more Pannonian notes

Y sigo leyendo a Magris – su capítulo Pannonia en esa novela-río Danubio – las notas sobre la Hungría y su política en el siglo XX, su complicada conexión con los Habsburgo, su fuerte ambigüedad durante la época final del régimen soviético


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«Il giallo dei girasoli e del granturco si sparge sui campi come se l’estate avesse piantato le sue tende fra queste colline; l’Ungheria – della quale il cancelliere absburgico Hörnigk, sostenitore dell’economia mercantilistica, voleva fare nel Settecento il granaio dell’impero – è anche questo colore caldo e vitale, che continua nell’ocra-arancione dei palazzi e delle case.»


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«Ma è un’intenzione precisa che ci conduce, scombinando la linearità del percorso, a Mosonmagyaróvár. Qui, la notte del 2 novembre 1956, …»


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«Il Danubio scorre verboso sotto i ponti titanici, come scriveva Ady, invocando la fuga e perfino la morte nella Senna, in quella Parigi che Budapest riflette come una specchiera stile impero. Può darsi che l’Europa sia finita, provincia trascurabile di una storia che si decide altrove, nelle stanze dei bottoni di altri imperi.»


Y finalmente, un pasaje para el que no tengo fotos – por lo menos no de momento – pero que resume de manera perfecta lo que algunos percibimos al pensar en cierto tipo de objetos matemáticos:

«Esiste un futuro del passato, un suo divenire che lo trasforma. Come la realtà, anche l’io che la vive e la guarda si scopre plurale. Attraversando i luoghi segnati in quelle epiche cronache di trent’anni fa, si ha l’impressione di squarciare sottili pareti invisibili, strati di realtà diverse, ancora presenti anche se non afferrabili a occhio nudo, raggi infrarossi o ultravioletti della storia, immagini e attimi che non possono ora impressionare una pellicola ma che ci sono, che esistono al pari degli elettroni inattingibili per l’esperienza sensibile.»

Este párrafo me queda imposible no traducirlo. De nuevo al vuelo, dice Magris: “Existe un futuro del pasado, un devenir suyo que lo transforma. Como la realidad, también el yo que la vive y la mira se descubre plural. Atravesando los lugares marcados en aquellas crónicas épocas de hace treinta años, se tiene la impresión de rasgar sutiles paredes invisibles, estratos de realidades diversas, aún presentes aunque no comprensibles a simple vista, rayos infrarrojos o ultravioletas de la historia, imágenes y momentos que no pueden ahora marcar impronta sobre una película pero están ahí, que existen a la par de los electrones inalcanzables a la experiencia sensible.”

El hace treinta años naturalmente se refiere a los eventos de 1956 en Hungría, a ese horror de invasión soviética que generó la primera grieta profunda en la consciencia del comunismo occidental. Danubio fue escrito en 1986 – apenas siete años después de mi propia experiencia con el Danubio – y en ese sentido nos viene de otra época, de la cortina de hierro, sí, pero también de la cantidad de experimentación que según Magris había en países como Hungría de entonces («un clima di distensione politica interna e di liberale benessere» aunado con «generazione di scrittori ungheresi […] scalpitavano dinanzi ai progressi della società ungherese, che sembravano loro troppo lenti e cauti, e cadevano in un sentimento d’impotenza e vacuità…).

Pero más allá de los años 80 mirando hacia los años 50 (y nosotros en nuestros desbrujulados años 10 mirando tanto los 80 como los 50 a intervalos de treinta años), el párrafo de Magris habla de esa superposición tan importante en nuestra matemática contemporánea, de la posibilidad de coexistencia de tantas realidades – tanto de la realidad como del yo. No solo los años 50 superpuestos a los años 80 (y ahora a los años 10) sino miles de realidades espectrales ahí presentes.

Nada de eso es particularmente húngaro, pero es cierto que lugares como ese corredor tan cambiante (y persistente y discutido) entre Viena y Budapest, y la ciudad misma de Budapest, ciudad-escenario por excelencia (ciudad-haz por excelencia, imagino que podría decir Fernando), ciudad de las superposiciones y los tránsitos, ciudad doble Buda y Pest y a la vez vibrante sobre sus puentes, ciudad de la combinatoria juguetona que nutre el lado Pest de la matemática, y que se lanza por esos puentes gigantescos hacia el otro lado, Buda, acaso el lado geométrico.

