ese día entendí que había algo muy mal

Un día por la mañana, en un salón de reuniones, me cayó el veinte. Tal vez era la luz (entraba un sol blanco lacerante de esos que a veces nos regala el cielo de nuestra ciudad, frío aún, desde los cerros). O algo en el aire. Pero me sentí incómodo, y entendí que algo estaba mal, muy mal.

En esa junta (o comité o como se quiera llamar) que se suponía representar a todos los que practican cierta disciplina en un país entero, un país bastante grande y muy variado, todos los que “representábamos” éramos hombres que veníamos de dos universidades capitalinas – todos, con una excepción, otro hombre venido de otra ciudad a la sazón. Y yo, a mi edad, no me había percatado del absurdo.

Una profesora, colega nuestra y buena amiga, ya no una mujer joven (aunque aún juvenil en sus iniciativas y su entusiasmo), pidió un espacio en esa reunión para pedir que en un congreso nacional (o regional a nivel del subcontinente, no importa tanto eso) se abriera un espacio para discutir, por una mera hora (o tal por cuarenta minutos, tampoco importa), el rol de las mujeres en el país en esa disciplina que estábamos ahí representando cinco hombres. La profesora dijo que le parecía importante ese espacio, no tanto por ella misma, pues (nos dijo) ella “había sido muy afortunada y nunca había tenido que pelear por su espacio y su padre siempre la apoyó [hace 50 años, agrego yo], pero había otras mujeres que, siendo mucho más jóvenes que ella, sí tenían que pelear por su espacio, por el justo reconocimiento, por…”.

Ahí dejé de escuchar en detalle, la luz lacerante me cegó, y casi sentí mareo al ver lo absurdo de la situación. Nos vi a nosotros, cinco hombres de las dos universidades más de “élite intelectual” de nuestra nación destrozada por una guerra de cinco décadas, cinco hombres que ciertamente no teníamos ni idea de la verdadera situación de gente de otras universidades, de otros lugares del país, de otras circunstancias – y mucho menos de mujeres como la que nuestra colega (ella también capitalina privilegiada, pero al menos sensible al tema) nos vino a pedir… cinco hombres con la potestad de “abrir un espacio” (o no abrirlo) a un país entero, a las mujeres de un país entero.

Y me dio vergüenza.

Vergüenza de ver que la señora de casi 70 años tuviera que solicitar ese espacio a estos cinco hombres, en nombre de las muchísimas mujeres que ni siquiera hasta entonces habían podido llegado a solicitar un espacio, una mera hora en un congreso de varios días, para discutir el tema de cómo lograr mejor inserción en un espacio donde ellas deberían estar en absoluto pie de igualdad, cómo compartir historias o sencillamente mirarse las caras y decir qué hacer.

También me pareció terrible que en medio de los espacios de los premios, de las plenarias, fuera difícil, no fuera obvio, abrir ese espacio especial. Y no me gustó la cara de alguno de nuestros colegas en esa junta – la consabida sonrisita leve de “ah sí verdad, ahora toca también abrir estos espacios”, no me gustó la atmósfera de complicidad masculina tácita que se instauró después del tiempo en que la profesora hizo su solicitud.

Quedé casi mudo pues me pesó mucho el absurdo de la situación. Luego dije ahí alguna bobada, tratando de justificar que la reunión de las mujeres tuviera uno de los mejores auditorios. Me tocó decir que esa reunión era importante, tanto como los otros eventos del congreso.

Afortunadamente, la reunión se hizo. Pero me pareció absurdo que en las reuniones siguientes mientras hice parte de ese comité durante los meses siguientes las reuniones fueran cinco hombres… Algo dije en ocasiones posteriores sobre el tema, no tan contundentemente como lo haría hoy. Y algo pasó, pues el siguiente comité, el que afortunadamente nos reemplazó, sí tiene gente de varias regiones y sí tiene mujeres. No tanto como debería, y las regiones no capitalinas no están tan representadas como sería deseable, pero es un comité mucho mejor que el nuestro.


Federico Ardila me llamó la atención sobre el tema una vez que publiqué – recientemente – una lista de temas de exposición de un curso avanzado que dí, en el blog de clase. Me dijo algo así como “qué chéveres están los temas de su curso, a mí me encantaría poder tomar esa materia de alguna manera pero… ¿sólo hombres? ¿diez estudiantes, ninguna mujer?” Le dije que tenía toda la razón, pero no sabía por qué estaba pasando eso. No sé si hay un problema estructural en la carrera o en los colegios o dónde. Luego Federico me dijo que en los cursos que da en Colombia él ha visto que el número de mujeres ha bajado sustancialmente y de forma muy preocupante. Federico es por varias razones muy consciente de la importancia del tema – también vale la pena agregar que Federico ha tenido estudiantes mujeres que más adelante han continuado su camino y se han convertido en excelentes matemáticas.


Mi colega Carolina Neira ha hecho un trabajo excelente en esa dirección. Ella es de una generación joven, y habla con propiedad del tema (y de varios temas matemáticos, además). Trajo a Colombia a que diera un curso de geometría no conmutativa a Sylvie Paycha, otra matemática que ahora trabaja en Berlín y que además de haber propiciado muchas escuelas avanzadas importantes en Villa de Leyva en el pasado, hace año y medio trajo a la Universidad Nacional en Bogotá una exposición del proyecto Women in Mathematics. Durante el Congreso Colombiano en 2017 Carolina propició una discusión con mujeres matemáticas, como la que mucho más tímidamente fuera solicitada (qué horror pensar en el verbo) por nuestra colega. Me alegró muchísimo ver que al menos en ese sentido esa iniciativa está floreciendo.

El salón (grande) estaba abarrotado de mujeres y de hombres que queríamos escuchar los testimonios, que queríamos saber qué estaba pasando. En el tiempo de la reunión (una hora tal vez, o 90 minutos) se alcanzó a hacer un fragmento de lo que parecían tener planeado – quedamos con la sensación de algo que quedó iniciado y no completado. Fuimos con varios de los visitantes extranjeros; las mujeres matemáticas que hablaron eran (por fin) de muchas partes del país, de varias circunstancias sociales distintas.

Al ver eso siento alegría pero angustia también. Ese movimiento debería continuar, reforzarse.


Hoy hablábamos con María Clara de otros temas, de gente rígida que la rodea a ella a veces en su propio mundo académico – y recordé esa vez que hice parte de un comité tan rígido en un aspecto tan importante, que lo tengo casi borrado de mi memoria. No me gustó haberme visto a mí mismo como parte de una congregación de hombres a quienes se “solicita un espacio”, no me gustó sentirme casi como los párrocos vestidos de negro en Breaking the Waves.

El sol matutino de la capital me hizo ver esa realidad, ese día.

Agregado después – 27.8: Arturo Sanjuán ha escrito una respuesta aguda y con ejemplos y situaciones muy interesantes a este post, en su blog. En las respuestas a su post he ido tratando de aclarar puntos sobre este tema.

pseudointelectuales

Ayer mientras iba en un bus leí un trino indignado de un matemático joven. Uno de esos trinos que aluden a temas que tienen que ver con muchos años de mi propia formación, con tiempo vivido.

Santa El joven matemático (@I_Santa_ en twitter) manifestaba estar aterrado con que alguien en esta contienda política hubiera tenido el atrevimiento increíble de describir a Sergio Fajardo como un “pseudointelectual” (escribió “seudointeligente” pero para el tema da exactamente lo mismo).

A mí me pareció tan absurda la frase que decidí indagar un poco más – y resultó que la frase era de la famosa dama de apellido Cabal, en entrevista con otra dama famosa de apellido Dávila – en un programa radial de la famosísima emisora “la W”.

Famosas las tres, las señoras Cabal y Dávila y la emisora por… ¿qué exactamente? ¿Por lo picante de sus chismes? ¿Por la profundidad de sus análisis? ¿Por su capacidad de no reducir temas complejos a frases de efecto? ¿Por su sutileza a la hora de escoger títulos para sus programas? (En este caso el programa se llama algo así como “Premios Mamertos” o algo similar.)

Mi primera reacción: esas tres (en cualquier orden, la W, la Dávila, la Cabal – ¿cuál de las tres es la esposa del señor de Fedegán? ¿cuál la emisora? ¿cuál la “sesuda analista”? creo que ni siquiera es claro cuál es cuál) – esas tres son una cosa ahí amorfa – una entelequia que si no fuera porque la frase trajo a mi memoria un tema sobre el que he escrito por lo menos dos veces antes ni siquiera merecería más de un segundo de la vida de una persona.

Mi primera reacción fue simplemente observar que el trabajo de Fajardo y Keisler en teoría de modelos de probabilidades adaptadas y fajardokeisler procesos estocásticos es referencia a nivel mundial. Que atreverse a ir por la vida como cualquier hijo de vecino diciendo que el autor de ese libro es un “pseudointelectual” implica una de dos cosas: o es alguien que sabe mucho más que Keisler y Fajardo sobre el tema, es alguien que legítimamente puede lanzarse a hacer críticas (¿por qué no?)… o es alguien no solamente absolutamente ignorante sino además completamente ciego ante su propia ignorancia. Nada más qué decir… pero conviene de vez en cuando recordar que cuando se habla sobre gente como Fajardo la cosa es a otro precio. (Esté uno de acuerdo o no con sus ideas o con su estilo.)

Como las señoras W (¿o Dávila?) no pueden decir sino “Fajardo es mamerto” (como si ser mamerto fuera algo ordinario o feo o inmoral) y para subrayar su argumento dicen que es “pseudointelectual” pero luego no pueden explicar por qué,  terminan refiriéndose a la pinta de Fajardo, y a la opinión de una ex-reina (alguien tenía que completar el cuarteto amorfo) sobre ésta. No pueden ir más allá.

Luego recordé estas líneas, escritas en 2003 (¡increíble como pasa el tiempo) en mi blog de esa época – y decidí retomar el tema a la luz de lo que pasa hoy (pues para las generaciones más jóvenes como la de @I_Santa_ 2003 es algo muy remoto e incluso 2009 – el texto más abajo – corresponde a una época muy distinta):

Podrán decir muchas cosas, pero es un hecho muy fuerte el que uno de los dos autores de Model Theory of Stochastic Processes sea el alcalde electo de Medellín. Me llena de alegría que no solo un matemático, sino alguien formado en teoría de modelos (en mi misma alma mater de doctorado 🙂) esté ahí. Me llena de alegría agridulce, pues la carrera política de Sergio significa un matemático activo menos – pero puede (ojalá) significar un alcalde mucho más interesante para Medellín.

También en Fajardo: teoría de modelos y política (2009) escribí algunas notas sobre esta frase de Fajardo:

Somos un movimiento cívico independiente que tiene tres componentes: un conjunto básico de principios, una propuesta para la sociedad y una forma de hacer la política.

