estantes

Hoy reorganizamos bastante algunos libros. Trajeron una biblioteca nueva que mandamos a hacer hace unos días. Terminamos armando una parte de escritoras mujeres (varios estantes) y en toda la mitad de abajo pusimos literaturas de Israel y Egipto, de Irán e India. Por alguna razón algo me incomodaba con la organización de esa parte de la biblioteca – terminé armando dos estantes con libros de “misticismos” (judío, un poco cristiano con poetas como San Juan de la Cruz o con libros de Simone Weil, musulmán con los poetas sufís / también algo de libros sobre cabalá y zohar y otros sobre judaísmo, pero también algunos libros sobre zen y taoísmo) y luego sí la literatura israelí (muchos libros) y la egipcia e iraní (pocos libros), la turca, la pakistaní y la india.

Ordenar unos estantes nuevos quiere decir comenzar a re-ordenar todo el resto. El cambio terminó afectando la biblioteca de matemáticas (en mi estudio), la de historia del arte (en el estudio de MC), la de poesía (de manera profunda, en la sala), la de libros italianos (también en la sala). Terminé también armando una biblioteca especial de ensayo literario, otra de filosofía de la matemática. Y luego nos pusimos con MC a reorganizar todos los libros franceses en otros estantes y a abrir espacios nuevos para novela gráfica en formato pequeño. Ah… MC reorganizó también los estantes de novelas chinas y japonesas.

Me reencontré con personajes olvidados o que había leído poco recientemente: Agamben, Enrigue, Zwicky, varias novelas gráficas en hebreo, el Entête (Génesis) en traducción de Chouraqui…

likes / diarios / hoy

Javier en “menos” describe de manera un poco elíptica cierta preocupación con el modo que ahora muchos tenemos de hablar como dirigiéndonos a un público amplio, magnificado, así sea acerca de temas personales. Modo que ha cundido en nuestra época de twitter y facebook e instagram. Arturo escenifica muy bien a una persona en un avión que habla sobre un tema cualquiera pero de verdad está pidiendo tácitamente la aprobación de sus vecinos. Una persona sedienta de likes, pero atrapada en un lugar de paso. Y yo sigo algunos blogs, de vez en cuando, blogs que ya no tienen comentarios (como este) o que cuando comento no reciben respuesta.

Atrás quedó esa época de blogs con listas larguísimas de comentarios cruzados como espadas en contienda, con sesudísimos análisis (de los análisis) de los comentarios anteriores. Los blogs de hoy son meditaciones personales que quien escribe sabe que no serán leídas, bengalas lanzadas en una selva en la que estamos cada vez más aislados. No hay respuesta casi nunca – si la hay suele suceder en twitter o en fb más que en el blog mismo – la mayoría de las veces es un simple like al enlace al blog y muy de vez en cuando hay alguna respuesta real dentro del blog.

Así está bien – no tiene sentido pelear con eso. Igual son métodos de comunicación todos tan nuevos que es natural que evolucionen muy rápido. Un poco como cuando va a un museo de incunables y ve lo rápido que cambiaba el uso de las tipografías o manejo de pentagramas, la manera como aparecen las líneas musicales convertidas en líneas entrecortadas durante unos años.

Pero hay un punto que sí me parece importante defender de los blogs actuales: ahora que (prácticamente) nadie los lee, tienen la oportunidad fabulosa de convertirse en algo más similar a un diario íntimo, a un lugar de pensamiento sin respuesta o por lo menos sin respuesta inmediata.

El diario originalmente era para hablar consigo mismo, para dudar y experimentar formalmente (si a uno se le daba la gana), para escribir chambonadas y sueños y babosadas y eyaculaciones y dudas y errores y atisbos. Eran ropa sucia con olor a lo sudado, eran despertares bochornosos después de sueños que dejaban perplejo al escritor, eran trozos de belleza muy frágil o de rabia muy inexpresable – rabia contra sí mismo, contra el jefe o el vecino o los desconocidos en el tren o – y muchas veces simples expresiones de cosas que quien escribía el diario iba viviendo. Era gente que tenía sexo sin querer tenerlo y lo consignaba, o gente que soñaba que sus enemigos lo partían y se asustaba, o gente que leía alguna demostración y se lo contaba a sí mismo. Era gente que viajaba y vivía experiencias – algunas de bitácora pública y otras de diario privado.

Nuestros blogs no son eso (a menos que uno tenga uno cerrado al público, pero aún así si está en la red está expuesto a que alguien lo vuelva público en cualquier momento). Como nadie los lee – o por lo menos nadie los comenta – algunos empiezan a tener un tono más íntimo, ligeramente más cercano al diario – ciertamente poco afectados por ese tema de pedir likes como si uno fuera un payaso, como somos todos en twitter y facebook. Pero a la vez no tienen la libertad infinita del diario, la no existencia del otro, del confín, del límite. Todavía nos vemos limitados por nuestros pocos lectores, así estos no vayan por el mundo lanzando opiniones, así no se amplifique hasta la China cualquier comentario que hace uno como sucede en twitter o facebook.

 

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through his eye

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With my two sisters, my grandmother, my mother – and my father’s face behind a camera…  A mirror in London, 1980.

This is a post partially inspired by conversations with Roman and Wanda, our companions in the Project Topoi adventure. It is also inspired by very personal feelings at this time in my life – a conversation with my father (who has been having serious health problems in the past few months) that spans decades, a (usually silent) conversation that now seems to spill away from the original topics and into earlier moments of our lives. A conversation that needs images to trigger connections, a conversation where photographs of earlier days plays a central role. A conversation not only with him but now with my sisters and my mother as well, as they feature prominently in many of the old (forgotten) photographs we have been digging with María Clara.

