de lo interno y lo externo: Cristián Salineros en Bogotá

El artista santiaguino Cristián Salineros está exponiendo en NC-Arte en Bogotá. Su obra se llama Órdenes sistémicos y de alguna manera termina siendo una reflexión muy poderosa, muy violenta (casi) sobre lo interno y lo externo, el estar encerrado y el estar libre; el creer que uno está libre cuando está encerrado (o tal vez al revés).

Es un entramado peculiar de jaulas de pájaros enormes, conectadas entre sí por vasos comunicantes en el mismo tejido metálico de jaula. Uno debe agacharse para poder entrar a sentirse encerrado entre varias de esas jaulas, para poder experimentar la angustia de saber que uno está en alguna jaula, alguna zona y que de pronto rompiendo algo (así sea el andar recto) se puede pasar a otro lado; o acaso por entre los múltiples vasos comunicantes de la exposición pueda lograrlo.

No hay pájaros. ¿Por qué? No es claro. Deberían estar. En las fotos expuestas en el segundo piso el artista registra las cagarrutas de los pájaros, el especie de Jackson Pollock que van dejando en el suelo al expulsar su mierda en muchos grises muchos pájaros, y resulta ser una de las partes menos angustiantes de la obra.

Pero si a Cristián Salineros le interesa tanto lo residual – como consta en esas maravillosas fotos de mierda de pájaro superpuesta, esos Jackson Pollock preciosos, o en los huevos que hierven y se revientan y sueltan albúmina … ¿por qué dejó las jaulas tan limpias, tan perfectas, tan nítidas? ¿No deberían estar las jaulas también con el registro/residuo de los pájaros que -angustiadísimos como cualquier ser en jaula- vayan cagando al volar y dejando plumas y trozos de paja y acaso sangre?

La exposición es preciosa. Al principio parece demasiado simétrica; luego uno se pierde y termina evocando las jaulas mortales de Auschwitz; la misma simetría, la misma imposibilidad de salir, los mismos vasos comunicantes de engaño.

Resulta interesante luego enterarse del país de origen de Salineros. En Santiago de Chile tuvo lugar uno de los horrores de jaulas más brutales, ese fatídico 11 de septiembre de 1973. Todo esto está ahí, para ser visto.

soundtrack de un viaje

La intensidad de los viajes, de ciertos viajes, en mi caso casi siempre va acompañada de un especie de “soundtrack mental”. Los largos períodos pasados caminando, en la naturaleza, en el silencio (relativo) de los montes, o entre el oleaje o entre los grafitis hermosísimos de las ciudades despertando – todo eso requiere (y genera) en mi caso una música de fondo, una música muy distinta de la que suelo escuchar cuando estoy inmerso en el trabajo matemático o en las clases o en la correspondencia “usuales” en Bogotá. Si durante el semestre puedo tener una obsesión con alguna partita barroca o alguna sonata para piano del romanticismo o alguna música del siglo XX o incluso XXI, al viajar de alguna manera se reconfigura por completo todo.

Caminar en invierno por los lagos congelados de Finlandia para mí requirió una mezcla entre músicas de Carelia, de Ostrobotnia – y trozos largos de la Tercera de Sibelius repasados en la mente, o sencillamente su Concierto para Violín. Este último es para mí el soundtrack del Báltico, de un paseo hecho en 2004 a una isla/sauna a cuatro horas de velero de Helsinki en verano.

En otros momentos han sido músicas ancashinas, huaynos brutales de esos Andes centrales. O cierta música de Grebenshchikov. O sencillamente Brel y Stromae. O…

En este viaje a Chile obviamente los grupos impresionantes que ha dado ese país – mezclados con esos compositores de canción increíbles (Violeta Parra, Víctor Jara) estuvieron todo el tiempo ahí, de música de fondo. El grupo Inti Illimani ocupó mucho espacio mental: ellos cantan muchas músicas de Chile y también muchas músicas de otros lados – de Bolivia y Argentina, huaynos peruanos.

Por alguna razón peculiar enlacé con otro viaje, anterior, expresado en la canción Samba Landó de ese grupo – una canción que en realidad está anclada en la música afroperuana, una canción de la resistencia negra a la esclavitud.

La letra de esa canción es una invitación a liberarse, claro, pero sobre todo a tener cuidado con los nuevos negreros de la advertencia que hacen, tener cuidado con los nuevos esclavizadores que siempre acechan.

La fuerza instrumental y rítmica (cajón peruano, a veces con charango, siempre con guitarra y bajo) de la música afroperuana es algo difícil de capturar en frases. Simplemente hay que oírla – escuchar Toro Mata mil veces, escuchar A mí no me cumbén. Esta Samba Landó es sencillamente brutal.

Enlazo tres versiones: una de estudio de Inti Illimani, impresionante. Otra, en cover por Nano Stern y Manuel García (solo con guitarra y voz). Y por último una por MARKAMA y Rubén Rada, creo de un concierto en Buenos Aires, con imágenes impresionantes de grabados y documentos de venta de esclavos en Lima durante el siglo XVIII.

Si uno las escucha, las canta, se pueden volver parte de un soundtrack mental muy poderoso. (En realidad el soundtrack mental mío en Chile tuvo mucho, mucho más – decenas de canciones, huaynos, poemas de Violeta Parra, el increíble Galambito Temucano, y mucho de Víctor Jara. Pero reduzco de momento al increíble Samba Landó.)

waking up

2nd January 2020. As the city wakes up, I walk the streets. Loneliness… except at some point a cat joins me and follows for some three or four blocks. We converse. Then something attracts his attention and disappears. A moment later a male stray dog arrives. I am fearful, as he comes very close to me. But the dog is friendly. He follows me for some two or three kilometers – or rather than following me, he walks with me. We converse. Other dogs bark at him; I tell them I am walking with him (noname).

A slideshow.

The city is Valdivia, destroyed in 1960 by the most powerful earthquake ever recorded since they are recorded: 9.5 on Richter’s scale. Followed by a tsunami that created enormous bodies of water around the city. A city of dreams, of mist (not in summer, but somehow there are there), of the south. Of immigrants arrived from Germany around 1850.

A slideshow.

paredes de Chile (2): Santiago

La parte final de nuestras semanas en Chile fue en Santiago. Solo un par de días, que resultaron maravillosos por muchas razones (entre estas la exposición del MAC, Museo de Arte Contemporáneo, un edificio espléndido y museo manejado por la Facultad de Artes de la Universidad de Chile: nos hizo sentir agudamente la ausencia de un verdadero museo universitario [irreverente, transgresor, que haga pensar] aquí en Bogotá – las exposiciones del Museo de la Universidad Nacional se han vuelto cosas medio placenteras y se sienten brutalmente convencionales – ya llegará nuestro momento de (volver a) tener un museo universitario real)…

Si las paredes de Concepción, de Valdivia y de Puerto Montt (e incluso, tímidamente, de las turísticas y adineradas Pucón y Puerto Varas) hablaban vehementemente, las de Santiago fueron realmente superlativas.