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Contenant et contenu

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El Báltico en Helsinki – 2015

“Je m’amusais à regarder les carafes que les gamins mettaient dans la Vivonne pour prendre les petits poissons, et qui, remplies par la rivière, où elles sont à leur tour encloses, à la fois « contenant » aux flancs transparents comme une eau durcie, et « contenu » plongé dans un plus grand contenant de cristal liquide et courant, évoquaient l’image de la fraîcheur d’une façon plus délicieuse et plus irritante qu’elles n’eussent fait sur une table servie, en ne la montrant qu’en fuite dans cette allitération perpétuelle entre l’eau sans consistance où les mains ne pouvaient la capter et le verre sans fluidité où le palais ne pourrait en jouir…”

Este pasaje (Du côté de chez Swann, I, II, p. 166 en Pléiade) evoca la dualidad entre contenedor y contenido pero muy proustianamente genera ambigüedad y hace del contenido el contenedor a su vez – en un juego infinito de percepción: me gustaba mirar las jarras que los chicos ponían en la Vivonne para atrapar pescaditos, y que al ser llenadas por el río, en el cual a su vez estaban sumergidas, a la vez “contenedores” con bordes transparentes como un agua endurecida, y “contenido” sumergido en un contenedor más grande de cristal líquido y corriente, evocaban la imagen de la frescura de una manera más deliciosa y más irritante que como lo hubieran hecho sobre una mesa servida, mostrándolo solamente en fuga en esta aliteración perpetua entre el agua sin consistencia donde las manos no podían captarla y el vidrio sin fluidez donde el paladar no podría gozar…”.

Uno de los temas que me interesan mucho hoy en día por razones puramente matemáticas y también por razones filosóficas conectadas con las anteriores, es la ruptura de la sintaxis, la manera como la semántica a priori determina la sintaxis, la manera como una a su vez determina (o no) la otra. Obviamente el teorema de Presentación de Shelah es un ejemplo de esto, pero hay mucho más (lógicas implícitas, maximalidad, etc.).

Esta descripción de las jarras de Proust, con textura casi fluida del vidrio y casi rígida del agua, y con la alternación entre contenido y contenedor, me parece impresionante.

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El Pilar, Zaragoza – reflejado en el río Ebro – 2017

to Áncash

Twirling in the mess of year-end (with novels and excerpts of philosophers set astrewn past us), I set sights on Áncash, a region of Northern Peru where the Andes become the second highest chain in the world, after the Himalayas. Such is the kind of things you may expect from Peru.

In fact we have not yet arrived to Áncash – for now still in Huanchaco (the name brings to mind its namesake Juanchaco in Colombia – the two towns share the fact of being located on the Pacific Ocean, yet seem to be extremely different in climate, population, food, activities, weather). We’ll start tomorrow our ascent in the direction of Áncash!

For four days we have been immersed in the mist, the intensity of waves, the harshness of the desert, the suaveness of the accent, the weird cold (even in summer) of the northern Pacific coast of Peru, the region of La Libertad, near Trujillo, Huanchaco:

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERAdays of reading Paradiso, of visiting ancient cities (Huaca de la Luna y del Sol is a Mochic city+palace built between the first and the ninth centuries CE, Chan-Chan is a chimú city built between roughly 900 CE and 1400 CE, Huaca Arco Iris – so named because of the rainbow patterns all over is from a similar age), of eating ceviches and many other variants of seafood – apparently ceviche has been a staple here for millennial times, of walking by the rough and cold and misty sea, of taking ever-honking combis, of trying to read a bit more of The World as Will and Representation, of remembering how brutally modernistic and just surprising and readable Vallejo’s Trilce is, in the city  where he grew up, …

of trying to find books (not so easy here so far, although we already found a very pretty local bookstore with very good editions and translations to Spanish), of having to not try most of the dishes that look so inviting in the menus

of reading, of swimming (yet the knee’s wound reopened thanks to a rock in the Ocean and I had to go to a local posta médica and have a sampling of the public Peruvian medical system – better, much better than expected, and certainly much better than what you would probably get in a small fishing hamlet in the Colombian Pacific coast), of

of tasting and sampling more than tastebuds can manage normally

of never really understanding fresh days and warm nights – I can undress and read and be comfortable at night (open windows, breeze), something hard in places like Bogotá yet when you go to the beach in the afternoon you feel you need a sweater