A collection of slides taken (mostly, perhaps 75 or 80% of them) by my father during our four years in Europe (late 1977 to late 1981), is the main bulk of it. There are a few earlier photographs, very few of them – and then, I remember both the camera and the projector seemed to break down around 1982, and slowly other interests and the return to Bogotá seemed to bring to an end that spur of photography, that visual impulse.

[There are also of course photographs taken by my mother and perhaps even some taken by myself – I remember I learned to use the Minolta they had but cannot quite remember which photographs did I take – some group photographs where I don’t appear may very well have been taken by that earlier version of myself. I myself had a Kodak Instamatic of very low quality; I doubt any of those Instamatic photographs remains…]

So a few days ago with María Clara we started rephotographing those old slides; armed with a projector, a tripod and our cameras, projecting, deciding what to keep and rephotographing. Then a few days of edition, selection – and here are more than 400 old slides spanning those few years (and many places and visits). And of course a ridiculous amount of lost memories resurfacing – to the point of re-dreaming moments lived when I was 10 or 11 years old. And of course, re-conversations with my sisters and with my father and mother.

What really emerges from those hundreds of photographs, in addition to the moments and faces and places and memories, what really emerges is the eye of the photographer. Although my father was just recording life as it came, with no special pretensions of artistry (although there is a series where he seems to have been inspired by something – that series has a more intentional character than the rest and I still seem to recall that day he told my sister María Piedad and me “let’s go to the Bois des Rêves, the Forest of Dreams – a small wood some 10 km from where we lived – I want to take photos of the two of you”; those photos seem to have a different character from the rest).

The eye of my father when he was living through an intense period of his own life, his way of seeing for some years between 1977 and 1981, it is all there. (It was impossible not to think of tes mnemês topos, one of the topoi of our project with Roman and Wanda and María Clara, while opening that eye.)

In no particular order, a (very) few of them:

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A photo of me, when I was 12 years old, holding with my left hand my Kodak Instamatic camera, on the Cutty Sark in East London.

Here is one of my favorites (I find it very atmospheric):

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This is the Danube somewhere in Austria. I remember we camped there with an uncle and aunt who visited and went with us all the way from Belgium to Athens in the summer of 1979, camping all the way. In the middle I stand with my uncle.

Those long (one month!) camping summer trips were incredibly intense – and an occasion to meet Europeans from everywhere – Poles in their Polskis or Zastavas, East Germans in their Trabants (no Russians, few Czechs, many Yugoslavs of course) – in addition of course to the French and Germans who seemed to crisscross the continent in camping.

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Somewhere in Catalonia – El Vendrell? I don’t remember exactly. 1978, with my mother and two sisters.
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This blurry, badly composed photograph, was the view from the apartment in Louvain-la-Neuve. Nothing special except for the people who lived there. I wonder if  those children in the bicycle are my sister and I. Impossible to know.

In contrast with the previous, here is a much better photograph (well, the general feel is ok – if he wanted to photograph us (I am there, very small, with my mother and sister and a friend of hers), he definitely should have tried a different composition. Yet there is a magic in this photo (to me).

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Here is a photo I really like, on that famous day we went for a long walk with him and he was photographing carefully.

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Here with my sister María Piedad.

But many slides are more like this:

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I appear there (although that wouldn’t be very clear from the photo itself). The place is very non-descript post-industrial Mont-St-Guibert, a row of workers’ houses… Not too fond memories of that place.

This was the first decoration of the lamp when just arrived to that new place – the lamp with older photos of the family:

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Some of the old slides look very atmospheric, very interestingly lit:

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My grandmother is here with my mother and youngest sister. The grandmother visited us when my grandfather died, a couple of months after. It was a beautiful visit, but of course she was (quietly) mourning.

There is more and more. But I particularly like this photograph with my mother in Switzerland (in the Valais) in the summer of 1981. For some reason it brought back to my mind my love for the French-speaking part of Switzerland (St-Luc, Nendaz) where I had the chance of spending a couple of weeks in winter with my school from Belgium and then a couple of weeks in summer with my parents. I now see the photo and think of Tony Judt’s book (that Roman brought to Bogotá). I would like to go walk there some day again…

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In addition to the connection Switzerland-Tony Judt-Roman Kossak through the book and the gift of book with memories of walking in Switzerland, this photo reveals very sharply to me the eye of my father – and a time of my mother’s life when she participated in a feminist movement. Her t-shirt has a map of Latin America inscribed in the middle of the symbol of women. (For some odd reason, I also see the thirteen-year old boy in the photo, it is me yet in many ways yet that life was cut short by our return to Colombia soon after – it feels like a very different person as well.)

Camping somewhere (seems more Western Europe than Eastern Europe but we were in both) in 1979…

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Perhaps by the Danube in Austria…

Another one of those photos he took of my sister and I, walking near the Bois des Rêves…

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Those pictures look inspired by something. With my mother they used to go a lot to movies; I wonder if some of that was subconsciously there…

And finally, a photo of the photographer (taken most likely by my mother).

 

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The sea in Ostende, José Luis Villaveces. 1977.

Coda.

When we saw the photographs of his thesis defense with my father yesterday he said he had never actually seen them! That’s quite possible: the slide projector broke down that day (he used it for his presentation but in the middle of the fuss asked someone to project the slides; that person turned down the projector while it was hot and… it melted). Also the camera’s light sensor seemed to break a few months later. With the move and no projector, it is not so strange he didn’t see the photos of the party after his defense (until yesterday, many many years later).