Es difícil resumir la sensación de ver toda la capital, todas las ciudades de un país, casi completamente pintadas, con las fachadas de bancos, centros comerciales, supermercados, etc. tapadas por completo, todo pintado. Y leer tantos mensajes variados, admirar tanta gráfica (en Santiago sobre todo, la calidad de la gráfica es impresionante). Ver un país no meramente despertando sino literalmente sacudiéndose de encima el legado venido de una salida del horror pinochetista sin catarsis real, con transición muy suave a la (que algunos llaman) democracia (nombre que muchos cuestionan para estos últimos 30 años).

Lo que se ve en Chile tiene algo grandioso y a la vez preocupante. Grandiosa la sacudida de fantasmas enquistados, preocupante la incertidumbre ante el futuro.

La gráfica nos dejó admirados. Logra que bajo las capas y capas de mensajes uno pueda ver (cosa muy difícil en principio) y nos hace pensar en el impacto que tuvieron en grupos como Taller 4 Rojo en Colombia en los años 70.

Va una selección de pintadas en Santiago. Trato de mostrar en esta selección cierta variedad temática. Todas fueron tomadas en la zona entre la Alameda, Lastarria, el Parque Forestal, el Museo de Bellas Artes y Plaza Italia.

Puerto Montt, oh Puerto Montt…

Puerto Montt. Siempre me sonó sumamente exótica esa combinación de palabras, desde que la escuché por primera vez. Creo que fue cuando era estudiante de pregrado, hacia 1988 o 1989 (a estas alturas teclear fechas que empiezan por 19.. se está volviendo menos y menos común, y los dedos pueden fácilmente equivocarse y teclear 18..). Una prima de María Clara había hecho un recorrido mochilero por muchos países de Suramérica y mencionaba la llegada a Puerto Montt, y los fiordos del sur, y …

La sentía remota, azul y nevada, entre el Pacífico y los volcanes y la nieve y las casitas de colores. La imaginaba también un poco glamurosa, tal vez por leer que tantos cruceros hacia la zona magallánica, hacia Tierra del Fuego, hacia Puerto Natales y Punta Arenas, suelen zarpar de Puerto Montt. Sí: tenía la imagen de Puerto Montt como la Puerta del Gran Sur.

También había oído hablar mil veces del cruce de Puerto Montt a Bariloche por los lagos – no entendía muy bien cómo era posible eso pero sabía que cierta gente lo hacía. Todo eso no hacía más que aumentar esa aura de puerta al mundo, a la Patagonia, a la Argentina, al Sur, al Pacífico, a los Andes escarpados y nevados.


El sábado pasado llegamos por fin a Puerto Montt. Y sí es el Gran Sur, pero en un sentido mucho más hondo, mucho menos caricaturesco que en esa imagen mental de folleto de agencia de viajes que me había armado yo. Es todo lo anterior, claro (excepto el glamour – ese está en Puerto Varas y de otra manera en Frutillar – los chilenos parecen ser expertos en armar pares de ciudades una muy popular y otra muy glamurosa justo al lado – Valparaíso y Viña del Mar son el ejemplo más extremo de eso, pero lo mismo se ve en la zona – Puerto Montt es la popular, Puerto Varas la glamurosa…).

Puerto Montt es agradablemente áspera y dura, un puerto en todo el sentido de la palabra. Y todas esas conexiones que percibía yo, claro, están.

Pero además de todo eso es un lugar del Gran Sur político – además del Gran Sur geográfico. Puerto Montt en las pocas horas que la vimos nos recibió con aire de resistencia, mezclado con la traza de dolorosísimos momentos vividos ahí. El terremoto del 60, mezclado con los asesinatos – la masacre de Puerto Montt en el 69, que canta Víctor Jara.

No conocía (tampoco) esa canción tan impresionante. Paola Vargas la mencionó en un post en fb – ¡mil gracias por haber abierto mis ojos a esa canción tan increíble!


Al llegar a Puerto Montt, al divisar el mar ahí abajo, María Clara sugirió que nos bajáramos del colectivo y camináramos hasta el puerto por la avenida bajando, para degustar la llegada, para oler el mar y el aroma pútrido del puerto y detenerse ante el letrero que señala el Sur, la Carretera Austral.

Luego seguimos bajando. Ya en la Costanera, una tienda de música nos llamó la atención, por su nombre en parte (BorDeMar), pero también por la casa. Entramos a ver. No había nada que se viera muy interesante. Pero pasó algo muy curioso. Pregunté a la señora que atiende si tenía música de Víctor Jara. Me contestó “no, no…”. Al preguntar donde podría conseguir me dijo “no, si nadie oye esa música… o a lo mejor en Santiago…”.



La vuelta por los barrios de la isla de Tenglo, el encuentro con gente increíble, el canal, el ascenso a una montaña de la altura de la Valvanera, con casitas tan similares a las de la Comunidad Indígena en Fonquetá, y con una cima tan similar a la del descampado al frente de la Valvanera; una Cruz horrenda plantada para la visita de Juan Pablo II (el papa más opuesto a las luchas de Puerto Montt que uno podría imaginar), el premio de la vista de la Cordillera tras el mar… Fue un verdadero alud de sorpresas. También la conversación con los barqueros, con un par de personas encontradas por ahí, tan similares a gente de veredas cercanas a Zipaquirá o Fonquetá. Y luego Doña Silvia en un restaurante en la zona de Angelmó, un parador básico con la sopa de mar más impresionante que recuerdo…

La canción de Víctor Jara está más vigente que nunca, en Chile y en Colombia. El coro dice

“¡Ay! qué ser más infeliz
El que mandó disparar
Sabiendo como evitar
Una matanza tan vil

Puerto Montt oh Puerto Montt … Puerto Montt oh Puerto Montt”

(y ese refrán final se le queda a uno en la mente, y tiñe el recuerdo del día pasado allá)

Y nos topamos con la Avenida Salvador Allende. No está tachado, ni más faltaba (como sí lo están muchos otros nombres). Pero alguien recordó pegar un papelito que dice trabajadores de la patria uníos – no tienen nada qué perder, evocando tal vez el último discurso del presidente el 11 de septiembre del 73.