of listening to honking ever-honking cars – the worst drivers this side of the Ocean, I believe, and a way of dealing with transport that brings back the dark ages of Bogotá and Chía, with overcrowded minibuses blasting sound and with helpers screaming the destination at the top of their lungs, trying to fit 25 people in the space of 10, and the driver honking nonstop and in perpetual competition with all other combi drivers

of

of admiring the Mochic sense of naturality and beauty that seems to perspire from their representations of sex in their ceramics (interpreted as connecting our world with the earth, with the sea, with water, with the world of the dead, with the bringing of life – the ceramics represent all sorts of variants of reproductive and non-reproductive sex acts – with a common denominator of liveliness – the couples do not seem tortured, possessive, they seem to enjoy themselves – pleasure and its connection to life is perhaps the main point here)

of {\mathbb F}_1 and Zariski schemes and two-cardinals cooking up

of

of

Splashing, Hockney, grain.

Alejandro Martín’s insistence on the unavoidability of seeing paintings nowadays in different media formats, at the same time, and the derivative epistemological lessons to withdraw from experiencing painting through video, computer screen, printed in books and even (when one is lucky) the original oil or acrylic or whatever, on canvas (!), has lingered in my mind.

Hockney (at Tate Britain) provides a fantastic example of un-splashing the big splash, of looking for the granularity of the flow, of decomposing, as it were, the energy (seminal, watery, fluid, lightning fast) of the splash of water in the pool into grains of canvas and paint. I like what the camera captures by just taking pictures very close and (finally) zooming out and recovering the original splash, the Ur-diving, the light.

The rivulets, the wavelets, the sheaves of water, the undercurrents, the undertows, the droplets, the sheathed surfaces of fluid, the mist, the haze – all the tantalizing possibilities of water splashing, being at the same time decomposed by Hockney and in the final stage being re-composed into an indolent California swimming pool scene.

(Note: clicking on the images will give you larger scale versions, where you can fairly see some of these details – I took these pictures in the museum, with no tripod nor (of course) any flash – but you can still make out some of the details.)

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David Hockney – A Bigger Splash – 1967

Fàilte gu Alba

Emotionally, entering Scotland this time (from England, via the M6 highway) was strong. Two years ago, the country surprised us in many more positive ways than we could have dreamed of. A few days of road wandering, all the way to Skye, with stops in Pitlochry, Callander, Lochalsh, etc. was an incredible way of steeping into a bath of lochs, glens, braes, mountains, moss, ferns, trees, forest that seem almost full of elves (if you allow yourself to see them), eagles, elk. The conference in Edinburgh arrived too soon – we kept the dream of coming back one day.

This time, after (great, full of cross communication and maths, maths and more maths (first, set theoretic connections in Norwich, then what is emerging more and more as “model theoretic geometry” [now with various kinds of j-invariants, sheaves, Shimura varieties, moduli spaces, motives – all analyzed model-theoretically]) and also a lot of art and photography [seeing the Talbot collection was a revelation for me, for instance – as was discovering Daido Moriyama – how could I not know him before?]) stays in Norwich, London and Oxford (Merton College is an amazing place to stay as a visiting guest – and walking with Roman, Wanda and Anna to Wolvercote in the evening light, stopping along the way in some pub, is also a great thing), we took the road up the island.

Near an abandoned nunnery, between Oxford and Wolvercote.
Near an abandoned nunnery, between Oxford and Wolvercote.

A first, whimsical and coventricarolian stop at Whitby, was the real start of this part of our trip: an abbey overlooking and overhanging the North Sea – one of those places of mixed (blessed and bloody) history, where the end of historic reality and the beginning of legend are lost in mist and shadows. The abbey itself – in ruins, really – is extremely dramatic: hanging arches, romanesque and gothic vaults (usually romanesque in lower levels, gothic in upper levels), spires, rose-windows of course without glass: you do see however the lace-like structure in windows, tatting-work made of stone. Vaults and architraves and columns and bridges – with their structure made more visible than when the church or abbey is not in ruins. Here, the absolute absence of decoration makes it possible to see structure more cleanly and clearly.

In Whitby Abbey
In Whitby Abbey

After you leave the Midlands you start driving among moors and woods, mountains and a rugged coastline. Even before hitting Scotland, the drive can be extremely scenic – albeit a bit slow (roads outside motorways seem to be on the narrow side here) – and slightly more exhausting (for me) than the equivalent roads in countries where you do not have to drive on the left (and negotiate roundabouts, and think twice before turning right).