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After his successful defense, surrounded by some Colombian friends. His expression of relief is amazing. 1981.

trees of Yucatán

In addition to the many ancient cities and cenotes, Yucatán has a profusion of trees, a variety and perhaps a kind of respect for many of them that makes them into an intriguing presence in those sites. They seem to be part of those ruins, in ways that have an intensity that I have seldom seen in other ancient sites.

In Egypt and in the coastal cities of Peru, the absence of trees, the desert landscape was essential to my appreciation of the pyramids or cities. In Caral, at the moment the most ancient city site found in the Americas, the dryness (north Atacama desert) is brutal and brings forth many mysteries (how could a whole city survive with essentially no water? what where their sources?).

In Yucatán the ceiba is still very much a sacred tree. Check how many you can spot on the photos below. But there are many other kinds of trees – palms of various sorts, etc. They seem to be essential there – they certainly were essential to my appreciation of those cities and pyramids.

Stairs – Yucatán

 

stairs

stairs

Stairs

In many of those sites (Cobá, Chichen Itzá, Ek Balam, Uxmal), stairs and stairs.

The most dangerous ones now closed to the public. But still, many vertigo-inducing ones.

The most striking (to me in this visit) were the Cobá ones. But Uxmal comes close in the sheer openness of the experience.

(For a mathematician, it is a sobering thought to know that Witold Hurewicz died when he fell off one of the Uxmal pyramids in 1956, a few days after an Algebraic Topology meeting in Mexico City…)

a sunken park

Right next to the conference hotel last week in Mexico City there is a park that’s known under the name Parque hundido – the Sunken Park.

It is indeed sunken with respect to the level of the street.

I don’t know why I always associate it with a stage of contemporary theater or contemporary dance.

(I went twice to Parque Hundido: once to run – they have a very nice track made of good material, the second time to walk with MC.)

 

Kleinian images

Listos para iniciar la retrospectiva… en el MUAC el domingo pasado:

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Creo que siempre había visto a Klein en medio de muchas otras cosas. Sus monocromos me han intrigado desde hace rato, pero poderlos ver en gran retrospectiva es otra cosa.

La variedad de texturas de sus monocromos, su uso del azul Klein obviamente, pero también muchos otros colores, la conexión con el judo (¡Klein fue un gran judoka!), que lo llevó incluso a dar clases de judo en París (pero con su grado del Kodokan) y escribir un manual de técnicas y katas — pero sobre todo su energía vital y su preocupación con la percepción, y el uso del monocromo – todo eso me llegó de manera muy cercana. Lo sentí ahí, al lado, casi como el artista que habría querido ser yo en otra vida.

Me sorprendió que hubiera muerto tan joven Klein – a los 34 años – y a pesar de su tan corta carrera hubiera logrado hacer cosas tan plenas y hondas.

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perif

Ese Anillo Periférico del horror. Entre San Ángel y el Parque Hundido, en lugar de ir por Insurgentes, la camioneta del Itam nos llevó un par de veces por ese lugar – a veces por el segundo piso (no tenía cámara ese día), a veces por el primero.

Sin tráfico, obviamente es rápido. Pero parece que los trancones ahora son espantosos, sobre todo si lo atrapan a uno en el segundo piso.

Dos horas atrapado entre un uber en un segundo piso de esas autopistas, me contaba un amigo. Infierno.

El segundo piso se supone que es más rápido pues hay que pagar por usarlo. Pero las rampas de salida son estrechas y se acumulan los carros, como es obvio.

Es un periférico un poco apocalíptico, la verdad. Velocidad, puente, señal, puente y más puente – una “bicipista” – autopista para bicicletas paralela – mejor paso.

Anillo Periférico del horror.

Nora

Fuimos a ver Casa de muñecas el domingo pasado en el Teatro Helénico. Resultó mucho más fuerte de lo que esperaba yo. Y me sorprendió por varias razones.

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Nora (Olga González) y Torvaldo (Moisés Arizmendi)

Tal vez principalmente porque, aunque Nora es un personaje archiconocido (si uno dice “Nora” no hay que especificar cuál Nora, al igual que sucede con Sancho, Emma, Anna o Julieta) – y por lo tanto uno cree que la tiene en mente, que la conoce, que la puede “archivar” en algún anaquel de la memoria … hasta que se topa de frente con la realidad de la actuación.

En vivo (y con buen director y escena) Nora pasa en par de horas de ser una mujer-muñeca, una niñaperfectamimadaporsupadreyluegoporsumarido que dalavidaporsushijosyporsumaridonaturalmente a ser un ser humano que busca asumirse, que busca ser.

Esa búsqueda de simplemente ser, que exige momentos (o años) de soledad, o de compañías distintas, es algo que Nora nunca en su vida había tenido – y es algo que aún sigue siendo increíblemente difícil para muchas mujeres hoy.

Que una obra así haya sido escrita – con un libreto tan irrespirablemente afilado – hace ya casi ciento cincuenta años fue otra de las sorpresas. Yo pensaba que Ibsen era de finales del XIX y principios del XX – por alguna razón ubicaba mentalmente esa obra en algo así como 1905. Y ya parecía impresionantemente contemporánea así. Íbamos cuatro – María Clara yo y dos amigos nuestros – y todos creíamos que era de distintos momentos del siglo XX. Gracias a la diferencia de creencia (¿1905? ¿años 30? ¿1948?) en nuestro grupo acudimos a google y para nuestra inmensa sorpresa esa obra que acabábamos de ver resultó siendo… de 1879.

Mil ochocientos setenta y nueve es ya casi siglo y medio.

A mí me dio vergüenza que llevemos casi siglo y medio en estas – y que tengamos aún actitudes tan cercanas a las que Ibsen puso ahí. Me sentí como si la humanidad hubiera casi-dormido durante todo ese tiempo.