Y seguimos andando, y pasamos por el museo histórico (vidrios destrozados, cerrado), y conversamos con niños con cara de venir de los barrios más pobres, que hacen ejercicios en barras demasiado altas para ellos (y casi para mí también) y nos dicen que lo que se ha destruido hasta ahora no es nada, que puede llegar gente muy mala (y no contestamos, pero sabemos que tienen razón). Y atravesamos de nuevo el canal desde Tenglo y nos cuenta el pescador cómo hay que evitar el salmón de los restaurantes pues lo venden ya congelado, que busquemos congrio y merluza o cholgas y piures, que evitemos el ceviche que es de “puro ripio”. Y seguimos andando por Puerto Montt, y ahora escucho los acentos de Víctor Jara al evocar esa ciudad impresionante y ahora mucho más misteriosa para mí.

vortices, undertows, tidal curls

among the many purely textural, primary, primal experiences in this region of Southern Chile, there is water

water in those incredibly blue lakes, of course (Hualalafquén, Mallalafquén, Llanquihue, etc.)

but more primally still, water in the Pacific Coast off the Valdivian Forest

(in front of places called Curiñanco, Niebla, Calfuco, Pilolcura, Maiquillahue, Mehuín, Queule, …)

Here:

¿qué estaba buscando?

Aún no es del todo claro para mí qué estaba buscando yo al haber venido a Chile en estas semanas. La razón oficial, inmediata, y muy cierta, es naturalmente que había un congreso importante internacional de mi área de trabajo. Fue una maravilla de congreso, y con esa primera semana ya habría sido razón más que suficiente para venir a este país.

Pero el congreso mismo tenía ya un lado ligeramente distinto de lo usual: debido a la mobilización social en Chile, y sobre todo a causa de la violencia policial y de algunos de los manifestantes (¡claramente, una minoría!), los organizadores estuvieron a punto de cancelar este congreso. La Universidad de Concepción (ese lugar increíble) está con los edificios cerrados desde octubre. El campus mismo está abierto y libre de grafitis (la ciudad tiene tanto grafiti que es un alivio ver ese campus universitario a la vez completamente abierto al público en sus prados y jardines – un parque gigante para la ciudad) pero con los edificios cerrados era imposible hacer el congreso ahí. Los organizadores terminaron cambiando el lugar a un hotel; el congreso funcionó muy bien en términos matemáticos.

Pero había algo tal vez más básico (¿más vital?) en mi felicidad con este viaje, en ese momento de recibir a María Clara un domingo a medianoche en el aeropuerto de Concepción al finalizar el congreso, para iniciar un viaje por el “sur cercano” de Chile.

Y poco a poco empezamos a entender que esta zona, estas tres o cuatro regiones (el Biobío, la Araucanía, la Región de los Ríos y la Región de los Lagos – entre Concepción y Puerto Montt, pasando por Pucón, Valdivia y Puerto Varas) tienen un especie de versión ultraconcentrada de lo que más nos ha gustado encontrar en tiempos recientes:

montaña – volcanes – caminatas – reservas naturales – mar – comida de mar – cordero asado – caminatas de nuevo – meterse en lagos – meterse al mar [helado] – carreteras con vistas a costa recortada – océano y olas bravas – árboles [alerces, araucarias, melis, arrayanes, lumas, avellanos, ulmos] – formas – subidas y bajadas – playas – rocas – lenguas indígenas – pájaros [cóndores, aguiluchos, águilas, chucaos, halcones] – montañas – santuarios naturales – ríos gigantes – estuarios – madera – montañas – volcanes – árboles


Pero aún todo eso no agota la intensidad de estos días.

Pensaba en que vinimos también a cerrar 2019, ese año extraño que esencialmente se abrió con el viaje de José Luis Villaveces, mi padre, a su propio destino, a su regreso al universo.

En enero de 2019 murió él mientras nosotros estábamos en otro periplo largo, muy distinto de este, el viaje nuestro a Nápoles y Viena que significó despedirlo. Hace casi un año ya. Un tiempo difícil de capturar: siempre me parece que se fue hace mucho menos tiempo, que acaba de morir casi. Trato de decirle que siga tranquilo su camino; empecé a decirle eso mentalmente desde hace un tiempo largo ya. Y a la vez cierta sensación de irrealidad. Como si no lograra yo entender del todo qué ha pasado.


Y es ahí donde este viaje extraño a Chile (a ver un país despertando, un país que debe liberarse de su constitución hecha en dictadura, a ver un país que encuentra una voz – a ratos de maneras agresivas y peligrosas – pero una voz muy suya, un país que parece no temer enfrentarse a ser después de tanta obsesión por tener) cobra un sentido distinto. De alguna manera siento que he venido a encontrar una voz también. Y a volar un poco, como esos miles y miles de aves gigantes que hemos visto en estos días, entre volcanes y el Pacífico… y a seguir en ese diálogo sostenido con mi padre pero dejando ojalá que se disuelva mejor en el universo, a dejar ir. Es doloroso soltar, pero hay que hacerlo.

Aquí la tierra (me decía mi prima vulcanóloga que pasó meses en esta misma región de Chile, entre volcanes, también buscando algo importante para su propia vida, a su regreso de su doctorado en Nueva Zelanda) está viva.

Y es algo muy violento y bello. Volcanes, claro, obviamente vivos y a veces botando lava.

Pero también saber que en Valdivia, donde amanecimos hoy, en 1960 (yo no estaba en este mundo pero por ejemplo mi padre sí, tenía 15 años) hubo un terremoto de 9.5 grados en la escala de Richter, el terremoto más fuerte jamás registrado. Que duró diez minutos temblando. Que los humedales gigantes que están ahí se formaron a raíz de ese terremoto, en 1960. Que luego en 1985 hubo otro gigante y luego en 2010 en Concepción (el lugar del SLALM) otro, con el tsunami de Talcahuano justo al lado.

Y ver esa naturaleza que parece de Gondwana, esos árboles que parecen anteriores casi a la formación de esta parte del continente.

Tal vez esa escala otra de esta zona del mundo, esa escala de tiempo de los volcanes y de los árboles jurásicos, de los alerces milenarios y los humedales gigantes recientes, esa tierra viva y brotando e hirviendo, de alguna manera ayuda a tener otra perspectiva. Y a la vez el presenciar el despertar de un país latinoamericano. Tal vez para eso necesitaba venir – ¿para completar un ciclo iniciado hace un año en ese invierno duro de Viena? …

un barco pesquero en algún lugar del Pacífico, hace dos o tres días

entre alerces, araucarias, volcanes y agua

Estos días post-congreso en Chile han sido esto: volcanes, agua, mucha agua, araucarias, alerces, y muchos otros árboles del Bosque Valdiviano. La cordillera sorprendente (no muy alta comparada con Colombia pero sí muy quebrada a esta altura). Y empanadas increíbles al borde de la carretera, y mote con huesillo (una bebida de durazno y granos de trigo), …

Paredes de Chile

Durante los días de SLALM, de Simposio Latinoamericano de Lógica Matemática, el énfasis fue en matemática, en mucha lógica matemática. En conexiones con álgebra, con mucha teoría de números y en el caso de mi charla y conversaciones con Xavier, en lógica infinitaria y en teoría abstracta de modelos.