Fue en la aciaga época de la hegemonía uribista, cuando el país nada que lograba quitarse de encima a esa pesadilla dual que eran Uribe y las Farc de entonces (las Farc ahora son la Farc y parecen seriamente haber cambiado, Uribe simplemente ha ido empeorando) – y la propuesta de Sergio se perfilaba como algo aún muy remoto, pero me permitía soñar:

“Yo sigo pendiente de ver qué sigue proponiendo Sergio, qué sigue haciendo. Mi voto aún no está decidido, pues falta mucho. Me gusta por razones estéticas el que piense aún inspirado por la matemática.

Si algo enseña la matemática es cierta humildad ante los verdaderos problemas. No hay matemático serio que no haya sido completamente doblegado por un problema insoluble (o muy duro). La inmensa mayoría de los finales de día, para un matemático de verdad, tienen una lista larga de “por hacer” y pocos logros… Eso mantiene viva la disciplina y con mente juvenil al matemático. Cualquier asomo de creer que uno sabe puede ser tumbado al día siguiente por algún jovencito con mayor lucidez.

Para mí eso es muy sano – es duro, pero es sano. Si un político llega a resolver problemas (digamos, los tres problemas que menciona Sergio) con actitud de matemático, puede que al final no nos trate de vender espejismos como tantos han hecho, como tantos están haciendo.

Muchos colombianos estamos pendientes, Sergio.”

Hoy en 2018 muchas cosas han cambiado, me parece que para bien en general (pero con riesgos muy altos y, como vemos en programas radiales como el mencionado, con mucha estupidez en el aire). Fajardo hace rato es un político muy sólido que puede perfectamente llegar a ser presidente de la república de Colombia pronto. Su visión de matemático no creo que haya cambiado – alguien tan matemático como él (en otra etapa) no abandona esa visión; simplemente la habrá enriquecido enormemente con sus experiencias de estas últimas dos décadas.

Pero conviene recordar (para aquellos que no tuvieron la fortuna – difícil – de ser sus estudiantes en sus cursos o la fortuna aún mayor de hablar con él antes de su transición a la política) lo siguiente:

  • Fajardo es un excelente profesor. De hecho, puedo decir ahora con propiedad que es uno de los mejores que he tenido (en dos universidades en Colombia, en mi alma mater de doctorado en Estados Unidos – la misma de Fajardo – y en cursos tomados después durante un tiempo ya no tan corto de investigación). Si me preguntaran elaborar el tema, diría: Fajardo es uno de los profesores que (cuando les gusta el tema) pueden iluminar con mayor claridad un tema. Cuando estaba inspirado, Fajardo era prácticamente insuperable. Recuerdo aún con emoción su explicación del teorema de Vaught según el cual una teoría contable no puede tener exactamente dos modelos no isomorfos contables. Si tiene dos modelos no isomorfos, tiene que tener un tercero. Fajardo era también un profesor con temas muy definidos (“no me gusta el álgebra, me gusta el análisis”, nos decía – y si la demostración era muy algebraica hacía mala cara). Eso puede ser cuestionable, pero no le quita lo de excelente profesor. Además lo de ser excelente profesor es algo que seguramente todavía le funciona – pero en sus temas actuales (por eso lo escribo en presente),
  • Fajardo es un matemático. Con teoremas demostrados, con tesis doctoral, con su libro con Keisler, con sus artículos – y seguramente con lo más importante: la pasión brutal intacta (me encantaría volver a hablar con él algún día de matemática). Eso lo pone en un plano supremamente interesante con respecto a las “intelectualidades”. No es que implique (o no) el ser intelectual – pero es claro para mí que su paso a la política desde la matemática es una jugada de carácter intelectual (combinada con otras cosas).

Nota final: lo anterior es expresión de mi máximo respeto por la persona, por el matemático y por el candidato Sergio Fajardo. En realidad la frase idiota de la W (o de la Dávila o de la… ya olvidé el apellido) es irrelevante ante la construcción de un país, la propuesta política impresionante de Fajardo. Adicionalmente, mi defensa de Sergio Fajardo como persona y como matemático no es una declaración de adhesión a sus ideas políticas. Mantengo mi independencia – y en 2018 prefiero opciones más a la izquierda. Políticamente en 2018 Fajardo representa cierto continuismo con estilo sofisticado. No se trata del continuismo burdo (y deshonesto) de Peñalosa, tampoco se trata del continuismo eterno de Vargas Lleras. Es otro tipo de continuismo – tal vez más cercano al estilo del actual ministro de salud (Alejandro Gaviria) – de personas con buena formación, con referencias sofisticadas (literatura, algo de filosofía, mucha matemática en el caso de Fajardo) pero incapaces de imaginar mover las estructuras anquilosadas y muy temerosos (¿tibios?) frente a los retos mayores que tiene nuestro país en este momento. Gaviria da peleas bonitas (por reducir precios de drogas, por campañas de vacunación para prevenir el cáncer cervical o de promoción de uso de condón para prevenir enfermedades venéreas y sida – campañas que le han traído enemigos y en las cuales lo apoyo fuertemente) pero nunca se mete con problemas estructurales del sistema de salud. Fajardo proyecta una imagen similar: muchas campañas bonitas (contra la corrupción, por la educación, etc.) pero mucho continuismo estructural.

Sin embargo, a pesar de no necesariamente estar de acuerdo con muchas de sus ideas me parece crucial responder al trino de (muy justificada) indignación de @I_Santa_ … y volver a contar por qué Sergio Fajardo (pese a mis críticas – que seguramente seguirán si gana la presidencia) es alguien muy, pero muy, por encima de lo que algunas personas muy ciegas quieren decir allá en la radio colombiana.

Nora

Fuimos a ver Casa de muñecas el domingo pasado en el Teatro Helénico. Resultó mucho más fuerte de lo que esperaba yo. Y me sorprendió por varias razones.

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Nora (Olga González) y Torvaldo (Moisés Arizmendi)

Tal vez principalmente porque, aunque Nora es un personaje archiconocido (si uno dice “Nora” no hay que especificar cuál Nora, al igual que sucede con Sancho, Emma, Anna o Julieta) – y por lo tanto uno cree que la tiene en mente, que la conoce, que la puede “archivar” en algún anaquel de la memoria … hasta que se topa de frente con la realidad de la actuación.

En vivo (y con buen director y escena) Nora pasa en par de horas de ser una mujer-muñeca, una niñaperfectamimadaporsupadreyluegoporsumarido que dalavidaporsushijosyporsumaridonaturalmente a ser un ser humano que busca asumirse, que busca ser.

Esa búsqueda de simplemente ser, que exige momentos (o años) de soledad, o de compañías distintas, es algo que Nora nunca en su vida había tenido – y es algo que aún sigue siendo increíblemente difícil para muchas mujeres hoy.

Que una obra así haya sido escrita – con un libreto tan irrespirablemente afilado – hace ya casi ciento cincuenta años fue otra de las sorpresas. Yo pensaba que Ibsen era de finales del XIX y principios del XX – por alguna razón ubicaba mentalmente esa obra en algo así como 1905. Y ya parecía impresionantemente contemporánea así. Íbamos cuatro – María Clara yo y dos amigos nuestros – y todos creíamos que era de distintos momentos del siglo XX. Gracias a la diferencia de creencia (¿1905? ¿años 30? ¿1948?) en nuestro grupo acudimos a google y para nuestra inmensa sorpresa esa obra que acabábamos de ver resultó siendo… de 1879.

Mil ochocientos setenta y nueve es ya casi siglo y medio.

A mí me dio vergüenza que llevemos casi siglo y medio en estas – y que tengamos aún actitudes tan cercanas a las que Ibsen puso ahí. Me sentí como si la humanidad hubiera casi-dormido durante todo ese tiempo.

Claro, han pasado miles de cosas – las suffragettes, el voto a las mujeres, la revolución cultural de los años 1960, miles y miles de otras cosas. Claro.

Pero a la luz de los escándalos de 2017 parece que no son tantas cosas, y que Ibsen sigue ahí, muy muy vigente.

Nora en un momento dado en la versión que vimos se asoma por la ventana de la casa de muñecas/cárcel y grita a los espectadores ¡¡¡Puta mierda!!!

Y sí. Tiene razón. En el momento en que llega ese grito yo simplemente contenía la respiración, esperando ver lo que ya sabía que iba a ver, y a la vez absolutamente conmovido.

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sigue nevando

Sigue nevando. No en cantidades brutales pero sí persistentes. Siempre me pone feliz eso.


Fui a un concierto hace dos noches. Interpretaron entre otras cosas True Fire, una obra de la compositora finlandesa Kaija Saariaho, para orquesta y barítono. Son poemas (de Ralph Waldo Emerson, de Seamus Heaney, de los Tewa de Norteamérica, de Mahmoud Darwish) cantados por el barítono y acompañamiento de la orquesta.

La compositora estaba entre el público (normalmente vive en París pero por alguna razón estaba aquí – tal vez era el estreno local de esa obra).

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Desde hace años me ha sorprendido mucho la música de Saariaho. Tengo pendiente una ópera por ver (L’Amour de Loin). Me hace pensar mucho en otro compositor que me impactó mucho en otra época – Takemitsu.

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veinte años / la náusea de 1988

En El Espectador del viernes pasado hay una entrevista a Juan Gabriel Vásquez. Habla sobre lo que uno espera que hable él (literatura, novela) y dice algunas cosas interesantes. Me llamó la atención el siguiente pasaje.

En el epílogo de Viajes con un mapa en blanco, recuerdo una frase que se le atribuye a Napoleón Bonaparte: “Para entender a un hombre hay que entender el mundo de sus 20 años”. El mundo de mis 20 años era el mundo de las bombas del cartel de Medellín, el mundo aterrorizado por Pablo Escobar, el mundo que era mi país, tan convulso y confundido; en esa época, el refugio que encontré en la lectura de novelas fue absolutamente importante, porque se convirtieron en un lugar en el que lograba una manera de estar en el mundo que el mundo mismo no me daba.

Juan Gabriel Vásquez en entrevista dada a El Espectador

No había visto la frase atribuida a Napoleón, pero se non è vero è ben trovato, creo. Y pienso en dos cosas: los 20 años de personas que me han marcado y nuestros propios 20 años, que coinciden casi perfectamente con los de Juan Gabriel Vásquez.

De lo primero: mi padre, nacido a mediados de los años cuarenta, vivió sus veinte años en plena explosión de los 60, con el revuelto que de alguna manera marcaría a todos esos baby-boomers – apertura del mundo, revoluciones de varios estilos, cierto idealismo, pero todo enmarcado por Vietnam y el fracaso de Estados Unidos allá; el éxito rotundo de Estados Unidos en otros campos como cultura pop o dinamismo científico de sus universidades. La de mi padre es una generación que se define de manera muy extrema con respecto a Estados Unidos, sin la admiración de la generación anterior, pero a la vez mucho más sumergido en un mundo muy influido culturalmente por ese país. Todo lo que siguió a partir de ahí en su caso – el caos de los años setenta, Bélgica a finales de esa década, toda la construcción de la nueva facultad de ciencias en los ochenta y la entrada al gobierno de Bogotá en los noventa en ese grupo extraño guiado (o no) por Mockus – todo de alguna manera hay que leerlo en clave de 1965, con los Rolling Stones y la Revolución Cultural de fondo, con el napalm y el movimiento Black Panthers, con Mayo del 68 y Tlatelolco de fondo. Esos son el telón de fondo de esa generación. (La generación de los Clinton también, del abandono brutal de su propio idealismo, de tanta basura que creció en medio de tantos ideales.)