Claro, han pasado miles de cosas – las suffragettes, el voto a las mujeres, la revolución cultural de los años 1960, miles y miles de otras cosas. Claro.

Pero a la luz de los escándalos de 2017 parece que no son tantas cosas, y que Ibsen sigue ahí, muy muy vigente.

Nora en un momento dado en la versión que vimos se asoma por la ventana de la casa de muñecas/cárcel y grita a los espectadores ¡¡¡Puta mierda!!!

Y sí. Tiene razón. En el momento en que llega ese grito yo simplemente contenía la respiración, esperando ver lo que ya sabía que iba a ver, y a la vez absolutamente conmovido.

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baja vibración

Gripas fuertes esta semana. Yo probablemente traje la mía del viaje (de pronto desde Helsinki o de pronto de algún lugar intermedio en el viaje de casi 24 horas de regreso). Luego MC. Esto ha sido una semana de tés de jengibre, aspirinas, tés de limón, etc. Y algo de Spinoza en mi caso y una novela de Schami en el caso de MC. Y algo de Cota y Chía (conversaciones muy interesantes en Cota con alguien que integrará la JEP).

La vibración de Bogotá baja muchísimo esta semana. No es solo la cantidad de gente o el ruido. Anoche a las ocho estábamos agotados por la gripa y apagamos luces. No se sentía la vibración impresionante de un jueves cualquiera. Fuera del silencio había algo muy peculiar causado por espacios enormes desocupados – la gente está en vacaciones, definitivamente – y los que están parecen querer buscar la calma. Bogotá calmada puede ser casi como un bálsamo.

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También conversaciones con mi papá y un par de estudiantes antiguos suyos que lo fueron a visitar preciso cuando llegué yo con muchos medicamentos que le enviaron los de Unisalud. El proyecto de uno de esos antiguos estudiantes suyos – algo con una base de datos gigante que tiene básicamente todas las reacciones químicas registradas desde el siglo XVIII me pareció muy apasionante. Vi a mi padre muy contento hablando de todo lo que se puede hacer con eso.

En un momento dado estaban describiendo la estructura que usan – algo con multi-hipergrafos – y dije “ah sí… estructuras finitas…” pero no me dejaron completar la frase. Los químicos se rieron un poco de mi visión “de teórico de modelos”. En todo caso ellos andan buscando nociones naturales de equivalencia entre estructuras y ensayan y ensayan cosas interesantes.

En Chía había muy pocos ciclistas cuando salí a correr a La Valvanera. La vendedora de empanadas y jugos de Fonquetá se quejó de este año, de estas vacaciones.

Creo que todo el mundo está con baja vibración por aquí. Eso está bien.

across a sea / internal voyage / ghosts of Tallinn

None of the usual reasons directly applied in the case of a trip such as last week’s Saturday trip to Tallinn in Estonia. There was no compelling goal, no exhibition opening, no special lecture at some research institute, no direct need to go there – at least in the usual sense.

Yet I booked tickets for a day trip from Helsinki. The week-end had some intense work to be done, in connection to the main reason of my visit to Finland (being the opponent of a doctoral thesis) and several other projects (mathematical and now also philosophical) together with colleagues and friends there – but the need for a kind of freedom to be attained through boat travel on that day – plus the chance to actually work in a nice café in (then unknown to me) Tallinn ended up triggering that day trip.

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harbor station, 7 am – about to board the Tallink

(The boat on the way over was quite cheesy – Estonian-owned; glimmering casino-like features, people half-asleep, unedible food and dysfunctional common areas – I had expected the Silja/Tallink boats somewhat different. I managed to secure a spot and work a bit, though.)

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9:30 am – December in Tallinn

Arrival mid-morning, with mist rising over the Baltic. Heart pounding. The emotion of boat travel overtakes me.

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Entering the Old City

Slowly waking up – Saturday morning of a wintry day in the Old part of Tallinn. Not expecting too much…

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A store with lots of old Soviet time medals and paraphernalia – attended by an older Estonian woman who must have seen a quite different Tallinn

I always wonder for how long can they continue selling this sort of “Soviet vintage” in places like Tallinn. How many military (or sports or…) medals? How much interest can this still arise in people?

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By a music store

The porches and side-streets do seem to have a different character. Here, a music store that was closed in the morning hours. Later I had the chance to stop there. I was not disappointed.

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Tallinna Raekoda

Technically, the Town Hall. It could well have been one of the churches of Tallinn.

I still hadn’t found a “place” to sit that didn’t look too touristy – the only two places that had attracted my attention till then were the Soviet mishmash store and the music store that was closed.

But close to this tower I did find a fantastic cafe where local hipsters (not tourists) seem to hang out.

I continued my morning of work in that café.

 

 

 

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Eel Soup. One of the best meals I have had anywhere!

A gem of a restaurant – found by recommendation of Boban. They were nice, seemed to experiment with local ingredients. Here, a creamy smoked eel soup with leeks and various kinds of onions. I also had elk with wild berries.

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Part of the Estonia Museum houses the collection of Adamson-Eric. His work was vaguely reminiscent of Xul Solar’s in Buenos Aires. He was banned from his position at the Art Academy of the Soviet Socialist Republic of Estonia by the Soviet authorities, accused of being “a formalist”. This sort of accusation apparently was extremely serious. He seemed to take refuge in an extremely playful internal world – with sculptures, ceramics, paintings, weavings – an extremely rich and varied output that seems to do homage to older traditions of Estonia but mixed it with early twentieth century modernist influences.