Pero de alguna manera el trasfondo del movimiento chileno (me gusta que lo llamen “movimiento” y no “paro”, pues aunque las universidades están sin clases, lo que hay es realmente un movimiento muy profundo, muy inasible e irreducible a explicaciones simplonas) siempre estaba ahí, en las conversaciones, en las dificultades que tuvieron los organizadores con el lugar (Universidad de Concepción cerrada, lugar del evento en un hotel), en la energía de esperanza muy fuerte.

No hay explicación inmediata para lo que estas paredes nos quieren decir, nos dicen, nos gritan. Sí hay la sensación de algo muy hondo, un clamor contenido durante décadas.

Ahí están las imágenes, la mayoría en Concepción (el domingo posterior al congreso salí finalmente a dar una vuelta por el centro y mirar con cuidado). Hay algo en Santiago también, de nuestra vuelta con Carlos Di Prisco por el centro el día de nuestra llegada a Chile. Creo que las imágenes son sumamente elocuentes y no requieren sobre-explicación de ninguna clase.

[Nota: aunque es duro, y a veces feo, ver los muros así, de alguna manera se siente alivio – como que algo que estaba trancado se está destrancando. Lo que está pasando en Chile es de altísima importancia, no solo en Chile, sino en todos los países que se han metido por esa senda del demonio en la que Chile no fue más que el país-experimento.]

Diario de un paro nacional

[Diario escrito entre el 25 de noviembre y el 13 de diciembre de 2019…]

Inicio el diario tarde. Hoy es 25 de noviembre, lunes, quinto día ya de un paro nacional impresionante y (creemos, queremos creer) trascendente para este país.

Inicio el diario porque quiero consignar impresiones directas, algunas mediadas, otras no, de lo que va pasando, no para lectura inmediata. Lo abriré (ojalá) cuando las cosas se decanten (si se decantan).

Es el diario de la incertidumbre.

Es el diario de la tristeza y rabia por tener a Dilan Cruz, un muchacho recién graduado de colegio, al borde de la muerte en el Hospital San Ignacio.

Es esa cara, radiante de juventud y felicidad y luz, hoy apagándose por la brutalidad de alguna orden (o simplemente el resultado de un ambiente de agresividad generalizada en el ESMAD). Esa cara vista mil veces, en versiones similares, en estudiantes de nuestras universidades, en nuestra ciudad.


Es el diario de la alegría contagiosísima de los cacerolazos, de las marchas donde la gente joven, la gente vieja, la gente en la mitad entre esos extremos, está tocando cacerolas, bailando, haciendo ritmos, tocando música.

Carolina Sanín decía en algún trino que le parecía ver gente más bella ahora en las marchas. La cito:

“Por Dios ¿dónde estaban todos estos bizcochos que hoy cacerolean en la calle a mi lado? Yo creía hasta hace una semana que esto era la monstruoteca. ¡Y es la divinópolis!”

De alguna manera, en su estilo tan frecuente y sabrosamente hiperbólico (el Siglo de Oro en versión siglo XXI), Carolina ve belleza en esos muchachos, una belleza que no estaba ahí hasta hace poco. La explicación es tal vez sencilla: la gente siente, por vez primera tal vez en mucho tiempo (¿en siglos?) que este cacerolazo, este paro, este movimiento, es suyo. Es su momento, es su respirar. El trino de Carolina me hace evocar esa belleza impresionante que surgió entre los jóvenes de finales de los 60, durante esa otra revolución. La belleza de las fotos de Woodstock, de Bob Dylan y Joan Baez caminando por Nueva York cogidos de la mano, la belleza de toda una generación de españoles cuando se acabó el franquismo, después de siglos acumulados de fealdad y mezquindad y ruindad.

La gente que está en el cacerolazo es, efectivamente, muy bella. Es una belleza que les viene de dentro, claro, pero que misteriosamente se expresa en miradas y ojos y caras y cuerpos y porte y andar. Están respirando, después de siglos de estar asfixiados.


De alguna manera lo que se vive en las ciudades de Colombia parece a la vez reflejar cosas que pasan en el campo, en lo que llaman la “Colombia profunda” … y luchas urbanas mundiales.


Sábado #23N. Fuimos al evento en el Faenza, invitados por Bárbara Santos y Alejandro Martín – el Mercado Clandestino. Llegar fue difícil – íbamos cuatro, entre ellos un señor, un artista amigo nuestro, de casi 90 años (una persona muy juvenil, y que está muy bien para su edad, pero en todo caso…). El evento mismo tenía una configuración extraña, curiosa.

Impresionantemente teatral, obviamente. Y nunca muy claro qué escuchar. Temas interesantísimos (pero lo que me tocó escuchar era, comparado con lo que estaba sucediendo afuera y adentro, casi banal – debo decir que no le puse mucha atención a las palabras que escuchaba en los audífonos, pues sonaban medio trilladas – y no había manera fácil de saber ni siquiera quién estaba hablando en cada momento, pero sí le puse mucha atención a la atmósfera del lugar, a las mil voces superpuestas). Lo teatral en realidad nos incluía a todos los que estábamos ahí – haciendo un teatro de escuchar algo en lo que era difícil concentrarse, escuchando los gases lacrimógenos fuera, pensando en qué momento era importante salir de ahí, sobre todo en compañía de alguien que no sería prudente poner a correr.


El jueves mismo, el inicio de todo, el #21N, fue espectacular lo vivido. Con Natalia Pardo y un amigo colega suyo en Andes; con Eugenio y Teresa. Esperanza, y el inicio de algo.


El viernes #22N fue difícil. El toque de queda, la zozobra, los inventos de la gente. Y el ver que todo cambió de un momento para otro.


El sábado #23N por la noche salí al Parque de los Hippies cuando Alejandro ya estaba agotado y se fue. Me encontré con Gerrit y su pareja. Fue maravilloso hablar con ellos.


Hacia las 11:30 pm nos enteramos de la muerte de Dilan. La gente grita en las calles de Chapinero: DILAN. Qué tristeza.


Esta semana debería ser de enorme celebración: DiPriscoFest en Bogotá. Hoy se me fue parte del día cuadrando últimos detalles del evento, y un posible Plan B. En este momento hay total incertidumbre sobre si se podrá llevar a cabo el evento.