La generación de Jeangros (la misma de García Márquez o Salmona) por alguna razón la siento muy cercana a mí; muchos aspectos de esa gente me llaman poderosamente la attención. Nacidos a mediados de la década de 1920, viven sus veinte años durante la Segunda Guerra Mundial, o justo después. Es una generación de armar todo a partir de casi nada, una generación modernista en un sentido muy primario y fundamental. Les tocó leer a Celan en la posguerra, entender con Adorno el final del esteticismo anterior, ver los juicios de Núremberg siendo aún muy jóvenes, ver las imágenes de los campos de concentración y luego el surgimiento de Israel como nación frágil y tenue – la generación para la cual Eretz Israel era realmente David ante Goliat. Y en Colombia, la generación del Bogotazo, que parece haber marcado de manera brutal a García Márquez. Les tocó armar mundo casi a partir de nada – inventar maneras de enseñar muy radicales para su época, maneras de escribir y construir que partían de puros bloques primarios. En el mundo de muchos de ellos había poca cabida para eclecticismos. De alguna manera, de las generaciones que he podido conocer, es la que mayor fascinación ejerce sobre mí.


La nuestra es la que describe Juan Gabriel Vásquez: a los veinte años es la caída del Muro (alguno de mis estudiantes tal vez hoy diría ¿cuál muro? de lo contundente que fue su caída pero para los de mi generación el Muro era el Muro y no había otro ni había que explicarlo), el bombardeo de Bogotá por parte de Pablo Escobar, el asesinato de múltiples candidatos presidenciales y de miles de personas de la Unión Patriótica. En Colombia la nuestra es la generación que iba con sus padres al zoológico de Pablo Escobar a ver elefantes e hipopótamos; que vio a Lara Bonilla en la 127 asesinado por esos mismos, y luego las piscinas enchapadas en oro en los noticieros.

(Tal vez por eso me produce tanto hastío esa noticia de narcos y ex-sicarios (ojalá sea verdad lo de “ex-“) haciendo fiestas con otros narcos y sicarios buscados por Interpol; me produce una náusea intolerable ver que siguen en el Oriente antioqueño haciendo parrandas como si estuviéramos en 1988 y no hubiéramos aprendido nada. No quiero ver series tipo Narcos ambientadas en esa época que viví, que disfruté mucho pero también siento que sobreviví. Me produce náusea recordar el bombardeo del Das, la bomba gigantesca desactivada en la Séptima con 85, las clases de alemán en el Goethe donde de repente temblaba toda la casa de la 39 con Séptima por culpa de la onda expansiva de alguna bomba a más de 4 kilómetros de ahí, la gente tratando de llamar a ver qué había pasado. Y los compañeros de curso hijos de comerciantes que pasaban en menos de diez años de Renault 6 a Mirafiori y luego a varios carros de lujo – todo eso me produce asco en el recuerdo.)

la balsa de piedra

Hace un par de décadas leí A jangada de pedra, la novela de Saramago que habla de un desprendimiento mágico de España y Portugal del resto de Europa. Amanece un día y resulta que en la frontera con Francia se abrió un tajo delgado pero a medida que pasa el tiempo el tajo se abre, quedan desconectados Portbou y Cerbère, Saint-Jean Pied de Port y el inicio del camino. Luego la península empieza a irse más rápido como una balsa a la que le hubieran soltado las amarras e inicia su deriva hacia el oeste, hacia las Azores tal vez o hacia las Antillas – nadie sabe. Muy rápidamente se reconfiguran cosas: Europa dice que “en realidad siempre se supo que España no es que fuera muy europea, y la naturaleza terminó confirmándolo”, entre España y Portugal empiezan a suceder cosas que de alguna manera el estar atadas a Europa por los Pirineos fueron siempre pospuestas, y la novela continúa a partir de ahí.

Hoy pensaba un poco en eso – pensaba en mil cosas más al ver las noticias de la brutalidad de la policía de España en Cataluña – pero sobre todo pensaba cómo España en realidad no cambia en su rigidez, en su quietud, en su legalismo.

Un reino armado hace poco más de cinco siglos por una familia de locos que expulsó a sus judíos (y con ellos a buena parte de su intelectualidad de entonces, y a sus médicos y a sus financieros), que se encegueció con su victoria contra los “moros” (y aunque mucho de lo más valioso de España es su herencia árabe – que agradecemos diariamente los herederos de los herederos de… – sigue de alguna manera sin asumirse de manera real como hija parcial del mundo árabe) y luego se lanzó a la codicia y el saqueo en esta parte del mundo, y al fundamentalismo religioso para salpimentar todo… un reino donde decidieron básicamente detener el progreso del mundo, negar la revolución capitalista, enceguecerse con hidalguías y abolengos, y negar el paso del tiempo.

Hoy tuvo lugar el corte de amarras que vio Saramago, pero no por la frontera francesa sino por la frontera entre Cataluña y España.

De alguna manera los actos de España en Cataluña hoy fueron una manera de decir “no queremos entender, no queremos hablar, no nos interesan ustedes de verdad”. Fueron la España del desprecio a Cataluña, la del señorito castellano que se cree que puede entrar a patadas donde sus vasallos sin que haya consecuencias, tal vez porque hasta ahora (casi) nunca las ha habido.

Que fue una jugada maestra de la derecha catalana, dicen algunos. Que es cosa del infantilismo catalán, dicen otros. Que esto, que lo otro – seguramente hay algo de cierto en todos esos análisis. Pero el hecho crudo y duro es que quedó muy legitimado el clamor de independencia de Cataluña, y España quedó como el bobo (feroz) del juego – recordando otros momentos del bobo feroz que expulsa a sus judíos (una comunidad de vivacidad intelectual impresionante en la Edad Media), que se enorgullece de ganar a los árabes (para después armar país sobre los despojos), que va luego a saquear América hasta que sus propios vástagos terminan expulsándolos.

Hace 217 años en Santafé de Bogotá ocurrió lo siguiente: había fermento independentista entre algunos criollos (hijos o nietos de españoles que en la ceguera peninsular eran tratados como de segunda o tercera), unos cuantos leían lo que venía de Francia (ilegalmente, obviamente – en España muchas cosas han sido ilegales, incluyendo el referendo de hoy), unos cuantos de ellos habían estudiado matemática (o astronomía o botánica) con el profesor Mutis y traían ya la semilla de la independencia. La mayoría eran jóvenes acomodados que normalmente habrían hecho lo de todos los jóvenes acomodados – dedicarse a aprender algún oficio, obtener algún cargo, dedicarse a robar aquí o allá algunos, otros a construir con cierta honestidad. Pero no hicieron eso. Se lanzaron a su propia campaña de independencia y después de unos cuantos años la lograron.

Era una cosa de la clase de criollos locales, obviamente. Usaron de manera mercenaria y aprovechada a los indios y negros locales, a los mestizos y a los mulatos. Algunos de ellos fueron brutales. Otros fueron sobre todo sagaces.

Pero hoy veo claro que la ceguera de la respuesta española en 1810 y años siguientes, la brutalidad con que llegaron a apabullar en América el independentismo, terminó legitimando ante ojos de muchos la campaña. Lo que era una idea de corrillos de pequeños intelectuales granadinos  –  y hubiera podido quedarse como una idea un poco extraña de gente que leía en francés, que estudiaba mecánica planetaria así fuera ilegal, que hablaba con Humboldt pero tal vez no con los llaneros ni los labriegos del altiplano – se convirtió en un clamor muy global y muy justificado.

El primer rey de España que vino a América en visita oficial fue Don Juan Carlos… en 1976. Leía ayer que los políticos madrileños nunca fueron a hacer campaña en Cataluña en los años anteriores a este 2017.

(Contraste fuerte con la corte portuguesa que se estableció en Rio de Janeiro y al menos se dignaba ir a ver cómo era su colonia Brasil.)

Y no, no hay vuelta atrás para nosotros. Salvo unos pocos políticos ultraconservadores que sueñan con esa España de horror, nadie en América quiere volver a ser parte de España. Puede que hayamos tenido mil tribulaciones, mil dificultades, pero la independencia de España es algo muy importante ganado – aunque pocas veces como hoy se vea tan claro esto.


La balsa de piedra parece que ya zarpó. La Policía Nacional de España se encargó de cortar las amarras con Cataluña y con cierta Europa. Lo que vimos hoy fue un renunciar por parte de España a algo. Parecía que esos policías estuvieran representando un teatro en que más que salirse Cataluña de España lo que está pasando es que España se estaba saliendo de algo que (aún) podríamos llamar “Europa”.


Ahora es difícil saber dónde va a parar España. Si encallará en el Mar de los Sargazos de su modorra, si recogerá ágilmente su rumbo y se volverá a unir — difícilmente — con Europa (vía Cataluña).

Catalunya … avui comença un nou viatjar, ja una mica independent. Espanya va decidir trencar les amarres i salpar com si fos una bassa. És un moment molt difícil i perillós, i probablement hi haurà moltes dificultats. Però crec que cal seguir endavant.

notas para una conversación

Hace dos años, en agosto de 2015, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales organizó un Festschrift en honor a mi padre, José Luis Villaveces. El gestor de ese homenaje fue el profesor Luis Carlos Arboleda, de la Universidad del Valle.

Durante el evento hubo varias charlas sobre muchos temas que tuvieron que ver con la trayectoria de mi padre. Luis Carlos me pidió que hablara en el evento – algo en realidad muy difícil pues quería evitar el tono demasiado familiar, quería decir algo concreto para él, y a la vez hacerlo desde el punto de vista de alguien cercano. Difícil balance. Decidí (después de considerar muchas posibilidades) escribir sobre un diálogo (¿posible? ¿imposible? ¿iniciado ya?) entre su disciplina y la mía, entre la química teórica y la teoría de modelos. Y (en un apéndice del artículo) agregar una referencia a ciertas conversaciones ya muy antiguas, de mediados de la década de 1980, cuando yo estaba terminando mi etapa de colegio y luego estudiando matemáticas, pero aún vivía en casa con mis padres – decidí evocar esas conversaciones dado que ahí está el embrión de muchos de los temas que evolucionarían hacia los temas del artículo.