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A small detail of Adamson-Eric’s work

I slowly started – after the seriously good espresso in the café, the very good meal, the Adamson-Eric exhibition – to sip the pace of that part of Tallinn. Full of corners that seem to hold voices of some distant past (Teutonic Knights? Swedish Riddar? Peter the First’s armies? Local Estonian defendants? German merchants?) the ghosts of a marvelous city started to appear. Was it the misty atmosphere? Was it the echo of swords in the Toompea castle – of Germanic, Slavic tongues invading? Was there a real Finno-Ugric resistance?

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mist
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ghostly
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ghostly Tallinn – by the upper part near the Castle
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as expected – but lonely, snow-dusted, and very eerie

Rising to the tower was crucial for me to see a bit of the city from above. Not extremely high but still a nice ascent… to the mists.

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in the back, barely visible, the Soviet era town

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And then walking back to the entrance of the Old City, the music store was open. In a third floor, following arrows, the space felt oddly non-commercial, out of somewhere. Not sure where from.

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Inside the Music store – a must-see place (the collection of music, on the other side, is quite nice). The atmosphere of the store feels more like a person’s apartment.

In low window sills of course Nativity scenes – some of them quite original. Dozens of them, all different.

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a random window

The KuMu Museum (Museum of Art of Estonia), located somewhat faraway from the Old City, in a very beautiful park (I read later the park was commissioned by tsar Peter the Great – a whole area of the city called Kadriorg), is a serious contemporary art museum. Their main exhibition was on Die Brücke, on German Expressionism – and its connections to Estonian art. They also have interesting collections of twentieth-century Estonian art – I took a long series of that. One of the parts of the exhibition that called my attention was Response to Soviet politics. There is a kind of formalism that seems to have been an intellectual response to the obligation of subjects, to the imposition of collectivism.

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In other European countries the (re-)construction of a national identity after Independence (from Russia in the case of Finland, from the Soviet Union in the case of Estonia, others from the Austro-Hungarian Empire) seems to have been deeply interlinked with painting or music (or some other artistic manifestation). My visit to Tallinn was too short to really capture how this happened. I am sure composers such as Arvo Pärt must have been part of that consciousness – but I am not sure in the case of painting.

 

estos días – 2017 (mirada nostálgica)

Muchas cosas: una ida a Estonia el sábado, una defensa de tesis doctoral en la Universidad de Helsinki el lunes, en la que yo era el jurado “opositor” (con varias responsabilidades, a lo largo de varias horas). Miguel Moreno defendió su tesis (en Teoría Descriptiva de Conjuntos Generalizada – la conexión con el Main Gap). Su director fue Tapani Hyttinen. En la tesis el tema principal es una cantidad de teoremas que muestran cómo la noción de complejidad dada por el Main Gap en realidad corresponde de manera muy fiel a la reducibilidad-Borel, pero solamente si se hace teoría descriptiva de conjuntos codificando los modelos en \kappa^\kappa, con \kappa^{<\kappa}=\kappa, \kappa no enumerable !!! Miguel logró explicar de manera muy amplia la noción (y la importancia) de tener herramientas para calcular diferencias…


Helsinki fue esta vez casi pura matemática, un poco de filosofía – y el barco a Tallin y el día pasado en Estonia. Planeo escribir un poco sobre eso después.


Aeropuerto de Helsinki, salida hacia Bogotá (con dos escalas – largo vuelo). Siempre me aterra lo sencillo y agradable que es este aeropuerto, y a la vez la cantidad de cosas buenas que se consiguen.


Y una mirada ligeramente nostálgica a 2017 – anterior a este viaje:


El Colectivo MA parece despegar. No es completamente claro hacia donde nos llevará esa aventura.


Las redes sociales parecen sacar en cierta gente su peor aspecto. Insultos, actitudes de desprecio, matoneo y a la vez mucha gente con actitud de policía, moralina barata mezclada con horror. Alguien tendrá que hacer la historia de ese tema – ya hay suficientes capas (por ahora crudas y feas).


Las conversaciones se me mezclan con la lectura de Proust. Las capas y capas surgen con movimiento tectónico. La vida real y la vida leída pocas veces han interactuado tanto para mí.

sigue nevando

Sigue nevando. No en cantidades brutales pero sí persistentes. Siempre me pone feliz eso.


Fui a un concierto hace dos noches. Interpretaron entre otras cosas True Fire, una obra de la compositora finlandesa Kaija Saariaho, para orquesta y barítono. Son poemas (de Ralph Waldo Emerson, de Seamus Heaney, de los Tewa de Norteamérica, de Mahmoud Darwish) cantados por el barítono y acompañamiento de la orquesta.

La compositora estaba entre el público (normalmente vive en París pero por alguna razón estaba aquí – tal vez era el estreno local de esa obra).

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Desde hace años me ha sorprendido mucho la música de Saariaho. Tengo pendiente una ópera por ver (L’Amour de Loin). Me hace pensar mucho en otro compositor que me impactó mucho en otra época – Takemitsu.

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luz, nieve / pasajes internos

Helsinki me recibe con esa luz impresionante del invierno y con un poco de nieve en el suelo (no mucha pero lo suficiente para que se vea todo engalanado de invierno). Ayer había colapso de varios aeropuertos europeos por la nieve, pensé que mis maletas no llegarían. Pero en Helsinki la nieve parece ser uno de los estados naturales. Arranco hoy una semana de trabajo distinto e intenso.


Alejandro me había dicho que el inicio de À l’ombre des jeunes filles en fleurs era difícil de leer, que el libro podía perder impulso. No me ha pasado así, no lo he percibido así. Lo que pasa con Proust (creo, por experiencia personal) es que cada lectura lo coge a uno en un momento de la vida y le habla distinto según lo que uno esté haciendo. Eso no es exclusivo de En busca del tiempo perdido pero es particularmente intenso con ese libro. Como es tan introspectivo, tan atento a la superficie de las cosas y a la vez a las pulsiones subyacentes que no vemos pero que están ahí, el libro se convierte casi como en un manual de percepción o en una guía hacia el conocimiento de sí mismo, de una manera muy peculiar. En ese sentido puedo imaginar perfectamente que el pasaje que para alguien en un momento de su vida sea difícil para otros sea fácil – y que pase lo contrario con otros pasajes.