Mi nombre es Andrés Villaveces, profesor de Matemáticas en la Universidad Nacional. Cuando tenía la edad de Dilan pasé muchas veces por la 19 con 4. Siento de alguna manera extraña que también, en tiempo traspuesto, pude haber sido yo.

Jose @LegalmenteLerma

Mi nombre es José Manuel, estudiante de Administración de Empresas de UNIMINUTO. También pude haber sido yo


Hoy, #26N, martes. Día de altibajos. Felicidad por el inicio de la llegada de la gente de DiPriscoFest. Aeropuerto. Conversaciones. Estudiantes en la Nacional felizmente protestando, a mediodía. Nada de violencia a esa hora. Tarde de trabajo (en la medida de lo posible). Noche de reunión con Goyo, Christina, Carlos, Zully. Zozobra en aumento (el gobierno y los voceros del paro rompieron el diálogo hacia las 11 am hoy). Disturbios en la UN. Marcha del silencio.


Los días siguientes (#27N a #2D) los pasé completamente volcado en distintos aspectos del DiPriscoFest. La llegada de los participantes, luego las charlas, mil ajustes de organización, luego cenas y cansancio extremo. La imagen de Dilan apareció en la charla de Christina Brech, junto con la de Marielle Franco, la política brasileña asesinada hace un año.


Aparecieron, poco a poco, las consabidas defensas del ESMAD, combinadas con ataques a Dilan y en general a todo lo que tenga que ver con las manifestaciones. Llegaron de lados esperados (gente que siempre sale con ese tipo de frases) y de algunos inesperados (un familiar ahora anda dedicado a defender posiciones derechistas en fb – me toca tener mucha paciencia para no bloquearlo [zzzzz]).


Ahora los colegas de universidades privadas andan activos (por fin). Están haciendo clases a la calle, y han estado muy ocupados en el diario “070”. Veo con una mezcla de sorpresa y lo que los anglosajones llaman weariness ese asomo de actividad (acaso potenciado por el nuevo rector que tienen). Parecen un poco jugando a ser profesores de la Nacional. Vamos a ver cuánto les dura eso. Me parece bonita iniciativa, pero me queda difícil tomarlos 100% en serio.


Hoy #4D ya. El paro continúa, pero no es estrictamente hablando ningún paro. Es, genuinamente, una movilización de la sociedad, con cierto carácter inédito. No totalmente: se nutre de una movilización más profunda que empezó años atrás. A la vez, muestra muchas señales de fatiga, preocupantes. Y dispersión. Falta de foco. Corremos el riesgo de acostumbrarnos por completo al estado de “paro”, de un paro en el que el país ciertamente no se detiene…


asesinados alcalde electo de Sutatausa, José Humberto Rodríguez, y líder social Elicerio Mendoza en San Vicente del Caguán


el gobierno parece decidido a seguir dando razones para que continúe el paro – qué cosa tan impresionante

#4D – llegan rumores de ataques de la policía, del ESMAD – a la vez parece haber poca información de las marchas mismas

Escudos en la marcha del #4D

Impresionante esa foto con los escudos y cascos. Ojalá el ESMAD no se desboque hoy. Hay miedo del gobierno, claramente, con una marcha tan grande. Hasta ahora han sido increíblemente torpes, y lo único que han hecho es seguir echando leña…


#4D. La Guardia Indígena sigue dando ejemplo. Ahora la Guardia Cimarrona se suma. En cambio, las autoridades (aunque auctoritas es lo que les hace falta, pero así se llaman) siguen errando seriamente. Andrés Villamizar (quien en otros momentos ha tenido aciertos) sale en twitter con una frase amenazadora (remata un trino con la frase “la paciencia se agotó“). Él más que nadie debería evitar usar ese tono mafioso. De alguien con su historia familiar podemos, debemos, esperar más (y exigir más, mientras esté en cargo público; es responsable de seguridad en Cali).

Tambores, del Parque de la 93 a la Plaza de Bolívar, el #4D.

#5D: la Guardia Indígena del Cauca llegó de repente al Parque de los Hippies. Al final de la tarde vi un trino de Andrés Plazas:

Y decidí bajar al rato a ver. Fue impresionante. Llegué después del concierto que la Orquesta Filarmónica Popular ofreció en honor a la Guardia Indígena. Me perdí de eso. Pero pude tomar fotos.

Hoy #10D. Día de grandes marchas, se supone. También tendremos la visita de Skandalis a la Universidad Nacional. Puede que la ciudad se colapse. En bicicleta no importa mucho.

Antier domingo #8D fue el gran Canto por Colombia en Bogotá. Nosotros estábamos primero en Chía y luego entre Chocontá y Guateque, en un lugar idílico, recargando energía. Pero de alguna manera vivimos la energía bellísima de ese concierto:

Tal vez la frase más trascendente es No queremos volver a la normalidad. En efecto, dada la energía bellísima de la Bogotá del paro, volver a esa normalidad gris suena absurdo. Por otro lado está el miedo de que el paro no logre nada, que toda esta energía se pierda. Eso sería aún peor, tal vez.


Un artículo de Carolina Sanín expresa, saca a la luz esa energía bellísima, tiempo horizontal, de este movimiento. En contra del tiempo monárquico, el tiempo republicano. Y el eros, claramente ahí en esa convivencia de bellas caras, bellos cuerpos, bellos movimientos y danzas, en el cacerolazo. La gente apropiándose de su propio destino, compartiendo (como dice Sanín, de manera un poco promiscua) ese tiempo horizontal, termina expresando mucha belleza. Un poco como un feliz desnudarse, un feliz botar un caparazón incómodo, un feliz reconocerse como somos, bellos todos en el momento de liberarnos de algo.

Ojalá se mantenga por mucho tiempo ese espíritu.

#10D: ataque brutal del ESMAD a los manifestantes pacíficos en la Universidad Nacional. Siguen en el gobierno sin entender.


Y la cosa va parece ir para largo.

Walking in the Institute woods

Spending some days at The Institute (when they don’t specify which institute, people whose lifepath somehow crosses this place know it is -of course- the Institute for Advanced Study in Princeton / they also know this is the place where Gödel spent decades after leaving Vienna, where Einstein and Oppenheimer and Panofsky and von Neumann and Emmy Noether and André Weil and many other 20th century luminaries landed (or visited for a short period))…

I really am switching back and forth from New Brunswick – where the main Rutgers [the State University of New Jersey] campus is, and where Shelah works for two months every year and Princeton, and seeing different faces of New Jersey, of academia, getting to see two very different and very interesting avatars of academic life, along the way.