 

El tema no es fácil. Hay antecedentes interesantes en la teoría de modelos de la física cuántica, un tema en pleno desarrollo en el que he podido trabajar un poco, pero hay preguntas primordiales en química teórica que tienen un sabor claramente modelo-teórico (en sentido amplio) y no han sido abordadas, estudiadas, en otros lugares hasta ahora.

Este es el artículo mío para el Festschrift: ¿Hacia una teoría de modelos de la química?

El volumen del Festschrift apareció publicado hace un par de semanas:

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corazones cicatrizados

En un vuelo vi la película Corazones cicatrizados de Radu Jude — obviamente, no era parte del “sistema de entretenimiento” del vuelo; la tenía en una tablilla vía Mubi; no es el tipo de película que se pueda llamar “para ver en entorno de trabajo” pero en los vuelos largos puede pasar que el letargo generalizado le permita a uno ver en la modesta tablilla cine muy bueno, con escenas posiblemente fuertes.

Y qué fuertes algunas escenas: en un sanatorio rumano junto al mar, en los años 30, un joven termina internado pues tiene tuberculosis ósea – básicamente, parte de su columna vertebral carcomida por el bacilo – una de las escenas iniciales es tal vez la mejor representación del dolor físico que recuerdo haber visto en cine. En efecto, uno de los síntomas (o consecuencias) de la tuberculosis ósea del joven es la formación de abscesos enormes en la región lumbar.

En esa escena (que creo, vale la pena ver, aunque no es fácil, y no es de sistema de entretenimiento de avión, pero vale la pena por la honestidad, la mirada lúcida no amarillista y sí muy humana del dolor) al joven le amarran las manos al borde de la cama, pues la punción y extracción de pus de un absceso lumbar enorme que tiene se debe hacer inmediatamente y sin anestesia (por lo menos eso dice el médico de mediados de los años 30). El padre está sentado al lado (lo acompañó desde otra ciudad para el inicio de su internamiento en el sanatorio), el joven está con las manos amarradas, solo se ve su cara y parte de su torso y medio borrosas un par de enfermeras y el médico y tal vez otro asistente – y sin miramientos le clavan la aguja sin anestesia en la barriga y succionan el pus. La expresión de dolor brutal, la fuerza que hace pero sin lograr separar las manos de las barras a las que están amarradas, la apertura de la boca, el grito casi sofocado de lo brutal de todo, es algo que merece ser visto alguna vez. Al final el médico le muestra la cantidad enorme de pus que salió, el muchacho se empieza a recuperar, el médico felicita al joven por su valentía y el padre le dice “casi me desmayo cuando te vi gritar así del dolor”.

Y sí – viendo eso en el avión sentí muy profundamente lo justas que eran esas palabras del padre.

Así arranca todo, pasan muchas cosas – algunas conversaciones entre los jóvenes pacientes, tarde o temprano los temas gravitan hacia la muerte, hacia el sentido de la vida, hacia lo que estarían estudiando en la universidad si no estuvieran en el sanatorio, hacia la posición rumana frente a Hitler – hay en el sanatorio tanto jóvenes fascistas como jóvenes antifascistas. El protagonista principal es judío, y es ya consciente del peligro de Hitler; otros parecen ver a Hitler como un payaso, lo imitan – algo desafortunadamente muy similar a cosas de hoy.

No daño a quien la quiera buscar el placer de ver ese cine. Hay también una historia de amor, y escenas de sexo supremamente bien jaladas en ese sanatorio, entre los enfermos y los convalecientes. Hay también muchísima carga hormonal en ese lugar lleno de jóvenes hombres y mujeres de dieciocho, veinte, veinticinco años. A veces el sexo parece cobrar una importancia vital, un aferrarse a algo de la vida, ligeramente trágico pero también profundamente importante (y a veces ridículo, como siempre).

Es eso: conversaciones, relaciones, algunas peleas por un bully, muerte de algunos, curación de otros.

Y el mar. Y la libertad de escaparse. Y la rigidez de un yeso en la columna vertebral. Y las condiciones un poco chapuceras de la Europa de antes de la guerra. Aunque en ese sanatorio seguramente iba gente más o menos acomodada y se ve que tenía médicos buenos para su época, a la vez da una sensación que hoy en día correspondería a un hospital de tierra caliente en Colombia. Hay un manejo de jeringas, de aparatos que hoy en día parecería inadmisible pero que seguramente era el estándar en Europa hace ochenta años.


noche – parque

Los parques en la noche pueden ser lugares de ensueño, de frontera entre el mundo racional normal y otros mundos que uno apenas atisba. Son lugares posiblemente inseguros (incluso en ciudades muy seguras) pero a la vez son lugares donde de alguna manera puede uno quedar “por fuera de la grilla” durante un rato breve. No hay carros, no hay que estar pendiente de semáforos peatonales, no hay recorrido obvio. Hay cierta libertad (seguramente usada por algunos para encuentros que no podrían darse a la luz del día, en lugares transitados). Pero sobre todo, hay árboles, prados, a veces animales (chacales en el Parque del Valle de la Cruz en Jerusalén, ululando no muy lejos de donde camina uno, o jabalíes en algunos parques de lugares del Mediterráneo), poca gente – y la posibilidad de imaginar el lugar anterior a la ciudad, de escapar de lo urbano.

El viernes por la noche pasado llegué tarde a Madrid, y tenía conexión de vuelo a Bogotá a mediodía el sábado – muy pocas horas en Madrid para hacer gran cosa. Buscar comida buena (algo fácil allá, y realmente muy barato comparado con Jerusalén e incluso con Bogotá) y caminar. Pero la ciudad se veía un poco monótona (sobre todo llegando de Jerusalén), un poco demasiado urbana estándar. Caminando de noche por las calles de Madrid la sensación (fuera del calor absurdo) era la de estar caminando por un lugar muy genérico, muy normal. Seguramente tiene magia pero no de manera tan apresurada. Decidí bajar hacia el Parque del Retiro – eran las 11:30 de la noche.

Al principio, la reja inmensa y nada adentro. Pensé que estaría cerrado – yo en esa vía desalmada que es la Calle de Alcalá, típica de una ciudad muy carrocentrista (Madrid de verdad optimiza demasiado todo para los carros y no lo suficiente para los peatones – los carros van raudos por avenidas inmensas con andenes muy estrechos) y el parque, misterioso, tras la reja.

Pero un par de cuadras adelante vi que estaba abierto el parque. Entré al lugar de ensueño, de maravilla, de felicidad, de misterio que es un gran parque urbano a esa hora.

Me dediqué a tratar de captar con la cámara esa atmósfera de gran felicidad y tranquilidad (y misterio).

El epílogo fue ligeramente traumático: cuando fui a salir, tal vez hacia las 12:30, habían cerrado la puerta. Me puse a andar y me encontré con un grupo de franceses y otro de argentinos que también buscaban la salida. Pasaron unos ciclistas españoles también buscando la puerta. Que si por Atocha, que si por la Puerta de Alcalá, que todo cerrado. Nos tocó pasar la reja (puntuda – qué susto) entre varios, ayudándonos a no resbalar. Nunca apareció ni un guarda, ni un policía, ni nada. Tampoco parece haber información de ninguna clase. España no es un país bien señalizado.

 

dependencia no elemental / tablero

En matemática presentar material siempre es un delicadísimo balance entre temas, teoremas, ejemplos, motivaciones, público, quién sabe más de lo que uno sabe sobre el tema que está hablando, quién podría interesarse por el tema si uno lo sabe presentar bien, qué detalles ocultar para no espantar, pero qué detalles dar para no quitar la carne, qué gente que uno no conoce – estudiantes, postdocs, gente joven – de pronto capta la intuición de manera más natural que gente con más experiencia, así sepan mucho menos que los más veteranos, en qué momento decir algo medio paradójico – o si uno es de ese estilo, algo medio pelietas o…

En todo caso, ayer hablé para el Seminario de Lógica de Jerusalén. Mi charla se llamó Non-Elementary Dependence. Alcancé a decir en dos horas por ahí un tercio de lo que había preparado. Las interrupciones, las preguntas que vuelven (está uno en medio de otra definición ya y de pronto “wait a minute! if you omit the type of… in the p-adics then… you cannot have a saturated model that… but if instead…” y mientras uno está reconectándose con lo que estaba discutiendo diez minutos atrás (y haciendo cara de “quiero terminar mi definición”) alguien más interrumpe y alguien más y uno mismo entra en la discusión… y luego continúa uno y la cosa sigue y sigue…

Curiosamente aunque uno siente que interrumpen mucho, termina diciendo cosas más a fondo, termina yendo al corazón de los temas mejor que en seminarios más formales.

Obviamente, todo es en tablero – no les gusta que la gente use beamer en esas charlas.

Es una experiencia increíblemente formativa y seria. Siempre siento que quedo exprimido pero que entiendo mi propia charla, mis propios nuevos teoremas (o conjeturas) mucho mejor que antes de darla. No conozco ningún otro seminario del mundo con esa intensidad. Agradezco enormemente la existencia de un seminario así, y la oportunidad (una vez más) de hablar para ellos.

Finalmente hice dos cosas: enfocar un aspecto de teorías dependientes clásicas – debido a Laskowski y Shelah – sobre Karp-equivalencia cuando no hay dependencia. Técnicamente eso me llevó al problema de extraer indiscernibles y montar sobre ellos modelos generalizados de Ehrenfeucht-Mostowski (sobre grafos ordenados) y obtener fallas de dependencia en muchos cardinales. Eso usa relaciones de partición que han sido probadas consistentes (o en trabajo de Kaplan, Lavi y Shelah usa cardinales fuertemente compactos). Luego salté a dependencia asociada a la conjetura de pares genéricos en clases elementales abstractas y a la comparación con nociones de dependencia más cercanas a codificación de grafos arbitrarios – y alcancé a dar una leve aplicación. En realidad un montón, si pienso en que hubo interrupciones con carácter de densidad muy alto.

viernes

Aquí el viernes es la fecha singular, pero no como en “occidente” donde el viernes es simplemente singularidad por inicio de fin de semana, rumba, etc. – sino porque el viernes es cuando puede pasar – y ojalá no pase – algo en la Ciudad Vieja.

El viernes pasado había miles (no sé cuántos – ¿sesenta mil? ¿setenta mil?) personas orando al frente de la Ciudad Vieja, sobre sus tapetes, miles y miles de personas que no entraron a las mezquitas sino que decidieron hacer resistencia pasiva a los detectores de metal instalados por Israel a la entrada. La resistencia era aparentemente sobre todo a la ruptura de un status quo donde la mezquita es controlada a la vez por Israel, la Autoridad religiosa Palestina y Jordania [el país cuya frontera hasta 1967 con Israel dividía la universidad en los dos campus – entre 1948 y 1967 lo que es hoy el campus de humanidades quedó del lado jordano de la frontera y la universidad se tuvo que mudar a varios edificios de este lado].