He leído muy lentamente ese libro – alternando con lecturas rápidas de otros. Pero sigo ahí, admirando la red que va armando, la cantidad de vasos comunicantes entre distintas épocas de la vida de los personajes, entre distintos momentos de percepción, entre sus propias maneras de ver el mundo – que van evolucionando. Se siente además la evolución paralela con Proust mismo, y (creo) le permite a uno ir examinando su propia evolución o sus propias limitaciones.

Me encanta la capacidad de Proust de describir el autoengaño en que caemos con frecuencia – tal vez más aún durante la adolescencia. El protagonista se autoengaña, sabe que se autoengaña y a la vez no sabe que se está engañando cuando acepta tomar té en las onces de su amiga/amada Gilberte (en esa relación parece haber simbolismos fuertes que reaparecerán después) – el té que supuestamente le sienta muy mal para su salud pero que termina tomando como retándose a sí mismo sin hacerlo explícitamente. Transfiere su amor a Gilberte a un amor/admiración a sus padres, señor y señora Swann (la antigua Odette que lo maltrató tanto cuando este estuvo enamorado de ella, ahora convertida en dama respetable – aparentemente – en un gran apartamento). Transfiere su amor incluso a los objetos del apartamento Swann, al interior burgués – por momentos no sabe uno qué tan kitsch; a la pátina imaginada sobre estos. A veces otros personajes pueden sacarlo de su autoengaño (Norpois, el amigo del padre, o su mismo padre) pero es tan fuerte el engolosinamiento que tiene con Gilberte (por momentos erótico; la escena de la lucha adolescente entre él y Gilberte detrás de un seto en los Campos Elíseos es un momento fugaz de erotismo extremo delineado) que decide “enamorarse” de las onces en su casa, de los postres y bibliotecas y objetos e incluso dicción de los padres (nota que dicen “odieux” con lo o corta a diferencia de como pronuncian la misma palabra sus propios padres, con la o larga como si fuera “audieux” – nota que dicen “comment-allez vous?” sin hacer la liaison entre la t y la a, como si fuera commen allez vous …) y de alguna manera la simple atención/memoria de estos detalles termina siendo sello de un amor a algo – además de la persona Gilberte, a un estado de ánimo que permite ese tipo de sensibilidad.

Además como el narrador sabe que uno sabe (pues lo ha leído) que Mme Proust (el matrimonio problemático de Proust del cual no se habla en voz alta en su familia) puede tener un gusto muy distinto, una relación con las letras y la cultura mucho más simple (pero mucho más arribista) que la de su esposo, la ambigüedad es llevada al extremo con la impresionabilidad del adolescente aún ignorante con los perfumes, trastos, cuadros y tonos de esa casa. Hay un juego de ambigüedad brutal ahí – y muy clasista también (pero Proust apela al clasismo implícito de su lector para generar complicidad velada con la mirada hacia esa mujer fascinante que enamoró perdidamente a Swann y ahora reconvertida en su esposa aburguesada genera fascinación en el joven ingenuo pese a los silencios preñados de sus padres).

veinte años / la náusea de 1988

En El Espectador del viernes pasado hay una entrevista a Juan Gabriel Vásquez. Habla sobre lo que uno espera que hable él (literatura, novela) y dice algunas cosas interesantes. Me llamó la atención el siguiente pasaje.

En el epílogo de Viajes con un mapa en blanco, recuerdo una frase que se le atribuye a Napoleón Bonaparte: “Para entender a un hombre hay que entender el mundo de sus 20 años”. El mundo de mis 20 años era el mundo de las bombas del cartel de Medellín, el mundo aterrorizado por Pablo Escobar, el mundo que era mi país, tan convulso y confundido; en esa época, el refugio que encontré en la lectura de novelas fue absolutamente importante, porque se convirtieron en un lugar en el que lograba una manera de estar en el mundo que el mundo mismo no me daba.

Juan Gabriel Vásquez en entrevista dada a El Espectador

No había visto la frase atribuida a Napoleón, pero se non è vero è ben trovato, creo. Y pienso en dos cosas: los 20 años de personas que me han marcado y nuestros propios 20 años, que coinciden casi perfectamente con los de Juan Gabriel Vásquez.

De lo primero: mi padre, nacido a mediados de los años cuarenta, vivió sus veinte años en plena explosión de los 60, con el revuelto que de alguna manera marcaría a todos esos baby-boomers – apertura del mundo, revoluciones de varios estilos, cierto idealismo, pero todo enmarcado por Vietnam y el fracaso de Estados Unidos allá; el éxito rotundo de Estados Unidos en otros campos como cultura pop o dinamismo científico de sus universidades. La de mi padre es una generación que se define de manera muy extrema con respecto a Estados Unidos, sin la admiración de la generación anterior, pero a la vez mucho más sumergido en un mundo muy influido culturalmente por ese país. Todo lo que siguió a partir de ahí en su caso – el caos de los años setenta, Bélgica a finales de esa década, toda la construcción de la nueva facultad de ciencias en los ochenta y la entrada al gobierno de Bogotá en los noventa en ese grupo extraño guiado (o no) por Mockus – todo de alguna manera hay que leerlo en clave de 1965, con los Rolling Stones y la Revolución Cultural de fondo, con el napalm y el movimiento Black Panthers, con Mayo del 68 y Tlatelolco de fondo. Esos son el telón de fondo de esa generación. (La generación de los Clinton también, del abandono brutal de su propio idealismo, de tanta basura que creció en medio de tantos ideales.)