The Institute has some impressive features (especially the library, the lecture series, etc.) but another extremely inspiring aspect [in addition to the atmosphere of extreme intellectual freedom – kindled of course with a high, probably excessive, degree of purpose – I’ve come to feel during these few days] is nature.

The Institute has large woods – apparently owns them – behind, shielding it from the usual North American series of strip malls and turnpikes. The name is as simple as befits: the Institute woods.

Last Sunday morning, during a walk in those woods, I took these:

Posponer la emergencia

La invitación (de Alejandro Martín) a participar en el 45 Salón Nacional de Artistas inicialmente parecía más a dar una charla. Se trataba de la Cátedra Performativa dentro del marco del 45SNA – un lugar de encuentro entre conferencistas, danzantes, performancistas y demás personajes. Acepté sin percatarme de estarme metiendo en camisa de once varas, sin verificar que se trataba más de una invitación a una acción tipo performance que de una invitación a dar una charla sobre El revés de la trama. Terminó siendo muy interesante (para mí, por lo menos).

Con Ana Ruiz, violinista preocupada por aspectos de la interpretación que de alguna manera ponen en el centro el problema de la traducción, de la interpretación violinística (o de la interpretación más a secas), nos reunimos a pensar de dónde veníamos, qué diálogo podríamos entablar, cómo podíamos responder a la invitación original de Alejandro.

No había mucho tiempo (yo ando metido en veinte mil proyectos de investigación, de enseñanza, editoriales, etc. y Ana anda ocupadísima con la co-organización de algún fragmento del inmenso SNA, además de su propio trabajo como violinista y profesora), pero el diálogo fluyó muy bien. Fue un placer hablar de

  • Funtorialidad e Interpretación,
  • Emergencia de lenguaje/sintaxis a partir de semántica versus emergencia de semántica a partir de lenguaje,
  • Ciclicidad en Steve Reich, ruptura de simetría y surgimiento de obra a partir de esa ruptura,
  • El rol del olvido en poesía, en música, en matemática.

Naturalmente, ambos tuvimos que borrar especificidades y resaltar aspectos comunes. Después de unas cuantas horas de conversación libre, diagramas, ideas, tachones de ideas, llegamos a nuestro diálogo.

¡Mil gracias a Ana por el diálogo, la interpretación, las conversaciones sobre el violín (y el piano y los funtores), el escuchar y genuinamente tratar de seguir y responder a las elucubraciones sobre lenguaje, lógica, funtores, olvido, haces, ser y representar!

¡Y mil gracias a Alejo también, por la invitación!


He aquí el esquema global del performance (abajo, minutos):

Y he aquí algo de registro (fotos y videos: María Clara Cortés):

variations

… as she teaches me the special care necessary when playing variations (don’t study them linearly! focus on structural similarities not visible in the melody! play in a sequence of different ways (eyes closed, fingers lingering not pressing the keys, air playing, repeating note names, mute playing, etc.) each passage…) I start to see the potential dreariness of variations not well played out, the possible drift into vapidness … and by symmetry, the extreme richness and brutally meditative mind state that may be attained when really playing variations linking the various possibilities opposing richness and structural similarity…


the final movement of Hob. XVI 24 (cf. Richter)


Enigma Variations (not the Elgar orchestral piece, but the Aciman novel) is a long-winded, extremely well-crafted extended novella. Aciman takes up the main subject of his now very famous Call Me By Your Name and literally unfolds it through variations in later life, variations of an early, burgeoning sensual/sexual experience of ¿love? that leaves a boy, a man, marked throughout his entire life, and whose many additional loves are lived as variations of some sort of the first (unaware) one. Paolo falls in love (without really knowing it, without even being able to detect it, let alone phrase it, without as much as a language for his feeling of infatuation) with a cabinet-maker, a falegname in an island off the coast of Italy where his family spends summers. Paolo, at twelve, slowly discovers his own love for twenty-something year-old Gianni, for his hands and nails, for his trim frame and green eyes, for his face he doesn’t dare look directly – and in uncovering his own outsidification and othernessifaction ends up building from rough pieces a language for what his eyes, his racing heartbeat, his breath, his arms, his skin hair raising, his balls tickling, his ¿unwanted? erection have already given him the knowledge he cannot yet phrase… This first theme, so reminiscent of Elio’s story in Call Me By Your Name, has later some variations. Alternating love for women and for men, in a kind of odd nod to Virginia Wolff’s Orlando, the rest of Paolo (later Paul in New York)’s loves continue playing a note of untold arousal, mental courting, projection of images, smells, textures that Paul knows are often best left unexpressed. A triumph of the non-explicit (made explicit in Aciman’s prose, of course). An endless set of variations of his early theme.


Beethoven’s Diabelli Variations (mentioned often in Paolo’s conversation with his father in the island in Italy, hummed by both to the exasperation of the mother, as a secret key-code between father and son) – and then Paolo’s understanding of his own father’s infatuation with the same young man that he as a young adolescent lived through – Paolo’s un-judgmental and again implicit camaraderie with the memory of his own father. And the Diabelli underscoring those memories.


Photographic variations (on Finnish glass geometries):


Mathematical variations are always tricky. In some unacknowledged sense, whole swaths of math are really sophisticated variations on themes. But we do not really, we do not truly call them that, we do not truly think in those terms. Usually.


(I feared when first seeing this overhanging Möbius strip that it would be too contrived, too cliché. The Möbius strip is an almost immediate image coming to mind when evoking the main theme of the Salón Nacional de Artistas this year, “the reverse/back of the threading/of the weaving” (el revés de la trama) and the special exhibition Aracne’s Fable under the curatorship of Alejandro Martín. Yet on second view I found this variation on a classical theme, by Adrián Gaitán, very powerful. The heavy physicality provided by the used mattresses, apparently taken from some whorehouse in Cali (at least according to our guide at the exhibition). And that seems to be the case. The mattresses, made of cheap polyester-like material, woven and rewoven and repaired after many uses, bear stains and traces of bodily exertion, of many possible sexual acrobatics but also of sweat and blood, sperm and urine, vaginal and anal secretions, saliva and tears; all those human fluids and traces of people (and suffering and moaning and exploitation and delight, money transactions and childbirths and hopes for the lives of those children) also woven into the fabric, also immanent and impossible to efface. All that heaviness turned by Adrián Gaitán’s variation into a floating symbol of a primal kind of reversion, into a pristine and ideal and immaterial shape.)

sobre un párrafo de NGD

Juan Fernando Mejía me ha enviado una página (maravillosamente subrayada, visualmente muy llamativa) de las Notas de Nicolás Gómez Dávila. En esa página hay un párrafo muy cargado de lecturas posibles, muy preñado de significados (aludidos, insinuados):

La página 343 de las Notas en la edición de Villegas es interesante por muchas razones, más allá de ese párrafo central sobre las matemáticas. Quedo sobre todo con muchos interrogantes, muchas dudas que planteo primero que todo a Juan Fernando – y naturalmente a quien quiera que se interese por los temas mencionados en ese texto.