Hoy el muftí de Jerusalén (la máxima autoridad musulmana) decidió levantar el veto a usar las mezquitas, de modo que se supone que mañana viernes la oración será de nuevo ahí. Pero hay que esperar a que sea viernes. Todo esto vino después de una escaramuza muy tensionante y sobre todo potencialmente peligrosa.

Amanecerá y veremos.

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El sitio de la tensión; tomé esta diapositiva en junio de 2000.

taxis en Jerusalén en día difícil

Hoy me tocó ir a hacer un par de vueltas en un lugar que no conocía bien y no tenía mucho tiempo; terminé yendo y volviendo en taxis.

Coger taxi en Jerusalén siempre es una experiencia interesante. No es barato (pero nada lo es aquí), y a veces es molesto, pues le toca a uno negociar mucho el precio – sobre todo en shabbat o en hora pico o dependiendo de a donde uno vaya, y ciertos taxistas pueden ser bastante locos (uno de esos resolvió que yo era “francés” por mi acento en hebreo y cuando le dije que no, que era de Sur América, de Colombia, se calmó y dijo “menos mal, porque yo siempre bajo a los franceses de mi taxi – le pregunté por qué y me dijo que “todos los franceses creen que saben más que uno, empiezan a dictar la ruta y yo no me aguanto eso; simplemente no llevo franceses en mi taxi”).

Pero casi siempre son buena gente, y después del regateo inicial suelen ofrecer opiniones interesantes. Como hasta los últimos días los temas eran menos tensos, terminábamos hablando de cosas de la ciudad, de la Macabíada, del verano, de las vías.

Ahora que está tan tenso todo en torno al Monte del Templo (Har HaBait) como lo llaman los judíos, o el Haram-al-Sharif como lo llaman los musulmanes – ahora que con los detectores de metal puestos por la policía de Israel (como reacción a un ataque armado) se unió el mundo musulmán en protesta y decidieron no entrar a la Explanada de las Mezquitas (Al-Aqsa, la Cúpula de la Roca – tercer lugar más sagrado del Islam después de La Meca y Medina) mientras no quiten los detectores de metal, la cosa está supremamente tensa. Estamos hablando de decenas de miles de personas que vienen cada viernes en peregrinación a esas mezquitas, de partes de Jerusalén, de otros pueblos, de cualquier parte del mundo musulmán.

Le pregunté a los dos taxistas cómo veían la cosa con todo lo que está pasando en la Ciudad Vieja (periodistas atropellados por la policía, disturbios, asesinatos de judíos por musulmanes en otras partes de Israel o en los territorios ocupados, reactivación de situaciones muy peligrosas).

El primer taxista era judío. Muy claramente de origen sefardí (tal vez marroquí, pero de pronto iraquí, no sé) por su acento con ayin muy “árabe” (o semita). Hablaba rápido – le entendí solo una parte. Sin embargo, su punto central era que “en todas partes nos quieren matar a los judíos”. Lo decía más con cierta tristeza, con cierta sensación de inevitabilidad, de amargura, que con verdadera rabia contra “los otros”. Después cambiamos de tema, a la construcción de vías, llamó por celular a la esposa, quien por el manos libres [y de manera dulcísima] le pidió que llevara verduras a la casa para el almuerzo… y llegué a mi destino. Costó 21 ₪ la carrera entre la Universidad y Kanfei Nesharim (Alas de Águilas – me pregunto de donde vendrá ese nombre).

El segundo taxista era árabe. Trató de negociarme el precio del centro a Rehavia – me dijo que 30 ₪ la carrera. Le dije que no. Me dijo que 25. Le dije que pusiera el taxímetro (todo esto en hebreo pero él con acento árabe, y con cifras árabes en su radio). Una vez arrancada la carrera, la misma amabilidad del chofer judío. Le pregunté también por los eventos de la Ciudad Vieja. Me dijo “¿cuáles eventos?”. Le dije que los de las Mezquitas. Me dijo “no me interesa el tema – odio hablar de ese tema – todo finalmente es política”. En realidad la misma actitud de su colega judío – esa tristeza e inevitabilidad y saber que lo que tiene que ver con los lugares sagrados en Jerusalén nunca se resuelve. Pero dijo “yehye balagán bekol makom – kol ha olam haaravi mistakel le Yerushalayim hayom” – habrá caos en todas partes (lo decía haciendo círculos con las manos mientras manejaba) – todo el mundo árabe mira a Jerusalén en estos días. La carrera al final costó, según taxímetro, 18 ₪. Le dije que se quedara con las vueltas de mi billete de 20.

Un epílogo de estadía un poco triste y desazonado, después de un inicio maravilloso. No me dan ganas de ir a la Ciudad Vieja en este instante (afortunadamente fuimos cuando estaba María Clara, y fue bellísima esa noche adentro de la ciudad amurallada).

Ahora mismo leo que “los turistas pueden moverse libremente por la Puerta de los Leones, pero los periodistas no”. No me dan ganas de ser “turista” en Jerusalén. No hoy.

Vivo ahora mismo en Rehavia, digo “vivo” porque así lo siento, como si nunca me hubiera ido de “nuestro barrio” – así es Jerusalén – uno nunca se va de verdad. Camino por el Valle de la Cruz (de donde los romanos sacaban madera para sus crucifixiones, sus maneras de humillar a los que tildaban de terroristas en su época, como dicen que sucedió con Jesús), subo al Museo de Israel – ese lugar brutalmente bueno e interesante, bajo de nuevo otro valle, subo a Givat Ram – el campus hermosísimo, y trabajo en Clases Dependientes. Con eso me basta por estos días (de soledad intensa, ahora que MC está volviendo a Bogotá).

(Hoy fui a una de esas librerías insospechadas, muy cerca del mercado. Conseguí tres libros que me tienen muy impresionado. Jerusalén es inagotable.)

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cierre de I, II en dcdcS

Es como un atardecer larguísimo, con el sol pintando todo y cerrando un día de verano intensísimo. Es el final de capítulo (de primer libro) más impresionante que uno puede imaginar, con retoma de todo lo esencial en un vendaval que empieza a girar y proyectar la memoria hacia el futuro, y tiñe todo lo vivido durante el largo día de una luz distinta, malva, dorada, oscura a la vez, el inicio de la noche. Así me parecieron esas tres o cuatro páginas finales de I, II en Du côté de chez Swann.

Es además el final del capítulo de infancia y adolescencia, de descubrimiento de la sensualidad, de la ensoñación confundida de la niñez (de esa niñez hiperconsentida del narrador proustiano, hiperconsentido y a la vez rodeado de adultos severos), de ese verano inacabable con sus caminatas “de ambos lados” – el lado de Swann, el de Guermantes, de esos personajes míticos como la tía Léonie y su criada Françoise, la ayudante de cocina que parecía de algún cuadro medieval, y las visitas eternas de personajes como Swann. El abuelo y sus innuendos antisemitas cuando llegaba el amigo de infancia Bloch, judío muy joven y muy arquetípico en el relato del judío que era Proust, muy rebelde contra el convencionalismo – esos amigos de fin de la infancia e inicio de la adolescencia que abren tantas posibilidades – pero que terminó desterrado de la casa del narrador en parte tal vez por el antisemitismo velado del abuelo (que sin embargo era amigo de Swann, otro judío), tal vez por su propia actitud tan antiburguesa en medio de esa familia tan pequeño-burguesa.

Aussi le côté de Méséglise et le côté de Guermantes restent-ils pour moi liés à bien des petits événements de celle de toutes les diverses vies que nous menons parallèlement, qui est la plus pleine de péripéties, la plus riche en épisodes, je veux dire la vie intellectuelle. Sans doute elle progresse en nous insensiblement et les vérités qui en ont changé pour nous le sens et l’aspect, qui nous ont ouvert de nouveaux chemins, nous en préparions depuis longtemps la découverte ;  mais c’était sans le savoir ;  et elles ne datent pour nous que du jour, de la minute où elles nous sont devenues visibles. Les fleurs qui jouaient alors sur l’herbe, l’eau qui passait au soleil, tout le paysage qui environna leur apparition continue à accompagner leur souvenir de son visage inconscient et distrait ;  et certes quand ils étaient longuement contemplés par cet humble passant, par cet enfant qui rêvait — comme l’est un roi, para un mémorialiste perdu dans la foule —, ce coin de nature, ce bout de jardin n’eussent pu penser que c’était grâce à lui qu’ils seraient appelés à survivre en leurs particularités les plus éphémères … 

Tal vez la clave está precisamente en esos detalles, esas “flores que jugaban sobre la hierba, el agua al paso del sol, el paisaje que ambientó su aparición” lo que permite reconstruir.

Habla también Proust del engaño, de las veces que uno quiso volver a ver a alguien sin darse cuenta que en realidad solo era porque la persona le recordaba un seto de espinas.

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Viento en el Somontano de Huesca – a.v., 2017

El siguiente libro inicia en los salones semi-mundanos, y en el juego sutil de balancines y pesas en que consiste anunciar cosas en sociedad, decir que uno sale con tal persona, que es amigo de tal otro, que tiene recomendación de sutano. El significado no dicho de no asistir a ciertas cenas, o anunciar que no se va, o llegar de repente. La manera como Swann es a la vez negligente con los nobles, se hace el chambón con la gente que considera “superior” socialmente, pero es muy estricto consigo mismo en presencia de los que considera sus “inferiores” sociales; con sus amantes de clases más populares no se permite la misma dejadez que exhibe ante las de clases más altas.

El lugar de la ensoñación, de la percepción pura y directa, de la pura fenomenología primaria (y del campo y el río y los setos de espinas y los rastros dejados por las primeras exploraciones de sí mismo) que era dcdcS I,II ahora es reemplazado por la luz de los salones parisinos, la pequeña intriga social, el saber qué decir, a quién no saludar, a quién sí, de la vida de la ciudad.

Por ahora estoy en adaptación ante ese cambio profundo… 🙂

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Una ciudad: Bogotá, Av. Jiménez. a.v., 2017.

casi no logro llegar al punto maravilloso

de la novela de David Mitchell The Bone Clocks… Hubiera sido una pérdida no lograrlo. Por lo general me pasa que si arranco bien sigo con los libros y no me desanimo en la mitad (a menos que sean obras como Ulises de Joyce o À la recherche du temps perdu – donde la lectura parece entrelazarse tanto con lo que estoy viviendo que apenas hay un cambio fuerte (un viaje, o un inicio de nuevo proyecto, o simplemente un cambio de estado de ánimo global) puede pasar que las abandone por tiempos largos).

Con la novela de Mitchell me pasó algo extraño: empecé a leerla con mucho ánimo, con la historia de Holly Sykes, una joven británica más o menos de mi edad, viviendo su adolescencia en los años 80 – como me tocó a mí – aunque de manera mucho más accidentada a ella. Pero luego empezaron dos capítulos largos donde el eterno tema británico de las clases sociales se vuelve demasiado central: los acentos, la agresividad pasiva brutal de la gente de Oxbridge, el margen en que está la gente irremediablemente por su acento [así ganen buen dinero, jamás los dejan cruzar ciertos umbrales, cosa extraña para los que vivimos en este continente donde mal que bien la pertenencia social se puede comprar] o su lugar de nacimiento.