La generación de Jeangros (la misma de García Márquez o Salmona) por alguna razón la siento muy cercana a mí; muchos aspectos de esa gente me llaman poderosamente la attención. Nacidos a mediados de la década de 1920, viven sus veinte años durante la Segunda Guerra Mundial, o justo después. Es una generación de armar todo a partir de casi nada, una generación modernista en un sentido muy primario y fundamental. Les tocó leer a Celan en la posguerra, entender con Adorno el final del esteticismo anterior, ver los juicios de Núremberg siendo aún muy jóvenes, ver las imágenes de los campos de concentración y luego el surgimiento de Israel como nación frágil y tenue – la generación para la cual Eretz Israel era realmente David ante Goliat. Y en Colombia, la generación del Bogotazo, que parece haber marcado de manera brutal a García Márquez. Les tocó armar mundo casi a partir de nada – inventar maneras de enseñar muy radicales para su época, maneras de escribir y construir que partían de puros bloques primarios. En el mundo de muchos de ellos había poca cabida para eclecticismos. De alguna manera, de las generaciones que he podido conocer, es la que mayor fascinación ejerce sobre mí.


La nuestra es la que describe Juan Gabriel Vásquez: a los veinte años es la caída del Muro (alguno de mis estudiantes tal vez hoy diría ¿cuál muro? de lo contundente que fue su caída pero para los de mi generación el Muro era el Muro y no había otro ni había que explicarlo), el bombardeo de Bogotá por parte de Pablo Escobar, el asesinato de múltiples candidatos presidenciales y de miles de personas de la Unión Patriótica. En Colombia la nuestra es la generación que iba con sus padres al zoológico de Pablo Escobar a ver elefantes e hipopótamos; que vio a Lara Bonilla en la 127 asesinado por esos mismos, y luego las piscinas enchapadas en oro en los noticieros.

(Tal vez por eso me produce tanto hastío esa noticia de narcos y ex-sicarios (ojalá sea verdad lo de “ex-“) haciendo fiestas con otros narcos y sicarios buscados por Interpol; me produce una náusea intolerable ver que siguen en el Oriente antioqueño haciendo parrandas como si estuviéramos en 1988 y no hubiéramos aprendido nada. No quiero ver series tipo Narcos ambientadas en esa época que viví, que disfruté mucho pero también siento que sobreviví. Me produce náusea recordar el bombardeo del Das, la bomba gigantesca desactivada en la Séptima con 85, las clases de alemán en el Goethe donde de repente temblaba toda la casa de la 39 con Séptima por culpa de la onda expansiva de alguna bomba a más de 4 kilómetros de ahí, la gente tratando de llamar a ver qué había pasado. Y los compañeros de curso hijos de comerciantes que pasaban en menos de diez años de Renault 6 a Mirafiori y luego a varios carros de lujo – todo eso me produce asco en el recuerdo.)

fotos dañadas de temas queridos

 

Proust discurre sobre el tema de la dificultad gigantesca que hay de fijar la imagen de un ser querido – básicamente dice que solo fijamos imágenes de seres que no queremos, pues los seres que queremos están demasiado vivos para que podamos de verdad fijarlos – compara con fotos dañadas nuestros intentos de describir en el recuerdo a los seres que queremos. El protagonista, el adolescente, está enamorado de Gilberte y no logra recordarla – ella salió de vacaciones de invierno, y al volver él a los Campos Elíseos donde se encontraban siempre no está ella – y le desespera no poder verla en su imaginación.

A mí me ha pasado – curiosamente me pasaba cuando tomé Teoría Avanzada de Conjuntos por allá en tercer semestre de la carrera (el primer curso en que me encontré con modelos de la teoría de conjuntos, cardinales y ordinales, cardinales medibles y fuertemente compactos, la paradoja de Banach-Tarski, muchas otras cosas que vistas por primera vez daban vértigo y felicidad). No lograba recordar la cara del profesor al pensar en el tablero. Recordaba el movimiento en el tablero, a las siete de la mañana, recordaba el frío, la letra, los conceptos. Pero si intentaba recordar su cara, no lo lograba. Pasó así tal vez medio semestre. No podía recordar la cara de un profesor que marcaría de manera muy profunda mi vida de ahí en adelante.

Ah sí, el fragmento:

(Gilberte cependant ne revenait toujours pas aux Champs-Élysées. Et pourtant j’aurais eu besoin de la voir, car je ne me rappelais même pas sa figure. La manière chercheuse, anxieuse, exigeante que nous avons de regarder la personne que nous aimons, notre attente de la parole qui nous donnera ou nous ôtera l’espoir d’un rendez-vous pour le lendemain, et, jusqu’à ce que cette parole soit dite, notre imagination alternative, sinon simultanée, de la joie et du désespoir, tout cela rend notre attention en face de l’être aimé trop tremblante pour qu’elle puisse obtenir de lui une image bien nette. Peut-être aussi cette activité de tous les gens à la fois et qui essaye de connaître avec les regards seuls ce qui est au-delà d’eux, est-elle trop indulgente aux mille formes, à toutes les saveurs, aux mouvements de la personne vivante que d’habitude, quand nous n’aimons pas, nous immobilisons. Le modèle chéri, au contraire, bouge ; on n’en a jamais que des photographies manquées. Je ne savais vraiment plus comment étaient faits les traits de Gilberte sauf dans les moments divins où elle les dépliait pour moi : je ne me rappelais que son sourire. Et ne pouvant revoir ce visage bien-aimé, quelque effort que je fisse pour m’en souvenir, je m’irritais de trouver, dessinés dans ma mémoire avec une exactitude définitive, les visages inutiles et frappants de l’homme des chevaux de bois et de la marchande de sucre d’orge … — Proust, À l’ombre des jeunes filles en fleur, I –  p. 481 en Pléiade I).

l’écume des jours

El título de esa novela de Vian, la espuma de los días (¿la lavaza? ¿los desechos? ¿qué tipo de espuma? ¿de la sucia del mar?) captura perfectamente algo del aire de estos días de final de semestre, de expectativas y tristezas vitales, de querer ayudar a alguien que está con mucho miedo y no poder realmente hacerlo – a menos que la simple presencia y compañía pueda ser considerada ayuda.