Empiezo por los párrafos anteriores, los más subrayados por Juan Fernando.

Ninguna época es más rica que la nuestra en enseñanzas religiosas.

No tengo mucho qué agregar. Es imposible no estar de acuerdo, casi a priori, con Gómez Dávila en este punto. Uno de los temas más centrales de la cultura global del siglo XXI, como bien lo ha señalado otro filósofo de apellido Mejía, el ahora rabino Juan Mejía, es precisamente la cuasi-omnipresencia de variantes de la religión en el mundo actual, la definición de nuestras guerras culturales justamente en términos que funden lo religioso con lo “cultural” de maneras que tal vez logró vislumbrar con lucidez Gómez Dávila.

Negar en 1920 o en 1950 la preeminencia de lo religioso podía ser cómico a los ojos de alguien como Gómez Dávila, pero mentes también lúcidas de esa época lo hacían y lo justificaban en una finalidad (¿hegeliana? ¿marxista? ¿sencillamente kantiana?) de la historia y una racionalización de esta. Las excepciones (muy ilustres – Lévinas, Gómez Dávila aquí, y tal vez de manera muy extrema Simone Weil, Leibowitz) provenían o de pensadores que veían el racionalismo brutal (excesiva confianza en la razón, nos dice NGD precisamente en el tercer renglón de esta página 343 de sus Notas) presente en el catolicismo – en cierto catolicismo intelectual, o de pensadores que sabían la importancia arrasadora de lo místico (Simone Weil es uno de los casos más extremos). Negar en la primera mitad del siglo XX esa preponderancia era en todo caso la respuesta más común, más natural tal vez.

Negar en 2019 la preponderancia de lo religioso es casi imposible. Buscar sostener (como tantas veces lo intento) posiciones genuinamente a-teas o agnósticas o sencillamente ignorar a secas la cuestión religiosa, en 2019, es difícil. La realidad política, social, cultural del momento obliga a cualquiera que se preocupe por lo que está pasando en el mundo a no ignorar la cuestión. (En mi caso particular, he intentado mantener una posición distante de toda religión organizada, y cercana tal vez a la idea spinoziana de «Dios»; sin embargo, muchos atisbos de luz que he logrado han tenido lugar en conversación con rabinos (entre ellos Juan Mejía y sus parashot ha-shavua, sus «homilías» semanales).)

Y luego, el párrafo sobre las matemáticas en esa página, aparentemente invocadas fuera de contexto justo después de los párrafos iniciales sobre las enseñanzas religiosas:

Es radical NGD aquí: «nada es más exclusivamente propio al espíritu que el raciocinio matemático».

La primera pregunta que me hago al ver una frase así es: ¿a qué tipo de matemática se podría haber estado refiriendo Gómez Dávila? ¿qué tipo de matemática había tenido la fortuna de aprender formalmente? ¿qué tipo de matemática habría aprendido más como tema de su curiosidad cultural? ¿habrá alguna vez ensayado su pluma, su tablero, en una demostración propia de algún teorema, en la formulación de alguna teoría, o sencillamente en el trazar la equivalencia entre dos nociones?

Pero esas son preguntas iniciales, tal vez necias, de quien vive sumergido en un hacer, en un pensar, en un transmitir, en un aprender (frustrantes, como siempre lo es la matemática y como aprendemos a apreciar).

Más allá de la frase (que naturalmente resuena de manera muy fuerte con inquietudes propias), me preocupa que no sea obvio para casi todo el mundo, y sobre todo que no sea obvio para algunos matemáticos esa conexión entre el raciocinio matemático y «el espíritu» que con claridad meridiana expresa Gómez Dávila.

Precisamente hoy veía un video (muy interesante, por otras razones) de un matemático londinense que intenta promocionar una manera de hacer matemática verificada por computador, usando un lenguaje llamado Lean que le permitió formalizar recientemente uno de los logros más impresionantes de la matemática contemporánea, de la matemática de esta última década: los «espacios perfectoides». Ocho meses de trabajo arduo, 10.000 líneas de código, el trabajo de dos matemáticos profesionales y un postdoc para lograr… expresar una definición de espacio perfectoide en Lean. Más allá del tour de force obvio, está la pregunta de verificabilidad de la matemática y del temor de imperfección de muchos. Lo más aterrador del cuento es el final del video. Cuando el público le pregunta duro (y lo medio acorrala), el autor de ese código-definición de ocho meses y 10.000 renglones suelta su frase clave: I am a formalist. I don’t care about beauty, I care about correctness only.

El lugar del «espíritu» que reivindicaba NGD intenta ser brutalmente desplazado por ese matemático contemporáneo, y hace un llamado a las generaciones futuras a seguir ese «camino muy natural» abierto por su código.

Otro canto nos viene de Simone Weil. Si hay alguien que de alguna manera hizo concreto lo que NGD lacónicamente expresa en su frase, si hay alguien que en pleno auge y furor de materialismos adoptó una postura muy radicalmente mística y puso a la matemática en pleno y absoluto centro de su búsqueda del lugar del espíritu, esa fue Simone Weil, la hermana del impresionante matemático André Weil.

Es imposible no escuchar ecos de Simone Weil en las frases (tal vez demasiado cortas) de Gómez Dávila. Es imposible no evocar sus propias evocaciones (o no entonar sus propias entonaciones) de su paso y lidia y lucha con la matemática en sus años formativos, de la sed y frustración y dureza y sabor de piedra que le dejó la matemática en su camino al misticismo, a uno de los máximos misticismos del siglo XX.


Addenda: Mañana viernes a las 16:30 en la Cinemateca Distrital daremos con Ana Ruiz un «performance» (no encuentro mejor palabra) llamado Posponer la Emergencia, dentro de la Cátedra Performativa Geometrías ardientes asociada al 45 Salón Nacional de Artistas. Será (dice la descripción) un Performance-Diálogo entre lenguajes matemáticos y musicales. De alguna manera creo que algunos de los temas que (brevemente) dialogaremos (entre una violinista y un matemático) están entrelazados con los temas que evoca el pasaje de Nicolás Gómez Dávila.


Gracias, mil gracias, a Juan Fernando Mejía, por enlazar esa página. Sigo pensando en los múltiples significados (posibles) de esas frases.

