kilómetros de los cambios, sino estar precisamente junto a una costura o a una ruptura. Me atrae y me aterra, puesto que simultáneamente lo que ocurre es una guerra durísima, siempre presente de alguna manera, así la dulzura de tantos aspectos de la vida diaria, o la concentración intelectual altísima que se da en Givat Ram, el campus de Ciencias de la Universidad, uno de los lugares que prefiero en el mundo entero, hagan pasar a un aparente segundo plano esa frontera.

Pero por ejemplo, la fachada, dejada intencionalmente bombardeada, del Museo “Sobre la Costura” (On the Seam):

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Museo “En la costura”, Jerusalén. Entrada principal.

Se trata de un museo de arte contemporáneo, situado justo al frente de la avenida Jeil haHandasa, que era hasta la Guerra de los Seis Días (1967) frontera entre Israel y Jordania, ubicada en un “no-man’s land” y ahora es una avenida amplia con el tranvía que une la Jerusalén occidental, judía, con la Jerusalén oriental, árabe. La exposición que vimos estaba interesante. Más aún, los documentos y materiales que tienen en su biblioteca; un verdadero archivo de las acciones de artistas israelíes y palestinos en torno a los conflictos (que son muchos distintos, y superpuestos; ciertamente no reducibles a un mero conflicto binario) de esa tierra.


La Puerta de Damasco es el inicio de la Jerusalén árabe, si uno llega desde el centro y desde fuera de los muros de la Ciudad Vieja. Es claramente perceptible en el aire el cambio de atmósfera al acercarse a ese lugar emblemático.

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Con frecuencia pasa uno por ahí – al salir de la Ciudad Vieja, por el mercado árabe, o sencillamente porque una de las estaciones del tranvía está justo al lado. Con frecuencia se oye que fue acuchillada una persona (por lo general alguien con atuendo judío) en ese mismo lugar. Al pasar no se percibe nada particularmente extraño, fuera de la presencia de policías o militares israelíes armados – y probablemente temerosos de algún otro atentado. Pero miles y miles de personas pasan por ahí todo el tiempo. Es extraño y muy triste saber que ocurren esos atentados aislados contra gente en ese lugar.


Desde la Cinemateca (un lugar de encuentro de intelectuales judíos y árabes, muy cercano también a una de las líneas de frontera) la vista de la Ciudad Vieja es impresionante.

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También se ve la ciudad árabe, la zona de Silwan, si uno mira hacia el otro lado. Se ve mucho menos arborizado todo, se siente mucho más la presencia del desierto gigante (en realidad, ese desierto que asoma atrás sigue y sigue hasta la península arábiga, y conecta por el Sinaí con el Sahara – es básicamente el mismo desierto gigantesco). Detrás del borde, la bajada abrupta hacia el Mar Muerto y al otro lado Jordania y el Moab.

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Si uno mira con cuidado ve ésto:

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Y ésto:

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Es el muro que separa Cisjordania de Israel (aunque sigue una línea distinta de la frontera oficialmente reconocida por Naciones Unidas). De nuevo la frontera es extraña, puesto que lo que está del lado de acá de ese muro también son barrios árabes. Es decir, es un muro que pasa por el medio entre dos zonas árabes, pero una con estatus “dentro de Israel” y la otra no.


Son fronteras muchísimo más porosas de lo que uno normalmente supone. El muro en realidad sigue una línea muy complicada. Uno quisiera que no hubiera muro, que el país fuera una construcción común con todos sus pueblos. Pero muchos no quieren eso, y países relativamente lejanos se meten en ese conflicto. El muro posiblemente tranca algunos de los peores atentados que podrían ocurrir; seguramente resuelve a corto término varias cosas. ¿Pero a largo plazo?


Otro punto de contraste — también tiene que ver con la frontera pero en este caso de manera feliz, sin alusión a bombardeos de 1948, el no-man’s-land terrible que dividió la ciudad en dos entre 1948 y 1967, la retoma complicada de la ciudad en junio de ese año, el estado tan distinto aún del este y el oeste de Jerusalén (pese a estar bajo la misma administración, la misma alcaldía), la presencia del campo de refugiados de Shuafat a meros dos kilómetros de la ciudad vieja. En el video que se ve a continuación, tomado durante la proyección de Cinema Paradiso en la Plaza Muristán de la Ciudad Vieja una bellísima noche de verano se ve otro tipo de convivencia, a mi modo de ver ideal. Hay familias árabes y judías, hay público mezclado, no se siente tensión. A menos de un kilómetro de ese lugar están las mezquitas y esa misma semana había mucha tensión allá. Durante el día miles de palestinos estaban haciendo una protesta contra los detectores de metal – protesta finalmente pacífica frente a la Puerta de los Leones, pero muy tensionante estando allá. En la plaza, en el video, nada de eso. Simplemente, la magia de la convivencia tranquila posible.


Y finalmente, en uno de los días más complicados de todo el episodio de los detectores de metal, uno de esos días con amenaza de volverse todo más complicado, me encontré por azar con una manifestación de mujeres árabes y judías en un lugar desde donde se ve maravillosa la Ciudad Vieja, desde el sur. Cantaban y daban discursos por la paz, en hebreo y en árabe. La frontera difícil también tiene esos momentos maravillosos. Las imágenes tal vez cuentan más…