2017 ha sido un año colmado de aprendizajes, de abrir los ojos hacia dentro y hacia el mundo, de reencuentros con gente que ha sido importante en otros momentos, de viajes un poco distintos de los de antes (volver a San Agustín y Tierradentro, volver a Kilpisjärvi/Laponia en invierno, luego ir a Aragón que resultó ser un lugar muy peculiar, muy distinto de otras regiones de la península ibérica, volver a Granada y pasar días con una amiga de hace muchos años, volver a Israel a ver a Antoinette en Haifa y a Saharon en Jerusalén – viajes de retorno casi todos tal vez con menos novedades que en otros momentos, pero tan increíblemente plenos a nivel visceral, volver a París por vez número 12 o 13, y verla a la vez tan afectada por problemas similares a los de todas las ciudades grandes y tan hermosa en su tono inseguro de la época), acaso con menos ilusión inmediata pero con más paciencia y percibir – un año con cierta simplificación de lo que se espera, con expectativa y con espuma, sí, mucha espuma, como llegada del mar.

 

 

et in Arcadia erat

La caída del paraíso para Canetti tuvo que ver con su madre, con cierto fastidio que le cogió ella a Suiza y que terminó haciendo que cortara de tajo con la pensión idílica de Zúrich donde vivía el adolescente Elias mientras estudiaba miles de temas.

Él andaba feliz con lo que iba leyendo, las conferencias en la Universidad, el colegio con algunos profesores muy buenos, remar en el lago, vivir mimado por las cuatro señoritas suizas que regentaban la pensión y por las estudiantes suecas, inglesas, checas, etc. que ahí residían. Vivía engolosinado con los valles alpinos – sobre todo con sus paseos arduos al Val d’Anniviers en el Valais donde se podía escuchar aún un francés muy arcaico, o el valle al lado de ese donde se podía escuchar alto-alemán también muy antiguo.

La madre, mientras, estaba en su sanatorio de Arosa. En un momento dado vuelve a Zúrich y en plena pensión le pega una reorganizada completa al hijo de dieciséis años que se sentía tan independiente y tan libre. Le dice que nunca ha trabajado, que él desprecia a los tíos por negociantes pero que él no tiene ni idea de dónde viene la plata que lo sostiene; básicamente le dice que es un parásito de la sociedad. En varias páginas cuenta Canetti la impresionante rabia de su madre primero con él (adolescente mimado, lector que nunca ha trabajado y se permite despreciar lo que no conoce) y su incapacidad de dar respuesta seria a la vaciada. Su caída de su propio pedestal.

La madre le dice que lo tiene que sacar de Suiza ya, pero YA mismo. Que se tienen que ir ipso facto a Alemania, a un país en posguerra con inflación y pobreza, donde la gente ha vivido cosas y donde la actitud complaciente suiza sencillamente no tiene cabida. Que se dio cuenta de que su hijo en tanta aparente libertad y tanto primor se está convirtiendo en un pequeño monstruo, que en Suiza será imposible trancar ese horror. Que ella vio en Viena lo que era pasar hambre por la guerra y ser refugiado, y que le parece que a su hijo adolescente le hace falta vivir en un país así.

Y se lo lleva a vivir en condiciones de semi-penuria económica a Frankfurt, a una pensión repleta de gente bastante golpeada y curtida por la guerra aún reciente.


Algunas veces en la vida hemos tenido personajes que han logrado sacarnos, pese a nosotros mismos, de nuestra falsa sensación de libertad, de primor, de tener el mundo ante uno. Muchas personas, en distintos momentos.


Yo aún no tengo las agallas de Canetti de contar en primera voz la manera como me han destruido el ego en el pasado (cosa que agradezco a posteriori pero que no es agradable). Este relato de la caída de Arcadia de su ego es impresionante y se siente que le fue doloroso a él llegar ahí. La voz de la madre es muy cortante, muy contundente. Uno sabe que él sabe que uno sabe que la madre tenía razón, pero como está contado en la primera persona del adolescente uno también siente el dolor del orgullo herido, del entender que pese a sus mil lecturas y proyectos y temas, la mamá le lleva una ventaja inmensa en vida. La mamá definitivamente lo salva de algo que lo habría trancado ahí en Zúrich – probablemente ella tampoco puede articular exactamente de qué lo salva, pero lo hace.


Canetti regresaría mucho más tarde a vivir en su Arcadia, en Suiza, en Zúrich. La ciudad aparentemente lo recibió muy bien y él, ya curtido por su Auto-da-fe, logra regresar de otra manera. Aún así, se siente algo como la caída del paraíso terrenal, el fin de Arcadia. Dice Canetti que salir de Suiza a los dieciséis años e irse a vivir a esa Frankfurt empobrecida, con gente sumamente golpeada por la guerra y la inflación de los años veinte en Alemania, es de lejos el traslado en que más le costó adaptarse.

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