Judenplatz, Wien

El monumento de Rachel Whitehead es un bloque de concreto sólido, con libros que no podemos leer, de las cuales ni siquiera podemos ver las carátulas pues están al revés. Totalmente hermético, como la dificultad de memorizar eventos tan horrendos. Y nombres. Nombres de lugares como Bergen-Belsen y Auschwitz, Lublin y Majdanek – esa geografía de Europa Central que de solo ver evocada nos puede helar la sangre.

Y nada más, solo el concreto puro, en medio de la Judenplatz en el corazón del centro de Viena, situado como un lugar inaccesible, como un Kodesh haKodashim impenetrable, de un templo que ya no está.

La única excepción es el letrero en hebreo que dice

זכר למעלה מ-65.000 יהודים אוסטריים
שנרצחו בשנים 1945-1938
ע”י הפושעים הנציונלסוציאליסטיים ימ”ש

En recuerdo de los más de 65.000 judíos austríacos que fueron asesinados entre 1938 y 1945 por los criminales nacionalsocialistas.

La única parte de todo el monumento que, a pesar de lo terrible que expresa, permite un resquicio de (leve) luz: la palabra inicial זכר (zajar, zikarón: memoria, recuerdo). Lo único que de alguna manera permite levantar la cara es el recuerdo.

El monumento lo vimos el 17 de enero pasado, en un día largo en Viena en que caminamos y caminamos junto al Danubio tratando de hacer algo después de esa noche anterior en que supimos de la muerte de mi padre. Cruzando sin rumbo muy definido la ciudad de retorno, nos topamos con el monumento. Yo no había podido volver a ver esas fotos. Pero un trino de Nicolás Medina (quien en enero estaba terminando su tesis de maestría que le dirigí) donde sale el monumento me interpeló, y tuve que regresar inmediatamente a ese momento, y a ver las fotos. Aquí están:

Ödön von Horváth – Jugend ohne Gott (o las raíces del fascismo)

Un tema que ha aparecido de manera sostenida a lo largo del siglo XXI ha sido el paralelo entre los eventos de Europa en los años 30 y lo que se está viviendo en varias partes del mundo hoy. Uno de los artículos que (hasta donde veo) han causado más impacto en esta línea hasta ahora ha sido el del historiador del holocausto Christopher R. Browning, en la New York Review of Books, The Suffocation of Democracy. En ese artículo el autor establece desde su lente privilegiada de historiador de ese período los terribles paralelos (y diferencias cruciales, también preocupantes) entre la situación actual en Estados Unidos y el período de entre-guerras y el ascenso del fascismo en Europa.

Al lado de mi interés por esos análisis de historiadores como Browning, a mí me ha llamado mucho la atención recientemente leer (o releer) la literatura de esa época que de alguna manera detecta las corrientes subterráneas sociales que van desembocando en que un pueblo entero se transforme en un monstruo fascista. Me interesa la pendiente que inicia suave y luego se vuelve imparable y que conduce gente “normal” (?) en personas que terminan votando por personajes como Hitler en la Alemania de los años 30 o por varios de esos horrores que tenemos hoy en varias partes del mundo.

Claro, Joseph Roth es una figura clave ahí, como lo es Musil (de manera inmediata en las Tribulaciones del Joven Törless, claro, y de manera en cierto sentido más honda y dura en el Hombre sin atributos). O el mismo Kafka, de manera acaso más simbólica e implícita pero no por eso menos tajante.

En días pasados descubrí otro autor que no conocía y que me dejó literalmente con las venas heladas al leerlo. Se trata de Ödön von Horvath, escritor austriaco que vivió entre 1901 y 1938 y alcanzó a dejar algunas novelas cortas y obras de teatro (llegué atraído por el apellido Horváth, de grata recordación para los matemáticos colombianos – incluso para aquellos que no llegamos a conocerlo personalmente, y por el interés por Hungría surgido de un viaje reciente a Budapest).

La obra de von Horváth que leí al inicio de vacaciones y que me dejó (como decía) con las venas heladas, sin aire, se llama en español Juventud sin Dios. Es una novela corta, de esas que se leen muy rápido, y que no le dejan a uno la mente libre ni un instante mientras uno la lee. Es una de esas novelas cortas que parecen dibujos narrados, con trazo ágil y necesariamente incompleto, esbozado.

El protagonista es sumamente ambiguo: un profesor de colegio en una ciudad arbitraria de Alemania (o Austria, ni siquiera es claro si sucede antes o después del Anschluss), que enseña la que posiblemente era entonces la materia más complicada de enseñar para una persona con consciencia: Historia y Geografía. La traductora (Isabel Hernández) explica: «el 20 de julio de 1933 se dictaron las líneas directrices para los libros de Historia, por los cuales se introdujo el concepto de “raza” como una de las bases del estudio de la disciplina». No solamente se empezó a usar la raza como una de las bases, sino que la radio entera emitía «conceptos» que oficialmente no podían ser contradichos – mucho menos por parte de un profesor de colegio.

El protagonista es ambiguo porque al narrar deja ver su doble-pensar, su inconformidad interna (pero tembleque: logró su puesto y no es fácil pensar en perderlo).

La historia narra un conflicto inicial con los alumnos de un curso (y la ingerencia de un padre muy fascista), luego un paseo (obligatorio en Pascua en la Alemania hitleriana) del colegio a un campamento de entrenamiento militar, con el profesor como acompañante, y una situación compleja (asesinato, juicio) surgida durante el campamento.

En poco más de 100 páginas la novela logra transmitir la inseguridad generalizada para los que dudaban (como el protagonista), las tensiones brutales a las que podían ser sometidos en su interactuar, sobre todo después de los eventos en el campamento.

Pero sobre todo ofrece una visión muy descarnada y directa de varios panoramas mentales – el de un profesor que asiste al desmoronamiento de su propia carrera como consecuencia remota de atreverse a decir (tímidamente) que los negros (que según la traductora en la Alemania de los años 30 eran una manera de referirse de manera genérica no solo a la gente de raza negra sino a todo lo “no ario”: judíos, gitanos, árabes, etc.) también eran seres humanos – y también el de varios jóvenes muy distintos. Panoramas mentales que llegan en casi todos los casos a un abismo o a un muro de opacidad.


Parte de lo encantador del libro es cierto estilo a la vez brutalmente incisivo pero no sobre-trabajado. Hay quienes (Werfel) achacan a la juventud del autor, muerto a los 37 años en París esta cualidad no del todo pulida, no acabada. No sé. En épocas como la nuestra creo que hay que atrapar de manera muy directa e inmediata lo que haya y nos sirva para entender esto que puede estar pasando con nuestros jóvenes.

Ödön von Horváth