Un porcentaje brutal de obras británicas (sobre todo inglesas) de muchos siglos, de muchas épocas, gira en torno al problema de las clases sociales. Todo Jane Austen, parte de Charlotte Brontë, incluso buena parte de Chaucer y Shakespeare [aunque en esos casos con otro tipo de tensiones], luego todo Dickens y Wilde, Shaw y Wolfe, Orwell y Amis – los dos Amis y Byatt, e incluso en la literatura juvenil Rowling – todo es abrumadoramente, ensordecedoramente, bloody brutally, sobre clases sociales. Sobre quién asciende y sobre todo sobre cómo trancan a los que ingenuamente creen que pueden ascender. Nunca he estado en un país donde ese tema sea tan asfixiante (y vivo en una parte del mundo abrumada por la desigualdad pero el tema británico es cualitativamente distinto – allá saltar de clase es sencillamente inherentemente imposible, aún sí se tiene dinero [y tener mucho dinero puede ser un liability fuerte, allá no se puede como en Norteamérica y aún en Suramérica cambiar de clase ganando plata por el medio que sea]).

La parte central del libro de Mitchell tiene demasiado resentimiento causado por ese tema, demasiada fijación con los premios literarios – hay algo demasiado aburrido ahí.

De pronto es porque a Mitchell se le da bien escribir sobre el pasado (como en The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, un libro maravilloso en el Japón del siglo XVIII) o sobre el futuro (como en partes de Cloud Atlas) … pero de pronto cuando describe el presente (la Cartagena del Hay Festival, seguramente bien descrita pero para nada interesante, la Shanghai contemporánea) es demasiado plano. Eso, mezclado con los tonos e inflexiones de las clases sociales, me tenía a punto de botar por la borda un libro después de haber leído 300 páginas.

Pero luego llega el futuro. Javier me advirtió que de pronto no me gustaría esa parte. Es dura. Pero de nuevo está el Mitchell supremamente inventivo, irónico, maravilloso. Reaparece de manera más interesante la joven coetánea mía ya en su edad madura y luego en su vejez, Holly Sykes, pero también la trama se torna más sorprendente y vertiginosa. Y Mitchell de verdad arma un mundo posible que hay que leer. Con referencias maravillosas al pasado (al crecer como niña de siervos en un condado remoto de la Rusia imperial hacia 1820, el horror de esa vida, y las peripecias de una niña que por razones de la novela sabe que está atrapada en un cuerpo femenino en el momento equivocado para salir al mundo), la reaparición del maravilloso Marinus de The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, pero en 2025 y 2043. Y también la acumulación de errores de los seres humanos y el colapso brutal de parte de la civilización a mediados de nuestro siglo. La manera como lo escribe Mitchell es plausible, aunque horrífica.

Al final no pude soltar el libro – me tocó leer las últimas 200 páginas de una, sin parar, y como ante una verdadera revelación de la inteligencia de un escritor para vislumbrar e iluminar un futuro posible (brutal y no muy lejano en el tiempo).

Mitchell parece ser muy sensible a la evolución actual de Irlanda y de Europa. Sabe, por ejemplo, que la etapa de relativa laicidad y de relativa igualdad de condiciones para las mujeres, pueden ser muy vulnerables en caso de crisis seria, en caso de colapso de nuestro mundo como lo conocemos – aún en regiones del mundo hasta ahora orgullosas de sus posiciones de avanzada. Un personaje muy asustador es una candidata católica irlandesa a la alcaldía de un pueblo perdido – una candidata de “The Lord’s Party”. Su retórica manipulativa, sus amenazas veladas o no tan veladas a quienes se niegan respetuosamente a hacer parte de “the flock” hace temer un retorno a Europa (o a lugares como nuestra Bogotá que ha ido logrando avances sociales importantes) del oscurantismo religioso más perverso. Leer a Mitchell es un ejercicio de pensar el presente a través del pasado, el presente a través del futuro, el futuro a través del presente y del pasado.

Mitchell es un verdadero tejedor de tiempos, magistral. Logra que veamos trazas presentes ya de ese 2043 catastrófico que presenta en nuestro 2016 aún no (tan) catastrófico – que detectemos en nosotros la huella de nuestro pasado en nuestros abuelos, tataratatarabuelos en lugares muy dispersos. Lo hace de manera un poco hiperbólica – a través de una guerra entre seres que tienen la habilidad de percibir y manejar el tiempo de maneras mucho más hábiles que la nuestra.

Al hacerlo, Mitchell se convierte también en un detonador de pensamiento sobre nuestra propia mortalidad, sobre la traza que puede quedar en un par de generaciones aún después de la muerte física. De la permanencia posible y de su fragilidad.

Lean a Mitchell – dense ese gran placer – y no le pongan tanta atención como yo a sus problemas con las clases sociales. Y sobre todo, no dejen que el presente aburrido apabulle la lectura de una obra tan interesante, lúcida (y generadora de felicidad).

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en Skye (aún parte de Gran Bretaña)

Todes – Cuerpo y mundo

Parte de nuestro apoyo para el proyecto Topoi (María Clara Cortés, Roman Kossak, Wanda Siedlecka, AV – la página estará lista pronto y habrá una inauguración y presentación de un video hecho por los cuatro autores el próximo mes en Nueva York – una presentación primaria e inicial está en el PechaKucha de hace un par de años; pero el proyecto ha evolucionado bastante desde entonces) ha estado en la obra de Samuel Todes, un filósofo estadounidense que hace una síntesis curiosa entre Heidegger y Merleau-Ponty (descripción de la unión de la naturaleza física independiente y la experiencia en nuestras acciones corporales).

Parte del proyecto ha intentado ser una conversación entre dos matemáticos (Roman Kossak y yo) y dos artistas (Wanda Siedlecka y María Clara Cortés). Dos en Nueva York (y Fleischmanns en los Catskills) y dos en Bogotá (y Chía). Dos europeos (Roman y Wanda), dos latinoamericanos (MC y yo).  El inicio del proyecto fue una frustración de comunicación, una percepción de muchos temas comunes y pocos caminos de comunicación. Y un tema: el espacio, la espacialidad, el topos – tomado de manera filosófica, pero matemática en manos de Kossak y mías, y artística en manos de María Clara y Wanda.

En matemática, como en arte, la espacialidad está íntimamente anclada en nuestro cuerpo, en nuestro estar en el mundo de manera corpórea. Las fotos y videos del proyecto intentan explorar ese tema.

A continuación algunas frases de Body and World de S. Todes, ed. MIT 2001 – frases que con buen análisis fenomenológico (seminario en CUNY con filósofos profesionales que han ayudado a Roman y a Wanda en la lectura de Husserl, Merleau-Ponty, Todes, Heidegger – uno de ellos, Yuval Adler, es a la vez filósofo y cineasta – coautor de Bethlehem junto con Ali Waked) nos han ayudado a acotar el proyecto Topoi:

  • The vertical field: In practical sense experience, the vertical field appears to be the field of the common world in which we find ourselves thrown together with objects. And the horizontal field, by way of contrast, appears to be the field of our experience in this world. (…) Objects appear to be encounterable and determinable only in virtue of our appearing to be thrown together with them, stuck with them for better or worse, in the vertical field of a common world. (…) This vertical field is applied not to us, as active percipients, but through us. Our initial problem is to balance ourselves upright in this field of influence. Our problem is neither to conform (accede) to this influence, nor to offer resistance to it – neither of which makes perceptual sense. (p. 122 and ff.)
  • The “unity of the world” is the evidence demonstrating the common-sense convictions that there is one and only one actual world, and everything we can think of is in terms of this world’s possibilities. The problem is to find the evidence. Now we have seen that the world is the field of all our fields of activity. It is correlative with the felt unity of our active body in it. Our sense of being an individual self-moved mover in the world is then our evidence that there is but one world. Our sense that all our experience presents or represents some way of meeting our needs is correlative with our sense that everything we can think of, everything perceivable and imaginable, refers to some possibility of this world in which we have the needs we seek to meet. … (p. 262)
  • The extent to which the world can be filled: The field of our experience represents (itálicas mías) our capacity for experience. Our field of practical perceptual experience is always given as more capacious than its actual contents. This is because the actual content of this field is given as determinable by our free activity in respect to it. And if the world were filled with content, we would be cramped by it and lose our capacity to maneuver freely in the world. Hence such “content” could not appear to be determinable; nor could it therefore appear to be the content of the world. Thus our perceptual experience can never exhaust our capacity for perceptual experience. (…) Our capacity for perceptual experience can never be more than momentarily filled, just as the perceptual world can never be more than locally filled with content, viz., with perceptual objects. Our question (…) is whether it is possible for our experiential capacity and its world to be more completely filled in imagination than in perception.

Esos son tres fragmentos que considero importantes, aunque no sean los que realmente han jalonado nuestro proyecto.

El proyecto, a dos años y medio de haber sido iniciado, ha producido muchas conversaciones puramente fotográficas. Uno de los cuatro “lanza” unas fotos – usualmente 4 o 5, y posiblemente una palabra (In-between Topos, Memory Topos, Blur Topos, …) y los demás, si quieren las contestan… con otras fotos. Algunos de esos “topoi” han resultado muy generadores de respuestas, otros no. En total hay ya unas dos mil fotos, algunas más “fotográficas”, otras simple documento, y aproximadamente un centenar de topoi.

En un momento dado, el video como medio se volvió importante – algunos topoi son claramente dinámicos. Pero es algo nuevo. La première mundial de nuestro video será el mes entrante en Manhattan. Luego habrá conversatorios, exposición, en The Painters’ Gallery, en Fleischmanns, NY.

En Bogotá, fuera de ese PechaKucha inicial, no hemos hecho aún presentación del proyecto.

Aunque la mayoría del proyecto ha sido entre los cuatro (MCC, RK, WS, AV), poco a poco hemos empezado a tener algo de retroalimentación (el curador Alejandro Martín ha sido un acompañante crítico de varias fases del proyecto; en Nueva York personajes como el filósofo Robert Tragesser, la fotógrafa Elaine Mayes, y varios arquitectos y fenomenólogos más, han expresado interés en el tema y su desarrollo). Creo que será muy interesante, después de esa inauguración en Nueva York, presentar alguna versión del proyecto en Bogotá también. Seguramente obtendremos otro tipo de retroalimentación – algo crucial para un proyecto en el cual el lugar (los dos o los cuatro lugares básicos) juega un papel tan fundamental.

Si usted es matemático se preguntará: ¿Y cómo entra la matemática ahí? ¿Qué papel juega? ¿Cuáles topoi matemáticos son expresables mediante fotografía?