Vowels as you travel also change. In the Midlands I got odd looks when I asked for a double espresso – the guy at Costa’s on the main highway (motorway) wouldn’t understand my English for double espresso – at last he said “oh, dubbel!” (with the u exactly as it would be in Spanish! my pronouncing /ˈdʌb.əɫ/ (as in what I would deem to be “standard English”, either side of the ocean) seemed to nonplus him – what I least expected was to hear /ˈdʌb.əɫ/ corrected to Spanish-like “dúbel”. And so forth. As you go North, vowels shift and shift and shift again. Fish and chips may become something like fashanchaps depending on where you stop, probably depending also on the self-awareness of the attendant, the clerk, the person at the B&B (guest or host), the fellow walker.

Finally, the sign Fàilte gu Alba appears on the road – Welcome to Scotland in Gaelic – and one leaves England behind. For us Latin American people, the idea of “leaving England behind”, especially when speaking in Spanish, sounds odd, as in many of our minds “England” is (wrongly) confused with “Britain” – in our unaware consciousness, “England” is an island that includes perhaps regions such as Scotland, Wales, Cornwall, Devon, etc. Nothing more wrong that that, as everybody knows (except the back of my mind, that has to self-correct utterances of “oh, we arrived to England 10 days ago”… which may sound from mildly offensive to just nonsense if you are in Scotland). We knew that, of course.

The rest is pure magic.

Morací: agua, gente, montaña, ciudad.

En la Quebrada Morací el sábado pasado hubo una jornada de recuperación – siembra de muchos árboles, y muchas actividades con la gente que vive cerca de ahí: capoeira (traída por algunos habitantes del Bosque Calderón, el barrio que se ve cuando gira uno por los puentes de la Circunvalar con Calle 60 – los vecinos de otra quebrada en recuperación: Las Delicias), coplas al agua [inventadas por niños del barrio], pintas del puente, teatro, cantos, exposición de fotos:

Morací queda en la Localidad de Chapinero, en el Barrio San Luis, como a 3000 m de altura, a la derecha del camino a La Calera. Es inmenso el barrio San Luis (uno normalmente si pasa en carro subiendo hacia La Calera logra ver solamente un recodo pequeño – si cruza a la derecha en el puente peatonal, poco antes del peaje, entra a un mundo nuevo, gigante). San Luis es un barrio de Chapinero, de la localidad más rica de Colombia, armado de ladrillo hueco, de tablas, de calles de barro mezcladas con algunas pavimentadas. Tiene ruta del SITP (la 4), parte tiene acueducto, pero a la vez es uno de esos lugares crecientes de las ciudades de América Latina, repleto de niños y jóvenes, muy probablemente atacado por bandas criminales, con zonas enteras sin acueducto, tomando agua de quebradas como Morací.

Y sin embargo hay este oasis que muestran (muy imperfectamente, muy incompletamente) estas fotos. Lo más impactante es que este oasis está siendo creado mientras escribo esto, en 2013, por la gente del barrio San Luis, principalmente. Ellos mismos, los moradores de un lugar aparentemente vuelto nada, aquí arriba no más en la vía a La Calera, son los artífices de la recuperación de una quebrada como Morací.

Es una historia impresionante – mezcla de energía, de apoyo dosificado de organismos de conservación de la naturaleza, de educación de los niños y de los jóvenes a través del trabajo de recuperación de su propia quebrada. Los niños que aparecen en las fotos participaron en la siembra de árboles, saben lo importante que es para la cuenca del Río Bogotá (y del Río Magdalena) el trabajo desde el origen, desde el punto en que lo que será esos ríos está naciendo. Tienen más conexión con su lugar de vivienda que la mayoría de nosotros.

Parte de la magia está en la presencia de una casa-taller allá arriba, donde reciben a los niños de San Luis sin pedir un solo peso, sin presencia de curas ni catequización de ninguna clase, después de clases (o durante el día si no hay clases). La única condición sagrada es que todo el que va a la casa-taller de Las Moyas debe hacer algo. Nadie puede estar ahí sin hacer nada, pero por eso hay huerta [orgánica, con recuperación de especies de papas y maíz, etc. no comerciales], construcción de partes de la casa, sala de música, carpintería, taller de cerámica, salón de juegos, hornos de pan, y seguramente mucho más que no he visto. No reciben donaciones (están en contra de la mentalidad de limosna, y muy inteligentemente dicen que la pobreza es un estar no un ser – uno no es pobre, y es clave no asumirse a sí mismo como pobre). Aunque hacen todo “con las uñas”, mucha gente va a trabajar voluntaria (y felizmente) allá. Un muchacho inglés va a enseñar carpintería y de paso les enseña algo de inglés a los 50 niños que hay en la casa-taller. A veces va con sus amigos gringos o ingleses a ayudar a construir algo. María Clara a veces va a pintar con ellos una tarde. Otros van a hacer origami. Otros a hacer un horno de cerámica, a hacer pan, a construir cosas.