No hay respuesta fácil. Hay dos matemáticos ahí: Kossak y yo. Ambos hemos estado muy involucrados en investigación matemática – Kossak es un gran experto en modelos de la aritmética y un gran lógico. Yo mismo trabajo en teoría de modelos, con cercanía a la geometría y a las clases elementales abstractas y haces. Muchos de los topoi lanzados por Kossak o por mí tienen claro anclaje, claras alusiones a nuestros “mundos” matemáticos (conjuntísticos, aritméticos, lógicos) – pero siempre son alusiones veladas, ¡nunca demasiado explícitas! Lo interesante es ver qué reacción suscitan en las dos artistas inicialmente y luego en gente que ve los conjuntos de fotos (o los videos). Un poco como echar a rodar una bola en un juego, con direccionalidad inicial pero con libertad de respuestas.

En un momento dado lancé un topos de haces, con fotos que de alguna manera “representaban” para mí un tema que me es muy cercano desde hace mucho tiempo. Las fotos eran tomadas en museos, en la naturaleza, en la ciudad – pueden aparecer personas, carros, etc. De una manera maravillosa, Wanda (que trabaja en arte: video-arte, edición, instalaciones, pero ciertamente no en matemática) lanzó respuestas/preguntas y se fue conformando un topos puramente fotográfico de lo global-local, del problema de pegamento y coherencia – sin lanzar explicaciones verbales, a punta de pura fotografía. No sé cómo lograba Wanda contestar con sus fotos algo que capturaba de manera tan precisa ese fenómeno matemático.

Otros topoi son más difíciles – hay también callejones sin salida. Y hay uno, el de la modularidad, que ha seguido siempre pendiente y semi-abierto.

(Una foto de cada uno de los cuatro:)

reserva

El domingo pasado subimos bien de mañana con María Clara al borde nor-occidental de la Reserva Forestal Thomas van der Hammen. Técnicamente, caminamos por la cadena de montañas entre Chía y Cota – la reserva estaba un poco más al sur de donde llegamos.

La intención no era ir a la reserva propiamente dicha: era simplemente caminar por una zona a la que no habíamos ido. Pero en un momento dado notamos que estábamos realmente muy cerca del borde nor-occidental.

He aquí un poco de lo que pudimos ver (lejos, lejos, de ser esto los “potreros” que algunos zoquetes han querido ver ahí – en algunas fotos, hacia abajo se adivina la franja de la reserva):

un país misterioso (para mí)

Ecuador resultó siendo un país repleto de misterios para mí, para nosotros, en este viaje de caminatas a volcanes y visitas a dos ciudades (Quito y Cuenca) y varios pueblos. El misterio está en la mezcla entre familiaridad dada por tanta historia compartida: misma bandera, misma cordillera, misma base culinaria, etc. – y a la vez tantas diferencias inmensas:

  • Las ciudades ecuatorianas que vimos se sienten tranquilísimas, no solo (obviamente) comparadas con Bogotá, sino comparadas con ciudades colombianas de su mismo tamaño. Quito, por ejemplo, es más o menos del tamaño de Medellín, pero Medellín se siente desordenada urbanísticamente, con un centro vuelto nada y paupérrimo – Quito sorprende por su limpieza y organización y calma. Al principio me sentía más en Finlandia que en América Latina. Cuenca también está muy bien cuidada, con su borde del río completamente limpio y con familias haciendo picnic el 1 de enero, sin ruido. No sé cómo será Guayaquil – la imagino como una Barranquilla de nuevo más ordenada y tranquila.
  • Siguiendo con lados “positivos”, la infraestructura vial, que hace palidecer a la nuestra. Pero eso es muy conocido y no era una novedad para nosotros.
  • Un lado negativo: muchos menos ciclistas que en Colombia, tanto en carreteras como en la ciudad. Extraño que un país tan “organizado”, tan limpio, tan pulcro, no tenga más ciclorrutas, más programas de impulso a la cicla. Uno podría pensar que la topografía de Quito no es muy amigable a la bicicleta (comparando con Bogotá) pero aún así…
  • Otro lado negativo: el “Transmilenio” quiteño (en realidad tres sistemas: ecobus, trolebus y metrobus, según la avenida) parece mucho más destartalado, mucho más vuelto nada que el bogotano. Superficialmente, parece que la división de clases de Quito se refleja ahí: el TM bogotano parece tener mucha más mezcla de gente que lo usa. En Quito esa infraestructura sí parece muy descuidada (y eso que es más nuevo que TM, pero se siente como si fuera 20 o 30 años más vetusto). Ah, pero… ya empezaron a hacer el metroserá subterráneo en la zona centro. De pronto están gastando todo el dinero en ese metro que ya empezaron a cavar.
  • El centro de Quito está mil veces mejor mantenido que el de Bogotá. En Colombia, la única ciudad grande fuera de Cartagena que tiene un centro histórico que debería ser super-cuidado es Bogotá (Medellín prácticamente destruyó por completo su centro histórico, y el de Cali es pequeñísimo). Aunque el centro histórico de Quito es tal vez el doble o el triple de grande que La Candelaria, no hay ninguna razón para que tengamos nuestro centro histórico como está en este momento.
  • La vida cultural es difícil de juzgar en vacaciones y peor en esta época del año. Se siente que hay bastante pero aún así muchísimo menos que en Bogotá, y sobre todo mucho menos alternativa. Pero esa puede ser una impresión superficial. Sospecho que el precio a pagar por tanta tranquilidad es una vida intelectual mucho menos agitada, mucho menos intensa. Un poco como la diferencia entre Boston (Quito) y Nueva York (Bogotá) – una ciudad pequeña pero razonable, la otra grande y caótica pero más intensa e interesante.
  • El urbanismo de varias zonas de Quito impresiona: avenidas muy amplias, edificios de alturas similares, parques, vistas libres – sin esa cosa abigarrada y supremamente desordenada (alturas, anchos de vías) de Bogotá. ¿De dónde les llegó? ¿Cómo iniciaron eso? O más bien… ¿cómo lograron no sucumbir al caos de las demás ciudades latinoamericanas?
  • Cierto autoritarismo, de nuevo difícil de juzgar en este tipo de viaje, parece flotar en el aire. No necesariamente cosa del actual presidente (que poco es mencionado: ni para bien ni para mal – qué contraste con Colombia donde todo el tiempo opinamos en extremos) – parece más algo del aire ecuatoriano. Cierta presencia de la religión católica (“parroquias” en vez de municipios, un detalle de nombre pero que parece extenderse a muchas cosas), incluso en el presidente actual, que es muy “teología de la liberación” (ayudada por el dinero del petróleo… mientas este costaba). Me hizo falta a mí, el bogotano, más protesta visible. Ni un grafiti casi, nada. Pero la historia de las últimas décadas de Ecuador tiene momentos muy problemáticos de persecución – algo que comparte (en horror) con Colombia, Perú, etc.
  • Los contrastes más extremos son obviamente con Venezuela. En un país, el líder fallecido visible por todas partes en afiches y pancartas (y ahora en las peleas de la Asamblea), en el otro, ni una sola foto. No hay afiches de Correa en Ecuador – o no hubo en estas semanas. Alguien podría decir que hay mucha menos presión sobre la gente en Ecuador, donde no se ven esas caras absurdas del anterior gobernante, cuasi-santificado, donde simplemente no se ven caras. Alguien podría contestar que el líder ecuatoriano es infinitamente más inteligente y más sagaz que el anterior líder venezolano, pues ni siquiera necesita estar apareciendo en todas partes… El hecho crudo y simple es que no se ve por ahí. Probablemente ejerce su inmenso poder de otras maneras.
  • Otro contraste inmediato con Venezuela es la cantidad de productos ecuatorianos que parece haber, y la baja cantidad de productos importados. Parecen estar apuntando a la no-dependencia de las importaciones en Ecuador. Mucho menos producto importado que en Colombia, una que otra cosa importada de Colombia, y mucha producción local. El contraste con Venezuela, que logró destruir su propia producción, es abismal.
  • Al estar en un país tan calmado, donde dejan tantas tiendas sin vigilancia (librerías de varios pisos donde parece atender solo una persona abajo y nadie lo persigue a uno – el simple hecho de no sentirse perseguido como en Colombia cuando uno va de compras donde los vendedores no se despegan de uno nunca) visible, le mueve a uno las referencias mucho más que ir a países ruidosos, violentos, desordenados, como Colombia o (más aún) Venezuela: al ver tantos mapas históricos donde “Quito” llegaba hasta Panamá (y cubría Popayán y Pasto, pero incluso parte de Antioquia y buena parte de la Amazonía hasta Tabatinga), al saber que durante una década fueron parte del mismo país – se pregunta uno qué los salvó de ser una provincia del sur, olvidada. Qué fuerza tuvieron para armar su propio país, tan distinto hoy.
  • ¿Será que todo eso es un espejismo actual? ¿Cuál es la verdadera situación de los indígenas? – no oímos casi hablar quechua, es mucho menos presente que en lugares como Áncash – los indígenas hablan en Ecuador siempre español con uno… ¿Qué pasará ahora que el dinero del petróleo se acabe? ¿Están realmente invirtiendo en construcción de país, más allá de la economía del petróleo? (Por lo menos, y muy superficialmente, parece haber muchísima inversión en algunos rubros como vías – pero… ¿qué tal está la educación allá? ¿es Yachay algo más que un proyecto mega sobre el papel? ¿qué tanta vida tiene todo eso más allá del gobierno actual?
  • (Imposible saber qué viene, qué pasará cuando se reemplace el petróleo por otra fuente de energía, qué quedará – yo simplemente reporto que viví una tranquilidad casi impensable, muy inesperada y muy relajante y satisfactoria – alguien podría alegar que Quito se siente en hora pico entre semana como un domingo por la tarde bogotano [la semana pasada ya había colegios en Ecuador – las vacaciones se acabaron el 3 de enero allá, pero aún así se sentía como un fin de semana de puente en Bogotá], y tal vez tendría razón – aún así, Ecuador fue un espejo inmaculado y maravilloso para mirarse la cara en estos días… (país de belleza increíble, sin pancartas casi en las carreteras, casi demasiado bello para nuestro siglo, casi demasiado calmado para nuestro mundo)
  • Todo esto sin hablar de volcanes y caminatas y más maravillas …

(Epílogo: viajar por América del Sur es casi una peregrinación a uno mismo. Es con toda certeza una de las mejores zonas para viajar en el mundo hoy en día, por muchas razones. Y para mí, como suramericano, es una fuente inagotable de riqueza y visiones y felicidad (y cuestionamientos y lugares crudos y momentos dolorosos y recorderis de varios tipos de horror – la feísima Ambato, los durísimos alrededores de Riobamba, también hacen parte de eso. Pero por otro lado, viajar por la Cordillera de los Andes, aquí en Colombia, en Ecuador, Perú, Chile y Argentina [aún no he estado en Bolivia] es de lejos uno de mis mundos preferidos, una de mis acciones favoritas – escuchar erres arrastradas andinas, entonaciones, historias – y descubrir la propia ignorancia, y la sorpresa…)

El búho ciego

Hoy terminé la lectura de El búho ciego, Buf-e-kur, بوف کور, una de las novelas más impresionantes que he leído en la vida. La historia sucede en las afueras de Teherán – cerca de la antigua ciudad de Rey, junto a las montañas Alborz, en un tiempo indefinido que podría tanto ser hoy en día como hace 300 años – un hombre vive una infinidad de vericuetos internos, de reflejos de reflejos sobre sus propias obsesiones. Adquiere una visión curiosa, siniestra y como reflejada en una pared, de sí mismo, de los demás seres humanos y finalmente del universo entero. Una visión de quien no cree en los rasgos fijos y precisos y delineados, de quien ve en ellos mero engaño y mentira, de quien desprecia la presentación directa del mundo y sabe que tan solo la sombra de la cabeza de uno que proyecta una vela en plena noche en la habitación solitaria puede dar cuenta remota, vaga y fugaz de la realidad que el mundo se complace en repletar de falacias.