La energía de ese lugar es impresionante, brutal y conmovedora. Como dicen cuando uno va, “uno sabe cuando llega a Las Moyas, pero no sabe cuándo sale”. Pese a que todo es hecho con medios mínimos, el cariño con que le ofrecen a uno un tinto o una aromática con panela, o un pan hecho por ellos mismos, es enorme y contagioso. Pasan niños hablando duro, saludan felices a María Clara los que la conocen, otros están aprendiendo inglés con Sam, otros jugando algo, otros ayudando a armar el nuevo horno de cerámica (que un ceramista profesional que estudió arte en la Nacional en la época de estudiante de María Clara les ayuda a armar).

El sábado pasado fue mi primera ida a ese lugar – fuimos con un grupo de Amigos de la Montaña (gente de la Quebrada de la Vieja aquí arriba en la 70, que partió de su preocupación con el tema de las quebradas en abstracto, pasó al tema de la comunidad y la urgencia absoluta de trabajar por el agua y por los cerros, y terminó conectándose con otras comunidades). El tema de la construcción ilegal en zonas estrato 6 de La Calera – robo de fuentes de agua, conjuntos cerrados que destruyen monte nativo y cierran el acceso a las quebradas, etc. – terminó uniendo a la comunidad nuestra (de la Quebrada de la Vieja) con la comunidad de Las Moyas y Morací (ahora se unieron las comunidades de Las Delicias, más al sur en Chapinero y El Chulo, en la zona alta detrás de la Javeriana). Mi participación ha sido completamente tangencial: quien sí ha tomado muy en serio su papel ahí ha sido María Clara, junto con otro grupo maravilloso. Me acogieron en Las Moyas como pocas veces en la vida.

Todos esos trabajos generan mil preguntas, que aún no he hecho. ¿Qué pasará con los niños de Las Moyas en su tránsito a la adolescencia? (Nicolasa, la que organiza, habla del tema – ella y su esposo en la obra de teatro tocaron el tema de la importancia del uso del condón y de vivir la sexualidad en la adolescencia con cuidado, cariño y responsabilidad – igual, las poblaciones de lugares como San Luis viven en riesgo altísimo de embarazo adolescente – María Clara, medio en chiste medio en serio, le dice a Nicolasa que aproveche para que cuando vayan llegando a la adolescencia puedan también tener un lugar de encuentro y exploración de sus cuerpos con felicidad y responsabilidad, con cuidado.) Si lograran (además de lo que hacen) quitar el horroroso morbo que rodea toda la relación con el sexo y con el cuerpo en nuestra cultura, estarían haciendo otro trabajo formidable. Esa es solo una de muchas preguntas.

Un niño de unos doce años, Alvarito, se está aprendiendo poemas de memoria, que cada vez que vuelve María Clara, le recita un poco más. No es fácil – son niños que probablemente hacen ese tipo de cosas mucho más despacio (al menos inicialmente) que los niños de la misma edad que uno ve en la familia o entre amigos. Pero uno no sabe: probablemente ese trabajo de ir y escuchar un poco más de los poemas cada vez que sube deje algo – no sabemos.

Son mil y mil preguntas y casi nada de respuestas. Por lo pronto, la quebrada tiene más árboles nativos (300 más) que antes, sembrados por los niños de San Luis y un puñado de amigos de la montaña y amigos de Las Moras. Creo que eso es algo concreto.

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El regreso (agresivo) de las lluvias a la Sabana de Bogotá hacía falta. Entre ayer y hoy hemos tenido (por fin) aguaceros de verdad. Todo está tostado, y falta mucha lluvia para volver al verde esmeralda de otros momentos. Por ahora, es bienvenida de vuelta el agua. En Chía, cerca de la Valvanera, se siente mucho más que en Bogotá lo mucho que hacía falta esta lluvia.