El autor es Sadeq Hedayat, un iraní que vivió entre 1903 y 1950 – se suicidó en París durante su auto-exilio en esa ciudad. La obra El búho ciego es usualmente vista como su novela principal – apareció en persa en 1936. Hay una influencia muy clara de autores como Kafka, Maupassant tal vez, probablemente Nerval – pero además (dicen quienes conocen ese otro lado) hay influencia muy clara de la gran literatura persa anterior – de autores como Omar Jayam, Firdusi, Saadi, Hafiz. Agregan que una mezcla de simbolismo persa con simbolismos indios fuerte ahí. Muchos dicen que es la obra cumbre de la literatura persa moderna, de la literatura iraní.

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Llegué a ese libro por algún camino de esos que uno luego no logra reconstruir de manera muy racional. Andábamos de retorno de vivir en Israel hace 18 años, y en una parada de unas semanas en París entré a la librería de José Corti, buscando algunos títulos filosóficos. El librero notó que me interesaba la literatura de lugares del “Medio Oriente” y entablamos conversación. Pronto me recomendó El Búho Ciego como algo muy especial, muy bueno. La compré (en la versión francesa de Roger Lescot) y ahí quedó, durante casi 18 años en la biblioteca a la espera de ser leída. Nunca la leí hasta después de mi viaje a Irán hace unas semanas.

A Irán llegué por otros vericuetos enredados – un poco como entrando a una de sus famosas mezquitas, que en el caso iraní se caracterizan por nunca tener una entrada directa sino siempre obligar al visitante a girar, a bajar y subir, a alguna vuelta antes de ver el esplendor máximo que uno pueda soñar, si hace el esfuerzo pequeño de girar o bajar y subir. Tampoco llegué al mundo iraní de manera directa – la llegada tuvo que ver con muchas cosas (en desorden: las clases elementales abstractas, la teoría de modelos, la sensibilidad fuerte a culturas del libro – judaísmo e islam, iniciada durante mi tiempo en Israel – no por razones religiosas obviamente pero sí con curiosidad por aspectos culturales que me parecen esenciales en la construcción de nuestro propio “ser”, las construcciones de Hrushovski, la teoría de representaciones de Galois, cierto afán de simetría con los viajes – como descubrí gracias a una pregunta de Javier Moreno en twitter, etc.).

Pero curiosamente, las montañas y callejuelas de la vieja Teherán, que están en esta novela impactante, fueron parte importante de la visita. Caminé con Zaniar Ghadernezhad hasta la cima del Tochal un día – vi algo de las faldas del Alborz de noche también – las montañas gigantescas pedregosas y nevadas que se elevan desde Teherán. Vi su esplendor, ahora leí la faz mopasantiana, celiniana tal vez, kafkiana según otros, y seguramente muchas referencias que me escapan, en esa pequeña joya de obra.

El libro no es largo: meras 190 páginas en la edición (cruda, neta y hermosa) de Corti. Se lee rápido una vez entra uno en el “modo”. Repeticiones de imágenes, de figuras, hacen que a veces uno sienta estar leyendo algo muy parecido a poesía, o perciba uno que hacen parte de retóricas venidas de otro lugar. Pero esas simetrías, juegos de repetición – parte esencial del libro, de la manera como opera, como vuelve y vuelve por caminos que uno creía ya saldados, como en el mundo real, no lo son todo. El libro no se queda en ese juego intelectual sofisticado: plantea preguntas existenciales crudísimas, y las plantea sin piedad.

No queda árbol sin mochar, no queda piedra sin mover. Todo el islam, por ejemplo, es expuesto a la luz de su hipocresía y mentira (pero todo lo que dice Hedayat del islam, de su hipocresía, lo dice simplemente porque su personaje está en ese contexto, rodeado de gente creyente – las mismas frases funcionarían de manera perfecta para cualquier otra religión, cualquier otro sistema cultural o social). Las acciones humanas, todo queda expuesto en su vanagloria y pequeñez. El yo mismo del narrador queda completamente destruido: está cayendo en la locura, se está desintegrando, y uno lo va siguiendo mientras pasa eso. ¡Es a la vez increíblemente fascinante y brutalmente doloroso ir leyendo ese libro! Por otro lado, Hedayat logra manejar tanta ironía contenida, que el libro jamás cae en jeremíadas, en quejas. Pasan cosas absurdas y terribles, porque el mundo es absurdo y terrible.

El libro tiene frases como las siguientes (que aisladas son fuertes, y en el libro lo son mil veces más, cuando uno ve la historia del narrador) – traduzco yo de la traducción al francés, quién sabe cómo serán en el persa original:

  • No temo más que una cosa, morir mañana, sin haberme conocido a mí mismo.
  • Si ahora me decidí a escribir, solo es para darme a conocer a mi sombra – mi sombra que se inclina sobre el muro, y que parece devorar las líneas que trazo. Es para ella que quiero intentar este experimento, para ver si podemos conocer mejor ella y yo.

¡Todo puntuado con momentos de éxtasis puro con cosas aparentemente mínimas!

Sí, en este primero del año de 2016, vale aunque sea una recomendación: si está buscando una obra corta, brutalmente lúcida y además deslumbrantemente bella para leer (aunque la lucidez será excesiva, la belleza incomprensible para nuestra ignorancia de tantas culturas del mundo fuera del estrecho mundo “occidental”), anímese a leer El Búho Ciego de Sadeq Hedayat. Realmente vale la pena.

The garden of forking paths

Reading a sentence like this about a friend, also a colleague three doors down the corridor, written by someone I do not know, in a blog devoted to interpretation “with-and-beyond Novalis” gives me hope for many good things:

I have no hesitation in saying that Fernando Zalamea’s book Synthetic Philosophy of Contemporary Mathematics is the most important one today in the field of philosophy of mathematics — not so much for its uniquely Goethean discoveries and sheaf theory — but for its explicit call to dialogue and exploration of the wild heart of life whose name is Satyagraha of which the world of mathematics is but a ever-significant microcosm.

(The author of inthesaltmine)

Of course, I am not surprised: Zalamea’s book is the main eye-opener in this generation in Philosophy of Mathematics. I can only feel deep gratitude to have crossed his path at an early age (when I met him, I was 22 years old; Zalamea was the reader of my Master’s Thesis with Xavier Caicedo: his comments to my thesis were at the same time incredibly encouraging, and they allowed my to glimpse and have a sense of the potential of the theories I was starting to study at the time). Our paths have crossed in different places (oddly, not so much in the Math Department of Bogotá, although we have been members of the same committees and have offices in the same corridor, just three doors apart): Catalonia, for several intense days during which Fernando drove with MaríaElsa, and María Clara and me through minimal roads leading through gorges and precipices to the wildest dreams of imagination of the Romanesque Period in the monasteries of Catalonia, or Finland (where we had to leave before his arrival – the paths did not quite cross but almost did – we connected through aspects and places in Helsinki). Or, oddly enough, in New York – crossing paths in a weird way earlier this year. Or else through the volume Rondas en Sais, edited by Fernando, with papers by Javier Moreno, Alejandro Martín, Alex Cruz, Francisco Vargas, myself and of course Zalamea himself… Or in El Vendrell…

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A few years back, María Clara Cortés and Fernando Zalamea, by the sinking boat…

The search for Lautman (physical, in a street of Toulouse; conceptual, through the years), the use of new frames of mind, all this is a sort of dialogue that the author of inthesaltmine proposes after his reading of Zalamea’s volume.

Dialogue with Zalamea is of a weird kind: he is not (often) devoted to direct exchange of ideas: to engage dialogue with Zalamea, you essentially have to do a lot of work, give some lectures, and after that you will get a response in the form of a comment to some aspect of your lecture; or else write an essay (or even better, publish a paper or a book!) and you will get incredible feedback. Zalamea is (also) an extremely keen and sharp reader – one of those readers who may discover many things in your own text that “were there but you didn’t notice until he pointed them out”.

Recently, the “phenomenological sheaf” has started to twist itself: in later musings, we (with Gabriel Padilla, with Tim Gendron, etc.) have started to include the effect of actions by groups on the fibers – actions coherent and exact themselves – sheaf actions and their quotients. These give rise to new objects, quotients of sheaves, contorted sheaves, torsion incorporated in a sheaf-like way. A first (mathematical) foray, done with Gabriel, already extends the Generic Model Theorem to this new realm, and opens the way to twisted objects. With Tim, the work connects these objects with problems in number theory (no paper yet there).

Leyendo a Lem (II): libertad (?)

“Habéis amenazado a la biosfera, que es vuestro nido y vuestro anfitrión. No obstante, al final os habéis echado atrás. Con mayor o menor suerte conseguiréis revertir el proceso, pero ¿qué pasará luego? Seréis libres. No os estoy predicando una utopía genética ni un paraíso autoevolutivo, sino un escenario en que la libertad se revelará como la tarea más dura, dado que, por encima de la planicie de balbuceos emitidos por la millonagenaria y locuaz Evolución hacia la Naturaleza con carácter de aide-mémoire, por encima de este bajo mundo entrelazado en uno solo, se abre un universo de oportunidades aún no alcanzadas. Os lo mostraré como mejor sé: de lejos.

Vuestro dilema reside entre la magnificencia y la miseria. La elección es difícil dado que, para elevarse a la altura de las oportunidades desperdiciadas por la Evolución, tendréis que abandonar la miseria. En otras palabras y por desgracia: a vosotros mismos.

¿Y ahora qué? Diréis: no entregaremos nuestra miseria a este precio. Jamás. Que el genio omnífice permanezca encerrado dentro de la botella de la ciencia: ¡de ninguna manera lo dejaremos salir!”

Golem XIV, en Golem XIV de Stanisław Lem (1982)

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The Gowanus Canal – Brooklyn, April 2013